Humberto Hernández:

El arte de producir cine

Joel del Río • La Habana, Cuba

En el menos avisado de los diccionarios de cine que uno consulte, se define al productor como la persona con la enorme responsabilidad por concentrar las dimensiones financieras y administrativas en la realización de un filme. El cubano Humberto Hernández ha excedido tales terrenos de acción a partir de su participación en los aspectos creativos y aspectos claves de clásicos del cine cubano como Las aventuras de Juan Quin Quin (1967, Julio García Espinosa), varios títulos de los más relevantes de Humberto Solás como Cecilia (1981) y Un hombre de éxito (1986), además de la aplaudida La bella del Alhambra (1989).

Laureado con el galardón máximo que confiere el ICAIC por vida y obra consagradas al cine nacional, Humberto Hernández fue elegido por un jurado que incluyó a los Premios Nacionales de Cine Raúl Pérez Ureta (2010), Eslinda Núñez (2011) y Juan Carlos Tabío (2014), además del productor Santiago Llapur, la documentalista Lourdes de los Santos, el escritor Reinaldo Rodríguez y el investigador Mario Naito. En el grupo de nominados este año sobresale el nombre de otro productor, Miguel Mendoza, junto con los fotógrafos Raúl Rodríguez, Livio Delgado e Iván Nápoles y la maquillista Magaly Pompa, y de este modo se hace visible la saludable extensión del Premio a los diversos oficios del cine, pues aunque sea una verdad de Perogrullo es importante tener en cuenta que no solo directores e intérpretes hacen una película.

En cuanto a la producción cinematográfica, existen sendos clichés desmentidos por el trabajo de Humberto Hernández. El primero de esos lugares comunes se refiere al productor de grandes producciones internacionales, ese que interviene en la edición de una película para hacerla más comercial, o intenta imponer un actor o actriz en virtud de su prestigio o popularidad. El segundo esquema respecto a los productores se relaciona más bien con el contexto cubano, y tiene que ver con garantizar, a los implicados en la creación, alimentos, transporte y presencia en los medios. La participación de Humberto Hernández en las películas que produjo trasciende tales áreas e incluye la colaboración activa desde el nacimiento del filme, hasta la muy valiosa inversión emocional y artística en su preproducción, rodaje, postproducción y divulgación.

Hernández llegó al ICAIC en los primeros tiempos, y fue creciendo en su oficio como productor asistente de En días como estos (1964, Jorge Fraga) y La decisión (1964, José Massip). Accedió a la dirección de producción con el documental, devenido obra de culto, Nosotros, la música (1964, Rogelio Paris) que le aportó considerable experiencia en cuanto al sesgo escénico y las exigencias productivas del cine musical. Tales prácticas le valdrían posteriormente para conformar algunos de los escasos filmes musicales con que contamos: Hoy como ayer (1987, Constante Diego), La bella del Alhambra (1989, Enrique Pineda Barnet) e Irremediablemente juntos (2012, Jorge Luis Sánchez).

Desarraigo (1964, Fausto Canel) inicia su desempeño en la ficción, pero más dirigido al drama intimista, dentro de una línea que lo llevó a producir también al menos un título en cada una de las siguientes décadas con la visible inclinación a la reflexión contemporánea a partir de los conflictos, limitaciones o prejuicios, de un personaje masculino. Un día de noviembre (1972, Humberto Solás) y Hasta cierto punto (1983, Tomás Gutiérrez Alea), junto con Desarraigo, constituyen tres piezas injustamente subvaloradas en la filmografía de Humberto Hernández, porque si bien las tres requieren menores recursos financieros que las películas históricas o musicales, exigen rodajes en exteriores, y el aire documental que suele complicar el sonido, el doblaje, la integración de los actores, la selección de locaciones complicadas.

A pesar de la sorprendente diversidad genérica en la filmografía de Humberto Hernández, destaca la inclinación al filme de época y reflexión histórica, que representa precisamente la modalidad más difícil y riesgosa para cualquier productor cubano o extranjero, pues implica la recreación de un mundo a partir del trabajo de especialistas como el director de arte, escenógrafos, vestuaristas, peluqueros y maquillistas cuyo trabajo se vincula al director, pero depende en alto grado del productor. 

