Nadie es puro, dice Andy

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

Collage Habanauna de las galerías más prestigiosas y hermosas del Vedado capitalino— acogerá a partir del viernes 13 y durante un mes, el quehacer del diseñador, grabador y pintor cubano Andy Rivero (La Habana, 1965), artista que ha titulado su exposición Nadie es puro.

Imagen: La Jiribilla

En conversación exclusiva con La Jiribilla, reveló que la muestra está conformada por  13 piezas (gran formato) concebidas a partir de la abstracción,  vertiente que cultiva desde hace más de 25 años y en la que se siente, según asegura, muy cómodo.

“Titulé la exposición así por varias razones: primero porque la organicidad de la frase tiene en sí misma una multiplicidad de interpretaciones, como también la tiene la abstracción. Si aplicas que ‘nadie es puro’ en lo relacionado con la moralidad, nadie lo es, pero tampoco se es puro en la raza ni en otros muchos órdenes de la vida. Por ejemplo, cuando estaba investigando para hacer las piezas de esta exposición analicé muchos artículos, revistas, catálogos y me doy cuenta que todos los artistas tienen un precedente e invariablemente hay un antecedente en su obra que los relaciona con un artista cubano o internacional: no creo que el arte que produzca un artista sea puro”.

En esta muestra solamente emplea tres colores: rojo, negro y blanco ¿por qué?

En la obra que venía desarrollando hasta el momento usaba colores desmedidamente: azules, amarillos, naranjas…, pero de hace dos o tres años hasta hoy he sintetizado la paleta y la he reducido a los tres colores que mencionas.

Cuando unes el blanco al negro, el blanco se hace más blanco y al negro le sucede lo mismo porque son los opuestos: el blanco es luz y el negro ausencia, mientras que el rojo viene a jugar un papel intermediario, como un color negociador que enlaza la gama cromática. Además, cuando unes el blanco al negro hay una tensión dramática visual que contrapone una cosa con la otra; hay una tirantez porque son tonos antagónicos;  el rojo, por su parte, tiene que ver con la vida, con la energía, con los valores positivos, con el amor, con el sexo, con la sangre… está asociado con los valores humanos, mientras que el negro sugiere muerte —que es también parte de la vida— lo negativo y el blanco lo positivo.          

Las piezas que conforman Nadie es puro, tienen un cierto carácter instalativo; hábleme de los formatos y de esa necesidad, que parece sentir, de adicionar elementos a la obra…

Hay algo que me he propuesto en esta exposición: tratar de separarme, de desmarcarme del resto de los pintores abstractos cubanos, que hay muchos y muy buenos. Cuando digo diferenciarme no es que insinúe que soy mejor sino distanciarme: se trata no solo de adherir la tela al bastidor y pintar sino que le agregué desde tenedores de bicicletas hasta chapas de automóviles. No quiero que la obra se quede en la bidimensionalidad y pintada a la manera abstracta sino que existe una intención; es como cuando a uno le regalan algo y el obsequio no tiene mucho valor en sí mismo, pero lo que vale es la intención.

Aparece un valor añadido a partir de la incorporación de elementos que dialogan en un espacio creativo en el que un elemento industrial está discursando,  contraponiéndose al plano pictórico que es mucho más libre y espontáneo. Entonces, aparece esta contradicción del color plano con los matices, la textura y todo eso se traduce a la vida, que está repleta de choques en todos los sentidos que van desde el plano personal hasta el social. Todas estas inquietudes he tratado de plasmarlas en la obra.

Imagen: La Jiribilla

Mencionaba los tenedores de bicicleta, pero hay más de una obra en la que incorpora, por ejemplo, los llamados tubos de luz fría.

No es por gusto y tiene un antecedente: hace un año y medio, estuve haciendo lámparas a partir de objetos reciclados que me encontraba en la calle: cazuelas, cubos, latas, botellas y con todo eso fui conformando lámparas; llegué a construir unas  70 y con ese trabajo participé en el año  2012 en la Feria Internacional de Artesanías, Fiart.

