Carlos Varela:

Como la marea: iluminando el asfalto

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba

Dentro de esa potente artillería trovera que poco a poco se articuló como importante vuelta de espiral en la década de los años 80, varios nombres han dejado, y reafirmado, su impronta hasta nuestros días. Conocida bajo apelativos diversos, como Segunda Generación de la Nueva Trova o Generación de los Topos, este grupo de creadores, visto al amparo del paso de casi tres décadas, son los proveedores de un vital legado sonoro. Compositores como Santiago Feliú, Frank Delgado, Gerardo Alfonso, Donato Poveda, Alberto Tosca, José Antonio Quesada, Marta Campos, intérpretes como Xiomara Laugart y Anabell López, entre otros creadores, son las piedras angulares de este grupo. Desde entonces, ha crecido y sigue creciendo un puñado de canciones que, por fortuna hasta hoy, aún nos acompañan, nos consuelan, nos enamoran y salvan.
Uno de esos imprescindibles dentro de esta historia es un trovador singular. Gnomo a veces hierático y las más intenso, inverosímil y bonachón demonio vestido de negro, que estalla de pronto en una rockera llamarada o se hace angelical desde el susurro de una amorosa frase, no se puede hablar de los más cercanos 30 años de nuestra trova sin incluir sus canciones. Así pues, ahora que ha cerrado otra página en sus calendarios, echemos un vistazo a algunos de los muros y puertas de las canciones de Carlos Varela.

Imagen: La Jiribilla

Como hace un siglo atrás

Recuerdo mi descubrimiento de Carlos Varela. Por entonces, finales de los años 80, un grupo de amigos en el Preuniversitario nos pasábamos de mano en mano un casete con algunas canciones. La calle, la gente, sus sombras y luces, pasaban por delante de los ojos en aquellas letras cantadas. En esos años, aún felices e indocumentados, todavía sin especiales periodos venideros, ya había humo y ruido en la ciudad, en “Apenas abro los ojos”. Aunque tampoco fuimos a la guerra, ya nos escapábamos de la escuela tras algún amor de mujer logrado y furtivo. Ya alguna que otra chica, con “Rayas blancas” en su uniforme escolar pagaba sus aprobados con su cuerpo. Ya algunas monedas fuertes se cotizaban cinco por uno, en “Tropicollage”, y había antenas, perritos que daban sus paticas solo a extranjeros y hasta extremistas con un cargo, en “La calle”. Sobre esas realidades, de oscuros dolores que precisaban ser alumbrados, y de súbitas, amorosas claridades que salvaban, nos contaba el trovador.

También, en una visión universal, hoy todavía vigente, y que no lo abandonará nunca en sus creaciones, alertaba la posibilidad de que todo estallara en cualquier momento, en “El planeta”. Asimismo, hacía el retrato cantado del “Bulevar capitalino”, acompañaba la tristeza de un rey deportivo destronado de sus glorias en “Blues para un boxeador”, o nos hacía soñar amores con la espléndida desnudez, y el encanto de saber llevarla, de “India”. O era capaz de poner a la historia a jugar y dar sus eternas vueltas en un ajedrez o un parque, en “Jaque Mate 1916” y en “Jalisco Park”.

La llegada de los 90 trajo consigo que las grabaciones de Varela, y de muchos otros artistas de su generación, se convirtieran en inasibles fantasmas. Hasta los vinilos, aunque los topos, salvo Santiago, Donato y Anabell, no fueron particularmente afortunados en grabar discos durante los años 80, se volatilizaron. Por suerte, la trova siempre se ha movido más de mano en mano que desde los estantes de las tiendas de discos. Sin embargo, siempre he creído que amén de su innegable calidad per se, esta Segunda Generación también alimentó sus mitos justamente en esa carencia de posibilidades de escucharlos plenamente. Eso nos hacía seguir infatigables sus conciertos, piratear en inmisericordes y cada vez más malsonantes casetes sus discos y cantar en cada descarga sus temas, como para no perderlos a pesar de todos los derrumbes que crecían alrededor. Así pasaba con Varela, con Santi, con Gerardo, con Frank…

