Artes Plásticas

Ante una exposición de Umberto Peña:
apocalipsis del trapiz

Reynaldo González • La Habana, Cuba

Ante la inminencia de una exposición de Umberto Peña en los salones de la Casa de las Américas, desempolvo un texto sobre él y su obra. En noviembre de 1980 ocurrió algo diferente en la plástica cubana, una exposición inesperada y decididamente novedosa: Trapices, de Umberto Peña. El exigente grabador, el pintor expresionista y provocador, el diseñador que contribuyó a cambiar la gráfica cubana, colgó enorme piezas, desafiantes formas y relieves confeccionados con telas multicolores, corbatas y algunos elementos inusuales. El escenario escogido no pudo ser menos infrecuente para exposiciones de arte, el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional. Yo, que había asistido a la meticulosa confección de aquellas piezas, puntada a puntada, fui seleccionado por Peña para escribir las palabras del catálogo. Queda en los gavetones del recuerdo.

Imagen: La Jiribilla

Cuando quisimos conocer cómo el hombre comenzó a hermosear su entorno, acudimos a la tela que lo cubrió en el despertar de una vida ya diseñada por él. Esa tela nos habló de su cultura, sus gustos, y nos ayudó a reconstruir sus avatares. La misma indagación nos llevó al sobrecogedor mundo de las tumbas faraónicas, austero y sin concesiones, pero donde nos sorprendió un trozo de cinturón muy decorado que usara Ramsés II, en un rasgo de coquetería póstuma que los siglos agradecen. Aquel cinturón burló las monótonas aunque eficaces bandas de lino con que los egipcios entisaban a sus muertos, y ya nos permitió hablar de plasticidad, relieve, color. Luego, nos abismamos ante los vestidos funerarios de los primitivos cristianos, destinados a una ultra tumba más esperanzada, pues no sería residencia perpetua, sino transitoria. Tuvimos la peregrina ilusión de que se nos reservaba la posibilidad de reconstruir, desde la muerte, cómo fueron aquellas vidas. Nosotros venimos a ser ese ente superior del cual esperaban comprensión, compañía, benevolencia.  Al no ser dioses, devenimos Historia.

Confiados en una comparecencia ante el Juicio Final tan jubilosa para ellos como terrible para sus angustiadores, aquellos primitivos conversos rodeaban con estudiados dibujos las túnicas funerarias. Cuando ya los cuerpos fueron solo suspiros inapresables, se conservaron listas de lana ornamentadas por artistas coptos, realzadas por labores de aguja y complicadas aplicaciones de seda, todo lo cual demuestra, junto con la forma ovalada que accidenta lo rectilíneo, y en el dominio de un genero la inclusión de otro, una suma de elementos que no dudaríamos en denominar collage, definición tan impensada para ello como evidente para nosotros.

El calmo paso del tiempo nos trae a esta exposición de Umberto Peña, uno de los más grandes grabadores y pintores cubanos, ahora convertido en trapicero. Y nos encontramos con un muestrario de inquietantes maravillas: telas no concebidas para el tapiz, sino para que el hombre se cubra y adorne, llevadas a una función puramente artística. Fragmentos que alcanzan a trascender su función primaria, porque han sido movidos por alguien que asimiló cuanto el tiempo le fue dando. Este conjunto de obras que nos ofrece Umberto Peña con mesurada creatividad, no escapa al discurso iniciado en aquel caprichoso cinto de Ramsés II.  La tela, el vestido, transformados por Peña, construyen un discurso que, como veremos, siendo otro es el mismo, y viceversa.

Entre los artistas plásticos cubanos ha descollado Peña por sus búsquedas formales, su inquietud nunca satisfecha y su precisión en la realización. Un grabador de excelencias difícilmente comparables en nuestro ámbito, un pintor inmerso en la vanguardia, un diseñador gráfico de una coherencia conceptual y persistente buen gusto. Sus cuadros, de exaltada fuerza expresiva, hallaban un diálogo coherente en su obra como grabador, recordada en Cuba como ejemplo de eficacia técnica, planteamientos audaces y más audaces soluciones. Color y forma estructuraban, en ambas vertientes, una cosmovisión donde las contradicciones y el erotismo, la agresividad y el desgarramiento de nuestro tiempo hallaron una expresión tamizada por una personalidad intrincada. El erotismo como imantación vital y como descubrimiento de una cierta violencia y ¿por qué no?, de cierta irónica o repulsiva sorpresa. La intimidad del eros y de las sensaciones, de las apetencias sensoriales, enfrentada o confrontada con la realidad exterior. Atracciones y rechazos, ansiedad. Cuadros donde violentas subdivisiones nos proponen una imagen fragmentaria y ambiciosa de la realidad, a partir de un calidoscopio personalísimo, como una meditación plástica sobre objetos y sobre sí mismo como objeto de la plástica. Una mirada hacia el exterior que no desea olvidar el entretejido mundo interior, pero no dificultada por estas subjetividades, sino enriquecida. Ahora, la coherencia entre la obra de Umberto Peña grabador y pintor se extiende al trapiz, evolucionada y tamizada por la materia novedosa en su quehacer. El artista, llevado por su inquietud, aborda otros medios, desde proyecciones muy diferentes, pero sigue siendo el mismo artista y, lo que resulta más significativo, el mismo hombre que evoluciona.

