Jorge Vega...

Baila para mujeres y ángeles contemporáneos

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba
Fotos: Nancy Reyes

Ella simplemente vuela”. Lo dijo como verdad incuestionable; el rostro sereno. Jorge Vega, nacido en el barrio capitalino de Alta Habana, fue reclamado por Alicia Alonso desde el Ballet Nacional de Cuba, cuando en 1981 terminaba su servicio social en el ballet de Cienfuegos, bajo la dirección de Fernando Alonso. Hoy, ya más de 30 años después, el eterno partenaire no ha olvidado como brindar su gesto coreografiado a la prima ballerina assoluta. Así ha descorrido sus telones inaugurales el 23 Festival Internacional de Ballet de La Habana, y con ellos, luego de cuatro años de ausencia, ha regresado nuevamente Jorge Vega al escenario cubano.

Imagen: La Jiribilla

El encuentro

“Mi mamá es pianista y mi papá es militar. Mi padre quería que estudiara en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, y mi madre quería que fuera artista. Ella, mi madre, también quiso ser bailarina cuando niña, pero le dieron a escoger entre el piano y el ballet, de ningún modo las dos cosas. Entonces empezó en el piano. No fue bailarina, y creo que por siempre le quedó dentro el deseo de serlo.

“La suerte fue que a Los Camilitos había que entrar a los 16 años, no a los siete u ocho que yo tenía. Y como el ballet tiene una disciplina tan fuerte, pues mi madre convenció a mi padre y le dijo: ‘Va a ser camilito, pero para que se discipline, mejor le metemos en el ballet hasta que tenga edad para la otra escuela’. Esa era la idea. Hasta que mi padre me vio bailar en un acto de fin de curso, y luego al otro año, y luego al otro: se volvió mi primer fan, se le olvidó que tenía que entrar a Los Camilitos y me dejó graduarme de ballet a los 17 años”.

El choque

Para ciertos desempeños los golpes pueden ser arsenal de fuerzas. Vega no tuvo, como otros, que buscar trabajos para apoyar las financias de sus años de estudio. Pero, desde luego, la decisión de ser bailarín en un país eminentemente patriarcal implica valentía, que no se dude.

“En realidad fui muy apoyado por mi madre, mi padre aceptó mi decisión. Pero había parte de la familia que no lo asimilaba muy bien. Mi hermano, por ejemplo, comenzó también en la escuela de ballet, pero decidió seguir una ingeniería. Salíamos con mi abuelo, que era un hombre que me adoraba, y cuando preguntaban qué hacían sus nietos, decía: ‘el ingeniero, y mi otro nieto’. Es decir, yo no era nada, nunca me presentaba como bailarín. Quizá porque no lo aceptaba mucho”.

La enseñanza

“Recuerdo mucho a mis maestros. He sido una persona muy afortunada porque siempre he tenido maestros espectaculares, como Rosa Elena Álvarez, en Cubanacán, y Silvia Rodríguez y María Elena Pérez Álvarez, en L y 19, todas grandes maestras. Siempre me apoyaron, desde que aparecí en un aula fui muy querido por mis profesores. Eso es muy importante, porque te sientes atendido, y siempre están pendientes de tus resultados, de los resultados que creen que necesitas, que son los mejores que se puedan pedir.

“Llego acá y me encuentro a estas profesoras aún impartiendo clases. Es increíble, porque me siento querido como el primer día. Y la exigencia de la enseñanza no ha cambiado nada. Eso es diferente en otras escuelas. Como dije al principio, mi padre aceptó que yo estudiara ballet porque la disciplina de la escuela era prácticamente militar, y en otros lugares no sucede eso. Es como más libre, y menos exigente. Pero ahí están los resultados.

