25 años de camino

Apuntes apurados sobre la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa

Zoila Sablón • Guantanamo, Cuba

Fotos: Cortesía de la autora

Hace 19 años llegué a la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa. Tenía entonces 25 años, los mismos que la Cruzada ha cumplido esta vez. Entramos —Omar Valiño, Armando Morales y yo— por Puriales de Caujerí, donde se cultiva el mejor tomate de Cuba. Nos desafiaba la crecida del río y un torrencial de agua colorá que nos hubiera espantado si nuestra determinación no hubiera sido tan firme. Era la sexta edición de la Cruzada, apenas unos jóvenes voluntariosos y ávidos de aventura. Esta vez, los tres nos reconocimos en los viejos caminos, frente a un paisaje natural intacto, pero frente a un paisaje social radicalmente transformado que nos devuelve un perfil complejo, atrofiado y contrastante.

 

Hace unos días, regresamos con la misma tierra roja entre las manos, metida adentro hasta el cogote. Esta vez, Nicolás, mi hijo más pequeño, me acompañó, cumpliendo así una tradición iniciada por su hermano José Julián en tres ocasiones: en mi panza con nueve semanas, y a los cuatro y diez años. Como puede notarse, la Cruzada también se ha vuelto un asunto personal, es parte imprescindible de nuestras biografías. Somos otros antes y después de la Cruzada. A Nicolás le brillan los ojos cuando les cuenta a sus amigos sobre los caminos, los ríos, los espectáculos, el viaje en el camión, y ostenta la credencial ganada como Fotorreportero oficial. Hizo casi mil fotos, las que ilustran este texto, fruto de su deseo y de su ocupación en ese “oficio”.

Se nota. Regresar a la Cruzada, a pesar de haber participado en no sé cuántas ediciones, quizá siete u ocho, revisitar Palma Clara con Nora recibiéndonos con tristeza porque después de muchos años no hacemos campamento en esa loma; es un acto de fe en el teatro y en la gente, en esa parte de nuestra Isla menos conocida, menos compartida en las redes sociales, en los medios de prensa, en el imaginario de la cubanidad, siendo ahí, justamente, donde nos reconocemos y reconquistamos una parte esencial de nuestra identidad.

Imagen: La Jiribilla
Nicolás Valiño Hernández, el fotorreportero oficial de la Cruzada

 

Si echamos un vistazo al programa actual de la Cruzada, observamos un cambio en su perfil. A los cruzados habituales les acompañan grupos de Colombia, España, Brasil, Dinamarca, teatristas provenientes de Turquía, Finlandia y de otras ciudades de Cuba. Como se dijo durante el Coloquio de la crítica celebrado durante el penúltimo día, el evento ha entrado en una nueva dimensión que pasa por el intercambio profesional a corto y largo plazo con diferentes experiencias teatrales. Ello implica, por supuesto, un cambio también, urgente y necesario, en la dinámica interna de su funcionamiento. Algunas de estas preocupaciones pudieron debatirse ese día: mayor estancia en los campamentos para poder relacionarse más con la comunidad; revisar los lenguajes y las formas de comunicación con el público; implicar más a los espectadores, educarlos en la recepción de las obras; repensar las propuestas escénicas en consonancia, por un lado, con las necesidades y expectativas de esas poblaciones, y por otro, con las demandas artísticas de los creadores.

Emilio Vizcaíno, actor y titiritero del Guiñol Guantánamo, al frente hoy de la Cruzada, y Ury Rodríguez, actor y director de La Barca, coordinador de los eventos teóricos, ha sido un dueto fértil para el buen desenvolvimiento. A ello se suma, la toma de conciencia de las autoridades e instituciones locales, junto al Consejo Nacional de las Artes Escénicas (CNAE) y otras instancias, por comprometerse por asegurar y garantizar las óptimas condiciones para el éxito de un evento peculiar y único por su extensión en el tiempo y la complejidad de su naturaleza en el país. No obstante, siguen produciéndose descoordinaciones y desajustes en la programación, de los cuales son responsables las instituciones locales y municipales. Sobre este punto, habría que reconsiderar los mecanismos de diálogo interinstitucional donde es esencial la preparación previa.

Imagen: La Jiribilla
Armando Morales, Soren Valente y Maité Hernández-Lorenzo

 

Varias agrupaciones de Guantánamo, Granma y La Habana representaron a la Isla. La provincia anfitriona sigue siendo la portadora de más grupos, algunos de ellos como Río Teatro y el Guiñol Guantánamo fundadores de la experiencia. Teatro Callejero Andante, de Granma, repitió pero esta vez incluyó una coproducción con Teatro Batida de Dinamarca, resultado de una colaboración entre Juan González Fiffe y Soren Valente que se inició en la Cruzada nueve años atrás. Fue Soren, director de Batida Teatro, quien ha desatado un intercambio prolífero entre ambos países y que ha traído este año a tres obras danesas gracias también a las gestiones de ASSITEJ de Dinamarca.

De La Habana, Armando Morales, director de Teatro Nacional de Guiñol, Edith Ibarra, de Teatro El Arca, y la crítica Dania del Pino Más, directora de Promoción del CNAE, completaron la nómina capitalina. Morales, a sus casi 75 años, cumplió el itinerario completo del evento que comenzó el 28 de enero en la ciudad de Guantánamo y recorrió más de 200 kilómetros por los caminos de los municipios Manuel Tames, Yateras, San Antonio del Sur, Imías, Maisí y Baracoa. Su activa colaboración y compromiso con la Cruzada es un ejemplo de su estirpe humana y titiritera. Volvieron los simpáticos diálogos de Los pícaros burlados, de Javier Villafañe, los mismos que hicieron gozar a niños y adultos hace casi 20 años atrás.

Imagen: La Jiribilla
Armando Morales en Los pícaros burlados

 

Los jóvenes siguen siendo los abanderados, aun cuando las condiciones de vida y convivencia son difíciles. Ellos son los que impulsan, gestionan, inventan otro modo de “vivir” la Cruzada desde sus proposiciones, desde su visión crítica estimulante y solidaria. A ellos debe la Cruzada hoy el empuje.

De la Cruzada, su experiencia, impacto y huella que ha ido dejando en las comunidades y en sus habitantes, ya han dando fe varios documentales, algunos de ellos proyectados durante el Coloquio en Yumurí, y varias tesis de estudiantes egresados de Estudios Socioculturales. Enrique Lanz y Yanisbel Martínez, del grupo español Etcétera han filmado íntegramente la Cruzada desde principio a fin y pronto veremos un material que nos hablará no solamente de la experiencia artística, sino que pasará también por el tamiz de lo social, humano y político que conlleva. De Etcétera pudieron verse maravillosas funciones de Pedro y el Lobo, de Serguei Prokofiev, el primer espectáculo de luz negra que llega a la serranía guantanamera. Una experiencia única de belleza artística y sensorial al ver las hermosas imágenes de los títeres bajo la noche, teniendo como telón de fondo la vegetación de las montañas y la potente banda sonora.

Por esta vez, no me extiendo más. Debo a mi hijo Nicolás el testimonio gráfico de estos días. Ha sido él quien nos ha legado las instantáneas que acompañan este primer acercamiento, estas primeras notas apuradas para no dejar que pase el tiempo, para no dejar que la tierra colorá se borre.

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