Fascinación Modotti-Weston

México al desnudo

Miguel Gerardo Valdés Pérez • La Habana, Cuba

Recorrer la sala C del Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México es experimentar las emociones visuales de los fotógrafos Tina Modotti (1896-1942) y Edward Weston (1886-1958).

Imagen: La Jiribilla

La muestra, integrada por 35 instantáneas de Weston y 29 de Modotti, nos entrega el México de las primeras décadas del siglo pasado desde dos dimensiones interpretativas y diferentes, aunque marcadas ambas por un dominio de la imagen y una elegancia y realismo —que no por descarnado en el caso de la Modotti— dejan de atraer y conmover.

Las palabras de presentación de la curadora y directora del museo, Sylvia Navarrete, son elocuentes respecto al valor documental indiscutible de la muestra —más allá del artístico— al presentar nuevamente al público mexicano la obra de Weston después de casi medio siglo de su última exposición y 32 años de la de Modotti.

Italiana de nacimiento, Tina, y estadounidense, Weston, sus perspectivas artísticas y sociales se consolidaron en el México insurgente de las primeras décadas del siglo XX y se fertilizaron en la relación personal con figuras tan relevantes para la cultura y la plástica nacional mexicanas como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Xavier Guerrero y Frida Kahlo.

La relación profesional de ambos y la admiración de Tina por el talento de Weston catalizó en una relación de pareja, dos razones que impresionan como fundamentales cuando se leen los apuntes biográficos sobre ella.

Sin embargo, la pasión desbordada de esta mujer que había padecido no pocas penurias en su infancia, se tornaría explosiva al conocer a Julio Antonio Mella, cubano, cuyo pensamiento y radicalismo revolucionario calarían profundamente no solo en la vida emocional de Tina; sino en su activa militancia política posterior al asesinato de Mella. Suceso que marcaría la vida de Tinísima, como la nombraba él.

Bastaría leer los nombres de personas como Dolores Ibárruri, Rafael Alberti, María Teresa León, Miguel Hernández, Antonio Machado o Pablo Neruda, para tener una aproximación al activismo que Modotti desplegaría tras la muerte de Mella, cuando acusada de implicación en el asesinato se ve obligada a abandonar el México que con tanto realismo había testimoniado en sus fotos.

Imagen: La Jiribilla

Sin embargo, lo que representó la Modotti en los tiempos en que la mujer carecía de los derechos que después iría conquistando, no siempre son los que acompañan el trazo de su vida consagrada a la causa que consideró justa y emancipadora.

El México inmortalizado en las cananas insurgentes, en el maíz tan nacionalmente autóctono, en las manos obreras surcadas por el esfuerzo y la pobreza, en las venas profundas del titiritero, en el regazo maternal o en las chinas poblanas —recreadas pictórica e indumentariamente por la excepcional Frida Kahlo— es el real reflejo del indómito, humanista y rebelde temperamento de Tina que rebasa cualquier otra aproximación ligera a su vida.

Coincidentemente, casi en los mismos días de enero, 13 años después de que Julio Antonio Mella cayera ultimado en sus brazos por orden de unas de las tiranías más represivas de la Cuba de esos años, la de Gerardo Machado, el corazón de Tina dejó de latir en el país que tanto la había cautivado y al que había regresado. Apenas tenía 46 años.

En el Panteón Civil de Dolores, en lápida del añoso mármol grabado por Leopoldo Méndez, puede leerse la primera estrofa del poema Tina Modotti ha muerto de Pablo Neruda:

Tina Modotti, hermana, no duermes, no, no duermes:
tal vez tu corazón oye crecer la rosa
de ayer, la última rosa de ayer, la nueva rosa.
Descansa dulcemente, hermana.

En el México que cobija el misterio de su vida y de su muerte, Tina Modotti, rebelde y hermosamente transgresora en el desnudo de su cuerpo, de su alma y de su obra, no ha dejado de escuchar la nueva rosa.

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