Premio Nacional de Investigación Cultural 2014

Luisa Campuzano, o sea, la investigación

Margarita Mateo • La Habana, Cuba

No sé si de niña Luisa Campuzano jugaba a las cuquitas o si una de sus abuelas la inició tempranamente en el arte de la costura. Seguramente sí, y fue ese adiestramiento el que le permitió años después seguirle la pista a la tela de piquet panal con flores azules de la amplísima falda que vestía Graziella Pogolotti cuando la conoció, muy al inicio de los años 60. Así pudo comprobar que mientras crecía la amistad, la tela disminuía: de saya pasó a ser vestido y por último, una blusa, aunque hay quien dice que también alcanzó la condición de pañuelo. En sus propias palabras: “La recuerdo, especialista en Balzac, envuelta en lo que serían sucesivas versiones de una suerte de piel de onagro de piquet estampado. Esa fue mi primera impresión, a la que se han ido sobreimponiendo otras, pero siempre teniendo como base la de aquella recurrente tela”. 

Imagen: La Jiribilla

Lo cierto es que, en realidad, jugara o no a las cuquitas, la pequeña Luisa tenía otras inclinaciones. Una de ellas era su fascinación por las revistas, que la llevó a editar su propia Bohemia, de la cual se dice que todavía conserva un ejemplar. A nadie lo ha querido mostrar. ¿Cuál será el índice de tan singular edición? ¿Sobre qué temas habrán versado los artículos que escribía su manita aun poco entrenada en el arte de la caligrafía? ¿Cómo se habrá desplegado el ingenioso sentido del humor que siempre la ha caracterizado?  ¿Incluyó acaso en la contraportada la figura y los vestiditos de una cuquita para que otras niñas las recortaran y comenzaran a jugar?  

Otra de sus pasiones infantiles, aunque ahora reniegue de esa vocación precoz, fue la poesía. En el patio de su casa de la Víbora, a la sombra de un árbol de chirimoya, su aliento poético se desplegaba incontenible. Poseída por la inspiración, Luisita garrapateaba versos y más versos en su cuaderno escolar, con tanta rapidez que más parecía castigo de cien líneas que fluida creación de endecasílabos y alejandrinos. Sus poemas alcanzaron tanta notoriedad  que la maestra de 4to grado promovió su publicación en la revista del colegio. ¿No estaría Luisita Campuzano asegurando muy precozmente su futuro? Porque el editor de sus textos fue nada más y nada menos que  Roberto Fernández Retamar, entonces profesor del Instituto Edison. ¿Acaso la desatada imaginación de la infante viboreña, obsesionada con las revistas, vio en aquella publicación escolar el camino hacia Casa de las Américas? Hay quienes aseguran que así fue. Y alguna razón hay en esto porque al graduarse del instituto se fue a trabajar como secretaria del primer editor de sus textos.

En el monumental palacete de Sarrá en el Vedado, donde radicó el recién fundado Consejo Nacional de Cultura, comenzó a trabajar Luisa en 1961. Allí conoció a Lezama —que la invitaba a probar los dulces que encargaba a media mañana en Potín—, a Carpentier, a Vicentina Antuña —su magistra—, y también, como ya se ha dicho, a la refunfuñona dama de la piel de onagro de piquet estampado.

Navegando entre dos de los más encumbrados centros del saber, la biblioteca y la universidad, completó su formación en los 60. Cursaba tercer año de lenguas y literaturas clásicas cuando comenzó a trabajar con Juan Pérez de la Riva en  la Colección Cubana de la Biblioteca Nacional. A los rigores de la disciplina universitaria y de la carrera más severa —aterrorizante medusa— de Letras, se sumaban sus responsabilidades como secretaria editora de una revista —no Bohemia, su paradigma infantil, sino la Revista de la Biblioteca Nacional— y como auxiliar de investigaciones de quien por entonces escribía su fundamental obra. Por esos años aparecieron publicados los primeros textos de Luisa Campuzano. De su aprendizaje junto a Pérez de la Riva, su maestro, a quien agradece haberle dado una nueva licenciatura, la de la Colección Cubana, y “nada más y nada menos que unos nuevos ojos con que mirar al mundo”, ha expresado lo siguiente:

