XXV Cruzada Teatral

A Baracoa me voy (III)

Carlos Melián • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor
 

Hay utensilios que no debes olvidar cuando te embarcas en La Cruzada, aseo personal, toalla, dos sábanas, un plato preferentemente plástico o de aluminio, una cuchara de metal inoxidable, un vaso y un cubo con jarro para echarte agua. Si olvidas alguno, o la mayoría, como me sucedió a mí, no es exactamente un problema pues compartir ya sea directa o indirectamente es una de las esencias de esta empresa. Solo que mi caso extremo, andar como un moscardón observándote comer esperando a que me prestes tu  plato, regresar una hora después buscando un cubo o un par de chancletas, picar cigarros, me hacía temer que alguien me enviara de paseo de un momento a otro, lo cual es otra manera apreciable de compartir, especialmente si un vete al carajo se ofrece como prenda de familiaridad. Así me lo hacía saber mi más paciente protector Ury Rodríguez, de Teatro La Barca: “coge el cubo pero no laves tus calzoncillos dentro”.

Imagen: La Jiribilla
Cuento pirata, del grupo mexicano Pipuppets
 

Una sarta de hábitos y padecimientos íntimos de la vida hogareña se transfieren a la Cruzada. Como tengo la costumbre de madrugar, mi reloj interior me despertaba invariablemente a las cuatro de la mañana, y ahí, entre unas 50 personas, no me quedaba otra que repasar vivencias en la oscuridad o hacer algunas anotaciones mentales como estas: “en los ronquidos de una buena parte del continente americano no hay pizca de acento mexicano, brasilero, cubano o español. Se ronca pasmosamente igual”. O: “se confirman algunos estereotipos (…) mientras más grande, enérgico y voluminoso es un sujeto, más alto y voluminoso será su gañido”.

Algunos jadeos eran solo jadeos, y confirman bellezas femeninas, espíritus reposados como una llanura en la que poco a poco cae el sol, pero otros son monumentales, wagnerianos, como un estampido de vacas, una tormenta en la sierra, un bandolero ofuscado que arroja hachazos a la oscuridad. Dado que me desvelo fácilmente, fui haciéndome de una lista negra en las que encabezaban PPPP y BBBB. Creo que no ronco porque conozco un método para evitarlo: dormir bocabajo.

Evidentemente para un cubano como yo, y como otros tantos, que ha estado una parte importante de su vida como estudiante becado compartiendo en dormitorios colectivos, y que ha asumido la escases incluso de manera estoica, pasar por estos momentos no es un problema nuevo o severo. Sin embargo, me interesaba observar cómo lo digerían brasileros, colombianos y mexicanos, o Laurie Freferick, la antropóloga norteamericana que regresaba a la Cruzada luego de 15 años de ausencia ¿Les causaba alguna impresión vernos amoldarnos sin asombro, sin exotismos, sin asumir un personaje, a escenarios tan poco convencionales restando un poco a esa necesidad de privacidad, de confort que todos, en condiciones ideales, deseamos? Por otro lado ¿no sería esta una pregunta chauvinista?

Arriesgo esta tesis: sea cual sea el origen de cada quien, o las ideas que sobre Cuba tuviesen incubadas en la cabeza, el proceso de adaptación de cubanos y extranjeros era bastante similar. Los foráneos observaban el proceso de la aventura colectiva, descubriéndose y asombrándose de sí mismos, de sus propios límites, identificando lo superfluo, como mismo lo hacíamos nosotros aun con nuestro supuesto aprendizaje anterior. Nuestra historia individual es fragmentaria, la memoria es selectiva, de modo que el individuo que fuimos hace un año difiere y hasta extraña del que somos ahora. Probablemente ninguno de los cubanos que estábamos en esta cruzada había asumido acríticamente las distintas formas de colectivización y ninguno era estrictamente el cubano de los peores momentos del Periodo Especial. En general la Cruzada era un proceso de purificación y aprendizaje para todos. 

