Blancanieves y la Durmiente sobrevivieron felices (en el cine)

Joel del Río • La Habana, Cuba

En medio del afán evasivo y “filofantástico” que anima la masiva resurrección de los cuentos de hadas, un fenómeno extendido y extensivo en la actualidad del cine industrial norteamericano, y de otros contextos, llegan a nuestras carteleras sendas reencarnaciones de la ama de casa modelo, con la piel color nieve, y de la jovencita curiosa atacada por accidental letargia, es decir, Blancanieves y La bella durmiente, ambas inmortalizadas en sendos relatos de los hermanos Grimm, aunque la jovencita adormilada durante un siglo esperando un beso redentor también fue motivo de un cuento ligeramente diferente, escrito por el francés Charles Perrault.

En Cuba ya se perciben los primeros efectos de la avalancha mediática causada por tres versiones fílmicas estrenadas este año a partir de aquella historia editada por primera vez en 1812, como parte del libro Cuentos para la infancia y el hogar, escrito por los alemanes hermanos Jakob y Wilhelm Grimm. Se trataba de una recopilación de cuentos de aventuras fantásticas (el género más popular en el cine del siglo XXI, doscientos años después) que si bien nunca estuvieron dirigidas expresamente a un público infantil, contribuyeron a la popularidad universal de personajes como La Cenicienta, Hänsel y Gretel, o la jovencita inmaculada y con vocación hogareña, que resulta acosada por su madrastra bruja y envidiosa.

El cine norteamericano conoció una primera versión en 1902, y luego llegaron otras, todas opacadas por el colorido y la melodía de la aproximación de Walt Disney, en 1937, en una consagratoria aproximación a la historia de la inocente doncella y sus siete diminutos amigos. El clásico largometraje de dibujos animados aportó un par de memorables canciones, constituyó un salto adelante en la evolución de los dibujos animados y asentó el canon de la damita en aprietos, luego explotado en las posteriores Cenicienta, La bella durmiente, La sirenita, y toda una galería de jóvenes virginales, bellas y aristocráticas, asediadas por eventualidades que la muchacha podía sobrepasar solo gracias a la intervención de un principesco galán.

Después de Disney, hubo versiones alemanas, francesas y hasta en las claves del anime japonés. En 1987 triunfó Diana Rigg en el papel de la bruja, y así comenzó a perfilarse como un personaje más interesante para las actrices que la ñoñería y domesticidad atribuidas por Disney a la desprevenida jovencita. El slogan de Aquí se acabó el cuentecito acompañó en 1997 a Snow White: A Tale of Terror (1997) con Sigourney Weaver dispuesta a convertir en monstruo repulsivo a la maligna madrastra. Luego, llegaron versiones televisivas (hace poco pasó en Cuba una de ellas, con Miranda Richardson reafirmándose en el papel de la mala), hasta que en 2012 estalla la fiebre Blancanieves con sendas megaproducciones que despliegan lo mejor y lo peor de Hollywood.

Famoso por su estética videoclipera, que según su punto de vista, debe entenderse como exceso ecléctico, abigarramiento y surrealismo policromado, Tarsem Singh logró dirigir a Julia Roberts en Mirror, Mirror luego de entregarle a R.E.M el mejor de sus videos musicales (Loosing My Religion), de empujar a Jennifer López al mundo de los sueños y las pesadillas en The Cell, y de versionar la mitología clásica griega en un horrendo vaciado de sentidos con Inmortals. En su afán por apropiarse de todos los estilos y temas confluyentes en el antiguo relato, al director y a sus guionistas les falta punto de vista y control del contenido; al parecer intentan burlarse de los antiguos ideales machistas, pero lo más relevante de la película se relaciona con los resplandores y el colorido, con la obsesión de lograr verismo y magnificencia en los fondos generados en computadora, y con el intento de que nada desentonara con las reglas del glamour, el carnaval y la pasarela.