La primera producción de relieve histórico-épico en la filmografía de Humberto Hernández fue Las aventuras de Juan Quin Quin (1966, Julio García Espinosa) que incluía abundante rodaje en exteriores en las zonas de Trinidad y Cienfuegos. El rodaje estuvo perjudicado por el paso del ciclón Alma y por tanto el rodaje se extendió mucho más allá de lo programado, con el consiguiente esfuerzo organizativo del productor y el director, ambos empeñados en adaptar, y actualizar, la novela de Samuel Feijóo, Juan Quinquin en Pueblo Mocho, a partir de una visión que trazara un paralelo entre el héroe popular y el guerrillero, la figura mesiánica de los años sesenta.

Más tarde, aparecen las complejidades de Páginas del diario de José Martí (1971, José Massip) y los filmes biográficos dirigidos por Enrique Pineda Barnet: Mella (1975) y Aquella larga noche (1979) que presentan, respectivamente, algunos episodios en la vida del líder estudiantil Julio Antonio Mella en los años 30, y de las dos colaboradoras del Ejército Rebelde, Lidia y Clodomira, en la década de los 50. A esta misma época corresponde La tierra y el cielo (1977, Manuel Octavio Gómez) adaptación del relato homónimo de Antonio Benítez Rojo sobre la presencia de la emigración haitiana en el campo cubano antes de la Revolución.

Asombra la manera en que Humberto Hernández puede acometer los retos de una superproducción histórica en la cual el ICAIC colabora con firmas de Francia y México, como El recurso del método (1978, Miguel Littín) versión de la novela de Alejo Carpentier, y poco después se acoge al minimalismo Los refugiados de la Cueva del Muerto (1983) la primera y única incursión en el largometraje de ficción de Santiago Álvarez, muy concentrado en ofrecer un testimonio puntual lejos del florilegio epocal.

Sin embargo, la consagración de Humberto Hernández en el cine histórico de sello autoral, llegaría con Cecilia (1981, Humberto Solás) la película más importante producida por el cine cubano en una década. Con guión de Humberto Solás, Nelson Rodríguez (también editor), Jorge Ramos y Norma Torrado, basada libremente en una de las novelas más significativas de la literatura cubana, Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde, con preciosista fotografía de Livio Delgado y música de Leo Brouwer, el filme fue embestido por un sector importante de los medios y de la crítica nacional a pesar de contribuir a recrear los orígenes de la nación. Y tal reflexión hubiera sido mucho menos meritoria sin los valores de una producción concebida sin escatimar en detalles ilustrativos, porque Cecilia significó un despliegue de medios inusitado en nuestro medio por sus largos meses de rodaje, tres versiones distintas, un cuidado preciosista en la dirección de arte y la fotografía. Humberto Solás, auxiliado por el productor, tal vez intentaba colocar al cine cubano al nivel de Iván El Terrible, Gatopardo o Lo que el viento se llevó.

Humberto Solás dirigió también Un hombre de éxito (1986) que representa un triunfo de la imaginación desde los acápites de la dirección de arte y la producción, pues el filme refleja cincuenta años de vida republicana con un despliegue visual tan impresionante como el de Cecilia, aunque se empleó una cantidad de recursos incomparablemente menor. La posibilidad de concebir filmes históricos con los más diversos presupuestos y alcances se manifestó también en Mascaró, el cazador americano (1991, Rapi Diego), Roble de olor (2003, Rigoberto López) y Sumbe (2011, Eduardo Moya).

A pesar de su enorme contribución al cine cubano de carácter histórico, Humberto Hernández también quiso integrar sus experiencias a comedias contemporáneas, costumbristas y dirigidas a un público masivo como En tres y dos (1985) y La vida en rosa (1989) de Orlando Díaz, Alicia en el pueblo de Maravillas (1990, Daniel Díaz Torres) y Lista de espera (2000, Juan Carlos Tabío). La versatilidad y el talento del productor se involucraron en la colaboración con los más diversos directores y géneros del cine cubano. El Premio Nacional de Cine reconoce un aporte invaluable al cine nacional.

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