Cine latinoamericano, el difícil equilibrio

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Resulta muy difícil para un espectador tener una visión totalizadora del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Salvo que la persona en cuestión tenga el don de la ubicuidad, es casi imposible que pueda frecuentar la muestra en concurso, las proyecciones de homenaje, las muestras dedicadas al quehacer de otras latitudes y aún quedarle tiempo para asistir a los seminarios y foros previstos.

En contra de lo que pudieran pensar ciertos cinéfilos que contemplan la credencial de los miembros del jurado con mal disimulada codicia, esta no facilita el intento de “devorar” el evento. Consagrados a evaluar una porción de las obras en concurso, atados casi siempre a una sala única, especializados hasta la repugnancia, difícilmente pueden opinar de algo más que del puñado de filmes sometidos a su criterio. Tal es mi caso en esta 34 edición del evento: solo puedo referirme a los largometrajes de ficción que me tocó juzgar como miembro del jurado que otorga el Premio de Signis Internacional, a lo que apenas puedo añadir un limitado número de cortos que completaban las sesiones de proyección en la sala Charles Chaplin. Lo demás, en esta decena de jornadas, lo he conocido apenas de oídas.Hay temas recurrentes, entre ellos el de la violencia, vista como un mal que no solo marca las tensiones entre ciertos gobiernos y el pueblo, sino que impregna las relaciones sociales en las escuelas, en las calles y llega hasta el mismísimo centro de los hogares.

De todos modos, no es demasiado arriesgado asegurar que presenciar, unas veces con placer, otras con resignación, los 21 filmes que aspiraban a los premios de largometraje, me ha permitido organizar algunas ideas sobre la marcha de la cinematografía en nuestro continente.

Hay temas recurrentes, entre ellos el de la violencia, vista como un mal que no solo marca las tensiones entre ciertos gobiernos y el pueblo, sino que impregna las relaciones sociales en las escuelas, en las calles y llega hasta el mismísimo centro de los hogares. Si ella es mostrada en su lado más repugnante e irracional en un filme como Después de Lucía de Michel Franco (México), que no nos parece un buen producto artístico, genera también una obra de excepción: Post tenebras lux de Carlos Reygadas, otro director azteca, que apuesta por un cine reflexivo, oscuro, denso, pero lleno de implicaciones. Si los espectadores más avezados pueden salir de la sala perplejos, la cinta se ata a la memoria y despierta durante muchos días análisis inquietantes. El director, quien se permite abundantes tropos visuales, con una cierta tendencia al barroquismo, parece preguntarse: ¿cómo entra el mal en las casas y favorece la violencia contra la naturaleza y las personas? No ofrece respuestas, pero la sabiduría con que expone su inquietud nos traspasa.

Imagen: La Jiribilla

Un modo particular de violencia, la ejercida por las familias y por la sociedad en general, sobre las personas de la tercera edad, alienta dos obras. Una de ellas: Abuela mambo de la coreana Eun Hee Ihm, grabada en México, a partir de la novedosa tecnología de los teléfonos celulares, resulta un fracaso, en tanto intenta documentar con aparente objetividad la cotidianidad de una anciana que debe sacrificar sus intereses personales para cuidar de sus nietos, hasta el agotamiento. Filmada en blanco y negro y casi en tiempo real, prolonga por 82 extensos minutos lo que pudiera haber sido más efectivo en un cortometraje de 10 o 15. Por el contrario, La demora de Rodrigo Plá (Uruguay, México) logra conmover con la historia del anciano abandonado por su hija en un parque para intentar obtener ayuda oficial, pues aunque la obra tiene momentos verdaderamente patéticos no llega a alcanzar el melodrama desaforado y resulta muy efectiva como alerta sobre un problema social que debe atenderse con inteligencia y generosidad.

Algunos han alabado la sencillez, el tratamiento casi naif con el que Antonio Méndez Esparza trata en Aquí y allá la situación de los mexicanos que se ven obligados a emigrar temporalmente a EE.UU. para trabajar y sostener a sus familias, con las modificaciones culturales que esto produce y las consecuencias familiares para los que viajan y para los que deben permanecer a cargo de la familia. Confieso que me resultó una obra interesante por el tema pero escasamente novedosa en lo artístico.

Imagen: La Jiribilla

Si debiera destacar algunas de las cintas que me parecieron mejor logradas señalaría dos de Argentina: Días de pesca de Carlos Sorín y Elefante blanco de Carlos Trapero —aunque en este caso, la escena del asesinato del sacerdote y el niño por las fuerzas policiales, haya sido tratada con una torpeza que contrasta con el resto de la obra y la debilita— y dos de Chile: Violeta se fue a los cielos de Andrés Wood, un buen drama biográfico que tiene la virtud de no “canonizar” a Violeta Parra, sino de ofrecerla con todos sus méritos artísticos y personales y también con sus rarezas y arbitrariedades, lo que otorga una lírica vitalidad a la pieza y No de Pablo Larraín, película que merecería un comentario aparte, por el rigor con el que aborda un hecho político: el referendo en el que Augusto Pinochet pierde la posibilidad de sostenerse en el poder, gracias una campaña mediática por el “No”. El director se sustrae a la grandilocuencia, a lo panfletario, para centrarse en una cuestión actual: la presencia del marketing en los medios de comunicación, con técnicas que pueden servir a buenas o malas causas, a la vez que ofrece una lección cívica sobre el papel del diálogo y la reconciliación contra la violencia imperante.

Imagen: La Jiribilla

De las propuestas cubanas solo quisiera destacar La película de Ana, a mi juicio la más madura y conseguida de las películas de Daniel Díaz Torres. Si bien en el guion que el director redacta junto con Eduardo del Llano, hay divagaciones y reiteraciones que retardan el desarrollo de la obra, es indudable que halla un tono atractivo para desarrollar esta comedia donde el recurso del cine dentro del cine está en función de mostrar cuán débiles son los límites entre realidad y ficción, al abordar un problema tan sensible como la prostitución en Cuba. La actuación de Laura de la Uz otorga un brillo especial a esta obra.

De los cortos que pude presenciar, confieso que me ha quedado en la memoria El afinador de Fernando Camargo y Matheus Parizi (Brasil) que logra en apenas 15 minutos contarnos una historia sencilla y conmovedora, que destaca el valor de la constancia para lograr lo que parece un sueño y se vale de la sabiduría popular para destacar el sentido de la esperanza. Es una pieza redonda, sin alardes virtuosos ni estridencias.

En conclusión: he presenciado una muestra de un cine que avanza en busca de una expresión siempre nueva, que tiene de un lado la reiteración de lo conseguido y otras el delirio de la búsqueda formal per se o el hermetismo, pero que muchas veces puede encontrar el equilibrio justo, ese que permite producir nuevas obras clásicas.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.