“Cuando los muchachos de la escuela cubana de ballet se gradúan, en mi opinión, son los mejores del mundo. Independientemente de la existencia de otras escuelas muy buenas, como la rusa, la inglesa y la francesa. Pero como se gradúan los bailarines cubanos, que son después los que salen a concursos y los ganan todos, pocas”. El hecho es que sigo siendo cubano, pase lo que pase. Y la Escuela Cubana de Ballet es tan rica y fuerte, que cada año salen 20 bailarines muy superiores a lo que somos hoy nosotros, es así. Que les falta madurez, que están verdes, dicen. Y es verdad, pero lo que le falta de madurez lo agarran en el escenario.

El despegue

“Llego a México porque el Instituto Nacional de Bellas Artes, que es el teatro más importante que tiene México, necesitaba un primer bailarín. Ese teatro, como el Gran Teatro de La Habana, agrupa a una orquesta, la ópera, la comedia lírica y, en este caso, a la compañía de danza. Entonces me enviaron una invitación. Aunque ya por los años 90, me habían invitado durante siete años consecutivos. Pero Alicia seguía bailando, y yo declinaba esa oferta. Ellos en diciembre me mandaban la invitación porque los contratos se hacían a partir de enero, entonces les decía que estaba con mucho trabajo aquí.

“Eso fue hasta que Alicia dejó de bailar, o al menos de pararse en escena con la misma frecuencia en que lo hacía normalmente. Un día le comenté de esta oferta, y le dije que me interesaba ir a hacer obras que no había bailado. De hecho, eso era lo que más me llamaba la atención, que no las había interpretado, que me gustaban y que no había intención de hacerlas aquí por esos años. Entonces Alicia me dio su autorización. Seguí viniendo todos los años, y también bailaba en los Festivales, por eso al principio la distancia no era tanto problema”.

El asentamiento

“Bellas Artes comenzó a decaer en su programación. De hecho lo cerraron para reparar el teatro. Al principio dijeron que serían seis meses y cuando vinimos a contar ya casi llevaba dos años cerrado. Verdaderamente, un bailarín que no baila, es como si se muriera. Para nosotros la vida es bailar, el escenario. Entonces esa situación no me convenía.

“La verdad es que me desesperé. Pensé en regresar a Cuba, pero conocí a Gloria Contreras. El problema era que ella solo estaba en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y yo no tenía mucho tiempo para ir hasta allí, porque estaba al otro lado de la ciudad. De todos modos empecé a visitarla y me entrevisté con ella. Me enamoré de sus obras, fue, como se dice, amor a primera vista. Y me dije: ‘no tengo nada que hacer en Bellas Artes’. Entonces empecé a hacer otro ballet.

“El Taller Coreográfico es una compañía neoclásica que es capaz de hacer desde un danzón, hasta un rap, hasta un ballet clásico. La formación es verdaderamente clásica, pero no se baila Giselle o Don Quijote, sino que se baila tap y hasta Daddy Yankee, así que imagina”.

La adaptación

“En la escuela nos daban 17 asignaturas. Hacíamos danzas de carácter, que son las que se bailan en los ballets rusos, con zapatos y botas; pero también nos enseñaron a bailar danzón, palo, rumba, etc. Yo no hago lo de Daddy Yankee, aunque igual me lo podría aprender y hacerlo. La suerte es que hay otros bailarines que lo interpretan mucho mejor que yo.

“Entonces nuestra formación es integral, aunque nos dedicamos a bailar clásicos. El hecho de que me guste y que me salga mejor un clásico es diferente a no poder hacer otra cosa. Eso es importante a la hora de distribuir los papeles en una presentación. Pues si alguien lo hace mejor, que lo haga. Así cada cual se desarrolla en lo que más cómodo se sienta. Después de todo solo me dedico a bailar.

“Por otra parte, es un ritmo vertiginoso el que llevamos, de verdad. De hecho, las muchachas que vinieron conmigo al Festival, viajaron la mañana después de bailar a México y esa misma noche tuvieron otra presentación. En realidad esto es muy bueno, porque te mantienes activo y no tienes opción. Es estar en forma o… estar en forma”.

