Tomado de Catalejo, blog de la revista Temas 

Mario Conde: el viaje más largo a ninguna parte

Stephen Wilkinson • Estados Unidos

Luego de martillar miles de clavos en el ataúd del estalinismo en su anterior novela, El hombre que amaba a los perros, su obra más reciente, Herejes, aborda ese rasgo humano tan universal, el de la intolerancia religiosa (y política).

Herejes ya goza de gran estima en España, donde se publicó en septiembre de 2013 y obtuvo el premio Novela Histórica Ciudad de Zaragoza en mayo del año pasado. El jurado anunció que además de estar “bien escrita” resultaba una novela histórica “atípica” ya que se presentaba en forma de historia detectivesca. Es de suponer que los miembros del jurado desconocían la existencia de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, o las Crónicas Cadfael, de Ellis Peters. La narración histórica de misterio es un subgénero de reconocido prestigio, y al utilizarlo quizás Padura asumió un destino inevitable. Esta novela combina un misterio que su herético ex-policía habanero debe solucionar, con una narrativa histórica basada en numerosos hechos reales, que se remontan a la Edad Media europea, el taller de Rembrandt en la Holanda del siglo XVII y la Cuba de los años 30 y 50.

Para ello, Padura recurre a una estructura narrativa que le ha funcionado bien en novelas anteriores. Tanto en La novela de mi vida (2000), sobre la vida de José María Heredia, como en El hombre que amaba a los perros (2009), sobre los acontecimientos que rodearon la muerte de Trotsky, utiliza el mismo método, consistente en unir dos o tres hilos narrativos. Los relatos ocurren en diferentes momentos, y suelen emplear distintos puntos de vista, a fin de crear una metanarrativa abarcadora, mucho más amplia que la suma de sus partes. Empleó esa técnica con gran destreza en El hombre que amaba a los perros, al escindir la historia del asesinato de Trotsky en tres tramas diferenciadas. La primera, puramente histórica, narrada totalmente en tercera persona y en estilo indirecto, es la historia del exilio de Trotsky, desde que Stalin lo expulsara de la URSS hasta su muerte. La segunda, también en tercera persona, aunque incluyendo estilo directo y diálogos, es la historia novelada del asesino de Trotsky, Ramón Mercader. El tercero es un relato completamente ficticio, en primera persona, de un narrador cubano que “encuentra un manuscrito” en La Habana actual y une los tres hilos en un texto (y textura) coherente, para trasmitir un mensaje significativo y convincente al público contemporáneo de Cuba y el extranjero.

En Herejes, sin embargo, lo que ha empleado con menos acierto es la estructura y la voz narrativa. En analogía con los libros de la Biblia, la novela se divide en secciones. La primera es el Libro de Daniel, la segunda el de Elías, la tercera el de Judith; la última, donde las tres historias llegan a término, se llama, paradójicamente, Génesis. Considero que la segunda parte, el Libro de Elías, resulta la menos lograda. Esta es la historia del origen de la pintura perdida que constituye el móvil de la narración, de su creador y de la forma en que llegó a manos de la familia judía Kaminsky, cuya saga recorre la novela. Al estar contada en pasado y tercera persona por un narrador omnisciente, cuyo personaje central se revela con total intimidad, los lectores nos preguntamos de dónde salió esta historia. ¿Quién pudo escribirla dentro de los parámetros de una metanarrativa situada en La Habana del siglo XXI? Esta historia y estos personajes no se remiten a ninguna fuente creíble, ajena al propio “narrador omnisciente”, lo que disminuye su verosimilitud. ¿No habría sido mejor y más plausible que el texto fuera una suerte de manuscrito, descubierto más adelante, donde el judío holandés Elías escribiera su propia historia?

Nos hallamos ante una novela sobre el dolor y el sufrimiento —tema poco novedoso para los lectores de Padura— donde se establece una analogía nada sutil entre la persecución religiosa de los judíos (tanto a manos de los gentiles como de los zelotas judíos) y la persecución de los “herejes políticos” en Cuba —otro tema también familiar. De hecho, todo en esta novela nos resulta harto familiar. Aquí hallamos a Conde y a sus amigos más cínicos y desilusionados que nunca:

A sus 54 años cumplidos Conde se sabía un pragmático integrante de la que años atrás él y sus amigos calificaran como la generación escondida, los cada vez más envejecidos y derrotados seres que, sin poder salir de la madriguera habían evolucionado, (involucionado, en realidad) para convertirse en la generación más desencantada y jodida dentro del nuevo país que se iba configurando […] Apenas les quedaba el recurso de resistir como sobrevivientes.

