Arquitectura con voz de duende

Eduardo Luis Rodríguez • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo

En el panorama arquitectónico cubano, y posiblemente en el latinoamericano, ninguna otra obra ha tenido tanta repercusión como las Escuelas Nacionales de Arte de Cubanacán, La Habana (1961-65), cuya existencia, desde su mismo inicio, ha estado rodeada de circunstancias particulares que han contribuido a la formación de una especie de leyenda en torno a ellas que continua hasta hoy día.

Imagen: La Jiribilla
Escuela de Ballet, Vittorio Garatti

Para muchos, las Escuelas han representado desde su creación un estandarte capaz de simbolizar lo mejor de la creación arquitectónica. Desde nuestras primeras visitas a ellas a finales de los setenta, siendo aún estudiantes, encontramos un modelo no formal o de imagen, sino espiritual, y descubrimos la verdadera dimensión de lo que podía ser la arquitectura: no meros ladrillos colocados unos sobre otros, sino la representación de un concepto; un libro abierto con múltiples niveles de lectura; la piedra antes inerte, ahora plena de simbolismo; un poema. Las Escuelas fueron desde entonces nuestra verdadera lección de arquitectura, nuestro eterno postgrado, el lugar al que siempre habría que volver y en el que siempre aprenderíamos algo nuevo; nunca agotadas, siempre representando una aventura por delante, la promesa de una emoción por descubrir, un espacio para los sentimientos, una apelación al erotismo en su capacidad de despertar no sólo uno, sino todos los sentidos: nuestro Kama Sutra arquitectónico. Las Escuelas fueron y son para mi generación y otras, una especie de santuario, un lugar de peregrinación en el que aprendimos la serena belleza del silencio, de la luz y la sombra, de las texturas y el color, del agua en movimiento y de la piedra en equilibrio.

En las Escuelas de Arte aprendimos que un edificio puede ser metáfora y utopía, magia y sortilegio, hechizo y asombro, la realidad y su nostalgia. Puede ser femenino o masculino, puede ser villa o ciudad, plaza y calle, paisaje y escultura, puede ser cubano pero también veneciano y milanés, puede ser, simultáneamente, representación de la modernidad y de la tradición, puede ser hispánico y prehispánico, republicano y revolucionario, vernáculo e internacional, histórico y actual. Puede ser, a la vez, lo concreto y la ilusión, placer y angustia, el misterio y su develación. Aprendimos, con Eupalino1, que un edificio podía ser mudo, susurrar o cantar –y evidentemente, las Escuelas cantaban.

Las Escuelas de Arte, como ninguna otra obra cubana y como pocas extranjeras, han estado desde su creación en el centro del debate sobre la arquitectura como cultura, como arte, sin olvidar su función social.  Aprendimos que un edificio podía ser él y más, él y otros: las Escuelas fueron nuestro Paradiso de Lezama Lima, nuestra Jungla de Wifredo Lam, y aun sin viajar, en las Escuelas encontramos nuestro Wright, al mejor Le Corbusier, a Piranesi, Labrouste, Soane, Gaudí, Alvar Aalto, Mendelshon, Steiner, Michel de Klerk, Scarpa, Kahn, y hasta una premonición de mucho de lo que aparecería después.   En esto radica, a mi juicio, la significación mayor de las Escuelas Nacionales de Arte: poseen una capacidad referencial y evocadora que realza lo local, lo regional, a la vez que se inserta en y enaltece lo universal.

Las Escuelas de Arte, como ninguna otra obra cubana y como pocas extranjeras, han estado desde su creación en el centro del debate sobre la arquitectura como cultura, como arte, sin olvidar su función social.  Su trayectoria histórica ha estado marcada por altas y bajas, pero nunca por el olvido, porque incluso cuando éste pareció ser cierto, me atrevo a decir que era más fingido, ficticio, auto-impuesto, que real: aun los que querían olvidarlas las tenían muy presentes. Primero, reconocidas en su valor y justamente elogiadas; luego, vituperadas y convertidas en una especie de “chivo expiatorio”; más tarde, enarboladas como insignia de batalla por un grupo de jóvenes arquitectos agrupados en la Sección de Arquitectura de la Asociación “Hermanos Saíz”; con posterioridad, tímidamente exploradas en su posibilidad de ser reasumidas como lo que son, obras maestras de la arquitectura; y finalmente, en proceso de ser rescatadas gracias a un espectacular giro histórico, a una especie de “vuelta del hijo pródigo arquitectónico”, que es, entonces, recibido con alegría de fiesta que también es compartida por muchos arquitectos y colegas de otros países que a lo largo de estos años participaron, de manera callada o pública, del dolor por la posible pérdida y de la esperanza por la entonces elfrobable salvación que hoy se hace realidad.