Con él  no sólo aprendí la asignatura Cuba —que no estaba incluida en el currículo de Clásicas—, sino que me hice consciente y definitivamente cubana, algo para lo que hay que tener mucho valor.  Empecé a recorrer a punta de lápiz el verdadero y múltiple entramado de nuestro fundante siglo XIX, más que en sus grandezas, en sus iniquidades y angustias, allí donde Juan escarbaba y escarbaba en su afán por desvelar el  pasado que conformó esa sociedad (…). Viví entonces los heredianos “horrores del mundo moral” no como antítesis literaria, sino como revelación cotidiana, en el trabajo de revisión de las galeras de su monumental estudio sobre Tacón y su tiempo; en aquellas memorables investigaciones de demografía histórica, sobre la trata de esclavos y de culíes (…). …estoy segura de que la experiencia de trabajar con él, de recibir de sus manos, a mis veinte años, toda una revista, de estar cerca de aquella constelación intelectual reunida por María Teresa en la Nacional (…), ha sido el fermento de lo mejor de mi vida intelectual y ciudadana.

Obligada por las circunstancias a transitar un camino que inevitablemente se bifurcaba, optó por la enseñanza universitaria. Más de tres décadas dedicó la discípula de Vicentina Antuña a la docencia del nivel superior. Como profesora de Letras Clásicas impartió todos los latines posibles (del I al VI), las demás asignaturas de la especialidad y los más diversos cursos monográficos como, digamos, Comediógrafos, Catulo, Horacio, Elegíacos, Virgilio, Séneca, Petronio, Marcial o el de título tan sugerente como Política, enciclopedia y parodia de los mitos en Virgilio, Ovidio y Petronio. Abundante es también la lista de manuales universitarios escritos durante esos años, lista que comienza con la publicación en 1972 de la tan socorrida Roma y las letras latinas (de la Serie Cuadernos H) y Comedia latina, para continuar con una Introducción al latín de casi 400 páginas (1976) y otros textos fundamentales de su especialidad. Y, desde luego, siempre fiel a sus más notables inclinaciones infantiles, fue directora de la Revista Universidad de La Habana, lo cual la llevó a deambular más de una vez “por la calle  Zanja, de taller en taller, buscando un j cursiva Bodoni, o una l Garamond para la imprenta de la UH”. Pero el académico templo del saber no pudo apartarla de otras lizas. Desde allí se enganchó en algunas aventuras que darían un rumbo nuevo a su vida profesional. Su texto sobre la escritura femenina en Cuba, “Ponencia sobre una carencia”, leído en el sonado y controvertido Coloquio sobre la literatura cubana de 1984, dio un vuelco fundamental al estudio de esta temática en el país en la segunda mitad del siglo pasado.

Desde entonces, y en una línea investigativa ininterrumpida, que incluye, entre otros resultados, la fundación del Programa de Estudios sobre la Mujer de Casa de las Américas en 1994, la organización de los veintidós coloquios que ha realizado ese programa hasta el momento y la publicación de valiosísimas antologías y compilaciones, su labor ha sido decisiva y fundacional. Su atenta mirada a los complejos entrecruzamientos de raza, clase y nación, que le permiten distinguir, en toda su complejidad la problemática femenina, ha ido dando lugar a lo que se pudiera denominar su “poética investigativa de género”, que privilegia la relación con la historia y la búsqueda en el pasado, desde una perspectiva integradora de las más disímiles disciplinas, sin que lo literario deje de ejercer su función rectora y dominante. Esta metodología, aplicada tanto a las pacientes y agotadoras labores de arqueología literaria como a las más vertiginosa expresiones de esa escritura en la contemporaneidad, permite, sin duda, hablar de un notable aporte a estos estudios, no solo en nuestro país. Como se afirma en una reconocida enciclopedia publicada hace unos años en los EE.UU.: “Tal metodología se halla en la base de sus más importantes contribuciones a los estudios latinoamericanos: la construcción de un espacio legítimo y legitimado para la investigación académica de la producción cultural femenina y los estudios sobre la mujer en Cuba y en la región”. 