Y siguen viviendo en un país tan desesperanzado y decadente como en la primera novela sobre Conde (o en El hombre que amaba a los perros):

Coño, Manolo, me parece que voy a cumplir cien años. No entiendo ni timbales. Tanto que nos jodieron la vida con el sacrificio, el futuro, la predestinación histórica y un pantalón al año, para llegar a esto…

Los admiradores de Conde pueden sentirse tranquilos al saber que sigue amando los libros, queriendo escribir como Salinger, disfrutando las exquisiteces gastronómicas que prepara la madre de su amigo Carlos el Flaco, “hablando mierda” con sus “socios de la escuela” y compartiendo con el amor de su vida, la hermosa y distinguida Tamara. Pero también pueden sentirse algo defraudados.

Aparte de que Carlos, metáfora parapléjica de la guerra de Angola, cuenta ahora con una silla de ruedas motorizada, y Conde está pensando proponerle matrimonio a Tamara, ¿qué más ha cambiado? Han pasado diez años desde la última novela de Conde; sin embargo, los personajes siguen en la misma situación. La ciudad está paralizada en los 90, en el centro de un Período especial caracterizado por privaciones, escaseces y desesperanza. Esta visión resulta anacrónica.

Tuve esa impresión desde el momento mismo en que Elías entrega a Conde el mensaje proveniente de Miami. “Hacía años no recibía una carta de Andrés”. Estamos inmersos en un discurso indirecto, dentro de la mente de Conde, y se nos da una larga explicación del porqué Andrés no se comunica con frecuencia —como para justificar la repentina e inquietante aparición de la carta. Se trata de un mensaje proveniente de Miami, de alguien que solo podía comunicarse, aparentemente, mediante un mensajero —en 2007. Me consta que las comunicaciones por Internet siguen siendo deficientes en Cuba, pero no son tan raras. La mayoría de los cubanos que conocí en 2007 por lo menos tenían correo electrónico, incluso si no tenían computadora. ¿Por qué razón Conde no tiene acceso al correo electrónico? Esta idea está presente en toda la novela hasta que, en la página 192, Conde le entrega a Elías una carta para Andrés.

—¿Y tú no escribes por email?

—¿Qué cosa es eso? —preguntó Conde. Elías le sonrió la supuesta broma que, en realidad no lo era. Definitivamente, Elías Kaminsky seguía siendo un forastero.

Muy probablemente, el comentario irónico está dirigido al público cubano, la mayoría del cual puede no tener Internet en su casa, porque no pueden permitirse ese lujo. Pero a mí me resulta falso y hasta gratuito. En 2007, es sencillamente inverosímil que en el círculo de amigos de Conde ni uno de ellos tuviera acceso a Internet o al correo electrónico. Por ejemplo, Yoyi el Palomo, ingeniero graduado, que se dedica a la compraventa de libros y para el cual trabaja ahora Conde, un verdadero maceta (rico, en la jerga cubana), rodeado del confort de televisores plasma y vinos de marca, ¿cómo puede carecer de acceso a correo electrónico o de teléfono móvil —aunque este último tuviera que conseguirlo “por la izquierda” (precisamente hasta ese año 2007)? Si Carlos el Flaco tiene una silla de ruedas motorizada, que le trajo una ex-novia de Miami; su mamá puede agenciarse ingredientes exóticos para sus banquetes lezamianos; y entre los amigos que se reúnen en su casa todas las semanas algunos trabajan en instituciones, ¿cómo pueden no tener acceso al correo electrónico, incluso si no lo tienen en su casa? ¿Cómo es que, si Conde trabaja para alguien tan “buena gente” como Yoyi, dedicado a la compraventa de libros raros, no anda también con un teléfono móvil?

En resumen, esta Habana de 2007 sigue siendo el mismo mundo donde Conde viviera diez o quince años atrás. Ni él ni, lamentablemente, su creador, parecen haber avanzado con los tiempos. Es una pena, porque, cuando el lector se percata de esto, la puesta en escena aparece poco creíble.

