Construcción histórica de la violencia masculina en Cuba

Julio César Gonzalez Pagés • La Habana, Cuba

Cuando uno pregunta de forma general a un hombre en Cuba sobre su hombría y cómo la define, una respuesta probable es: hombre es cualquiera. Inmediatamente después fuñiría sus cejas para afirmar de forma categórica: lo más importante es ser macho, varón y masculino.

El argumento a esta afirmación lo debemos buscar en la historia. Una de las constantes que ha marcado las sociedades a escala planetaria, es la existencia de una división sexual del trabajo en la cual, hombres y mujeres, han sido llamados a desempeñar roles diferentes y preestablecidos. Con lógicas variaciones, atendiendo a espacios determinados y momentos históricos concretos, este fenómeno ha mantenido su presencia hasta la actualidad.

Imaginemos que caminamos por nuestro vecindario y de pronto vemos a un vecino pegándole a su mujer con todas sus fuerzas. Ella cae al suelo y pierde el conocimiento.

No podemos dejar que la violencia se haga parte de la identidad masculina como resultado del proceso de construcción social e histórica de esta. Sabemos que la violencia masculina no es una condición natural o biológica de los hombres.Nuestra primera reacción no se hace esperar: sentimos lástima por ella que físicamente es menos fuerte que él y rechazamos ese acto de cobardía. Nuestra segunda reacción: “… si le pegó, fue por algo malo que hizo (…) además, debe aprender a respetar a su marido que es quien manda en la casa”. Esta es una escena que se ha repetido y sigue repitiéndose constantemente en todos los contextos sociales a través de la historia de la humanidad.

Es importante que los hombres asuman un papel activo en la lucha por acabar con la violencia basada en el género. Los hombres deben trabajar con miras a crear relaciones más justas y respetuosas entre los sexos y eliminar todas las formas de violencia dirigidas contra la mujer.

No podemos dejar que la violencia se haga parte de la identidad masculina como resultado del proceso de construcción social e histórica de esta. Sabemos que la violencia masculina no es una condición natural o biológica de los hombres.

Los procesos históricos han construido un modelo hegemónico de masculinidad que perpetúa la violencia en contra de la mujer. El modelo requiere que los hombres establezcan su autoridad y poder, particularmente dentro del hogar. En esa instancia, un hombre a menudo despliega su poder sobre su compañera, o hijos/as, por medio de la violencia verbal, emocional o física.

Imagen: La Jiribilla

Los estudios han revelado que los hombres no necesitan embriagarse o hallarse bajo el efecto de estupefacientes para cometer actos violentos. Más bien, los varones llegaron a ser violentos con sus parejas a partir de sus creencias sobre la identidad masculina y cómo esta se refleja en el ejercicio de la autoridad.

Las estrategias a implementar deben alentar al hombre a reflexionar críticamente sobre su estilo de vida. Aunque muchos hombres verán estas consecuencias como parte del precio de ser machistas y por consiguiente no pertinentes, ciertos planteamientos fundados en tales secuelas pueden ser viables.

Se deben crear nuevas leyes que fomenten la igualdad de género, además de eliminar las leyes patriarcales y arcaicas que legitiman y perpetúan la violencia en las relaciones. Asimismo, proporcionar programas en grupos de hombres que motiven en una manera positiva la reflexión personal sobre cómo revertir el proceso de la violencia y que evite un enfoque culpabilizante.

Las principales manifestaciones de violencia son las que ejercen: los hombres adultos sobre otros hombres adultos, los hombres adultos sobre ancianos, niños y mujeres. Precisamente la última ha sido la que más ha predominado y es la más preocupante. La mujer siempre ha estado relegada a un plano secundario en la vida social y en la familia. Vivimos en sociedades que, aunque han tratado de aparentar lo contrario, están organizadas a partir de estructuras que violentan a los individuos. Esta violencia ha estado históricamente en todos los lugares de la vida pública: en la esfera laboral, con trabajos que muchas veces resultan enajenantes; en las ciudades, llenas de consumismo y esquizofrenia; en los campos, marcados por la soledad y el atraso socioeconómico y cultural; en las escuelas, cuna de las diferencias raciales, de clase y género. No es de sorprender que esa violencia sea aprehendida de diferentes formas por los individuos y reflejada en sus vidas privadas.