A Umberto Peña siempre lo había seducido el tapiz. En sus viajes a Europa estudiaba con detenimiento los más afamados gobelinos, las colgaduras murales que nacieron de la inquieta Bauhaus, la eclosión con que Lurçat sorprendió al mundo. En los últimos tiempos, y desde la primera Bienal de Tapices Contemporáneos de Lausana (1962), seguía con avidez cuanto sucedía al tapiz como expresión, hasta convertirse en esas esculturas textiles tan alejadas de su ancestro, pero tan fieles a él. De la maravilla aquiescente que le despertaron las telas de La dama del unicornio, había pasado al conocimiento y admiración de obras tan diversas como las de Magdalena Abakanoviwcz, Jagoda Buic, Sheila Hictks y otros que han contribuido a desarrollar el tapiz y convertirlo en un arte nuevo, donde tienen sitio los más desenfadados ensamblajes. En esas soberbias tramas encontraba una posibilidad de expresión capaz de estremecer y sensibilizar al hombre actual.

Por algunos años Umberto Peña no grabó ni pintó. Ahora impugnaba el plano pictórico y los mínimos relieves obtenidos en el grabado que, por el momento, no satisfacían su ansiosa y evolutiva concepción plástica. Tal vez las telas y ese sentido de juego que proponían, lograran estimularlo. Retomó el juego, uno de los mecanismos motores de buena parte de la mejor aventura plástica contemporánea, desde que las vanguardias del siglo xx aprendieron a conjugar el placer y la expresión per­sonal y convertirlos en esfuerzo y entrega, en fiebre de realización contaminante. Todo esto lo sitúa en el camino de una búsqueda conceptual que ya pugnaba por plasmarse en nuevas materias.  Esta obra de Umberto Peña es, en el contexto cubano, sin tradición tapicera, un verdadero salto en el vacío.

Los trapices de Peña parten del tapiz tradicional, su marco y disposición, pero asimilan el vuelco dado por artistas recientes a ese arte milenario. No desea reeditar al “cartonero”, oficio prestigiado por artistas definitivos. Tampoco se conforma con ser un “pensador de telas”, como alguna vez se denominó a quien concibe formas para una realización ulterior. Retoma de manera acuciosa la acción y creación manuales, sus no disimulados placer y regodeo, y cuánto implica en esfuerzo y dedicación. Impregnado de un sentido muy actual de la creación plástica, pero de un paladeo táctil de la realización, disfruta el accidente, la sorpresa que puede plantearle el material seleccionado. Cada pedazo de género, al tiempo que resulta dúctil en sus manos, se mantiene fiel a su naturaleza y no renuncia a su propia gravitación. Integrados al conjunto, aquellos fragmentos continúan siendo corbatas, telas de camisas, de abrigos... pero ya son otra cosa. De esta dualidad enriquecida, del trozo de tela creado para una función pero aplicado a otra —concepción intelectual y realidad física, voluntad y resistencia unidas por la dialéctica del trabajo— nace lo novedoso, lo que Peña prefiere denominar trapices.

Hemos hablado de salto en el vacío, lo que supone la soledad del equilibrista, pero nadie va solo: en esta obra de Umberto Peña adquiere significación artística el empate de trozos, una de las formas artesanales de mayor arraigo en Cuba. El artista observó que en esas habilidades se juntaban artes de gitanería e influencias muy diversas, asimiladas por nuestra cultura. Desde el desenfadado y significativo uso del color en los trajes de la liturgia religiosa cubana de ascendencia yoruba y la alegría del carnaval, hasta la técnica del patch-work de los norteamericanos, que en Cuba ha ganado numerosos continuadores. Todo eso aportó soluciones que se sumaron hasta fijar un procedimiento.  Las costuras manuales de los trapices no pretenden pasar inadvertidas; se imponen, contribuyen a realzar el conjunto, demarcan zonas, se erigen nuevos elementos  disfrutables. Esto conforma la realización formal. La temática, la plasmación intelectual y la proyección de una personalidad artística, se mantienen fieles a la evolución de Peña y también, a su constante búsqueda.