Imagen: La Jiribilla

Lo mejor de la película, en cuanto a las actuaciones y al diseño de personajes, viene a ser el príncipe atolondrado de Armie Hammer, el único actor y personaje en el cual se materializó la intención humorística. Porque a pesar de que Mirror, Mirror es demasiado estática y opta por lo visual en detrimento de la historia, puede resultar satisfactoria para quienes se conformen con un vestuario espléndido (tan recargado que a veces la Roberts apenas puede mover algo más que manos y boca) y los tres o cuatro chispazos de comedia que juegan al anacronismo y la autorreflexión, como cuando el Príncipe insiste en que a él le toca salvar a la muchacha porque así quedó establecido en las encuestas, o en el confuso final con su homenaje medio virulento a la estética Bollywood.  

En medio de todo este afán evasivo y “filofantástico” que anima la cinematográfica resurrección de los cuentos de hadas, Blancanieves y la leyenda del cazador se parece a su predecesora solo en cuanto a su empeño por impactar a toda costa al espectador. A veces lo consigue, gracias a la magnificencia de la escenografía, otra vez la brillantez del vestuario, y a los efectos especiales, que superan con mucho la diligencia de Mirror, Mirror. Algunos torcimientos de la historia original también pueden resultar sorpresivos: la tierna protagonista se convierte en insumisa guerrera y resuelta oponente de la feroz madrastra, esta última con poderes que trascienden la puerilidad del espejito especializado en guataquería y la manzana envenenada. Porque la película opera una vuelta de tuerca hacia el cine de acción y aventuras, el terror e incluso la épica a un relato que ha secularizado la imagen de la heroína pasiva y pueril.

Imagen: La Jiribilla

Un tanto a favor proviene de Charlize Theron, quien le confiere rutilante apariencia a una mujer que ha logrado mantenerse joven y hermosa como única manera de empoderarse. Mucho menos credibilidad consigue la jovencita y popularísima Kristen Stewart quien a veces parece Juana de Arco, y otras veces sigue siendo la damita con el rostro contraído, que interpretaba en la serie televisiva Crepúsculo. El muy escaso calado de casi todas las interpretaciones, aunado con la incoherencia de un guion confuso y pretencioso —por la ensalada a veces indigesta de géneros a los que apela y debido a un ritmo narrativo lleno de vacíos— llevan el tedio a una historia demasiado conocida, aunque esta vez se cuente con la presencia de una heroína mucho menos medieval, distanciada de la puerilidad y el sexismo, nada que ver con el ama de casa modelo ni con la inocentona que muerde la primera manzana que le ponen delante.

La actual conmoción del cine español se llama también Blancanieves, y más que tratar de competir con sus homólogas norteamericanas ambienta la vieja historia en un contexto andaluz de tauromaquia y flamenco, y además intenta responder a la cuestión del gusto por los filmes silentes y en blanco y negro, una estética reciclada con éxito por la francesa El artista.  Homenaje al cine de los años 20, que combinaba sin problemas el humor y el melodrama, la película le confiere visos surrealistas y muy plausibles significados al personaje de la madrastra maligna, a cargo de Maribel Verdú, quien vuelve a sorprender por su versatilidad y capacidad de desdoblamiento.

De todas las versiones de este año, la española es la única que logra trascender el marco de lo bonito y olvidable. Pablo Berger, su director, comparte la sagacidad y el pulso de Guillermo del Toro en El laberinto del fauno, para conferirles ambigüedad a los héroes, crear una nueva mitología a partir de las fábulas ancestrales, y refundar en términos casi veristas la eterna contienda entre el bien y el mal, con  todo y la engañosa demarcación entre ambos.

