Espejo y laberinto:

De la correspondencia de Don Fernando Ortiz

Cira Romero • La Habana, Cuba

En Cuba no tenemos que aguardar a la ya tradicional Feria del Libro —acaba de concluir su edición vigésimo cuarta—, o a los también populares Sábados del Libro, para asistir a presentaciones de textos, pues en no pocas oportunidades las propias instituciones que los gestan y publican se encargan de efectuarlas en su propio ámbito de trabajo. Esto acaba de ocurrir en la Fundación “Fernando Ortiz”, donde se han dado a conocer los dos primeros volúmenes, de los cuatro que la integran, de una selección de la correspondencia suscrita por el sabio cubano, mantenida entre 1920 y hasta casi sus días finales, tanto con figuras de la cultura cubana como universal. 

Pero este hecho tiene una relevancia especial que no puede pasar inadvertida por dos razones: se trata de las cartas firmadas por una figura excepcional del paisaje intelectual del patio por motivos harto conocidos y sobre los que no es necesario insistir y porque han sido compiladas y anotadas por Trinidad Pérez Valdés de un modo que puedo calificar, sin temor a equivocarme, de excepcional.

Imagen: La Jiribilla

Como afirmó Félix Lizaso en una cita que Trini —como es conocida por todos— coloca al final de su Nota Introductoria, “[l]a carta es el chorro de claridad lanzada fuera que permite, deseando su propio camino, un atisbo del fuego vivo que la produjo. Muchas cartas reunidas agrandan más y más la ventana que deja ver el interior”. Y es gracias a las cartas de Ortiz, en sí mismas relevantes, pero también gracias al trabajo de más de diez años  de Trini anotándolas minuciosamente, con una prolijidad que eriza, que se nos abren no una sino miles de ventanas de diverso carácter.

En su Nota al lector, Miguel Barnet, director de la Fundación, aporta elementos de singular valor:

No hubiera cumplido su objetivo fundamental la Fundación Fernando Ortiz si no tuviéramos estos dos primeros tomos de la correspondencia del pionero de la Antropología Social en Cuba. El cuerpo viviente de la sociedad de su época, la interrelación del sabio cubano con figuras internacionales y del patio, las disquisiciones personales y los hitos más relevantes de la historia cubana aparecen aquí en su modo más directo, sin afeites, pero con la pulsación de un hombre que vivió entregado a la misión de fundar y reparar equívocos, de revelar zonas ocultas de la cultura popular y de emplear su herramienta más útil y eficaz: la ciencia de la observación y el análisis.

Y apunta más adelante:

No espere el lector un catauro de intriguillas ni un inventario de quejas e insatisfacciones. El Ortiz que Trinidad Pérez ha rescatado para el lector es el intelectual cívico e íntegro, el investigador que tenía muy clara su ruta y su objetivo. Esta antología de su correspondencia constituye un vademécum de sabias exploraciones en la más profunda cavidad de la isla. Y es, a su vez, una ventana abierta al lado oscuro y desconocido para muchos de quien Alfonso Reyes llamó “el pozo de la cultura cubana”.

En este “pozo” se adentró Trini durante una década de trabajo, no solo con las cartas en sí mismas, sino rastreando en bibliotecas y hemerotecas, en archivos y, en general, en todo lo que le permitiera que nada o casi nada quedara sin desentrañar para que las notas fueran perfectas. Sin duda, lo logró con creces. Utilizó en ellas una singular metodología, nunca usada, hasta donde sé, en otros epistolarios publicados en Cuba: como no están incluidas las respuestas de los destinatarios ella, en muchos casos, las asumió, en parte o totalmente, en sus notas, de modo que el lector queda enterado a plenitud de lo que se está tratando, además de las acotaciones a las que siempre estamos acostumbrados en este tipo de trabajo. Pero, advierto, si muchas veces nos fatiga leer un libro con esa prolijidad de información al pie, en este caso no sucede o no puede suceder así, pues si no las leemos podemos quedar ignorantes de muchos detalles que allí se explicitan. Es un sistema de trabajo que he llamado “trenzado”, aún sabiendo  lo poco científico del término. 