 

Sin dudas, las Escuelas son la obra cubana más publicada en libros y en revistas nacionales y de otros países. Existe una detallada monografía sobre ellas, escrita por John Loomis2. Habría que mencionar también el esclarecedor y valiente artículo de Hugo Consuegra, aparecido muy tempranamente en Arquitectura Cuba3. Architectural Record, Architectural Forum, The Architectural Review, Art News, The New York Times, L’Architecture D’Aujord’hui, Umriss, Area, Zodiac, son publicaciones de prestigio que han reconocido el extraordinario valor de las Escuelas. Desde el mismo inicio, estando todavía en construcción, elfortantes críticos se refirieron a ellas.  El de The Architectural Forum escribió luego de una visita: Lo inesperado fue conocer el nuevo centro de arte de La Habana… Pienso que es la obra de arte de temperamento más propio jamás producida por una revolución popular”.  Y el de la revista  parisina Arts: “La Escuela de Artes Plásticas toca la perfección”. Y  Marc Gaillard, de Aujord’hui, Aujourd’hui expresó: “…se tiene en ellas la agradable elfresión de estar ante un poema plástico bien construido. Aquí se siente el placer de vivir, el placer de trabajar”.

Desde mi punto de vista, lo que hace excepcionales a las Escuelas Nacionales de Arte es su “duende”. Me refiero a la definición de ese extraordinario poeta andaluz, Federico García Lorca, cuando en su ensayo “Teoría y juego del duende” define lo que es una obra de arte “con duende”, según una vieja tradición española.Desde mi punto de vista, lo que hace excepcionales a las Escuelas Nacionales de Arte es su “duende”. Me refiero a la definición de ese extraordinario poeta andaluz, Federico García Lorca, cuando en su ensayo “Teoría y juego del duende”4 define lo que es una obra de arte “con duende”, según una vieja tradición española. Si Le Corbusier en Hacia una arquitectura declaró que la Arquitectura –con A mayúscula— depende de su capacidad de conmover, de emocionar, por su parte García Lorca se refirió a esa cualidad de lo indescriptible, de misterio, que posee toda gran obra de arte: es lo inasible, lo esencial que se siente pero que no se puede definir. Se puede ser virtuoso, pero no tener duende. Se puede hacer una obra interesante, pero sin duende. En arquitectura, se puede ser perfectamente funcional, exquisito en la selección de los materiales, o avanzadamente tecnológico, y sin embargo, no tener duende.

Un gran cantor español decía: “Los días que canto con duende no hay quien pueda conmigo". Nosotros podríamos decir hoy que nadie ha podido contra las Escuelas.

Alguien dijo, escuchando a Manuel de Falla: “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”. ¡Y cuántos “sonidos negros”, misteriosos, tienen las Escuelas de Arte!

Y García Lorca sentenció: “…el duende ama el borde, la herida, y se acerca a los sitios donde las formas se funden en un anhelo superior a sus expresiones visibles… El duende… ¿dónde está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados; un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas.”

Hace algún tiempo, escribiendo sobre Fernando Salinas y parafraseando a Bola de Nieve, Carlos Véjar, el conocido crítico y arquitecto mexicano, se refirió a la arquitectura con voz de persona”. Yo creo que lo que mejor definiría a las Escuelas Nacionales de Arte sería decir que son “Arquitectura con voz de duende”.

Versión reducida del texto de igual título leído en la UNEAC el 15 de diciembre de 1999, en ocasión del primer encuentro con los arquitectos Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi en Cuba, luego de 33 años.

Notas:
1- Paul Valery: Eupalinos o el arquitecto.  Ediciones Sierra Madre, Monterrey, 1970.
2- John Loomis: Revolution of Forms. Cuba’s Forgotten Arts School. Princeton Architectural Press, New York, 1999.
3- Hugo Consuegra: “Las Escuelas Nacionales de Arte”, Arquitectura Cuba, #334, pp. 14-25.
4- Federico García Lorca: “Teoría y juego del duende”, Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1955, pp. 36-48
 

 

 

 

 

Comentarios

Saludos cordiales desde Canarias. Soy arquitecto y estaría interesado en contactar con Edurado Luis Rodríguez pues me interesa mucho su línea de investigación. He tratado de buscar su mail en la red pero sin éxito y les agradecería si me pueden dar alguna información que me permita contactar con el. Enhorabuena por la página que tiene mucho interés. Gracias.

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