Sobre estas bases fundadoras se erigió un texto ya clásico de los estudios de literatura escrita por mujeres en Cuba. Aparecido inicialmente en 2004 y ganador del Premio Nacional de la Crítica Literaria ese año, Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios, no solo pone en jaque el canon literario tradicionalmente establecido sacando a la luz, por una parte, textos que dormían un largo sueño, y por otra, estudiando la obra de sus contemporáneas, sino que posee, como todo libro que se respete, una poderosa leyenda que lo avala. Se trata, en este caso, de un lamentable mal entendido que hizo que los ejemplares recién llegados de las imprentas colombianas para presentarse en la ya comenzada Feria del Internacional del Libro 2006, fueran retenidos en el aeropuerto al aplicárseles la ley de la Aduana General de la República de Cuba que prohíbe la entrada o salida al país de “literatura, artículos y objetos obscenos o pornográficos o que atenten contra los intereses generales de la nación”, a partir de un título y una ilustración de portada que resultaron sospechosas a los funcionarios. A partir de entonces la Doctora Luisa Campuzano —autora, para colmo, de Las ideas literarias del Satyiricon, tema de su tesis de doctorado defendida en la Universidad de Bucarest— ha sido conocida en algunos círculos literarios con el difamador sobrenombre de la doctora porno erudita de la Víbora.

Siempre fiel, como se ha dicho, a las más poderosas vocaciones de su infancia, Luisa Campuzano comenzó a dirigir la revista Revolución y Cultura en 1998. Ha tenido tiempo en estos casi veinte años de introducir cambios sustanciales en esta publicación que, como se sabe, no es académica mas dejó de ser farandulera, y en la actualidad muestra un raro equilibrio entre lo universal y lo local. Dicho más claramente, la revista bajo su égida, ha emigrado de la aldea: incluye numerosos textos de autores extranjeros sobre nuestra cultura, lo cual ofrece la posibilidad de un diálogo con estudiosos del resto del mundo, a la vez que incluye diversos trabajos de otras regiones de la Isla que no son su capital. La Campuzano, por otra parte, se ha convertido en una especie de promotora de temas de interés, haciendo diversos encargos que suelen fructificar en enjundiosos ensayos:   

Desde que estoy en Revolución y Cultura  me he adaptado a los tiempos, a las nuevas tecnologías, y pido artículos all over the world, veo en cada lugar, en cada persona la posibilidad de un texto, de una entrevista, de un reportaje. Hablo sobre revistas, escribo sobre revistas, he luchado denodadamente por la conservación de la prensa cubana, en tan precario estado, la pobrecita. 

Miembro de la Academia Cubana de la Lengua desde 1990, cuando esta institución era aún presidida por Dulce María Loynaz, y las reuniones se realizaban en su mítica mansión de 19 y E, es en la actualidad el segundo miembro en antigüedad de la homóloga cubana de la que “pule, limpia y da esplendor”. Numerosísimas hazañas han sido protagonizadas por ella en las reuniones, celebradas ahora en la sede del Colegio de San Gerónimo, entre ellas, las antológicas e interminables discusiones con la letra i, que propiciaron su notable disertación sobre el crecimiento casi silvestre de la chirimoya en los patios caseros de algunos barrios de la capital.

