Zucchero en Cuba

Azúcar italiana

Abel Sánchez • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Está sentado de espaldas, tiene un abrigo sobre los hombros y es la primera vez que lo veo peinado. Frente a él, con sus instrumentos, tocan músicos italianos y cubanos —la misma doble nacionalidad que tiene su último disco grabado en la Isla—. Para comunicarse con ellos habla en varios idiomas: a ratos en inglés, otros en italiano y, por momentos, en un español ceceante que él se empeña en aplatanar. De todos modos se hace entender, porque aquí no importan mucho las palabras, sino los sonidos, las notas, el ritmo. Mientras ellos tocan, él se inclina aguzando el oído, y con un gesto de la cabeza o la mano, indica si lo que está escuchando le gusta o no.

Zucchero ensaya en La Habana. Ciertamente, no es la primera vez que está aquí, pero el día 8 de diciembre ofrecerá su primer concierto para los cubanos. Unas semanas atrás, muchos ni siquiera sabían pronunciar su nombre. Ahora, ese apodo se ha vuelto casi tan pegajoso como un estribillo de los Van Van.

Y digo apodo, porque Zucchero no siempre se llamó así, con esdrújula rimbombancia. Antes, cuando era un chiquillo flaco, tímido, introvertido, sentado en la última fila del aula sin atreverse a abrir la boca; en ese entonces, decía, se llamaba simplemente Adelmo Fornaciari. Hasta que un día una maestra de la escuela, cautivada por aquel niño tan dulce, tan educado, tan callado, le dijo con aire maternal: “Ciao, mio zuccherino”. Algo así como: “Hola, mi azuquita”. Al escuchar aquello, la siempre implacable turba de muchachos comenzó a burlarse y desde ese día se le quedó el mote.

Muy lejos estaban todos ellos —la maestra, los amigos, incluso el propio Adelmo— de imaginar que algún día ese nombre estaría en un cartel junto con el de Miles Davis, Eric Clapton o Pavarotti.

Zucchero comenzó a tocar mientras estudiaba en la facultad de veterinaria de Bolonia. Ahí aprendió a rasgar a los Beatles, los Rolling Stones y Bob Dylan en la guitarra. También descubrió la música negra norteamericana: el blues, el soul, el rhythm and blues. Y un día, ocurrió lo inevitable: dejó la escuela y se dedicó por completo a la música.

El éxito le fue esquivo a la primera. De hecho, en los inicios le iba mejor escribiendo para otros que como cantante. En 1983 graba su primer álbum, Un po' di Zucchero, que no provocó demasiado entusiasmo entre el público. Pero en su segundo disco había una canción que fascinó a Miles Davis. Quiso la casualidad que ambos tuviesen el mismo promotor en Italia, fue a través de él que el jazzista le dijo a Zucchero que quería grabar su “Dune Mosse”. Este, tras recuperarse del shock, voló a Nueva York y entró al estudio el 1ro. de abril de 1988. Después, los dos músicos se fueron de gira, ofreciendo conciertos donde se unieron la voz y guitarra enronquecidas de Zucchero, con la trompeta triste y asordinada de Miles.

Desde entonces, el trabajo a cuatro oídos se volvió una constante en su carrera. Luego vendría Eric Clapton, quien andaba de vacaciones en Sicilia con su novia, una hermosa actriz italiana —como casi todas las actrices italianas—, cuando ella lo llevó a un concierto de Zucchero. Al terminar la presentación, Clapton fue hasta el camerino:

“Yo no podía creerlo, pensé que me estaban tomando el pelo —me cuenta Zucchero, igual de entusiasmado que aquella vez—. Entonces, él me dijo que acababa de escuchar a la mejor banda de Europa en aquel momento, que había sido un show fantástico y que el mundo debía conocerme. Después me preguntó si quería irme de gira por Europa con él. Yo dije que sí, por supuesto. Ese fue un gran impulso para mi carrera, porque a partir de ese momento mis discos comenzaron a venderse fuera de Italia”.

A Pavarotti, en cambio, lo conoció de otra manera. Zucchero pasaba por uno de los momentos más duros de su vida, acababa de separarse de su esposa y vivía lejos de su familia. Por lo que solo escuchaba música clásica y leía al viejo borracho de Bukowski: “Me hacía sentir mejor porque él estaba peor que yo”, dice riendo.

En ese estado solo podría componer un miserere. Y, en efecto, escribió un tema con ese nombre inspirado en Giacomo Puccini. “Miserere” tenía un fragmento que debía ser cantado por un tenor, así que le pidió a su discográfica que contactara con Pavarotti. Este escuchó el tema, le gustó, pero tenía dudas porque nunca antes había cantado con un artista de rock. Entonces Zucchero fue a verlo.

