Puntos G

Antonio Armenteros Álvarez • La Habana, Cuba

G. que ya no quiere que la llamen Gretchen, Grisel, Gisela, Graciela o Gretel como antes, me había citado para el parque que rodea al Capitolio, a ver su nueva iluminación surrealista. No sé si ir o no, pues ella puede que cambie de  planes y la cita puede variar. No es la primera vez que algo así ocurre con ella,  lo más frustrante es que luego no es su culpa y sí la tuya. Cuando G. era  Griselda y soñaba con ser bailarina clásica las cosas nos iban mejor, o al  menos ella era más consecuente consigo misma. Nos llegábamos al Teatro García Lorca los sábados y domingos y al final bajábamos por la calle Obispo buscando lo refrescante del mar, pero claro, entonces ella era Grisel, luego se convirtió en Gretel, más tarde fue Gretchen ―su época mejor― y ahora con candidez se ha transformado en la extravagante G. que alguna vez como ya ha sucedido se va a levantar sin saber quién soy yo, por esa simple razón es que estoy pensando en la posibilidad de no acudir a la cita. G. se apodera de cualquier césped de la ciudad y lo convierte por varias horas en su oficina, eso es lo que trata de hacer con los alrededores del Capitolio habanero, lo de observar las luces es un burdo pretexto, una engañifa para principiantes. Yo no lo soy y cuando G. era Gretel le dio por apoderarse de los teléfonos públicos, se desatendía de la fila desesperada de posibles usuarios y sacaba su libreta de notas, colocaba a su lado un pequeño y colorido bolsito guatemalteco de monedas y comenzaba a llamar a sus amigos y conocidos que tuvieran teléfonos propios. Pero tal práctica no duró mucho, pues, G. se cansa pronto de lo mismo y necesita romper sus excentricidades. Yo siempre le aconsejaba:¿Gretchen qué urgencia tienes de molestar a los demás, eres muy morbosa con los otros? Ella no respondía, pero su mirada todo fuego resultaba muy instructiva en cualquier sentido. Cuando la vi por primera vez con sus trenzas negrísimas, como de niña india recién perdida, me atrapo, no podía imaginar que en aquella infanta se encerrara una fuerza y energía tan descomunal, al punto de anular por completo mi personalidad. Raro, porque mi entrenamiento como militar de academia me alertaba contra conductas como la de ella. Fue mi culpa, saben, pues, G. decidió viajar al otro lado de la bahía para llevarle una dádiva muy personal a la virgen negra de Regla. Aquí comenzó su cantaleta sobre la posibilidad de que secuestraran la lanchita que realiza el servicio de transportación de pasajeros entre las dos riberas habaneras de la bahía. En efecto la lanchita fue raptada pero ni G. ni yo estuvimos ese día en el espigón, por no sé bien que causa ajena a nosotros mismos, creo que ese día de agosto andábamos por una cueva en Pinar del Río tocándonos con hongos alucinógenos, en la cueva nos encontramos con Odalys que realizaba lo mismo que nosotros. Cuando G. y Odalys se miraron el mundo cambió, se habían unido de pronto dos seres únicos y G. se convirtió en mi enemiga, pues, comenzó a acusarme de ser el culpable de no estar en el muelle de la lanchita de Regla el día veraniego del secuestro. Odalys quebró una ley tácita entre nosotros y se inmiscuyó en la discusión a favor de G. era evidente que ambas se amaban con una fuerza sobrehumana, cuando se juntan los restantes mortales estamos de más. Odalys se apoderó de G. o viceversa, uno de sus entretenimientos mejores lo constituía ir hasta una cafetería en moneda convertible y sentarse a leer sus propios poemas, si se acercaba un mesero y les preguntaba si iban a solicitar algo, ambas sonrientes les respondían que nada, qué cuando él había visto dos jineteras pedir algo sin estar acompañadas por sus Pepes o sus Puntos que es lo mismo, cuando el empleado se viraba y preguntaba por mi presencia, para ambas la cosa se ponía más candente, pues, entonces mirándome con picardía y como si fueran un coro respondían qué cuando se había visto consumir a un pinguero, o mejor dicho y, era cuando más afectaban sus voces femeninas: ¡Alguien así, ¿comprendes?, tan débil! Y realmente les quedaba bien el numerito, una pequeña obra maestra de exclusión definitiva, nada, me quedaba en el afuera y ellas gozando de lo lindo con todos y en especial conmigo. Aquella vez llovía como en el Génesis y ellas se leían sus poemas y cuentos que habían escrito en un nylon con una tinta especial que el agua no borraba y al terminar dejaron aquel nylon interminable sobre la mesa y como los dependientes no podían hacer nada vieron impotentes, al igual que yo, como el performance era consumado hasta en sus más mínimos detalles. Algunas veces preferíamos los tres ir al cine —a ver una película experimental de Bergman o de un tal Tarkovski, que para ellas era un fenómeno, un monstruo del séptimo arte y para mí un comemierda más que hace filmes sombríos e ininteligibles por gusto y pa’ na’—, que nos desconectara de los sufrimientos cotidianos —aunque con aquellos tipos, sus filmes, mis agonías se multiplican—, una vez que accedíamos a la sala oscura, G. se sentaba bien cerca de la pantalla y en posición que ella definía como del Loto ―claro leían esos cuadernillos de filosofía budista—, o postura perfecta y sólo de verla en aquella pose Odalys comenzaba a proferir unos griticos perros ―como una fanática rockera― y la abrazaba con un afeminamiento inusual en ella; nada que cualquiera, acaso sin proponérselo, veía en el cine a dos mujeres locas acompañadas por un gran idiota, no sé qué definición merecería en el supuesto manual de hinduismo que ambas disfrutaban, elhatha yoga.

