...de asesinos y de hombres

José Ramírez Pantoja • La Habana, Cuba

¿Mami, los hombres no lloran, verdad? La interrogante, con acentuado matiz de afirmación, irrumpió en la oscuridad entre los gritos de dolor y desesperación que se escuchaban de fondo. Así empieza a compartir el Asesino su triste y tenebrosa historia con el público, que en un silencio total dejó que la fuerte voz del protagonista calara en lo más profundo de su ser.

Esta propuesta de Teatro La Loba, de Chile, llegó al Festival para marcar una notable diferencia en lo que subió a la escena de esta séptima edición, y por qué no, el contraste lo logró establecer incluso con las propuestas de ediciones anteriores.

Asesino traspasó la frontera del teatro convencional para darse la mano con el performance. Desde las velas encendidas a la entrada de la sala Alberto Dávalos, los dibujos que mostraron los brutales métodos de tortura empleados por la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), órgano represivo de la dictadura de Pinochet, elementos que por la manera cómo fueron colocados a lo largo de la ya incómoda escalera de acceso, constituyeron un obstáculo a vencer por el espectador, por lo que vinieron  muy bien a las búsquedas de este trabajo. Sin embargo, fue una verdadera lástima que la iluminación de toda la sala, desde su  misma entrada, no haya podido hacerse con la luz de las velas pues indiscutiblemente, el efecto visual hubiera sido mayor, en notable sintonía con la plasticidad de esta puesta teatral que explota con acierto los recursos audiovisuales. 

¿Cómo llegó a ser un asesino?, ¿Fueron los traumas de la dura infancia los que despertaron la bestia? Ni así se justifica. Retumba en mis oídos una historia que no es la mía, tengo ante mis ojos a un verdadero asesino.

Se apaga la tenue luz, empiezan los gritos, el espectador ya está medianamente preparado para ¿disfrutar? de esta  historia, contada por uno de sus siniestros protagonistas. Está acostado en el piso con aspecto cadavérico, encima de él una imagen proyectada que muy bien muestra el conflicto del pasado de este retorcido ser.

¿Cómo llegó a ser un asesino?, ¿Fueron los traumas de la dura infancia los que despertaron la bestia? Ni así se justifica. Retumba en mis oídos una historia que no es la mía, tengo ante mis ojos a un verdadero asesino, caracterizado exquisitamente por el  actor Álvaro Paltanioni. Prosigue el discurso, y en medio del relato macabro, el erotismo aflora y yo me cuestiono cómo puede haber erotismo en este monólogo, cómo logra hacerme dudar entre  odio y lástima este abominable ser. Lo consigue, con singular virtuosismo.

La voz retumba como un martillazo en la sien, el dolor sale desde lo más profundo, desde donde también emana el miedo. La enajenación marca el rostro. La voz lacera como la afilada hoja de un cuchillo, y yo desde mi asiento, percibo el olor a sangre, veo a dos hombres sudorosos teniendo sexo, el tristemente célebre “Watón Rojo” mirándolos, quizá con deseo de entrar en la orgía, aun cuando sus ojos brillan al narrar con desprecio su extravagante manera de tratar a la «putica de la esquina».

El silencio abruma, solo la voz del Watón se escucha, vuelve una y otra vez a hablar con “mami”. ‘¿Verdad que los hombres no lloran?’, la pregunta se le clava en el pecho porque  sabe que fue débil, porque él también sintió el dolor, porque tomó un sorbo de orine. El Watón me lleva hasta una oscura pieza en Villa Grimaldi, llego al  Infierno, me mira a los ojos, baja la voz, vuelve al mismo sitio de donde se levantó. La serpiente se muerde la cola, la luz desaparece, la oscuridad se adueña de la sala. El Watón sale de escena, regresa Álvaro. Le pide al público que no se vaya.

Imagen: La Jiribilla

A los que se disponían a salir él explicó lo que ya de sobra ejemplificó, y ciertamente el mérito no es para el actor. Él apenas es un vehículo que tuvo la responsabilidad de acercarnos a una escalofriante historia sin la más mínima dosis de política, aun cuando la arquitectura del asesino parte de esa nube negra que oscureció a Chile por más de 15 años.

Desde que el actor me esbozó algunos detalles, supe que este asesino me tendría de su parte. Yo nací en 1976, entonces ya en Chile corría la sangre con la fuerza de un torrente. No fue hasta que en algún momento de mi adolescencia escuché por primera vez aquel apellido extraño, “Pinochet”, siempre aludiéndome al mentiroso Pinocho. Pasó algún tiempo y por alguna razón cayó en mis manos un libro de Isabel Allende: De amor y de sombras. Desde entonces todo lo referente a la dictadura en Chile me parece verdaderamente interesante, por eso sabía que esta propuesta del festival la disfrutaría con creces.

Álvaro acabó de hablar con el público, los aplausos no esperaron, él salió del escenario, yo de la sala, bajé las escaleras, la gente delante de mí, me quedé solo viendo tanto horror, y en mi cabeza la pregunta: ¿Mami, los hombres no lloran, verdad?

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