Este es solo un comentario crítico a un maestro en su momento de esplendor. No es en lo absoluto una condena, ya que los logros de Padura no tienen precedente. Y si hablamos de los límites de lo permisible, él ha estado siempre entre los autores cubanos que han logrado extender esos límites.[1] Escribí mi tesis doctoral sobre la novela policíaca cubana; y conozco en detalle toda su obra, una parte de la cual he leído en estado de borrador y contribuido a difundir en inglés. Ningún otro escritor cubano ha alcanzado tanto éxito en el mundo. Después de la Revolución, ningún otro novelista cubano ha ganado tantos premios, ni ha sido publicado en tantos países, ni traducido a tantos idiomas.

Pero no siempre fue así. Su difusión en inglés se propició cuando Máscaras (1995) ganó el premio Café Gijón y el Dashiell Hammet (1997), de la Asociación Internacional de Escritores Policíacos. Yo la había traducido desde que se editó en Cuba, pero ninguna editorial inglesa se había interesado en publicarla. Cuando ganó el premio en España, Bitter Lemon Press, una pequeña editorial inglesa, la publicó con el título Havana Red. A partir de entonces, esta editorial, dedicada exclusivamente al género policíaco, publicaría las restantes novelas de Conde, aunque en tiradas limitadas. A pesar de que su mejor libro sigue siendo La novela de mi vida (Editorial Unión y Tusquets, 2002) fue El hombre que amaba los perros (Tusquets, 2009) el primero publicado en los EE.UU. por una gran editorial, Farrar & Strauss (la que me pidió revisar y corregir en extenso la traducción). No es de extrañar que así fuera, pues Trotsky es un tema más atractivo para ese mercado que la vida del gran poeta romántico y luchador por la libertad de Cuba, José María Heredia, cuya vida narra La novela de mi vida.

Hasta el momento, Padura ha sido un maestro en el arte del artificio literario, presentando sus críticas de modo indirecto, mediante la analogía y la metáfora, pero abordando de frente el tema de la intolerancia. Quizá es esto precisamente lo que se ha vuelto un problema. Para mí, que lo he seguido fielmente como estudioso de su obra y como amigo, Padura está empezando a perder sutileza y corre el riesgo de tornarse demasiado repetitivo.

Lo que en 1992 me sorprendió, en mi primer encuentro con Mario Conde, fue la historia dentro de la historia que conforma Pasado perfecto, sobre los años escolares de Conde, cuando el joven aspirante a escritor redactó una composición sobre un niño que no iba a misa los domingos porque prefería jugar béisbol. Al no percibir la importancia metafórica del relato, el director de la escuela lo censura con severidad porque escribía sobre “un tema religioso y eludía una toma de partido en contra de la Iglesia y su enseñanza escolástica y retrógrada”.

Me pregunto cuál es la diferencia entre esto y el tema de toda esta última novela. ¿Acaso puede haber algo más evidente que darle al lector en el prólogo dos definiciones de la palabra hereje, la segunda con las siguientes palabras destacadas en negritas?: “Cuba. Dicho de una situación [estar hereje] Estar muy difícil, esencialmente en el aspecto político o económico”.

Así pues, desde el inicio mismo se nos indica que debemos leer esta historia del judío holandés y de sus descendientes en el siglo XX como una alegoría. Se nos presenta un relato de persecución judía, pero también se nos invita a leerla como una representación de Cuba bajo la Revolución. Por ello al final nos quedan muy pocas dudas:

Aquella historia a Conde le sonaba demasiado familiar y cercana. Y pensó que tal vez, en sus búsquedas libertarias, en algún momento Judy Torres había estado más próxima que mucha gente a una desoladora verdad: ya no hay nada en qué creer, ni mesías que seguir.

¿Acaso Conde o Padura identifican al mesías con Fidel Castro?  Desde luego, el lector podría asumir que la opinión de que no quedaba nada más en que creer no es sino la muy personal de Conde, pero el narrador nos aclara que su “panorama individual resultaba tan sombrío como el colectivo del país”.

Sombrío es una palabra fuerte, que significa tenebroso, lúgubre, tétrico, triste, melancólico, taciturno, pesimista, abatido, decaído, afligido, negativo. Pero esa no es la Cuba que yo conozco, especialmente en estos tiempos. Desde que las cosas empezaron a mejorar, en términos relativos, desde el punto de vista económico, aprecio que el estado de ánimo de los cubanos ha ido cambiando. Cada vez que llego observo que el país mejora, aunque no sea al ritmo que muchos quisieran. Tal vez quienes viven la realidad cotidiana no lo sientan así, porque sigue habiendo problemas sin resolver, pero siento que el adjetivo “sombrío” no describe esta realidad.

