Teatro (socio) político, con Cuba y por el bien de todos

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
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Creo que la pregunta de si hay teatro (socio)político en Cuba está harto respondida cuando, sin ir más lejos, se repasan las tres más recientes ediciones del Festival de Teatro Joven, para no complejizar el asunto con una cartografía que abarque todo el circuito de festivales y salas del país. Este maletín no es mi maletín, por el Mirón Cubano, Antígona, por El Portazo, Cierra la boca, por Trébol Teatro, ahora, Menudos pedazos, de La Guerrilla del Golem, Pasaporte (Trébol, again) y La panza del caimán, de Teatro del Espacio Interior…, logran confirmarlo.

Tal teatro político de las últimas décadas —de Alberto Pedro y Abilio Estévez hasta Rogelio Orizondo— se caracteriza principalmente por un marcado carácter iconoclasta y desacralizador, que ajusta cuentas a sucesos, circunstancias y fenómenos de la no sistematizada Historia Nacional de la segunda mitad del siglo XX, sobre todo los extraídos de la bastante fragmentada historiografía del período.

Imagen: La Jiribilla

No lo abandona el tono paródico y el ineluctable choteo, es escéptico y hasta cínico, desesperanzado. Lo primero que delata es quizá la pérdida de fe del cubano en la utopía, y los resultados de un éxodo que ha desperdigado a millones por los cuatro confines. Esto ha redundado formalmente en puestas en escenas paroxísticas, catárticas, que tributan a una épica grotesca, una verdadera antiépica, muchas veces extrovertida en mascaradas y griteríos.

De todo esto, La panza del caimán, con puesta en escena de Mario Junquera, es palmario sumun estético-conceptual. La agrupación camagüeyana Teatro del Espacio Interior, consecuentemente con su nombre, que enseguida me remite a un introspectivo diálogo, revisión, cuestionamiento y revelación (¿revolución?) del yo —particular y colectivo— más auténtico y endemoniado, propone un nuevo atisbo a la Cuba contemporánea. Obra no lineal, que recuerda por momentos ciertos métodos escénicos de Nelda Castillo (Visiones de la Cubanosofía) y remite desde su título, en concomitancia con el referido nombre de la compañía, a un hurgar en las opresivas entrañas de la nación, insularizada, aislada, más allá de su singularidad geográfica, que no deja de rellenar su panza mediante la perenne autofagia o lo que es lo mismo, mediante la deglución de sus hijos en saturnino atracón.

(...) remite desde su título a un hurgar en las opresivas entrañas de la nación, insularizada, aislada, más allá de su singularidad geográfica, que no deja de rellenar su panza mediante la perenne autofagia o lo que es lo mismo, mediante la deglución de sus hijos en saturnino atracón.

La opresiva e incordiante atmósfera es conseguida, primeramente, con la irritante iluminación, casi siempre de fuertes tonos: ya de extrema fulguración, que hace destellar la blancura del vestuario del personaje interpretado por el propio Junquera; ya cenital, cuyo extremo contraste entre luz y sombra, convierte las desencajadas expresiones del actor y las actrices Iris María Mariño (dama azul) y Lianet Risco (dama roja y ocasional pionera), en verdaderos rostros de erinias.

Complementan este recurso los artilugios escenográficos que demarcan un reducido espacio, rodeado por montones de zapatos viejos, gastados quizá de tanto caminar en vano, como prueba ¿irrefutable? de que fuera de la panza del caimán no hay nada, solo un vacío sin tiempo ni espacio, solo olvido, donde se precipitan los emigrantes —o sea, los que no existieron nunca. Hacia el final de la puesta, se complejiza el espacio, se torna más angosto, imposible de habitar, en un horror vacui insoportable. El caimán adelgaza o se atraganta…

El vestuario tricolor del elenco sugiere de inmediato a los tres colores patrios, pero desgajados de la bandera, solitarios ellos. Solo se unen en el uniforme de la pionera apocalíptica, última esperanza que corre en retroceso, que desencaja sus facciones consternada ante el futuro que representa y el futuro que le espera.

Ahora, el complemento verbal que acompaña a la semiótica escénica y a las catárticas interpretaciones, desmerece un tanto, dado el sino tautológico que delata. Pues el texto escrito está plagado de referencias altamente recurridas por muchas obras previas. La muy interesante versión del Génesis con que inicia la obra, apelativa a la masacre de los centrales azucareros con la cual Cuba recibió al siglo XX, le sucede la mención de motivos archiconocidos como la Zafra del 70, la supervivencia mediante la cría de cerdos, la prostitución, los créditos bancarios a los campesinos, y otras pautas históricas (o aún no), que han sido bastante banalizadas por el choteo perenne, incluso el televisivo: o sea, es uno de tantos archivos ya desclasificados. En este sentido, no existen diferencias entre La panza del caimán (y muchos otros) y el programa Vivir del cuento —otra catarsis permitida. 

Porque otra de las principales características de este tipo de teatro — ¡sirve para casi todas las artes en Cuba!—, y por la que he hecho acompañar la palabra político con el prefijo “socio”, es que se convierte en un uróboros, poética encarnación del círculo vicioso en que se debaten los discursos y posturas. Existe un invisible límite que no se atreven a trascender, con el cual coquetean, como si bailaran al lado de una línea de alta tensión pero sin intentar nunca saltarla o tocarla y resistir el terrible corrientazo. 

 

 

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