¿Ese trabajo lo hacía como divertimento?     

Fue más bien un impasse, una distancia, que me tomé de la obra pictórica; quise distanciarme pero no divorciarme y ello me proporcionó una experiencia en el manejo de la luz real que conlleva a solucionar, por ejemplo, cómo emplear un cable eléctrico, ubicar un socket para que no se vea, enmascarar algo y, sobre todo, utilizar elementos reciclables que se convirtieran en utilitarios en una lámpara. Todo eso —y sobre todo la experiencia de trabajar la luz real— la trasladé a la obra.

La exposición se divide en dos grandes momentos

Un primer bloque en el que la luz es el elemento principal, es decir, incorporé tubos de luz fría: son ‘cuadros luz’ o ‘cuadros lámparas’  y un segundo bloque que incluye los elementos reciclados de fabricación industrial, que se contraponen y dialogan con la obra desde la abstracción.

Hay una obra dedicada a nuestro apóstol José Martí

Sé que va a ser una obra de difícil interpretación. Todo lo que he leído de Martí —y en los últimos años lo vengo estudiando más—, me confirma que ha sido el hombre más grande que ha dado Cuba. Su pensamiento, la manera en que concebía la vida, que escribía poesía o literatura, eran tan abarcadores que lo convierten en un pensador sin precedentes.

Todos los cubanos tenemos incorporado al Apóstol de manera figurativa porque desde la escuela primaria vemos el busto, pero estoy representándolo desde el punto de vista de la abstracción, le dedico una pieza que se llama Deuda con Martí. Esta obra  tiene incorporado un elemento que se funde —dos tenedores de bicicleta se unen por el cuello— y además tiene luz y transparencia: el héroe de Dos Ríos se vestía de negro porque estaba de luto hasta que Cuba no fuera libre, tenía un pensamiento acercado a lo puro —su ideario era blanco, de paz, a pesar de que consideró que la guerra era necesaria—, siempre estaba a favor de la humanidad, de los buenos valores, del amor, de la solidaridad entre los pueblos, de una sola América. Además Martí fue y es la luz  de Cuba, fue la luz que guió a Fidel y a su generación y a muchos intelectuales en nuestro país. Aún hoy Martí no ha perdido su luz y su vigencia. Está la sangre —de ahí el rojo— porque él sufrió, se desgarró. Por todo eso, me sentí en el compromiso de dedicarle una obra.

Hay otra pieza que me llama la atención: tiene un formato triangular y termina como en un bajante, como en un llamado hacia abajo…

Es la continuidad de otras tres que mantienen el mismo formato cuadrado y quise romper la cuadratura por lo que le añadí, efectivamente, un elemento triangular que se superpone a la obra y que rompe la visualidad de la línea recta del cuadro; es la sensación que uno tiene cuando abre la pila (grifo) del lavamanos: esa agua que corre y que se va por un caño, esa fue la sensación que quise dar; es como si toda la obra se deslizara por ese tragante. Con ese triángulo añadido quise romper una visualidad estricta y formal. La pieza se titula Se fue por el caño. 

¿Y el sofá?

El sofá es en el que descanso y que siempre ha estado en mi estudio de La Habana vieja. Preparando esta exposición, accidentalmente, se me derramó pintura sobre el sofá y se me ocurrió pintarlo completo, pero además le incorporé y lo forré con periódicos y le agregué luz. Ese sofá está colocado a la entrada de la galería y es como un recibimiento, como una bienvenida a lo que será la exposición. Usé el periódico Granma, que tiene los colores blanco, negro y rojo lo que me reforzaba la idea y eso lo combiné con la luz y con la pintura. Es como sentarse dentro de una obra.

Imagen: La Jiribilla

Los títulos de cada una de las piezas responden a un concepto muy bien pensado o a un llamado de atención. ¿Cuánta importancia le concede a este paso? 

