90 cumpleaños de César Portillo de la Luz

Al César, lo que es del filin

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba

Mucho ha llovido desde un nacimiento en Los Quemados, Marianao, en la capital cubana, mientras octubre regalaba su último día en el, sin dudas, año de gracia de 1922. En cuna humilde, llegaba al mundo un hijo varón, futuro pintor de brocha gorda con nombre de emperador, una augurante claridad en sus apellidos, y un todavía invisible cetro de guitarras en su porvenir.

Ahora, un poco de lluvias y cantos después, festejamos el 90 cumpleaños de aquel niño, hoy coronado por la magia del buen hacer en el arte, y sobre todo, por su imborrable entrada, desde hace ya varias canciones, a la memoria musical colectiva de nuestro pueblo. Porque César Portillo de la Luz, su gigante y suya (y nuestra) obra, ya están, sin más adjetivos, en la historia sonora de este continente.

Aunque los recuentos, los recuerdos y homenajes a lo duradero, pueden y deben celebrarse a diario, más si son cantados, también vale aprovechar los buenos calendarios para reafirmar y ahondar los legados y sus historias. Así pues, aprovechemos la oportunidad de este cumpleaños del artista, para dar un mínimo recorrido por algunos de los rincones que también ha alumbrado con sus luces y cantares este creador.

Imagen: La Jiribilla

En un momento dado, el filin fue como una tabla de salvación, pues se oía mucha música norteamericana, la cubana más auténtica,
como la trova, el son,
era relegada, soslayada por los medios de difusión.”
Germán Piniella
Cuando la canción fue un grito de alegría

No son estas las páginas propicias para detenerse en demasía en las definiciones, que otros, por demás, ya han clarificado mejor. Aún así, para seguir adelante, digamos que César Portillo de la Luz es una de las más importantes y visibles cumbres de un muy singular estilo o modo de hacer la canción cubana que, por los años de la década del 40 del ya pasado siglo XX, dio en llamarse filin. “Una oleada trovadoresca que se impuso como tarea la renovación de la canción cubana”, según nos dice el profesor Guillermo Rodríguez Rivera, en sus Ensayos voluntarios. Del inglés feeling, sentimiento, el término se cubanizó, se hizo calificativo, filosofía de vida y además de agrupar a un buen número de creadores y creadoras, nos legó un mar de magníficas canciones.

Tal rememora Germán Piniella al respecto, en el texto Porque tienen filin, de Félix Contreras: “Cuando este (el filin) surge, en la música cubana no había más que canción lastimera, quejosa, donde siempre el autor está apabullado por la vida, por las relaciones amorosas”. Y más adelante agrega que “en un momento dado, el filin fue como una tabla de salvación, pues se oía mucha música norteamericana, la cubana más auténtica, como la trova, el son, era relegada, soslayada por los medios de difusión.”

Es entonces que aparecen los nombres de un grupo que escribiría la letra y música de una nueva época para la canción cubana. Baste nombrar a José Antonio Méndez, Ángel Díaz, Tania Castellanos, Rosendo Ruíz Quevedo, además de músicos como Frank Emilio Flynn, Andrés Echavarría (El Niño Rivera), Ñico Rojas, o intérpretes como Moraima Secada, Elena Burke y Omara Portuondo, entre muchos otros artistas y compositores. Ellos, tal como hiciera Portillo, echaron al aire una poética cuyas intenciones y cantares estaban más “emparentadas con lo lírico, pero no con el regodeo morboso del dolor, de la soledad.”

El compositor recuerda que en 1948, al cantar un tema que afirmaba “mi canción es un grito de alegría”, mucha gente se preguntaba por las posibles connotaciones de tal verso, en medio de tanta cantada y lastimera queja.

Así dejó sus más tempranas improntas el filin. Tal vez no haya valoración mejor para evaluarlo que esta de nuestro musicólogo mayor. Apunta Alejo Carpentier, en una conferencia transcrita en Temas de la lira y el bongó, en fecha tan lejana como 1963 que le parece muy bien el hecho de que el filin “destaque la importancia de las palabras”. Eso, en medio de un entorno donde era preciso empeñarse en que “la canción popular no sea eternamente el lamento donde la palabra amor rima con dolor y donde no se dice absolutamente nada.”

Dicho así, parece que Carpentier pronunció justo anoche estas convincentes frases. Pero no. Se refería al filin, que hace un tanto más de medio siglo y hoy con sus guitarras sigue aún sin envejecer. Una manifestación que “vino a traer a la música cubana una posibilidad de articulación, tanto en las letras, como en lo melódico y armónico, que acaso le faltaba”, tal como afirmara Don Alejo.

¿Nuevo filin para una vieja trova?

Aunque ciertamente no hubo, hasta mucho tiempo después de consolidado y evolucionado este movimiento, acercamientos teóricos, estudios en trabajos periodísticos y ensayos hacia figuras o acápites significativos sobre el filin, este hecho dejó ciertas ventajas. La posibilidad de apreciar la imprescindible sedimentación a la hora de analizar fenómenos musicales o creativos, el poder mirar en perspectiva sus “cristalizaciones”, como diría el maestro Danilo Orozco, son las buenas consecuencias de tales demoras. En especial, Félix Contreras, tuvo a bien dotarnos de un libro como Porque tienen filin, que resulta imprescindible hoy a la hora de acercarse a estos fenómenos; sin dejar de mencionar importantes trabajos de Leonardo Acosta, Radamés Giro (con todo un libro sobre el propio César Portillo de la Luz), Marta Valdés, o el propio Danilo, entre otros.

