Literatura

Presentando a Fernando

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

La primera vez que lo vi, hace tres años, practicaba malabarismo con varias pelotas de diferente color, en la parte de atrás del teatro del Instituto de Diseño. Estábamos allí algunos invitados del “Bera”, esperando por el comienzo de la tertulia La Resaca. Esa vez, actuarían Omar Franco, Adrián Berazaín, y el joven que lanzaba pelotas al aire. No sé bien por qué me acerqué a él, tal vez llamó mi atención la juventud del  malabarista, o el empeño suyo en cada movimiento de las bolas, como si se estuviera preparando para una competencia olímpica. Lo cierto es que le pregunté quién era, y el muchacho aquel, sin dejar de mover sus manos y de vigilar la trayectoria de las pelotas contestó, mirando al infinito: “Me llamo Fernando, soy Matemático y fui Vicedecano de la Facultad de Matcom”.

Imagen: La Jiribilla

Recuerdo que me quedé paralizada. Fue como tener delante a un japonés, a un príncipe de sangre azul, a un ser de otra galaxia, en fin, a gente nunca antes vista. En esos momentos, Fernando tenía 31 años, y según acababa de decirme, ya era todas esas cosas: matemático, ex vicedecano y obviamente, malabarista. Presencié su participación en La Resaca, todavía dudando de la comicidad que pudiera ofrecer su acto de magia, y quedé sencillamente fascinada. No solo se le caían las pelotas al mejor estilo chaplinesco, sino que ese niño que bien podía ser hijo mío, era capaz de ofrecer una extraordinaria conferencia para demostrar la aplicación de la ciencia en la cotidianidad, con particular énfasis en algo tan en apariencia distante como el sexo y las matemáticas.  Desde entonces, intento no perderme los espectáculos semanales que Fernando crea, conduce y dirige, y que llevan el nombre de Proyecto Delta. A pesar de que soy la persona de más edad y con menos entendimiento en  materia de tecnología que acude a sus tertulias, trato de ir con asiduidad, y a veces me pregunto (y me han preguntado) la razón de dicho empeño. Voy a responder alto y claro: Creo que este muchacho es, para decirlo rápido y sin furia, un genio milagroso sin lámpara.

El Larousse distingue al genio como el grado más alto de las facultades intelectuales, y al prodigio como una cosa maravillosa, sorprendente, un milagro. Justamente eso es lo que percibo cuando veo a Fernando encima de un escenario, o caminando por la calle mientras piensa en musarañas, en pelotas multicolores o en la clase de Matemática Numérica o de Lenguajes Formales que impartirá al día siguiente en la universidad. Es tal mi fascinación por el peculiar sentido del humor de este científico, por su rigor, por su tenacidad, por su deslumbrante inteligencia, que aunque no cumple estrictamente con los parámetros tradicionales para ser considerado un artista (¿qué es con exactitud Fernando: un músico, un comunicador, un profesor ingenioso, un guionista?), es, a no dudarlo, un singular creador artístico. La dificultad en encasillarlo radica no solo en la originalidad de su propuesta, sino en la pobreza limítrofe que nos imponen las normas.

A fuerza de presentarlo al público, y para no desentonar con su costado pedagógico, debo decir que este joven de 34 años se licenció en Matemática en el 2003, y desde dos años más tarde es Profesor Instructor, tiene seis publicaciones, diez Intereses de Investigación (uno de los cuales es la metaheurística, que viene a ser algo como después del invento, igual al metacarpo, que va después del carpo —digo yo—, aunque seguramente en términos cibernéticos tenga otro significado);  ha recibido 16 cursos de postgrado, tres de ellos en Berlín, además de otros seis que no se relacionan con la Matemática, entre los que se destacan Talleres de Actuación, de Guiones, Curso de Diseño Gráfico Computarizado y uno que él señala sin el más mínimo pudor, llamado Curso de Superación de Jefe de Batallón de Infantería de las MTT. Ya anuncié su peculiar sentido del humor, a pesar de que muy seriamente ha participado en 28 Eventos Científicos, y ha obtenido diez Premios que se iniciaron con el de Graduado más destacado, para llegar hasta la condecoración “Tiza de Oro” como profesor vanguardia en el curso 2008-2009.

Cuando tuve delante de mí el currículo vitae de Fernando Raúl Rodríguez Flores, apenas podía creerlo. No solo alcanzó el prestigio inmenso de ser el mejor mientras estudiaba, sino que durante su etapa de inquietud universitaria fue incursionando en temas tan disímiles como Festivales de Malabares, de Humor, ideó fórmulas que garantizaran mayor rendimiento en nuestros atletas de nado sincronizado, de gimnástica, hasta percibir la aplicación de Lenguajes Formales a los trucos de magia, y de Lenguajes de Programación Matemática en los bailes típicos cubanos. Por si fuera poco, desde hace ocho años está trabajando en la detección automática de bromas y chistes, y en herramientas matemáticas que faciliten la creación de situaciones humorísticas.

A cada rato escucho los vínculos que existen entre las matemáticas y el arte, como el caso de un gran poeta que afirma que los versos deben cumplir reglas de esa ciencia, y el de Doimeadiós, que ve en la música una expresión numérica, y en el humor, mucha música, pero salvo la sentencia elaborada lapidariamente por el Premio Nobel de Literatura Luigi Pirandello en su ensayo “El humorismo”, yo no conocía de ningún otro caso que se hubiera aventurado a demostrar que el humor cumple teoremas matemáticos. Pirandello definió que en el arte (en este caso, la risa) se genera una cadena de transmisión integrada por un organismo en la situación A, que se somete a la circunstancia B y como resultado, se produce el hecho C. Pero hasta ahí las clases. Fernando va incluso mucho más allá: dirige trabajos de diploma relacionados con malabares, con origami, y lo más curioso es su propuesta de aplicación de los juegos a la enseñanza matemática.

Teniendo en cuenta que se me ha prohibido hablar de ciertos temas, no debo decir que a pesar de la deslumbrante versatilidad de este genio, padece de timidez crónica (me dijo que no lo dijera porque nadie lo iba a creer), ni que soy testigo de su manera de impartir docencia como si fuera un divertimento (uno de sus alumnos se ofendería si yo revelo el secreto), y lo más razonable es concluir esta suerte de Introducción a Fernando, invito al público a constatar todo cuanto he dicho, en el cine Rampa, las noches de los viernes. Créanme si les digo que el Proyecto Delta, vale la pena.

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