Claves para una lectura cultural
del béisbol en Cuba

Félix Julio Alfonso López • La Habana, Cuba
Ilustración: Edel (El Mola)

Una tarde bucólica de noviembre de 1889, el joven espadachín y pelotero almendarista Carlos Maciá, el mejor pitcher de su generación y taco ilustre de la Acera del Louvre, invitó a un almuerzo campestre a un grupo de sus amigos poetas, tras el cual Enrique Hernández Miyares recitó poesías al mar, Julián del Casal conmovió a todos con sus liras modernistas y el tenor Ricardo Pastor cantó, meciéndose en una barca sobre el sereno Almendares, la pieza “Marina”, una composición de la joven poetisa Nieves Xenes dedicada al periodista Manuel Serafín Pichardo. Ninguna imagen mejor que esta, que parece sacada de un lienzo impresionista, para ilustrar la profunda relación existente entre béisbol y cultura en Cuba, pues como ha demostrado Roberto González Echevarría, béisbol, literatura y música —principalmente el voluptuoso danzón— constituyeron un triple complejo cultural de marcados contornos nacionalistas, contemporáneo de las ideas de progreso, independencia y democracia enarboladas por los patriotas criollos del siglo XIX.

Imagen: La Jiribilla

Por eso no debe extrañarnos que el primer texto literario dedicado al béisbol en la Isla fuera una pieza de teatro bufo con evidente acento de crítica social: Habana y Almendares o los efectos del béisbol, escrita en 1887 por Ignacio Sarachaga y José M. Quintana. Junto a ellos, también fueron asiduos a los terrenos de pelota poetas y escritores como Bonifacio Byrne, Benjamín de Céspedes, Aniceto Valdivia (Conde Kostia), José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara), Emilio Bobadilla (Fray Candil) y Nicolás Heredia. En 1889 ya tenemos una primera historia del béisbol cubano, escrita por un pelotero con vocación letrada, Wenceslao Gálvez y Delmonte, al tiempo que importantes revistas como El Fígaro y La Habana Elegante alternan el ademán modernista, la crónica social y las novedosas gacetillas de sport. Jóvenes artistas gráficos como Ricardo de la Torriente y Armando Menocal ilustran sus portadas con retratos de gallardos peloteros. Las orquestas danzoneras de Miguel Faílde, Raimundo Valenzuela y Antonio Torroella acompañaban sin falta, con sus eróticos compases, las veladas que tenían lugar después de los desafíos de béisbol.

En las primeras décadas del siglo XX, la inclusión del béisbol en el arsenal de símbolos de la identidad nacional era un hecho indiscutible, con sus héroes negros y blancos (José Méndez, Cristóbal Torriente, Bombín Pedroso, Bartolo Portuondo, Alejandro Oms, Armando Marsans, Rafael Almeida, Adolfo Luque, Miguel Ángel González) unidos en una mitología popular y en una práctica social que era muy superior al racismo imperante en la joven república. En 1914 el intelectual José Sixto de Sola vislumbró los triunfos de los criollos sobre los equipos estadounidenses como un acto de fervor patriótico y una muestra peculiar de nuestra sicología social. Desde los clubes aristocráticos de la burguesía, pasando por los comercios, fábricas y empresas, escuelas y liceos, sociedades fraternales y centros militares, hasta los bateyes de los centrales azucareros, la plaza pública y las cuatro esquinas de los barrios humildes, el béisbol se apoderó de la vida cotidiana de las personas de todas las clases y sectores sociales de una forma que a veces nos cuesta trabajo imaginar. Las imágenes de peloteros y equipos llegaban en las portadas de las revistas y en los espejos para maquillarse, en las cajetillas de cigarros y en vajillas y ornamentos diversos, en la radio y la televisión, en los envases de las cervezas y los refrescos, perfumes y jabones, y también desde la propaganda política y la publicidad comercial en gran escala. Incluso imágenes religiosas de gran sacralidad como la Virgen del Cobre, eran invocadas para dar la victoria a los equipos en pugna. El estadio de pelota fue, y aún sigue siendo, una de las ágoras preferidas de los cubanos para dar rienda suelta a sus emociones y expresar libremente sus opiniones sobre casi todo. Al decir de Eladio Secades, contradiciendo a Jorge Mañach: “El baseball tiene la culpa de que no acabe de cumplirse la sentencia de que Cuba es el país del choteo. Lo sería si no tomáramos el béisbol tan en serio”.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato