Alicia Alonso e Igor Youskevicht:
dos cuerpos, una entidad

Martha Sánchez • La Habana, Cuba

Cuando Alicia Alonso e Igor Youskevicht bailaban había una conexión entre ellos más allá de la técnica, esa es la esencia que María Youskevitch transmite hoy en los salones de diversas academias de ballet en EE.UU

“Actualmente los bailarines jóvenes bailan un pas de deux como individualidades y olvidan que deben mirarse, relacionarse. Eso es lo que hacía la pareja de Alicia y mi padre tan única”, reconoce la hija del gran bailarín de origen ruso que fuera junto a la Alonso una de las estrellas de la primera década del Ballet Theatre en EE.UU.

Con desenfado y regocijo, María confesó en La Habana que la pareja artística la había marcado porque no solo se concentraba en cumplir con toda la técnica requerida sino que ambos artistas se convertían en los personajes de cada obra. “Por esa razón llegaban tanto a la audiencia”, piensa en alta voz sentada en la sede del Ballet Nacional de Cuba (BNC), donde su padre estuvo en 1959 y 1978 en calidad de bailarín y amigo.

“Durante una representación, el artista no debe ser él mismo”, subraya la maestra que comenzó a estudiar ballet a los seis años de edad bajo la tutela de su madre Ana, a quien cambiaron el apellido italiano Scarpa por Scarpova cuando integró las filas de los Ballets Rusos, pero en casa y para todos sus seres íntimos era simplemente Tina.

Los años de niñez transcurrieron rectorados por la mamá, el padre siempre andaba en giras de trabajo y solo lo veía en vacaciones, navidad o alguna celebración específica. Sin embargo, los momentos compartidos eran siempre especiales pues con su carácter calmado la ayudaba a estudiar y hacer los deberes de la escuela.

“Él era muy inteligente, un ser maravilloso, yo tenía problemas con mi madre, pero con papá nunca discutí, era muy pasivo, nunca perdía los estribos. Alguna vez lo vi molesto en el estudio pero nunca en casa”, rememora.

La familia trató de que tuviera una infancia lo más natural posible. Dentro del hogar se hablaba el idioma que mejor manejaba su mamá, el ruso, gracias a lo cual María aprendió dos lenguas desde la cuna.

Los ojos le brillan cuando recuerda cuánto le gustaba a su padre pescar y a ella acompañarle en esas faenas, aunque solo después de grande se dio cuenta de que la pesca no le gustaba tanto como a él.

Cuando cumplió 17 años, los Youskevicht abrieron un estudio de ballet en Nueva York, en esa época Igor se había lastimado los tendones. Entonces María empezó a recibir clases técnicas de su papá, especialmente sobre cómo bailar en pareja, una materia conocida en la danza como dúo clásico.

El bailarín y maestro comenzó a crear coreografías, una de las más gratas para la hija fue la versión de Romeo y Julieta que concibió a partir de la muerte de Romeo. En esa pieza, Julieta despierta en el trágico momento y recuerda cómo se conocieron, las peleas entre las familias, las imposiciones de los padres, y decidida toma el veneno para morir.

El gran coreógrafo ruso George Balanchine creó la pieza Tema y Variaciones especialmente para la Alonso y Youskevicht, con el propósito de retarlos a ambos en escena. Los desafíos entre los dos artistas tenían matices graciosos de plena confianza.

Según María, la influencia que tenía de Alicia y Youskevicht la ayudó a interpretar mejor el ballet. La Alonso cultivó una relación tan especial con su padre que jamás le llamó por el nombre, sino “señor Yus”. Por ese motivo ella, como descendiente de Igor y admiradora de Alicia, le sugirió al coreógrafo norteamericano Kirk Peterson, que nombrara una pieza de homenaje a su papá: “Un tributo al señor Yus”, para estrenarla en el XXIII Festival Internacional de Ballet de La Habana, en alegoría a la relación de pareja, no de un individuo.    

Youskevicht tuvo una vida muy curiosa, comenzó la carrera danzaria casi a los 20 años, en 1937 obtuvo un puesto en el Ballet Ruso de Monte Carlo, dirigido por Leonid Massine, con quien trabajó hasta el final de esa década en los roles principales de varios de sus ballets. En 1943, matriculó en la marina norteamericana y como parte de ella combatió en la Segunda Guerra Mundial.

El artista renació en 1946, a partir de su ingreso al American Ballet Theatre de Nueva York. Allí conoció a otra de las figuras principales de esa agrupación, la cubana Alicia Alonso, y junto a ella alcanzó sus mayores éxitos.

Al llegar a la compañía americana le preguntaron con quién quería bailar, él recorrió con la vista el escenario y detuvo la mirada en Alicia, pues ella practicaba pasos en una barra y a él le llamó la atención la quinta posición de pies tan perfecta: esa es con la que quiero bailar, relató el artista al historiador del BNC, Miguel Cabrera, cuando visitó Cuba en 1978.

“Alicia tuvo imprecisiones durante la primera presentación de ambos en el célebre pas de deux del tercer acto de El lago de los cisnes, conocido como El cisne negro, y tras la función vino a ver a mi padre y le dijo: nunca más bailaré este pas de deux. Lo demás es historia”, sostiene María con una sonrisa.

El padre le contaba que él calmó a la joven e impulsiva compañera y con los años llegó a decir: “qué bien hizo en hacerme caso”, pues bailarines y críticos reconocieron en Alicia a uno de los grandes cisnes negros de la historia.

El gran coreógrafo ruso George Balanchine creó la pieza Tema y Variaciones especialmente para la Alonso y Youskevicht, con el propósito de retarlos a ambos en escena. Los desafíos entre los dos artistas tenían matices graciosos de plena confianza. De acuerdo con María, en una ocasión ellos hacían un paso de manera paralela y se quedaban en equilibrio sobre una pierna, pero deseaban extenderlo lo más posible, y la música continuaba, así que su padre desplazó un hombro hasta Alicia y la tocó ligeramente para sacarla del eje primero y seguir adelante.

Ese es el tipo de relación que a juicio de esta maestra construye leyendas inolvidables.

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