Entonces a G. se le antojó decir que su cuerpo tenía energía, electricidad, magnetismo y cada vez que tocaba algo decía: ¡AYYYYYv!  Acompañado de un gesto que Odalys parcializada definía como: ¡Genial! Ambas me estaban matando, yo no me consideraba un homofóbico ni nada por el estilo, sin contar que G. lo había conceptualizado: “!Esto no es tortilla, ni tortillerismo... Okay, esto es amor, si mañana me enamoro de un hombre, bien y si pasado me enamoro de un caballo como estoy ahora metida con Odalys, requetebién, Okay!” Yo no podía aplaudir aquello, pues se habían apropiado de mi espacio natural y Odalys me robó el amor más grande que había sentido/tenido en mi vida. Lo terrible es que en el medio, o mejor dicho dentro de lo que yo definía como: AMOR, se halla enmascarada mi adicción al café. Un café criollo fuerte con el grano muy tostado y molido fino, dando como resultado una infusión oscura y de sabor fuerte, claro no tan fuerte como el sirio y el árabe, degustados en Bielorrusia, en mi etapa de cadete en la Academia de Minsk.

Hubo un tiempo en que lo encontraba en la ciudad, luego me lo traían sabrosón de las montañas de Santiago de Cuba y de Guantánamo, al Oriente de la Isla.

Pero se jodió, al tipo lo apresaron al centro del país. Tuve que especializarme en infusiones más sutiles y caros como el café brasileño Cacique, o el tinto colombiano La Gloria. G. Lo prepara como nadie, sabe escoger las variantes más sofisticadas y mezclarlas, pero su gran especialización resulta el servicio, ella despliega un encanto sensual que yo no sé explicar, sino disfrutar y que ahora, por las nuevas circunstancias, estaba imposibilitado de gozar, al extremo de pensar en pasarme para la filosofía del té, o el melindroso chocolate.

Vivíamos inmersos en la más extrema anarquía cuando a G., apoyada en

Odalys —tan ordinaria y vulgar, ¿no sé qué veía en ella mi G.?—, se le ocurrió que hiciéramos votos de silencio mensuales alternos, cual si nosotros tres fuéramos unos monjes del medioevo en clausura. La casa se transformó en un convento alpino y tenía que pedirles por señas, a ambas abadesas, que me prepararan y sirvieran mi brebaje sagrado, cada día aquello se alejaba más de lo religioso y se convertía en el sexto círculo del infierno dantesco, con mímicas absurdas de toda índole y, café oriental cubano incluido. Pero como explica el dicho popular del veterano hebreo: ‟Hice de tripas corazónˮ y las acompañaba los domingos en la tarde a la fuente Luminosa, ellas se alejaban un tanto de mí y metían los pies en el agua y se tomaban las manos, literalmente se devoraban con los ojos, a mí se me despertaba la libido, porque G. mostraba una belleza que jamás antes vi y me imaginaba penetrándolas a las dos, pero ese sueño jamás ocurrió, mi función era alejarles los entrometidos, ya saben, esos tipos que ven a dos mujeres solas y les van para arriba y las piropean y a veces se ponen impertinentes. Mi trabajo, era ese, el más sucio, simular que era el marido de G. o de Odalys, según el caso, pero lo que era en realidad, es

un estúpido. Él sujeto habitaba la fuente Luminosa, lavaba sus trapos en ella —aprovechando sus aguas vertiginosas y cristalinas— y luego las tendía en el césped, sobre los árboles y cuando nos vio en su espacio se enfureció

emprendiéndola contra ellas, tuve que utilizar mis habilidades combativas y

neutralizarlo; más tarde G. asegura qué no sé explica aquel inesperado ataque, etcétera…, lo cierto es que el demente, como yo y muchos otros observó cómo se miraban esas dos mujeres. De golpe aquel loco me iluminó todo, bueno no por gusto vivía en la fuente Luminosa de la rotonda de Boyeros, frente a la Ciudad Deportiva. Aquellas dos putas me abandonaban sin nada y si no me Espabilaba, me dejarían en la calle, sin casa, ni un carajo, cual un sobreviviente más de la Segunda Guerra Mundial, porque mi formación y mi orgullo de soldado se habían ido hace mucho a la porquería. Mi destino lo vislumbre en el maniático de la fuente y su existencia al aire libre de la rotonda.