Aunque la violencia es una manifestación socio-psicológica de un estado de ánimo en el que nos encontremos, o sea, una vía de escape a un problema determinado, es rechazada por todos y todas tanto en su faceta pública como privada. No obstante, es paradójico que sea casi imposible dejar de reaccionar de manera violenta ante una situación específica, sobre todo en el caso de los hombres. ¿Cómo se explica esto? ¿Por qué actuamos así? El problema es realmente muy complejo y sus raíces se remontan a los inicios de la sociedad patriarcal.

Los rasgos patriarcales de las sociedades no son solo ideológicos. Existen también en la organización misma de la sociedad y de la familia, su expresión más directa. Al separar las funciones económicas y políticas de la familia, el papel de la mujer se redujo, tanto en sus actividades, como en las posibilidades de vincularse a la sociedad. Quedó así, relegada a las tareas de reproducción y cuidado de los seres humanos, soportando todo el peso del trabajo doméstico.

Los hombres por su parte, se apropiaron de las labores públicas: la política, la economía, la construcción de todo lo concerniente a los espacios colectivos. Ello les concedió el derecho de gobernabilidad sobre el mundo y el sometimiento de las mujeres. Nació así el poder masculino, asociado con los hombres heterosexuales, rudos y machistas. Estos derechos “divinos” otorgados por naturaleza, sirvieron y aún sirven para subordinar a las mujeres, a lo femenino, considerado estereotipadamente débil, inferior e incapaz.

Los hombres combinaron sus autoconcedidos poderes sociales con su fuerza física, superior biológicamente a la de las mujeres, para esclavizarlas a su antojo. Como es lógico, las primeras expresiones de violencia no se hicieron esperar. Este fue y ha sido por mucho tiempo, un mecanismo de control y de terror utilizado por los hombres para someter a las mujeres.

Las principales manifestaciones de violencia son las que ejercen: los hombres adultos sobre otros hombres adultos, los hombres adultos sobre ancianos, niños y mujeres. Precisamente la última ha sido la que más ha predominado y es la más preocupante. La mujer siempre ha estado relegada a un plano secundario en la vida social y en la familia. Obligada a cumplir con las labores domésticas y a obedecer los caprichos de los hombres. Las mujeres han tenido que soportar vivir con la carga de las sociedades patriarcales, pensadas y construidas socialmente sobre la base del poder de los hombres.

Como bien se mencionó al principio, la violencia existe bajo dos formas fundamentales: la psicológica y la física. La primera se manifiesta a través de una simple mirada, un gesto, una frase amenazante o un chantaje. La segunda, implica agresión física y va desde un simple apretón o bofetada hasta el uso de armas blancas o de fuego. No por el  hecho de que la agresión física provoque una lesión directa en el cuerpo de las mujeres, la intimidación psicológica resulta menos dañina, porque puede trastornar tanto como la primera.

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La violencia social o pública a que son sometidas las mujeres, es un fenómeno recurrente en las sociedades. Está presente en todos los lugares: instituciones laborales, bares, tiendas, parques, calles, hospitales, etc. Las mujeres son objeto de agresiones verbales y físicas por parte de los hombres, quienes respaldados por la lógica patriarcal y por la imagen de que son superiores a las primeras, las humillan.

Aunque en la actualidad las condiciones de trabajo para las mujeres han cambiado, en parte gracias a la lucha del movimiento feminista, ellas están condenadas a ocupar puestos de trabajo peor remunerados que los hombres.

La división del trabajo, también marcada por el sello patriarcal, hace que esto suceda. De ahí que los mecanismos estructurales de una sociedad construida por hombres fomentan el aislamiento de las mujeres y su indefensión frente a la violencia doméstica. Esta discriminación, que es una forma de violencia psicológica, se agrava aún más si consideramos que esa mujer, cuando termina su jornada laboral de ocho horas, por lo general, tiene que hacerse cargo de las cuestiones domésticas.

La violencia doméstica que afecta a las mujeres en el entorno familiar resulta la más cotidiana y recurrente en las sociedades. Esta es llevada a cabo por el jefe de familia: una vez más el hombre. Según la socióloga Judith Astelarra, la violencia doméstica tiene dos rasgos fundamentales.