Luciano Carvalho, el dramaturgo y director que acompañaba al brasilero grupo Parlendas como autor de su puesta Marrúa, y que andaba todo el tiempo musitando ideas, observando, comprando libros sobre la cuestión agraria en Cuba –milita en el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil-, me señaló de pronto que para él era sumamente interesante la capacidad de adaptación que experimentábamos todos, y cómo los miembros de la cruzada, lo reelaboraban de manera positiva. Luciano era un huracán de ideas, sus cejas se movían constantemente dejando ver un combate de paradojas, ideas positivas y negativas que se encontraban violentamente como dos olas en una tormenta. Su primera y entusiasta visita a Cuba a la edad de 40 años le colocaba frente a lo que conocía de Marx, Engels y Lenin y lo que no conocía de un guion inspirado en las ideas de aquellos. Luciano, a quien alguien le regaló una maquinilla de afeitar para que luciera mejor, observaba la cruzada en su doble despliegue, hacia afuera (el público) y hacia dentro (el artista y su grupo), como una experiencia extrema y revolucionaria.

Imagen: La Jiribilla
Los asturianos Carlos y Yolanda Diana, de Yheppa, con la obra As, os, @s 
 

Mientras aclaraba, y una luz gris o naranja a veces iluminaba las formas, las ropas tendidas, las cajas de tramoya, el bromista y rubicundo Jose, encargado de la producción, la logística, y también de la cocina, era uno de los primeros en incorporarse. Otras veces era su móvil, y no él, el que despertaba a todos Seguían los asturianos Carlos y Yolanda Diana, de Yheppa, quienes a veces arrastraban consigo a Armando Morales. Su manía de madrugadores era diferente a la mía, lo hacían para tener más tiempo y relajamiento en el baño.

En general eran las parejas consolidadas las que llevaban las rutinas hogareñas a la Cruzada, digamos que levantarse temprano, desarmar el mosquitero, agarrar el cubo, ir a por agua, pedir el último para el aseo, hacer la cama y elaborar algunas pinceladas del confort hogareño, del nido de amor, ya saben: un marpacífico en la almohada. En esas veía yo a Emilio Vizcaíno, Director de la Cruzada y a su mujer Tula, al titiritero del Guiñol Guantánamo y su esposa profesora universitaria, a los mexicanos Aldo y Annia de Pipuppets. A los demás perezosos los despertaba el grito de ¡¡¡¡¡Ya está el café!!!!! Bultos moviéndose, estiramientos colectivos.  

Pipuppets

Aldo Ulrico, titiritero de Pipuppets, tiene una notable capacidad de observar y de escuchar incluso sin dormirse. Probablemente fue el último en irse a la cama todos los días, pues además de ser un aventurero y romántico patológico –algo inherente al alma mexicana, a los corridos, a Pedro Infante, e incluso a su rostro anómalo, el lamentable narco y su heráldica: los narcocorridos, u onomásticos enfáticos como  Guerreros unidos-, también es demasiado cortés. Durante los nueve días que lo importuné con conversaciones que quizá lo abrumaban, no caí en la cuenta de que solo esperaba un momento para estar a solas con su diario. Lo llenaba todos los días y no sé qué anotaba, pero necesitaba estar solo, y que fuera de noche.

Aldo observaba a todos, y a todos los colocaba en una habitación bien cerrada que tenía en la trastienda. En todos los arranques de franqueza que tuvimos, probablemente en lo que fue un descuido, dejó abierta en un solo momento esa habitación, pero solo un poquito, y pude estirar el cuello y mirar, pero no lo hice. Me dio pudor. Todo mexicano que he conocido tiene una habitación parecida, blindada con paredes de hierro primitivo. Lo más hermoso y mezquino de cada uno de ellos está, naturalmente, en esa habitación. Solo que Aldo la tiene bien ordenada, la cuida y recorta como a un bonsái. Una sobremesa cargada de chile, la lectura en México y la obra de Juan Villoro, nos acercó a Aldo y a mí. Desde entonces me trasladé a dormir junto al resto del equipo Pipuppets, las actrices Annia Lopez y Claudia Velez.  