El mito de La bella durmiente —que también fue canonizado por la Factoría Disney en 1958 reproduciendo el arbitrio también machista de mostrar la feminidad mediante la coquetería y la imprudencia— cuenta con versiones recientes con un nivel muy superior de aspiraciones artísticas. Sleeping Beauty representa el debut en la dirección de la australiana Julia Leigh y significa una muy completa y audaz refundación del relato sobre la curiosa jovencita que se pinchaba con una rueca, en función de medular reflexión sobre la prostitución y la madurez con un fuerte cariz erótico-distanciado y sicológico-reflexivo.

Imagen: La Jiribilla

Novelista y graduada en filosofía, Julia Leigh emprende la provocación que es Sleeping Beauty (2011) con la historia de una muchacha decidida a pagarse los estudios con el dinero que ganará en un extraño y elegante prostíbulo, en el cual le suministran una píldora para dormir, y cuando alcanza el estado de total inconsciencia aparecen los clientes, hombres mayores  y con dinero, a disponer de su cuerpo dormido. El filme despliega una fuerte tensión sexual, emparejada con la intención adecuadamente crítica y distanciada sobre el sexo tarifado y el concepto de la mujer/objeto, sin embargo, sería errado suponer que la película suscribe la retórica habitual sobre los puntos de vista más correctos políticamente en torno a estos temas.

Más que ampararse en un discurso político de mundial aceptación, la película pretende polemizar, a través de  las tomas largas, el ritmo pausado y una distinción gélida, impasible, sobre la sexualidad femenina y el papel de la mujer-objeto, al tiempo que actualiza, con un dejo de pesimismo, la leyenda de la princesa púber, curiosa y soñolienta. Mucho más drástica resulta la actualización de la mitología femenina en La belle endormie (2010) dirigida por la polémica cineasta francesa Catherine Breillat, decidida a metamorfosear por completo las coordenadas cronológicas y geográficas con el fin de encontrar el encanto eterno de la historia.

El principio de La belle endormie es parecido al cuento, aunque se prescinde de la magia y de las hadas, y la princesa supera el maleficio por sí misma, sin la intercesión de príncipes enfrentados a bosques de espinas. Luego, la Breillat propone una serie de variaciones para la vida posterior de la muchacha. En una de tales variaciones, ella es parte de una familia normal, pero entonces su esposo la abandona, y ella debe reconquistarlo mediante situaciones medio realistas y medio fantásticas. Más que una versión del cuento, la Breillat lo toma como base de operaciones mucho más complejas como la reflexión sutil en torno al papel de la mujer en la mitología narrativa occidental.

Por último, hace unos meses se estrenó Bella Addormentata, nuevo emprendimiento de uno de los pocos cineastas italianos clásicos sobrevivientes. Poco que ver con el cuento de hadas. Son tres las historias contemporáneas en torno al célebre caso, real, de Eluana Englaro, una mujer que sufre un accidente de tránsito y sobrevive en estado vegetativo durante 17 años, mientras su padre emprende una batalla en las cortes para lograr que le retiren el entubamiento. Las tres historias se relacionan directamente con este tema, pues la película en ningún pretende adaptar la fábula, sino ofrecer una serie de posiciones enfrentadas y de sólidas creencias en torno a la eutanasia, y a la pregunta de ¿cuánto tiempo debe transcurrir para que consideremos muerto a alguien que duerme? Una pregunta simple que anula toda posibilidad de concederle el más mínimo crédito a la fábula sobre la princesa que yace dormida en un lecho de oro y plata, hasta que un príncipe pasa por allí, y decide abusar de la inconsciencia de la muchacha, le planta un beso en la boca, y con eso basta para despertarla a un mundo de “vivieron felices para siempre”.  Y por lo menos en cuanto al beso de la resurrección, tomado sin permiso de la dormida-muerta-inconsciente, las dos historias coinciden, quizá como recreaciones mitológicas de la pasividad femenina que esperaba, en otra época, el varón dominante, activo y conquistador. Ni Breillat ni Leigh, y mucho menos Bellocchio, creyeron en la posible seducción que puede despertar una mujer dormida, pasiva, a la espera.

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