El primero lo caracteriza su invisibilidad, existe pero es marcado por un silencio cómplice que impide que sea enfrentado y resuelto. Es decir, todos saben que maltratan a la vecina, pero nadie es capaz de denunciar el delito ante las autoridades policiales, incluso en ocasiones ni los propios miembros de su familia. La invisibilidad está dada por la aceptación de tabúes o estereotipos sociales que condenan a la mujer a vivir a expensas de ser agredidas por su marido, sin hallar una solución. Tabúes que tienen que ver con la tolerancia hacia este tipo de conflicto, vistos como naturales dentro de las relaciones de familia o por la imposibilidad que muchas veces tienen las mujeres de encontrar una salida.

El otro rasgo, la culpabilidad de la afectada, significa que la mujer es la única culpable de que el hombre la agreda. Podría sonar ilógico, descabellado, pero es una realidad. Encima de ser golpeada, maltratada y humillada, tiene que enfrentar su “falta”, por incitar este tipo de incidentes. Por ejemplo, si es víctima de una violación, es porque excitó a un hombre por sus “inadecuados gestos femeninos” o su ropa “indecente” y “provocadora”. (Astelarra, 2005, p.82)

Todo esto explica cómo funcionan los mecanismos de la ideología patriarcal, lo cual posibilita que los hombres, haciendo uso del estereotipo de virilidad como poder, subordinen por la fuerza a las mujeres, percibidas como seres inferiores y frágiles. De manera que la noción de respeto y libertad a la mujer, como defienden todas las sociedades que se consideran  democráticas, se convierte en una verdadera farsa, capaz de generar diversos conflictos.

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La violencia de los hombres contra las mujeres es un verdadero acto de cobardía. No por manifestarnos agresivos con ellas, nos respetarán más, serán más sumisas a nuestros deseos o reafirmaremos nuestra hombría ante los ojos de los amigos. Simplemente conseguiremos desprecio, desencanto, desilusión, contribuyendo a destruir las relaciones inter-genéricas, ya sean entre amigos, familiares o parejas.

Por otro lado, los hombres nos comportamos violentos y agresivos con otros hombres: “Como se nos construye socialmente para rivalizar, los hombres se deben cuidar de no tener puntos débiles”. Esta rivalidad, se nos enseña desde que somos niños, forma parte de los estereotipos existentes sobre la masculinidad y es una cualidad indispensable que debe existir entre los “verdaderos machos”.

La violencia de los hombres contra las mujeres es un verdadero acto de cobardía. No por manifestarnos agresivos con ellas, nos respetarán más, serán más sumisas a nuestros deseos o reafirmaremos nuestra hombría ante los ojos de los amigos.Los hombres lidiamos en diferentes campos y de diferentes modos: en el estudio, en el trabajo, en el vecindario, en los deportes, debatiendo algún tema, con nuestros amigos, familiares y con los integrantes de cualquier grupo social al que pertenezcamos. Siempre estamos a la defensiva. Nunca descansamos. En cada una de estas áreas, por llamarlas de alguna manera, pugnamos acorde a las características, circunstancias y tipos de persona con las que nos relacionamos.

Es por ello que la rivalidad puede expresarse de diferentes formas, entre las que resalta de forma negativa la violencia. Nos comportamos violentos para reafirmar nuestra masculinidad, porque necesitamos demostrar que para ser masculinos tenemos que ofender, intimidar, golpear y hasta matar a cualquier otro hombre que consideremos nuestra competencia.

Violencia y deporte

Citar o mostrar ejemplos de cómo se manifiestan en las realidades cotidianas de las sociedades la “tríada de la violencia”, como la ha definido el investigador Michael Kauffman, pudiera conducirnos a escribir una lista muy extensa (Kauffman, 1995). Por ello vamos a ubicarnos en el contexto de uno de los espacios de socialización por excelencia de los seres humanos: el universo de las prácticas deportivas; para mostrar cómo el deporte puede ser un catalizador de la violencia en cualquiera de sus variantes.