Estas cartas de Ortiz, como apunta Trini, “reafirman aspectos esenciales de su personalidad tales como:

·         Su excepcional capacidad de trabajo para desarrollar diferentes y diversos proyectos de investigación y actividades, lo que hoy definiríamos como un espíritu netamente multidisciplinario.

·         Su permanente agudeza para ir al encuentro —o en busca— de todo aquello que pudiera llegar a definirse como lo cubano.

·         Su natural disposición para insertarse en la realidad cotidiana del pueblo cubano —sin abandono de su status social—, con la que se sintió siempre comprometido”.

Los dos volúmenes presentados comprenden hechos y acontecimientos que le permitieron a Ortiz reformular su labor intelectual, científica y personal. Son, como ha dicho el investigador Enrico Mario Santí, años de gestación, cuando se despidió de sus estudios criminológicos para adentrarse en lo que más le interesaba: descubrir nuestros orígenes, ese ajiaco al que aludió en los “Factores humanos de la cubanidad” y que tuvo expresiones en búsquedas diversas: fundación de instituciones culturales, de revistas, publicación de libros, definición del término transculturación… Pero solo cuando se accede a la lectura de estas cartas y de las notas que las acompañan —nunca separar unas de otras— es cuando se tiene una visión precisa de en cuántos empeños se involucró hasta el año 1939. Cuando vengan los próximos tomos, su ansia de fundar se multiplica, pues Fernando Ortiz, ni ya anciano, cejó en llevar adelante proyectos, algunos  pensados y otros iniciados pero tronchados por su muerte. Muchos libros suyos permanecen inéditos en su fondo personal, atesorado en el Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor” y miles de “papeletas” (así llamaba a sus fichas de trabajo) se acumulan, aún intocadas, en cientos de carpetas.

Cada carta leída en este epistolario nos trae una reflexión, nos aporta una enseñanza, nos hace estremecer… Imposible citarlas, pero solo coloco tres ejemplos. En la fechada el 23 de diciembre de 1930, mientras residía, en calidad de exiliado político, en los EE.UU., le escribió a Felipe Taboada, periodista de El Mundo:

… puede decirle a su periódico que estoy trabajando por la libertad de Cuba, en los mismos lugares, y por las mismas razones, y con las mismas esperanzas, con que han tenido que hacerlo, generación tras generación, nuestros compatriotas […] perseguidos siempre por la […] bestia del absolutismo. Hay que hacer mucho todavía por Cuba libre (Tomo II, p. 66).

El 13 de abril de 1931 le expresó a Jorge A. Trelles, médico forense cubano amante de la literatura:

Las cosas están cambiando en nuestra patria más de lo que a la superficie se advierte. Y elementos que hasta hace poco apuntalaban al bahareque podrido se están resbalando, de tal forma que todo permite creer que aquel régimen [de Machado] roído de comejenes y chupado de curujeyes, vendrá pronto al suelo (Tomo II, p. 76).

Y advertía:

 En cuanto a la intervención americana, seamos ahora espectadores de la nueva coloración que está tomando esa criatura camaleónica […] A la larga gana la justicia, si los pueblos saben merecerla. La intervención, en cualquiera de sus múltiples y cambiantes formas, es siempre lamentable, como es de lamentar que la humanidad haya inventado el revólver (Tomo II, p. 76).

Derrocado el gobierno de Machado, esta confesión a Manuel Márquez Sterling en misiva del 30 de agosto de 1933:

Aquí me tiene como felicísimo entre los míos y en la Patria, aunque confuso y perturbado en el vértigo en que estamos (T. II, p. 218).

La publicación de los dos primeros tomos de Correspondencia de Fernando Ortiz constituye un momento de trascedente significación para la cultura cubana. Ahora que, debido a  los adelantos tecnológicos, estos conspiran en contra de la existencia de este tipo de textos, que llegó a constituir un género literario en sí mismo y todo (o casi todo) se resuelve por medio de los correos electrónicos, se hace más imprescindible que nunca realizar obras similares y sépase que los archivos de nuestras principales bibliotecas están repletos de cartas de alta significación en los más diversos órdenes. Que el ahora comentado sirva de acicate para empeños similares.

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