Imagen: La Jiribilla
Cuento pirata
 

El espectáculo que ellos presentaron casi diariamente en escuelas y comunidades, posee un ritmo inexorable. No lo puedo dejar de vincular, como símil, al hábito felino y contundente de Aldo de mirar y escuchar. La puesta de este grupo no titubea, es un aparato de relojería perfecto. No había espacio en él para baches, ni chance para despertar de una historia llena de peripecias, ingenio y argucias dramatúrgicas de todo tipo. Ninguna escena sobresaltaba de otra, salvo un par de momentos bretchianos, que como sucede a menudo en contra de la propia teoría, alcanzan más a tornar ingenioso e impredecible el espectáculo, que a crear un distanciamiento consciente. Armando Morales presenció su trabajo en Perú, y los reclutó para que asistieran a estos 25 años de la Cruzada.

Cuento pirata, escrito y dirigida por Moisés Cabrera, director del grupo, se conforma de retazos de otras famosas historias. Se trata de Julia, una niña que encuentra en un libro de cuentos una cura para su embrutecimiento. La niña quiere que le regalen un “grandotote” televisor de plasma para su cumpleaños y juega todo el tiempo en su teléfono móvil convirtiéndose en esa especie de monstrico en que deriva cualquier persona ajena a un hábito formador del discernimiento y la atención como la lectura. Sin embargo, durante un castigo paterno, organizando su cuarto, encuentra un enorme libro mágico de donde salen la Bruja de Hansel y Gretel, que la convierte en burro, luego un médico: Frankestein, que le aconseja dónde podría encontrar remedio: en la isla del olvido, a donde la lleva un Pirata pata de palo. En la isla un grisoso Fantasma le dice que la única manera de quitarse "lo burro" es leyendo.

En Cuento pirata se amplía la afirmación de Armando Morales –expuesta en la segunda crónica de esta serie- de que no existe teatro de títeres para niños y para adultos. No refiere solo al alcance de un determinado contenido capaz de atravesar capas infantiles y adultas, también refiere a la capacidad de la puesta en general de atraer la atención de grandes y chicos, raptándolos de aquel duro piso de cemento en la cancha de básquet de San Antonio del Sur, hacia esa otra orilla de la ficción donde cualquier cosa puede ocurrir. El espectáculo de Pipuppets sobre la importancia y el rescate de la lectura en la infancia, lanzaba un mensaje menos complejo que el de los Yheppa, pero de una forma tan eficaz e ingeniosa que trasladaba y captaba la atención de padres, abuelas, y jóvenes que poco a poco fueron haciendo silencio, incorporándose a la ficción, dejando a un lado las chanzas e irreverencia de la edad. Para ellos también sería importante regresar, o visitar por primera vez, todas la habilidades mentales y conocimientos que transmiten la lectura.   

Si As, os, @s de Yheppa, del cual comenté en la segunda crónica, utilizaba un tono de taichí para darle unidad a su espectáculo y plantarse en contra de la celeridad contemporánea, Pipuppets, en cambio, tocaba en clave de rock and roll. Dos ritmos diferentes que acaso se miraban mutuamente con reservas pero que llegaban desde latitudes y realidades diferentes. Probablemente a Pipuppets le haga falta atravesar esa pared blindada que cada mexicano tiene al fondo, taladrarla, llegar, plantar dentro y sembrar tanto en el niño como en el adulto un mensaje, la importancia de la lectura, un hábito, de hecho, contrario a la celeridad contemporánea. En una de nuestras sobremesas la ingeniosa Claudia Vélez (la Julia de Cuento pirata) dejó por un momento su vaso con agua y le preguntó a Aldo: “¿Será que México no se curará nunca?”. 