Históricamente el mundo deportivo se ha comportado como un terreno de legitimación y recreación de las relaciones sociales establecidas en los más diversos escenarios históricos, geográficos y culturales. Superado desde hace décadas su definición más primigenia como “…sistema de competiciones físicas que buscan medir y comparar las actuaciones del cuerpo humano concebido como polémica siempre perfectible…” (Brown, 1968, p.44); se ha convertido en un espectáculo mediante el cual convergen y se expresan fenómenos y aspectos sociales como la violencia, las conciencias e identidades colectivas, raciales y de género; en un campo en el que se interconectan y tienen lugar relaciones económicas, comerciales, y se validan intereses políticos propios de las sociedades modernas.

Concebido como un espacio esencialmente diseñado para los hombres, el mundo del deporte no ha podido desprenderse de los discursos y realidades que subyacen en las dinámicas de las relaciones de género que han regido -y lo continúan haciendo- el decurso de las sociedades a escala planetaria. (Dunning y Maguire, 1997;Fuller, 1997; Silva, Botelho y Quieros, 2006)

A pesar de los sostenidos avances alcanzados por la mujer, el deporte se ha mantenido como un espacio construido, practicado, disfrutado y regulado mayoritariamente por los hombres. El que ellas se hayan incorporado de manera oficial a la práctica de casi todas las disciplinas, que ocupen su lugar en las gradas como aficionadas o fanáticas, e incluso participen de las ganancias económicas que ofrece la actividad atlética, no ha cambiado el modelo de la hegemonía masculina que impera en el universo deportivo.

La práctica deportiva lleva implícita la presencia de conductas y características propias del modelo de masculinidad hegemónica impuesto, cultural e ideológicamente, por esos grupos de hombres que detentan el poder social en cualquier contexto. Hablamos de la fuerza física, la agresividad, la potencia, las habilidades y por supuesto, las acciones violentas en las que subyace la validación del ideal del varón hegemónico, la reafirmación de la detención del poder en las fronteras de lo masculino.

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En particular, la violencia ha sido una cualidad históricamente asignada a los hombres, utilizada en función de alcanzar dicho poder y legitimar su posición dentro de la relación de dominación-subordinación que se establece. El universo deportivo no es la excepción en cuanto a ello.

Resulta lógico entonces que en aquellas mujeres que participan de este espacio, la sociedad “incorpore” a sus vidas esos códigos y patrones conductuales masculinos, ante la supuesta imposibilidad de colegiar su feminidad en ese mundo, inclusive esas que practican muchas de las disciplinas, calificadas como violentas e “hipermasculinizadas”, van a parar mayoritariamente a ese banco de acusadas de “varoniles”.

Otra arista muestra a los varones -particularmente en la niñez y la adolescencia- que no logran insertarse y demostrar sus éxitos en la práctica deportiva, provistos y estereotipados en muchas ocasiones, de un aura femenina que llega a poner en duda, según el criterio homofóbico, su “correcta orientación sexual”.

Evidentemente existe una relación basada en la inequidad cuando hablamos del vínculo género-deporte; donde la menos beneficiada no solo es la parte que integra el mal llamado “sexo débil”, sino también los hombres que al menos en el campo de las disciplinas atléticas, no se logran mostrar como “machos hegemónicos” merecedores de disfrutar del poder social que se pone en juego en este espacio.

En todas las áreas donde el deporte ocupa el centro de la atención: terrenos, graderías, peñas y demás sitios de polémica, puestos laborales, artículos periodísticos, trasmisiones televisivas, establecimientos y paredes con imágenes y grafitis, se justifica su existencia como actividad social que tributa al comportamiento, actitudes y costumbres reservados históricamente para hombres hegemónicos.

La práctica deportiva lleva implícita la presencia de conductas y  características propias del modelo de masculinidad hegemónica impuesto, cultural e ideológicamente, por esos grupos de hombres que detentan el poder social en cualquier contexto.Subrayar la inexistencia de fronteras geográficas, culturales, de sistemas, religiosas o de idiomas, en el marco de las dinámicas que adoptan las relaciones entre hombres y mujeres en la esfera del deporte, es un elemento importante para entender el carácter universal de esta problemática. No importa si lo visualizamos en una peña beisbolera de

la capital cubana, en un estadio de fútbol ecuatoriano donde se juega un derby local, en el monto de las ganancias que genera una liga profesional europea y su distribución; o si nos trasladamos a un campo de refugiados/as somalíes, ubicado en su vecina Kenya, donde un grupo de mujeres que juegan voleibol, son discriminadas por no cumplir las indicaciones patriarcales que les impone la religión musulmana.

