Viaje a las estrellas

Leonardo Estrada • La Habana, Cuba

España, Rusia, Buenos Aires, el dinero, la nostalgia, escapar… Bajo la piel de cuatro seres: un bailarín de flamenco que quiere ser torero, una mujer de éxito en Miami, un joven que regresó a Cuba para casarse y un payaso de gira por Buenos Aires, se trazan las coordenadas de Pasaporte, con texto y puesta en escena de Yunior García para el grupo Trébol Teatro.

Imagen: La Jiribilla

La suficiencia dramatúrgica es innegable. Lograda coherentemente a través de microhistorias independientes, situaciones que emplean todos los recursos de la comedia como la ridiculización de los personajes, el efectismo, la parodia a elementos contextuales, el grotesco.

Son recursos que laten desde la propia construcción de los personajes: entendemos que un payaso sea capaz de defecar en un teatro, y por si fuera poco, casi a punto de pasar desapercibido, tenga la marca de culpa bajo el zapato de un director que lo acaba de felicitar por su performance. Entendemos los problemas existenciales de una mujer que a pesar del éxito económico y de mostrarse como la llamada mujer hard, también se cuestiona todo lo que ha dejado en Cuba.

La suficiencia dramatúrgica es innegable. Lograda coherentemente a través de microhistorias independientes, situaciones que emplean todos los recursos de la comedia como la ridiculización de los personajes, el efectismo, la parodia a elementos contextuales, el grotesco.

Desde otro ángulo, el bailarín que se va del país con la única pretensión de ser torero; y qué mejor encuentro con su sueño que en un país como España. Lo ridículo del personaje no solo viene de dejarse atrapar por un deseo tan loco, sino también cómo su obsesión se construye tan precisa y lógica, que lo creemos todo el tiempo capaz de negar sexualmente a su mujer y regalarla a otras alternativas como el porno y los brazos de su mejor amigo. Parecido sucede con Fernando y Susana. Una mujer que acaba de casarse y convierte a su marido en un mulo de carga, y tiene la autoridad para humillarlo diciéndole que se acostó con algunos hombres, incluido su propio padre. La parodia surge invencible a merced de las interferencias de los rusos en nuestra cultura; de la teatralidad, el intercambio de palabras duras, desgarradoras, llenas de ira; pero también de las miradas, de los silencios entre ellos, de aquello que, refiriendo a Peter Brook «ya son incapaces de callar».

Los dispositivos escénicos están colocados de manera orgánica en el espacio, como un mismo cuerpo de varias pieles. Una proyección de sombras para el momento de las entrevistas con la Cubanita y demás personajes que desean cumplir el sueño americano; una tela enorme con el mapa del mundo, que da la idea del viaje, de latitudes, de paisajes y colores otros, y accede a objetos y accesorios como laptop, mesa, sillas, botella de vino y copas…

Imagen: La Jiribilla

La banda sonora apoya y remarca en ocasiones el sentido de  comicidad: sonidos electrónicos de momentos comerciales que legaliza el discurso del mercado y consumo que tiene que ver con todo un aparataje cada día con más adeptos. Lo mismo hace el vestuario, muy concreto de acuerdo a la caracterización de cada personaje: los casados como casados, o el payaso como payaso, por mencionar algunos atuendos.

Para el final, las actuaciones. A pesar de ser un grupo joven,  cada uno de ellos logró desarrollar a sus personajes de manera brillante. Son esos momentos en los que aceptamos el juego de la ficción como si fuera un mundo real.

Danay Cruz abrió ese punto de crisis casi inmediato con la energía necesaria para encontrarnos con una mujer que se cuestiona la partida anterior de su esposo, y le grita porque el dolor la carcome. Es una energía que va progresando a medida que trascurre la situación, a partir también de ese contacto con el otro intérprete, y de la energía añadida por el espectador —las risas, las miradas, los gritos—; y que, receptora de criterios de grandes pensadores como Brecht, dosifica su voz a lo largo de la sinfonía, para que sus palabras emerjan claras y sentidas.

La actuación de Carlos E. Carret al interpretar a más de un personaje fue descollante. Impresionó por los registros tan disímiles que mostró. ¿Qué tienen de parecido un payaso, un bailarín de flamenco y un hombre recién casado…? Sin embargo, acepta el reto y se desdobla, nos enseña universos particulares, descubre emociones, textos, pesos, interiores, indistintos, como si se hubiera vestido con la esencia de esos cuerpos.

Imagen: La Jiribilla

Otras ejecuciones verdaderamente buenas son las de Yamilet Medina y Víctor Garcés. La primera con transiciones de estado casi perfectas, donde pasaba del odio al deseo, de la alegría a la remembranza. Su habilidad también para decir textos claros, anexados a movimientos corporales como al bailar con el   amigo de su esposo, o ambos accionan sexualmente sobre la mesa, parece de otra galaxia. Destacar en Jaime que fue capaz todo el tiempo, de ser fiel a esa vis cómica a lo Luisma (de la serie televisiva española Aida), que constantemente hacía reír y sentirlo como ese tonto que divierte. Ambos fueron una pareja bien llevada y compenetrada en escena, una couple juste bailando sus coreografías.

Pasaporte nos hace acudir al teatro desde un diálogo divertido e inteligente. Ha sido un lindo regalo para encontrarnos con la teatralidad, con ese intercambio de flujos, de energías y dramaturgias, tras aplausos indefensos a la euforia. Pasaporte fue un encuentro no solo con los que están, sino también con los ausentes, en un viaje a las estrellas.

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