Como directora del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas y Coordinadora del Premio Literario de esta institución de 1987 a 1994, Luisa Campuzano ha estado en contacto muy directo con las literaturas latinoamericana y caribeña, lo que la ha llevado a incursionar en la obra de diferentes autores. Otra de las zonas de su interés como investigadora está relacionada con la temática del viaje, en una manía insaciable de seguirles la pista a viajeros cubanos de diferentes épocas para hurgar, entre otros aspectos, en el impacto y contrapunteo de culturas diferentes.

Aunque no ha sido una vocación que despertara en la infancia —no imagino a la pequeña Luisa tratando de comprender El reino de este mundo o “Viaje a la semilla”—, la obra de Alejo Carpentier ha sido otra de sus grandes pasiones. Desde que estudiara, tempranamente, la función de los americanismos en El recurso del método, ha ido publicando, a través de los años, más de veinte ensayos, un libro —Carpentier, entonces y ahora— y dos compilaciones de trabajos sobre el gran narrador cubano. Desde las más variadas perspectivas ha llevado a cabo sus investigaciones sobre la obra carpenteriana:  comparando («“Il gioco segreto”, de Elsa Morante y El siglo de las luces, de Alejo Carpentier»), desde una mirada de género (“Mujeres y papeles, Ruth y Mouche en el taller del escritor”), rastreando algunos motivos en sus libros (“La Odisea en el taller de Alejo Carpentier”), valorando coordenadas generales de su escritura ("El ‘síndrome de Merimée’ o la españolidad literaria de Alejo Carpentier"), siguiendo las huellas de otros escritores en sus textos ("Cervantes en Carpentier: una presencia constante"), a partir de la recepción de sus obras (“Un libro y muchos destinos” [Sobre El reino de este mundo]), y otros muchos enfoques, que son muestra de su versátil y abarcadora capacidad de indagación. Su más reciente trabajo con los manuscritos de Los pasos perdidos, minuciosa y ardua pesquisa filológica, es otra vertiente investigativa que, aún en curso, ha dado ya notables resultados (“Borradores y borraduras de una teoría de las revoluciones latinoamericanas en los manuscritos de Los pasos perdidos”). En el ámbito de los estudios carpenterianos, que tantos talentos ha convocado en el mundo académico a nivel internacional, Luisa Campuzano es una de las más reconocidas figuras.   

“Paseos, papeles, pinceles”, un excelente ensayo sobre las relaciones de José Lezama Lima y Mariano Rodríguez publicado el pasado año es el texto más reciente de Luisa Campuzano que he leído. Es, sin duda, un ejemplo más del tipo de indagación que caracteriza la obra de esta autora. Por una parte, la búsqueda prolija y a la vez minuciosa, casi obsesiva, de información, que la lleva a consultar las más disímiles fuentes: epistolarios, catálogos de exposiciones, críticas de arte, testimonios, fotos y artículos de época, obras de arte, una apabullante diversidad de materiales de referencia. No obstante, el recuento de la amistad entre los dos grandes artistas es recreada con una naturalidad tal que apenas puede el lector suponer las horas dedicadas a la cuidadosa búsqueda de información. El rigor, la exhaustividad de su labor investigativa, el apelar a los saberes de diferentes disciplinas, la erudición, en fin, —clásica y no—, son rasgos que caracterizan la labor y el empeño de Luisa Campuzano. A la vez, vuelvo a reconocer en este ensayo una prosa, según se ha dicho, “en la que se combinan el rigor y el desenfado, la información docta con el comentario jocoso, el saber con la elegancia de expresión, la inteligencia con la sensibilidad”.

Para concluir me gustaría decir, simplemente, como me comentó un amigo común al enterarse  de este reconocimiento: “Está clarísimo: Luisa Campuzano, dos puntos, la investigación”. Y es que ese amor hacia el conocimiento, su deleite en la obtención de los más diferentes saberes, la disciplina y pasión ejemplares de su búsqueda intelectual, prestigian el mismo premio que se le entrega hoy.

Comentarios

Lindísimo homenaje y más que merecido premio para nuestra querida Luisa.

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