Las inequidades de género, la discriminación y la violencia en cualquiera de las variantes que nos presenta Kauffman en su tríada se manifiestan, particularidades aparte, en una misma dimensión y siguiendo el mismo discurso que proyecta el modelo hegemónico de masculinidad. Ejemplo de ello son los tres escenarios que les presentamos a continuación.

Hombres ejerciendo violencia sobre las mujeres

Pensemos en la situación que nos muestra un documental realizado por la Agencia de la ONU para los refugiados (ANHCR) en un campamento de refugiados somalíes situado en Kenya. Allí, como parte del trabajo humanitario que se realiza para mejorar las difíciles condiciones de vida de estas personas, y a partir del establecimiento de una perspectiva de género para su consecución; esa organización ha comenzado a incentivar en las mujeres la práctica de disciplinas deportivas, particularmente el voleibol, como vía para modificar la subordinación y la ausencia de libertades en que las refugiadas se encuentran sumidas por la fuerte estructura patriarcal.

Escudados tras los preceptos que dicta su religión, que enuncian y justifican el papel subordinado de la mujer, su supuesta debilidad, las funciones siempre domésticas que les están asignadas por mandato divino, su exclusión de los espacios públicos; y por supuesto por la renuencia y el temor a permitir que ellas participen de una actividad legitimada por su cultura y la propia religión como exclusiva de los hombres; la gran mayoría de los miembros del campamento se oponen a que las mujeres jueguen voleibol.

Esta situación ha condicionado no solo ese rechazo, sino también la adopción de actitudes y prácticas violentas que todo el tiempo actúan en detrimento de la posibilidad de que estas mujeres, muy jóvenes todas, comiencen a vislumbrar que existe una manera más feliz de vivir -no importa que sea en un campamento de refugiados-, que es posible disfrutar de derechos que son inalienables.

Desde el mismo momento en que esos hombres, o mejor sus padres, hermanos, primos, amigos y varones que comparten sus mismas edades, pretenden negarles el derecho a participar de una actividad social que en su concepción es abierta a todos por igual, se está ejerciendo violencia sobre esas mujeres, al discriminarlas y excluirlas.

No solo las agreden al lanzarles piedras u otros objetos mientras juegan; es continua la presión emocional y psicológica al catalogarlas como “mujeres de la calle”, “renegadas de su religión”, “jóvenes que nunca encontrarán un esposo que las acepte”; las obligan a jugar usando todo el vestuario que su religión les impone, a pesar del calor sofocante.

Esto provoca que muchas de ellas, aunque sientan el deseo de poder unirse a las que han decidido ignorar esas agresiones, no puedan dar el paso necesario de romper con el estigma de la subordinación histórica, propia de su cultura, “bendecida” por su religión.

Hombres que ejercen violencia contra otros hombres

Boca Juniors ante River Plate, la Roma versus Lazio; el Manchester United enfrentando al Chelsea, las selecciones nacionales de Argentina y Brasil rivalizan en un partido clasificatorio para el próximo mundial. Cualquiera de los estadios que acogen estos partidos de fútbol puede servirnos como escenario perfecto. Los actores principales no se encuentran precisamente en la cancha, no andan corriendo tras un balón. No son estrellas mundiales, íconos de un nuevo paradigma del hombre-triunfo moderno. Sus nombres, apellidos o apodos no son coreados a viva voz por miles de personas: Kaká, Ronaldinho, del Piero, Raúl o Drogba.

Los protagonistas del momento son reconocidos bajo diversas denominaciones, a tenor con la región o el país donde nos encontremos: hinchas, barras bravas, hooligans, o tifosis, entre otros. Un común denominador los define: la inmensa mayoría son hombres, y se distinguen visiblemente del resto de las personas que acuden a un estadio a disfrutar de un partido de fútbol.