Por cierto, alguna vez escuché una grabación que alguien hiciera desde el público, grabadora en mano, en un concierto de Carlos. Era terrible oír al artista en un segundo plano, ahogado por los gritos y comentarios, y constatar cómo de pronto se cortaba un tema para reaparecer en la cara siguiente. Pero a la vez, aquella memoria valía su peso en avidez y en gozo espiritual. Con el valor agregado además de que en aquella ruidosa cantata, el artista era “de verdad”, sin lo aséptico, y por entonces inalcanzable, del resultado de los estudios de grabación. Algunos, como si hablaran de una especie de Dorado sonoro, aseguraban tener una cinta, que no prestaban por nada del mundo, del hoy mítico concierto del Cine Charles Chaplin, fecha que se usa como marca común para la primera mayoría de edad de este cantor.

Como él mismo destacó en una entrevista, a propósito de ese apelativo de Los Topos y de aquel aire subterráneo de sus trabajos iniciales, “creo que guarda más relación con el elemento oculto e inseguro que tenían nuestros primeros años, los primeros conciertos, los sitios en que nos movíamos y cómo lo hacíamos, sin apoyo ni promoción en los medios, solo de mano en mano, de boca en boca”.1 De todas formas, nostalgias inevitables aparte, con discos o sin ellos, era bueno saber que existía este gnomo, aunque solo a veces lo pasaran en la radio, tal decía en un tema. Y, mientras esperábamos su próximo concierto, nos sentábamos en sus canciones, a cantar con su voz nuestras “Memorias”, en algún contén del barrio.

Imagen: La Jiribilla

Abraza tu fe, que no es el fin

Los aniversarios sirven para los recuentos. Y el reciente festejo de estas tres décadas de trabajo de Carlos Varela es un magnífico pretexto para dar una vuelta por algunas de sus constantes, en especial, las que signan su poética. Aunque, como todo cantor de ley, son muchos y diversos los fantasmas que vislumbra y regala el trovador, algunas líneas se reiteran, regresan obsesivas y son constatables sus rastros.

Si algo pudiera tomarse como sello indeleble en las canciones de Carlos es su capacidad de fábula, sus siempre enigmáticos caminos que a la vez, vaya contradicción y atractivo, poseen casi siempre un escenario cercano, tangible o real, muy parecido a la esquina de nuestra casa o a cualquier sitio verdadero. Esa posibilidad de llevar la maravilla al asfalto, de poner a rodar historias cuyas paredes de escenario pueden además funcionar en todas partes, pero que siempre nos parecen en extremo cercanas, es una de las buenas huellas de su obra poética. Una universalidad particular, si cabe el término, un contar el mundo para así, en espejo al revés, contar la aldea, parece ser el tópico que subyuga de sus letras.

Más de una vez, el autor ha destacado que su paso por el Instituto Superior de Arte, donde además, como dato curioso, no se graduó de música sino de teatro, así como su relación con ese entorno y sus colegas de otras carreras, fueron un intenso aprendizaje. A la vez, su marca de poeta urbano, de cronista de las realidades infinitas que lo rodean, tuvieron una de sus génesis en esos años de estudio y de intenso descubrir.

Imagen: La Jiribilla

“La familia, la nostalgia de lo que se perdió, la irreverencia ante el poder, la religión, la pesadumbre y la añoranza, están presentes en mi obra porque forman parte de mi vida, de mi historia y de mi país. Posiblemente, una buena parte de la historia de este mundo se podría contar a través de sus canciones (…) Yo escribo canciones sobre lo que veo y siento a diario”2, dice al periodista Mario Vizcaíno.

Ese contar la historia propia y colectiva, es otra marca significativa en la obra de Carlos Varela. Un muy breve repaso por su discografía descubre que el devenir, la Historia en mayúsculas, está a la vez indisolublemente ligada a los mínimos desencuentros y logros del que narra y de quienes lo escuchan. Es un autor que toma desde sus obras el lugar de cualquier ser humano. Tal vez por ello podemos identificarnos mejor con sus canciones.