Le doy mucha importancia a los títulos porque como la abstracción prescinde de lo figurativo es como una mano a seguir, como si el artista tomara del brazo y adentrara al espectador en el cuadro, en su universo, para que pueda visionar. El público tiene la libertad de interpretar lo que desee, pero el título es como una puerta a esa interpretación. Pienso mucho los títulos en función de lo que está sucediendo obra adentro para que ayude a entender, en un por ciento alto, lo que se está viendo.

La abstracción está en desventaja con la figuración en el sentido de que los seres humanos crecemos con la figuración: desde que se es niño —ya sea en el corral o en la cuna— nos circundan de muñequitos, ya sea un perrito o un osito o un burrito, vivimos rodeados de figuración porque vemos árboles, mar, muros, casas, puertas… Por eso pienso que es necesario un título orientador.

Hace poco hablando con la doctora Adelaida de Juan, una cátedra, me decía sobre el abstraccionismo informalista que “la pobreza está en la mirada del que observa la obra abstracta sin verla y no en la obra”.

Estoy totalmente de acuerdo: la pobreza está en el que aprecia. Y esos criterios desfavorables a la abstracción me han perseguido durante años y a otros artistas también. De cada diez obras que realizo —y llevo muchos años trabajando la abstracción—, me funciona una y eso quiere decir que, a pesar del entrenamiento que tengo, llegar a un resultado con el que quede complacido implica un gran esfuerzo, por lo tanto, eso no lo hace cualquiera.

Ese resultado tiene detrás un oficio, una manera de abordar la obra: para que un cuadro abstracto sea bueno tiene que cumplir una serie de requisitos y visualmente tiene que transmitir una sensación, buena o mala, impactarte, entrarte por la retina. No es fácil lograrlo.

¿Está satisfecho con Nadie es puro

Estoy satisfecho, pero no me siento completo: estoy satisfecho porque he trabajado duramente muchos meses y un grupo de críticos, amigos y artistas que han pasado por mi taller me han dado una valoración acertada y encuentran que hay un salto y que me he movido dentro de mi propio trabajo; he alcanzado un punto de madurez, de cambio, y que lo que estoy haciendo está más depurado, hay mejor oficio y pensamiento y todo está mejor estructurado, concebido. Esos criterios me dan cierta seguridad y la certeza de que estos meses dedicados intensamente a la creación no han sido por gusto, pero me siento aún incompleto porque me falta mucho por aprender, perfeccionarme, por leer e investigar para llegar a ser un artista.    

Indudablemente su obra está marcada por el diseño

Me gradué del Instituto Superior de Diseño Industrial el año 1987 y trabajé en la televisión cubana haciendo spots y otros trabajos de gráfica que fueran necesarios, pero en paralelo había entregado al Taller Experimental de Gráfica de La Habana (TGH) —o el Taller de la Plaza de la Catedral, como más se le conoce— una carpeta con mis trabajos. Desde el 1 de marzo de 1990 he mantenido una relación estrecha con ese lugar que considero fue el que, verdaderamente, me formó como artista y no como diseñador.

Para decirlo correctamente, en el TGH me formé como aprendiz de grabador y un aprendiz de la pintura porque en ese tiempo, en paralelo, habían artistas —que hoy son grandes creadores— que desarrollaban su obra a partir del grabado como Roberto Fabelo, Choco (Eduardo Roca Salazar), Nelson Domínguez, Luis Cabrera, Ángel Ramírez, Sandra Ramos —que comenzó conmigo—, es decir, un grupo de artistas  —yo era el más joven—  que comencé a seguir y a observar la manera que tenían de trabajar. Todo el tiempo estuve aprendiendo las distintas formas de abordar el grabado y la manera de hacer y entender la vida de taller. Esa época de aprendizaje fue importante y decisiva.

Obviamente tenía un interés por el mundo de las artes visuales, pero ¿cómo fueron sus inicios?