“Teníamos afinidad con las letras de los viejos trovadores, que también ponían la poesía en sus canciones. Nosotros, como ellos, buscábamos el buen decir, la magia de la palabra, la calidad literaria”.Este comentario me viene a las teclas, por un denominador común en buena parte de esas páginas. La clara demostración de la natural evolución de la Trova toda, como simples crecimientos en cada una de sus etapas y formas de manifestarse; como evoluciones cada vez dirigidas a empeños mayores, siempre en total sintonía con sus tiempos. Mucho se dice, se repite a ratos como hábito, que nuestra Trova es una sola. Muy cierto es, pero no está de más, de vez en cuando, recordar algún por qué.

Dice César Portillo de la Luz, que el filin “trae a nuestra música otra vez la guitarra como instrumento de composición y de acompañamiento de cantantes, demostrando que seguía llena de posibilidades para la composición (…) Y esta posibilidad que nosotros los filineros pasamos a los muchachos de la Nueva Trova, la adquirimos de los grandes maestros de la Trova Tradicional, como Sindo, Corona, Pepe Sánchez”. Y más adelante, en esas mismas páginas de Porque tienen filin, añade el maestro Portillo: “Teníamos afinidad con las letras de los viejos trovadores, que también ponían la poesía en sus canciones. Nosotros, como ellos, buscábamos el buen decir, la magia de la palabra, la calidad literaria”. En otras declaraciones, suyas también, se refiere al sentimiento de herencia recibida de sus antecesores y su convencimiento del relevo que constituye la Nueva Trova. Un detalle de muestra. El libro mencionado de Radamés Giro, El filin de César Portillo de la Luz, incluye una larga entrevista con Portillo y otra con Silvio Rodríguez, bajo el rubro de un disco que debían llevar a cabo entre ambos creadores.

Entonces, casi está de más decir que esos sustratos que se comunican y germinan entre Trova Tradicional, filin y Nueva Trova, comparten rizomas, troncos y hasta ramas comunes. Inalterables han sido los temas capitales a la hora de cantar, ya fuera al amor, a la tierra, a cada hecho del entorno, como trozo de vida común al ser humano y al universo. Inalterables, verticales, han sido las actitudes éticas, estéticas y el rigor que ante la obra y la vida se plantearon como artistas. Por igual, siempre al lado del pueblo, de lo raigal, del arte y lo más genuino de la ideología progresista, fueron las posturas en las luchas que a cada uno de esos protagonistas y a sus tiempos le tocó encarar.

Asimismo, más allá de cualquier estudio, los legados del filin están visiblemente enraizados en las ya varias generaciones de la Nueva Trova. Bastaría citar los registros dedicados a esta vertiente por Pablo Milanés, donde no escasean, por cierto, los temas de Portillo de la Luz. O quizá recordar algunas reminiscencias filineras en temas de un Noel Nicola, como en “El tiempo y yo” (“Ya la canté mañana”)  o en “Huyendo del amor”, por no fatigar más ejemplos. O el álbum Sin ir más lejos, ese fantástico homenaje de Sara González a Marta Valdés. O mucho más recientemente, la magnífica incorporación que Eduardo Sosa ha hecho a su repertorio de temas clásicos, tradicionales y filineros, de la mano de sus excelentes condiciones vocales y el talento guitarrístico de Dayron Ortega. 

De tal modo, con las nuevas hornadas de trovadores que siguieron al filin de modo más cercano, o van con él, en la distancia, ha ocurrido casi el cumplimiento de una poética profecía. Para decirlo en versos del propio César, desde los venerables maestros tradicionales hasta hoy, se cumple que, a cada vez, canción /un nuevo trovador vendrá / y te alzará en su voz /y nuevamente yo estaré / vibrando en su guitarra trovadora / y en su voz. 

El filin, como el romerillo, te conserva la salud.

Quedaría mucho por decir del filin y de César Portillo de la Luz. Podría subrayarse, sin embargo, un detalle en su ya larga carrera. A pesar de no contar con una obra extensa —creo recordar que alguna vez lo escuché decir en un escenario o en un programa televisado que no tenía más de unas 60 canciones— ha logrado un mérito indiscutible. Primero, que esas pocas criaturas, brillantes y sonoras, le garanticen un puesto bien ganado en nuestro parnaso cancionístico. Segundo, que las más disímiles voces de ayer y de ahora, por suerte, casi siempre con buenos resultados, han interpretado sus temas.

No obstante, por algún raro motivo, siempre preferiré dos o tres de sus propias interpretaciones, por encima de unas cuantas (algunas incluso muy buenas) de las versiones. Tal vez, sea esa voz peculiar, recia a la vez que se ofrece y que siempre parece confesar algo hondo, duradero, cierto. Tal vez, sea ese pulgar derecho contra las seis cuerdas, estableciendo una rara conexión entre guitarras y corazones, más allá de técnicas y sí con mucho de sentir. O tal vez, por decirlo en la voz de otro inmortal, José Antonio Méndez, porque “no hay dudas de que César, es el mejor de todos nosotros”, como le contara el King al músico y escritor Leonardo Acosta.

Así pues, ya que alguna vez César Portillo cantó que el son, como el romerillo, conservaba la salud, valdría entonces una invocación sonora a la propia canción que hasta hoy este artista ha defendido. A la vista ya la década que lo acerca al centenario, pidamos que su inspiración siga dándole a la vida sueños y que la vida le dé a este César, emperador del filin, muchos más y mejores años. Salud, maestro, y felicidades.

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