“—No se preocupe, maestro —le dijo—, nosotros traemos a su casa un estudio móvil, lo instalamos en su sala, ponemos un micrófono en una grúa, usted se sienta tranquilo en su silla, canta y grabamos.

“—¿Y, dónde está la orquesta? —preguntó Pavarotti.

“—La orquesta viene dentro de los audífonos que le voy a poner.

“—¿Y el director?

“—Soy yo.”

Durante la grabación, Zucchero se convirtió en el director de Luciano Pavarotti. En lugar de usar una vara, acordaron un código mucho más sencillo: cuando Zucchero lo tocaba por el hombro, Pavarotti debía cantar; cuando le daba con el pie, detenerse. Luego, al terminar la grabación, decidieron presentar el disco ofreciendo un gran concierto en Módena, al que invitarían a varios amigos de la talla de Sting o Brian May.

Así surgió la primera edición del Pavarotti & Friends, Zucchero se encargaba de reclutar a sus colegas del rock n’ roll y Pavarotti contactaba a los artistas clásicos. Los espectáculos se extendieron por 12 años y sirvieron para recaudar dinero destinado a obras de caridad, como abrir una escuela de música en Mostar, Yugoslavia, para los niños sobrevivientes de la Guerra de los Balcanes, así como una en Guatemala y otra en Liberia. Luego, Pavarotti enfermó y se terminó el proyecto.

El 8 de diciembre de 1990 se convirtió en el primer artista de rock que tocó en el Kremlin. Esa noche decidió que tenía que tocar en Cuba. Pasó el tiempo y al fin, el próximo 8 de diciembre, justo 22 años después de aquella noche, ofrecerá su primer concierto en la Isla —que no será en Moscú, sino en las praderas tropicales del Instituto Superior de Arte (ISA).

Ocho contenedores se han traído de Italia con equipos de sonido, pantallas gigantes y un escenario que tiene las mismas condiciones de cualquiera sobre el que haya tocado en Europa. “No quisimos tratar a Cuba de un modo diferente, haremos aquí exactamente lo mismo que hemos hecho en otros países”, asegura. El concierto es el inicio de una gira que arrancará en Australia en enero del 2013 y recorrerá todo el mundo.

Tanto en el concierto como en la gira, junto con su banda italiana, tocarán los músicos cubanos que hicieron La sesión cubana, el disco que Zucchero grabó en La Habana el pasado julio. Este fue producido por Don Was —el productor de Bob Dylan y los Rolling Stones— y tuvo su lanzamiento mundial en Italia el 20 de noviembre.

“Quise grabar este disco en Cuba —explica—, en primer lugar porque amo la música cubana. Siempre me ha gustado la música negra, el blues, el rhythm and blues, el soul, y todos tienen sus raíces en la madre África. Aquí las raíces africanas se han impregnado en los sonidos caribeños, y me encanta la combinación de esos ritmos, especialmente la percusión.

“Por otra parte, he conocido a muchos cubanos, son personas magníficas, dulces, auténticos. Es muy agradable trabajar con músicos cubanos, porque es fácil hacerse amigo de ellos, son gente muy cálida, sencilla. En el trabajo siempre ha primado el respeto, la colaboración y la amistad”.

Su agenda en Cuba ha sido bastante apretada, apareció en la televisión, se le escuchó en la radio y el destino lo juntó con otro viejo amigo sobre el escenario del teatro Karl Marx. Allí, durante una noche mágica, tocó “Senza una Donna”, el más reconocido de todos sus temas, que suele entonar junto con Paul Young; pero, esta vez, el ladero fue el mismísimo Fito Páez.

Imagen: La Jiribilla

Aunque ha experimentado con muchas sonoridades a lo largo de su carrera, sin importarle géneros u origen geográfico, solo o acompañado, todavía hoy, a sus 57 años, se considera un bluesman. Esa, definitivamente, es su música favorita. “In blues we trust”, se le ha escuchado gritar en sus conciertos. Pero, eso sí, nunca olvida su origen italiano, por eso canta en su idioma y en las canciones que compone, ya sean gospel o rock n’ roll, siempre se deja escuchar la melodía mediterránea.

Y mucho más allá, en lo profundo, en la esencia, un auditorio atento podrá escuchar los sonidos del campo de Ronco cesi di Reggio Emilia. Donde un niño flaco, tímido y ensimismado, tocaba a Bach en el órgano de una iglesia. El mismo que hoy no necesita ningún idioma para comunicarse con sus amigos —que todavía le dicen “azúcar”, nada cambia en realidad—, porque, sencillamente, le basta con la música.

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SORPRENDENTE MUSICO Y VIDA MUSICAL

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