Temo que esta visión sobre Cuba se ha congelado, al igual que toda la perspectiva de Padura. Mientras que el mundo ha aceptado el desplome de la Unión Soviética, y todo lo que ello suponía, desde hace veinticinco años,  el que Padura nos muestra sigue encerrado bajo llave. Sin embargo, ahora Cuba se mueve a otro compás. El país está cambiando y su relación con el mundo y la propia modernidad se desarrollan con rapidez y en formas tales que conceptos como la intolerancia resultan menos pertinentes que en el pasado.

Otro ejemplo que ilustra este desfase es el de la libertad de viajar, un tema que se destaca en la novela. Hay un momento en el que, con un magistral uso de la ironía y la intertextualidad, Padura manipula la narrativa para citar nada más y nada menos que a Carpentier en El siglo de las luces:

…seguía preso con toda una ciudad, con todo un país, por cárcel…

Si un país o un sistema no te permite eligir dónde quieres estar y vivir, es porque ha fracasado. La fidelidad por obligación es un fracaso.

Conde comenta que esto parece haber sido escrito para el aquí y ahora, y Judy afirma que fue escrito para todos los tiempos. De ser así, ¿cómo interpretar su inclusión aquí? Cuando Padura escribió Herejes, el derecho de los cubanos a viajar era una práctica establecida, aunque estuvieran todavía sujetos a un permiso de salida y a regresar en un cierto plazo. Ahora, que la demanda de no estar sujetos a esas regulaciones se ha satisfecho, resulta claro que la causa para no viajar ha dependido más de la visa extranjera, que se mantiene como la principal limitación. No se pueden tildar de fracasos el país y el sistema remitiendo las palabras de Carpentier al aquí y ahora.

Tal vez Judy haya estado en lo cierto al sugerir que las ideas de Carpentier son eternas y universales, ¿pero puede afirmarse lo mismo de las de Padura? Me temo que su mundo imaginario corre peligro de derrumbarse. Cuando empezó a escribir la tetralogía sobre Conde, era valiente y necesario impugnar la ortodoxia y hacer avanzar el género, más allá del realismo socialista soviético. Lo que hizo grande a Padura fue precisamente la manera en que abordaba el tema de la libertad individual frente a la responsabilidad colectiva. Pero ahora esto parece estar fuera de lugar y resultar curiosamente confuso.

Con palabras que evocan a Marqués, el dramaturgo homosexual de Máscaras (1995), en esta novela Rembrandt declara:

Para un artista todos los compromisos son un lastre: con su Iglesia, con un grupo político, hasta con su país. Reducen tu espacio de libertad y sin libertad no hay arte…

Este concepto del arte, tan apropiado para la Holanda burguesa del período republicano mercantilista, ¿es el principal problema a vencer en la creación artística cubana de hoy? ¿Se trata de recuperar un país que una vez existió, pero que ya no es?

A mi juicio, con esta novela Padura prácticamente ha agotado la metáfora de Conde. Siempre pensé que la vida de este personaje representaba la de la Revolución. La manera en que este escritor frustrado se hizo policía a contrapelo de sus deseos representaba la forma en que la Revolución perdió la inocencia por circunstancias que no podía controlar. Más adelante, cuando se dedicó a vender libros viejos, pudo encarnar la manera en que la Revolución transigía con el mercado. A partir de esta trayectoria, ¿qué rumbo debe seguir Conde? ¿Se convierte en el propietario de una librería? ¿O por fin, como se nos hace creer al final de la tetralogía, desentierra su vieja máquina de escribir Underwood y se realiza como escritor?

La interrogante no puede evitarse. Ha sido un largo viaje que no ha conducido a ninguna parte. Conde y su Habana deben quedar atrás, hace tiempo debían haberlo hecho.

Nota: 
El autor es director de The International Journal of Cuban Studies y autor de Detective Fiction in Cuban Society and Culture.
 
[1] Junto a otros narradores, también conocidos fuera de Cuba, aunque menos exitosos, como Senel Paz, Francisco López Sacha, Arturo Arango, Miguel Mejides, Reynaldo Montero, Abilio

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