Tanto la Bruja, el Pirata, Frankestein y el Fantasma, son unos radiantes títeres de goma espuma o esponja sintética.  Los propios Pipuppets de Puebla, México no solo se dedican a construir estas aviesas criaturas que duermen a regañadientes, mientras no actúan, en grandes maletas de plástico, también tienen el atrevimiento de reproducir a otras personalidades de la literatura que justo quedarían heladas o incluso motivadas al verse representados: Jorge Luis Borges o Julio Cortázar. “Para nosotros”, me dijo Aldo cerrando una maleta, y juro que es impactante ver cerrar una maleta con títeres tan vivos, “es importante que los niños queden maravillados, así llega mejor el mensaje”.

Imagen: La Jiribilla
Cuento pirata
 

Títere, Titiritero y Cruzada.

Es notable como en el mundo del títere –al menos en la Cruzada lo parecía- es frecuente que el actor manipulador sea capaz de construir sus propios muñecos. Se crea así un vínculo simbólico fértil entre el personaje y su animador, como si la historia entre Pinocho y Geppetto volviese a reeditarse ante nuestras narices. El titiritero es un ser, por supuesto, pero el títere también.

En otras formas de representación como la literatura, el cine o el propio teatro, la relación del autor con sus personajes no es tan presente como aquí. Cuando un titiritero construye su personaje a través de un libreto que acaso el mismo crea o adapta, luego elige pacientemente los materiales para la construcción del muñeco, luego lo manipula, lo peina, lo despierta de la caja –es lo que parece- y luego lo acuesta alisándole el vestido, se crea para el que mira desde fuera, un permanente efecto de extrañamiento donde el títere se resiste todo el tiempo a ser un mero objeto inanimado. Pero no siempre nuestra capacidad alegórica nos conduce hacia la metáfora del control, sino a su antípoda: la libertad. Cuando un titiritero mira a su títere en plena función es la mirada de un padre orgulloso que cae en el frecuente, humano y hermoso error de creer que conquista el mundo a través de su hijo. Un padre que quiso que el hijo fuera lo que él no pudo ser, pero el hijo tomó su propio rumbo, y se realizó, y ahora el padre - manipulándolo- viendo el éxito de su vástago reconoce el derecho de este a ser, y lo deja hablar, y lo deja tomar la palabra.

Entre el titiritero y su retoño el títere, hay una relación que no excluye la libertad mutua, principalmente cuando el espectáculo logra su eficacia y el manipulador actor desaparece aun saliendo de detrás del teatrino y haciéndose presente, como logra el Cuento de pirata de los Pipuppets. La comunión de ambos, el respeto entre ambos, no excluye la diferencia, deja espacio para todos. Esta reflexión atraviesa Las aventuras de Pinocho (Carlo Collodi), Blade Runner (Ridley Scott) o Inteligencia artificial (Steven Spielberg). La diferencia, el derecho a ser, aparece como una idea fija en la cultura occidental, y al menos con mucha fuerza durante el siglo XX quizá porque precisamente durante este siglo se intentó disolverla, se atentó contra ella.

En la Cruzada, una experiencia donde lo colectivo y el bien común contagiaba a todos, quizá por su horizontalidad, no era la diferencia quizá el punto que saltaba a la vista sino la renuncia a lo superfluo. Un cruzado, observaba Luciano, siente necesidad de muy pocas cosas. Julia la niña inoculada de consumo de la puesta en escena de los Pipuppets es todo un símbolo del culto empobrecedor que hace el capitalismo al individuo al afincar su diferencia a través del supuesto goce y apetito de dispositivos, estupefacientes, viajes turísticos, pornografía, chismes, prostitución entre otros productos. No pretendo afirmar que todos en la Cruzada seríamos capaces de soportar una Cruzada eterna con la misma paz que respirábamos, con el tiempo saldrían a relucir contradicciones tan ingeniosas y universales como genera el azar o las mezquindades humanas, pero sí puedo afirmar que para la mayoría la experiencia de la Cruzada se elevaba como una posibilidad, una sociedad cercana a lo que podría ser México, Brasil, Colombia e incluso Cuba, si sus sociedades siempre mediante la instrucción, renunciasen a lo superfluo sobredimensionado. "Pues el mercado", decía constantemente Luciano Carvalho, "nos atraviesa, es el aire que respiramos".

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato