Detrás de la puerta…

Isabel Cristina • La Habana, Cuba

Recuerdo el espectáculo con que Carlos Sarmiento hizo su debut como director, se trataba de Cierra la boca, una comedia de Yunior García. Luego de ver aquella puesta sobre un texto sencillo y divertido, sin grandes pretensiones desde el punto de vista formal y conceptual, no podía imaginar que su siguiente elección fuera A puerta cerrada, de Jean Paul Sartre.

Imagen: La Jiribilla

Cada texto seleccionado por un colectivo teatral marca no solo su repertorio, sino una línea de investigación, de cuestionamientos esenciales, que poco a poco, y en el mejor de los casos, conforman una poética, una estética y un camino de vida. Creo que asistir a los nacimientos de directores teatrales es un privilegio, pues en esos casos puede la reflexión crítica acompañar un proceso de crecimiento que se torna aprendizaje mutuo. Ante el montaje de A puerta cerrada de Sarmiento, me encuentro frente a un camino que se bifurca, pierdo la conexión con las motivaciones iniciales, y me cuesta advertir el destino de la puesta como discurso artístico.

El texto de Sartre es para muchos una obra profundamente conmovedora y visceral, que demanda de los actores y el director una experiencia teatral y de vida que, me atrevo a asegurar, no poseen ninguno de los integrantes de la puesta de Punto Azul.

El texto de Sartre es para muchos una obra profundamente conmovedora y visceral, que demanda de los actores y el director una experiencia teatral y de vida que, me atrevo a asegurar, no poseen ninguno de los integrantes de la puesta de Punto Azul. Sin embargo, la elección está hecha, las pretensiones son mayores y por tanto, mayor es también la exigencia.

El director cambia el salón estilo Segundo Imperio con su chimenea y estatua de bronce,  sugerido en el texto, por un espacio conformado por una pequeña mesa, tres cojines y una puerta roja al fondo del escenario. La sobriedad de la escenografía, el juego con las tonalidades del blanco, negro y gris, así como el diseño de vestuario y la iluminación, son elementos que proponen una visualidad cuidada y sugerente. Sarmiento crea un ambiente despejado y preciso, limpia la escena de artificios para dar paso a la palabra. Sin embargo, con la palabra interpretada, la escena se llena de otros artificios que contradicen la esencia del texto. Para Sartre, gran parte de nuestra vida consiste en «posar», en hacernos visibles para los otros. Esa imagen exterior, rígida, esa máscara que todos llevamos y que el autor le consigue quitar a sus personajes Inés, Estelle y Garcín, es el principal obstáculo de la puesta.

Imagen: La Jiribilla

Los actores deben despojarse de gestos superficiales y posturas preconcebidas que empobrecen el aliento del texto. Gleibis Conde posee la fuerza dramática para encarar un personaje como Inés, pero debe saber medir esa energía para poder trasmitirla a través de los silencios, las miradas y las pequeñas acciones. Massiel Rubio interpreta un personaje de gran riqueza, pues su secreto es el más espantoso, el más inesperado. Aun así, la actriz no consigue transitar verdaderamente por todos los estados de su Estelle, estados del alma y la conciencia. Hamlet Paredes, a pesar de su enérgica presencia, tiene como mayor dificultad el atropellamiento de los textos, algo lamentable en una puesta donde la palabra significa y determina.

Imagen: La Jiribilla

Sartre nos construye una realidad distorsionada, simbólica, sugerente, creo que las palabras del texto son un vehículo para decir a través de ellas, lo que realmente queremos comunicar. Esa es la pregunta que le haría a Carlos Sarmiento: ¿Cuál es la necesidad, la urgencia, el destino final de la puesta, el camino a seguir? ¿Dónde está la conexión de los actores con sus personajes? ¿Dónde ese «vivir en estado de alerta» del que hablaba Sartre? ¿Qué habrá detrás de la puerta? Carlos Sarmiento se arriesga con A puerta cerrada, un texto demasiado fuerte para comenzar que, como los demonios, despierta y se vuelve contra ti.

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