No tengo la historia de fábula que tienen la mayoría de los artistas y que dice ‘desde pequeño en la escuela dibujaba y la maestra me regañaba…’ No. Empecé a interesarme a finales de los 80 por la barrida que hizo un grupo de artistas de esa década que, considero, hizo un cambio sustancial y realizó aportes a la pintura cubana: cambiaron el concepto. Recuerdo que iba a todas las exposiciones, asistía a eventos, a las Bienales de La Habana que se desarrollaron en la década de los 80 y todo ese mundo despertó en mí un interés por las artes plásticas.

Lo que más a mano tenía —y lo que más cerca estaba de mi casa— era la Escuela de Diseño e hice las pruebas de actitud, aprobé, y entré, pero tempranamente entendí que no era lo que quería; es por eso que en cuanto me gradúo del ISDI me vinculo al Taller de la catedral y es donde empiezo a desarrollar una visión más amplia. No obstante, el diseño me sirvió de mucho porque es una herramienta importante a la hora de abordar la obra plástica, de componerla.

Algo del diseñador brota en su producción…      

El diseño es mi formación y no lo puedo negar. Los artistas, los críticos, los conocedores y los espectadores me dicen que quiero expresar una libre espontaneidad cuando todo está organizado y equilibrado: es cierto, y eso se debe a mi formación como profesional del diseño.  

Mencionaba la Generación de los 80, más atacada que entendida, y que aún hay que estudiar a profundidad

La generación de los 80 coincide con la creación, en 1978, del Instituto Superior de Arte, ISA, y los egresados —que venían de la Escuela Nacional de Arte (ENA) y de la Academia de Artes de San Alejandro—, empiezan a cambiar los conceptos de la obra plástica que se hacía hasta el momento.

Me viene un ejemplo a la mente: Tomás Sánchez varió el concepto del paisaje cubano porque hasta ese instante se hacía el típico paisaje del bohío, el río y el caballo. Tomás concibe un paisaje que sigue siendo cubano, que sigue teniendo la luz del Caribe, sin embargo con un concepto más filosófico, más pensado; recuerdo su cuadro que está en el Museo Nacional de Bellas Artes que se llama La Isla, el lago y la nube, que es una obra que mantiene la luz de Cuba, pero tiene un cambio en su concepto del paisaje. Recuerdo, también, las inundaciones luego del paso de los ciclones que cambiaron el concepto del paisaje. Y cito a Tomás, pero hay un grupo de artistas que comenzó a crear y a cambiar el concepto de la obra plástica como Gustavo Acosta,  Gilberto Frómeta y Segundo Planas, entre muchos otros. Los 80 fue una década decisiva para las artes plásticas cubanas porque renovó, revolucionó las bases de la creación. Los egresados de la primera graduación, en 1982, comienzan a hacer exposiciones y a cultivar una pintura cuestionadora, contestataria que no complacía.

Por otro lado, hay que recordar que en aquel momento no existía un gran mercado sino uno pequeño —que era institucional y pocas entidades compraban obras—, entonces se pintaba `por el amor al arte’ y ello implicaba que el arte resultante fuera genuino, legítimo y coherente y menos en función del mercado. Fue una generación con propuestas muy fuertes.

¿Por qué ha apostado por la abstracción?

Al diseño le es inherente un lenguaje que tiene que hablar de la misma manera para todo el mundo y tiene que interpretarse igual por la masa, pero en la pintura no.  La pintura es espontánea, y a la abstracción le es intrínseca la multiplicidad de lenguajes. Cuando se hace una campaña publicitaria o un cartel o un spot de televisión o un logotipo, todo el mundo tiene que entender con claridad el mensaje. En la pintura en general y en la abstracción en particular, cada quien interpreta en dependencia de su intelecto y de su visión: la diversidad de mensajes que tiene la abstracción se relaciona con mi personalidad. La abstracción tiene que ver con mi manera que ver la vida.

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