Magnificación fragmentaria de aspectos de la realidad vege­tal: la flora, el mundo bullente que rodea al artista, con su constante lucha de renuevos. Una observación en extremo cercana desvela secretos de esos minúsculos universos dotados de belleza y sensualidad. Hojas abarquilladas pronunciándose ante las pupilas cada vez más ávidas; filamentos, pistilos, pétalos, corolas, óvulos y ovarios florales, renacen el golpeante erotismo que ya conocíamos en sus cuadros y grabados. La forma acampanada, compacta o fragmentada en labios donde el color inaugura su sorpresa, nos devuelve a órganos genitales que se ofrecían en el óleo sobre tela, o que nos abordaban desde la cartulina. La erección desde esta flor sumada por la insinuante textura de las telas, donde el clítoris floral provoca, se levanta y gana volumen, nos maravilla con su reto, al corporeizarse y agigantarse ante nuestros ojos.

El diálogo cosecha seducciones. Órganos que resumen la eclosión de la vitalidad, que cumplen el rito de reproducir una maravilla muchas veces inadvertida, ahora no solo se nos muestran, sino que nos retan. La experiencia estética sensorial del artista alcanza una comunicación imprevista. La flor es la vida, es nosotros: ya no nos deja, ya nos envuelve en su significación. La flor, a través de la mirada del artista, ya no es la misma: se ha transformado y nos transforma. Ahora sus labios, vulvas, sus atrayentes caricias, se subrayan por el género, insinúan una intimidad de ella en sí misma y con nosotros. Esas orquídeas que se abren para entregarnos sus más umbríos secretos, pueden regalarnos una luminosidad diferente, la que seamos capaces de recrear, de reinventar, para ennoblecernos. Porque ahora el erotismo en Eros: pujanza vital, reencuentro de una energía jubilosa, exaltada, lirismo de la existencia, reafirmación del ser y de su compleja variabilidad.

Puede observarse una línea de continuidad del Umberto Peña dibujante, grabador y pintor al Umberto Peña trapicero. A la búsqueda de un lenguaje actual se le une un lirismo que expresa su maduración humana. El creyón, el óleo, las tintas y ahora las telas han servido para escalar esa búsqueda-hallazgo de sí mismo. Mayor complejidad en la mirada y mayor ambición en la plasmación de su intelecto. Producto de cerebración creadora, esta obra no desecha sino que incorpora el entorno, un paisaje donde la vegetación es constante y siempre renovada. Pero no se resigna a cantar ese paisaje con la puerilidad demasiado consentida del bucolismo; lo asume e interioriza, lo tamiza en su propio yo creador. La referencia queda trascendida. El conjunto es una experiencia artística que resume experiencias humanas donde la asimilación de la vida pasa a una sensibilidad-otra y se resuelve en otra respuesta. Del Umberto Peña grabador y pintor al trapicero existe esa línea que pasa por una ecuación de complejidad y madurez.

En algunos momentos, ante los trapices que vi nacer y crecer en el taller del artista, retomé la meditación con que inicié estas páginas: el tapiz, el vestido, cómo el hombre comenzó a historiarse con tejidos ahora fragmentados por la implacable marcha del tiempo. Esos trozos de telas que se sumaban al trapiz ante mis ojos, me devolvían a ciertos lienzos de museo y provocaban mi imaginación. Fragmentos de telas han permitido que conozcamos la vida de los antiguos. Fragmentos de telas se organizaban para componer un cuerpo novedoso, un cuerpo de arte. El artista se suma a la vanguardia, incorpora sus designios, pero también la sabiduría heredada. Los rumores de una vida pasada fueron intuidos en el silencio de las tumbas, cuando el investigador rescató lienzos y sedas que se negaron a la muerte. Estos trapices, constelados de sonidos vitales, orquestan los rumores del movimiento vital. Entre ellos me parece entrever —busquémoslo, sepamos verlo— el pedazo de cinturón que Ramsés ii insistió en llevarse a la tumba en un gesto ávido de posteridad.

 

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