Desde el disco Jalisco Park, con una escala en ese intermedio que es Carlos Varela en vivo, pasando por Monedas al aire, hasta llegar al Como los peces (a nuestro parecer hasta ahora el disco más alto y mejor logrado de Carlos en cuanto a resultado final como un todo), hay rastros ideotemáticos fáciles de seguir. Como en una ascendente escala de posibilidades que cada vez se expande más. En tanto la reflexión inicial es citadina, reconocible en bulevares, calles nocturnas, personajes y narraciones más cercanas, poco a poco evoluciona, a fuerza de convivir con la historia. Así del enigmático árbol que crece en un parque capitalino, se pasa a la duda del destino ante mapas que cambian de color o a la angustiosa introspección de ser náufrago solitario en una isla, cuyos límites pueden ser las costas o la propia piel. Hasta el abierto golpe de diafragma que en el álbum Como los peces estira en todas direcciones las temáticas, los protagonistas, las reflexiones, realidades y fabulaciones, y plasma en la canción todas esas luces.

Imagen: La Jiribilla

En entrevista con este cronista, a propósito de la salida al ruedo de ese fonograma, Como los peces, Carlos nos decía: “sigo conectado con el entorno habanero y cubano. Ahora bien, la posibilidad de salir mucho del país y conocer el mundo; ese ver desde afuera tu pecera, pues te hace crecer un poquito a la hora de mirar las cosas. Poéticamente es un disco más maduro. Sus temas, aunque son cercanos a ti y a mí o a cualquier transeúnte, tiene además una visión un poco más universal; puesto que el medio, La Habana, es un poco el maquillaje para ciertos elementos. Pero las 12 historias pueden suceder aquí, en Moscú o en New York.”3

Desde entonces, sus registros siguientes se han movido en la cuerda de mantener esa idea. Sigue presente, dolorosa y felizmente su entorno, pero acusan mayor introspección y a la vez, y ahí quizá están sus mayores y más positivos valores, una mayor amplitud en cuanto a posibles ubicaciones del escenario, protagonista y el tema de sus obras. La propia madurez creativa y humana de su autor, necesariamente ponen su cuota de calma y hondura en las canciones de Varela.

La lista de canciones que aseveran estos apuntes es extensa. Para no pecar de generalizaciones incompletas, tal vez sea mejor usar las palabras del creador, sobre su propia poética. “Con los años la gente se ha acercado más a mi obra por lo que dicen los textos que por la música (…) cuando sientes que miles de personas están en silencio, pendientes verso a verso de cada palabra que dices; cuando sientes los estallidos por determinadas frase, entonces descubres que eres, quieras o no, un cantor de textos. Claro está, yo no separaría nunca esas palabras de la melodía y la armonía que la acompañan y le abrigan porque van juntas de la mano.”4

Así pues, con esos versos e intenciones, que igual nos sirven para iluminarnos el asfalto, colgar del cielo, saber que la verdad nunca es solo una o que simplemente, cualquier amor o pedazo roto del mundo no son necesariamente el fin, Varela nos ha cantado por tres décadas. Todavía mantiene su estatura de gnomo, y sus, para algunos, demoníacos ropajes negros en la escena. Sin embargo, más bien como un ángel, ha ido creciendo verso a verso, siendo ni malo ni bueno sino marea, hasta la compartida y enorme talla colectiva de hacer de todos sus pequeños sueños cantados. Y de paso, también ayudarnos a vivir. De modo que de seguro aún podremos escucharlo, al menos por las próximas siete vidas.

Imagen: La Jiribilla

 

Notas:
 
1- Bladimir Zamora Céspedes y Fidel Díaz Castro (Compiladores): Trovadores de la herejía (Frank, Varela, Gerardo, Santiago). La Habana, Ediciones Abril. Casa Editora Abril, 2012, p. 16.
2- Mario Vizcaíno Serrat: Portarretratos a la deriva. Memorias y conversaciones. La Habana. Ediciones Extramuros, 2011, p.34.
3- Entrevista personal.
4- Bladimir Zamora Céspedes y Fidel Díaz Castro (Compiladores): Op. Cit. p. 19.

 

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