El regreso

“Al principio de vivir en México venía muy seguido. Pero la vida se me fue complicando desde que ingresé en el Ballet Coreográfico de la UNAM, dado que tiene función y cambia el repertorio todos los fines de semana del año. Es una gran diferencia haber estado en una compañía que tenía como mucho ocho funciones en Bellas Artes (las más largas eran las de El Lago de Chapultepec que se hace un mes entero, o el Cascanueces, que son quince días seguidos), a estar en una compañía con este ritmo.

“Para trabajar la obra nueva tengo un día: el lunes estudio la obra, el martes me la aprendo, el miércoles es el ensayo general, el jueves rectifico y el viernes bailo. Antes tenía tiempo, y hasta vacaciones, para venir a Cuba más seguido, para bailar y entrenarme aquí, y luego regresar. Pero ahora sí ya no tengo.

“El hecho es que sigo siendo cubano, pase lo que pase. Y la Escuela Cubana de Ballet es tan rica y fuerte, que cada año salen 20 bailarines muy superiores a lo que somos hoy nosotros, es así. Que les falta madurez, que están verdes, dicen. Y es verdad, pero lo que le falta de madurez lo agarran en el escenario. Nosotros ya hicimos esa labor, y ahora están ellos. Aquí ya no tendríamos la misma relevancia, o podríamos estar ocupando un espacio que les corresponde a ellos. Además, el mundo necesita saber del ballet cubano. El prestigio de nuestra escuela no se lo ha ganado solamente por los bailarines que bailan aquí. El mundo necesita saber que el país no es solo dificultades, o que a pesar de ellas tiene sus excelentes frutos. Nosotros tenemos que difundir el desarrollo de la cultura de Cuba. Donde quiera que me presento, lo hago como cubano. Y no pocas veces las personas se quedan asombradas, preguntando: ‘¿Eso es Cuba?’. Y es un gusto responderles que sí, que no es solo tabaco y ron, sino también arte. En el mundo entero los bailarines cubanos gozan de gran estima. No soy el único en este caso. De hecho, hay otros mucho mejores que yo, que constantemente rompen el estereotipo que en muchos lugares existe sobre el país”.

El Festival

“El Festival es como volver a casa. Como cuando estás fuera del país mucho tiempo trabajando y llegas a visitar a la familia. Eso te estimula y te revitaliza. Ahora llego a México con fuerzas nuevas”.

Imagen: La Jiribilla
 

“Realmente veníamos a hacer dos presentaciones, y resulta que ya vamos a hacer cinco. Eran 40 minutos en la Sala Covarrubias, del Teatro Nacional, y 40 minutos en Cárdenas, que fue el otro lugar donde nos programaron. Hicimos dos programas distintos para cada lugar, que es también muy poco común en el Festival. Fueron nueve obras, todas estrenos en Cuba: entre ellas Huapango y Estudio revolucionario, que no se llama así por el contenido, sino porque es el mismo título de la composición musical de Chopin.

“Otra fue Danza para mujeres, que es una obra que Gloria Contreras montó aquí en los años 80, y la bailaron María Cristina Álvarez, Loipa Araújo, y Tamara Villareal. La obra se mantiene viva. Es esa la razón por la que cambiamos el programa todos los fines de semana. En esta ocasión estuvo parte del elenco original, y fue un momento de muchos recuerdos.

“También trajimos Solo para un ángel contemporáneo, que implica representar una obra inspirada en el Che, lo cual es un reto muy grande, pues empieza cuando lo fusilan. Es una obra muy plástica. La escenografía es un telón negro, un bailarín vestido con una malla blanca y una luz cenital. La directora la concibió a partir del momento en que fusilan al Che en Bolivia, en esos segundos en que le disparan y en lo que se convierte después: un revolucionario que termina convertido en un ángel. Para Gloria Contreras el Che está a la altura de un Jesucristo, o de cualquier otro gran personaje de la historia de la humanidad; para ella el Che es como un Jesús.

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