 

La última ocurrencia de G. que yo sabía bien que no era la última, consiste en cantar, cada mañana, las rumbas y guaguancoses de Gonzalo Asencio, el

mítico Tío Tom y lo peor no era eso, pues a mí en lo particular me encantan los guaguancoses del Tío, lo frenético es que olvidándose del jodido voto de

silencio bimensual, comenzaban a percutir cualquier objeto de la casa, todo el puñetero día, las muy depravadas se creían Celeste Mendoza y Carlos Embale en “Consuélate como yo”. Me consolé un cojón, aquello fue mucho para mi sensibilidad y se lo grite de forma bien despectiva e hiriente. Ella con toda su ecuanimidad contraatacó, pero no parecía un contraataque, no, asemejaba otra cosa, una estrategia diferente, a lo Sun Tzu, cuando se suponía que el militar diestro allí era yo. “¿Sabes lo que es el Punto G? ―Preguntó. Yo no supe contestar. ¿A quién carajo se le ocurrió aquello? Ella siguió histérica acompañada o apoyada en Odalys y seguía más agresiva: ¡Pues, ella me lo descubrió, chico! Es un placer indescriptible, un placer... ―Intuí, no sé por qué, que venía la estocada mortal. Debo decírtelo fuerte y claro: Que jamás experimenté contigo, ni aunque vuelva a nacer. ¡Comprendes ahora? Yo comprendía como mi abuelo judío, emigrante a la fuerza en el Caribe, poco a poco, y ahora me queda el único consuelo de escucharlas gemir, ustedes saben... en la postura de una nueva variante de la posesión, mientras se descubren sus respectivos Puntos G, que según el Kama-Sutra: "En el ardor de la cópula, una pareja de amantes enceguece de pasión y prosigue con gran impetuosidad, sin prestar la menor atención a los excesos".

De pronto muestran un inusitado interés por mí las dos, G. viene al cuarto y me observa como si yo fuera un animal de laboratorio acabado de descubrir.

Odalys me mira con algo de conmiseración o lástima, más bien curiosidad

insana, con cierta lumbre en sus ojos que me asusta. ¿Comprendían que todo el arte de la guerra se basa en el engaño? Ambas han declarado su deseo por explorar mi cuerpo, soy su próxima víctima y hallarme el punto A. ―Según dicen— lugar que atesora innombrables placeres sexuales. Hoy vinieron a mi cuarto engalanadas de conejitas aventureras, ya sabía que era una trampa y continué con mi lectura, pero no cejaron en su empeño, ahora me trajeron una taza de un café, un capuchino especial, disfrazadas de gemelas escolares, desplegando sus encantos malévolos hacia mí. Las detesto… Pero a mí en realidad lo que me preocupa no es eso, sino los consejos de mi difunto abuelo materno, mi antepasado, un judío singular y centenario que fue testigo de incontables acontecimientos, entre ellos dos revoluciones sociales y sexuales, campos de exterminios masivos y dos guerras mundiales. A mí lo que me preocupa son las moralejas del Abuelo: ¿Lo del maldito Día D en Normandía?

 

Especial para La Jiribilla
 
Ficha: Antonio Armenteros Álvarez: Poeta, narrador, traductor y crítico literario. (La Habana, 1963). Miembro de la UNEAC; ha sido jurado en varios eventos literarios. Ha publicado seis poemarios: Nastraienie, Casa Editora Abril, 2000; La Caída, Editorial Letras Cubanas, 2000; Los Estados Crepusculares, por la Editorial Letras Cubanas, 2002;  Casa  Quebec, por la Editorial Extramuros, 2002; La Cortadura y El Signo, por  Ediciones Unión, 2003; y Kenoma, por  Letras Cubanas, 2014. El libro de relatos País que no era, por Letras Cubanas, 2005. Ha obtenido los siguientes Premios: Calendario, 1998; Pinos Nuevos, 1999; Abdala, 1999; Razón de Ser, 2003; Premio Dador, 2006; La Gaceta de Cuba, 2007.  Ha sido publicado y antologado en varios medios de Honduras, Rusia, Suecia, México, Brasil, España, EE.UU., Francia, Ecuador y Colombia.

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