Una de las cualidades que poseen estos grupos de hombres es el ejercicio de la violencia. En un estudio realizado a hinchas de los clubes argentinos Colegiales y Huracán, estos coincidían en señalar entre sus particularidades el uso constante de las prácticas violentas. A su juicio, ponían a disposición del honor del club sus saberes violentos para no ser ofendidos por los adversarios. Ello estaba motivado porque subyacente al encuentro futbolístico se dirimían cuestiones de honor del club y de sus simpatizantes que solo pueden debatirse en el plano de los enfrentamientos. (Garriga, 2005)

Para Dunning, entre las causas que condicionan las conductas violentas de hinchas como esos, se encuentra la relación con los códigos propios de un modelo de masculinidad dentro del universo deportivo que “resalta hasta el extremo la rudeza y la habilidad para pelear; es, en ese aspecto, distinto de grado -pero no de clase- de las normas de masculinidad actualmente dominantes en la sociedad en general; y tiende a recibir la constante condena de los grupos socialmente dominantes”. (Dunning en Gallegos, 2002)

A partir de la formación de una identidad colectiva respecto a su club o selección nacional de preferencia, los hinchas asumen un compromiso y un sentido de pertenencia hacia sus equipos que en muchas ocasiones es su principal fuente de satisfacción.

Derivado en lógicas confrontaciones locales o nacionales, el ejercicio de la violencia se convierte en un eje transversal de su accionar, que busca legitimar la victoria de su club en las gradas, o en su defecto, “escarmentar” a sus rivales por el revés sufrido.

Los ejemplos que pudiéramos citar acerca de las graves consecuencias que han producido pugnas entre hinchadas pudieran ser muchos. Uno mundialmente conocido por la estela de muerte y horror que dejó a su paso fue durante el partido Liverpool-Juventus, en 1985.

En este sentido, queremos referenciar algunas ideas que nos comentara la abogada uruguaya Graciela Navarro, en una entrevista para la Red Iberoamericana de Masculinidades. Ante una pregunta sobre la participación de las mujeres como espectadoras en los estadios, Graciela responde: “cada vez menos me parece… el ambiente en los estadios se ha tornado tan violento que es bastante difícil para la familia asistir al estadio sin correr algún riesgo. Por lo menos eso es lo que está en la conciencia de todos… vas al fútbol en este momento y no sabes bien que te puede pasar.”

Hombres que ejercen violencia contra sí mismos

Es verano, un grupo de jóvenes se encuentra de campismo en el litoral norte del occidente de Cuba. Suman once varones que comparten varios espacios de socialización: viven todos relativamente cerca, acuden a la misma escuela, van juntos a fiestas y conciertos, y en los meses donde el calor alcanza sus cotas más altas, la playa y el campismo se convierten en sus opciones de preferencia.

Entre ellos se pueden observar varias diferencias. Los hay de todas las “razas”: blancos, negros y mestizos; se hace evidente que algunos poseen una calidad de vida superior; la complexión de sus cuerpos es diversa: unos son fuertes, con una musculatura bien desarrollada, otros tienen unas “libritas de más”, y dos de ellos asemejan largas y delgadas “varas”.

Hay una cualidad por sobre todas que los une. Varios autores reconocen la existencia en jóvenes de una tendencia a celebrar las situaciones de riesgo, la práctica de la violencia, así como el descuido y abuso excesivo de sus capacidades corporales, como parte de la búsqueda de un modelo de identidad masculina victorioso, en correspondencia con lo que se espera de ellos como varones (Figueroa, 2005). Estos jóvenes no son la excepción.

En la mañana acuden a uno de los sitios más representativos del lugar. Conocido como “la cueva del pájaro”, es una especie de poceta en el litoral, rodeada por una elevación rocosa que alcanza los diez metros de altura. Allí, los rasgos propios de la competitividad entre los varones jóvenes, la validación de su “hombría” al enfrentar episodios de riesgo, llegan a ser el non plus ultra de sus juegos. Lanzarse a las  profundidades de la poceta desde la altura mencionada es la prueba de fuego, la presencia de jóvenes de ambos sexos con experiencia en esa situación, un factor que los incita a no defraudar.

En ese instante, algunos de esos varones, que por primera vez se enfrentan a este “salto ornamental”, se ven impelidos, en una demostración de temeridad, valentía y arrojo, a ejecutar el salto. A pesar de que desconocen que la profundidad de las aguas les puede jugar una mala pasada, y que lanzarse con miedo les puede hacer chocar contra las rocas laterales. Hacerlo te coloca en el grupo de los “bárbaros”, “los hombres a todas”, para los cuales el próximo paso es rivalizar a ver quién efectúa los mejores clavados. Aquellos que no logran vencer sus miedos se convierten en objeto de frecuentes burlas y descalificaciones como: “cobarde”, “estás flojo”, “no tienes huevos”. La posibilidad de sufrir daños físicos en esta situación se da la mano con la presión psicológica que enfrentan estos jóvenes en ese espacio de ocio.

La violencia masculina, sustentada por la ideología patriarcal, es un fenómeno que trasciende lo particular. Decir que es un problema solucionable a corto plazo, sería engañarnos a nosotros mismos. Desde nuestras posiciones como actores sociales, podemos comenzar a combatirla en primer lugar, respetando la diversidad genérica, sexual, racial y generacional.Agotadas ya todas las opciones de saltos, y diferenciados los “salvajes” de los “flojos”, una nueva competencia se fragua. Comienzan a nadar mar adentro buscando llegar a la posición donde las aguas son más profundas. Una vez más la situación descrita en el párrafo anterior se repite. Aquellos varones con menos práctica en la natación, empiezan a quedarse atrás. Los mueve el saber que con solo llegar, no importa cuán demorado sea, son eximidos de ser el centro de esas burlas y descalificaciones.

Por ello, a pesar de tragar constantemente agua salada, de sentir como el cansancio físico comienza a hacer mella en ellos, lo intentan. Lo peor de todo es, que una vez que lleguen, deberán volver.

En solo dos horas estos jóvenes han dado rienda suelta a la competencia masculina. Varios emergieron victoriosos de ella, la condición de “superhombres” en ese espacio ha sido legitimada por las mujeres que intentarán conquistar en la noche y por aquellos que deberán contentarse con tener sueños en donde la situación vivida sufra profundos cambios a su favor.

En el relato de estas experiencias vemos cómo estos jóvenes asumen un comportamiento que algunos autores definen como “mito del héroe”, mediante el cual “muchos varones aprenden que para poder legitimarse como tales deben ser héroes y tener historias que contar.” (Figueroa, 2005, p. 52)

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La violencia masculina, sustentada por la ideología patriarcal, es un fenómeno que trasciende lo particular. Decir que es un problema solucionable a corto plazo, sería engañarnos a nosotros mismos. Desde nuestras posiciones como actores sociales, podemos comenzar a combatirla en primer lugar, respetando la diversidad genérica, sexual, racial y generacional. Tenemos que ser capaces de tolerar la otredad y despojarnos de esos prejuicios sociales que tanto nos dañan y nos disminuyen como personas, porque consumen una parte de nuestro yo individual. Lograr esto constituye una tarea harto difícil, pero el punto de partida está en nosotros mismos.

Por su parte, las autoridades y órganos de poder de la sociedad, podrían apoyar enormemente a combatir los problemas de violencia callejera y doméstica. Podrían contribuir a crear talleres que se impartan en las escuelas, centros laborales, prisiones, etc. Con esto lograrían enfrentar en parte el problema, haciéndolo público y reflexionando con las personas acerca del daño real que produce a nivel psicológico y social. Servirían como sustento, muchas Organizaciones No Gubernamentales (ONG´s), que defienden los derechos de la diversidad sexual, las mujeres, los niños, los desvalidos, los inmigrantes, los negros y mestizos.

Es un problema que necesita que lo hagamos visible, porque de ello dependen la felicidad y tranquilidad social de millones de personas en el mundo. Es necesario aprender a deconstruir tales estereotipos patriarcales, que lejos de que pensemos que nos ayudan a prepararnos para enfrentar la vida, nos la hacen más difícil porque nos obligan a cumplirlos al pie de la letra.

 

El texto ha sido tomado de la página web de la Red Iberoamericana de Masculinidades (www.redmasculinidades.com)
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