César Portillo de la Luz:

Concierto con sabor a chácata

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

Durante los años 80, y luego en la década siguiente, en la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) había una sala muy especial: allí nació el chácata, nombre que llamaba la atención de César Portillo de la Luz y otros contertulios, asiduos asistentes a tomar ron con té hecho hielo frapé.

No recuerdo a César beber hasta matarse como hacían algunos de mis amigos, especialmente en la década de los 90 cuando, parafraseando a León Trosky, el ensayista Guillermo Rodríguez Rivera habló de “una cola permanente” para adquirir el trago doble que servía Enrique, el perfecto dependiente que atendía las ansias etílicas de mis colegas. Fue este quien un día le dijo a César cómo nació el nombre de la singular bebida: “Cuando saco el jarro lleno de té congelado y empiezo a picarlo con el cuchillo con golpes continuos, suena —según Argelio Santiesteban— como chá-ca-ta y así ya le dice todo el mundo. Nadie viene a pedir un ron con té congelado, todos quieren un Chácata”.

Imagen: La Jiribilla
Una tarde en la Sala del té, de la UPEC

Tal confesión le bastó a Portillo para contarme cómo había nacido el nombre del cha cha chá, ese ritmo tan contagioso. Y quedamos en que le haría una entrevista para hablar sobre el filin, género del cual fue fundador. La entrevista nunca se la he hecho.Difícilmente, él sacaba la guitarra de su estuche; pero una tarde, ante la insistencia de otro amigo y mía, comenzó a desgarrar canciones. Fue un ambiente mágico.

Pero, en aquellos años, el tema permanente de Portillo era el derecho de autor: “Si a mí me pagaran lo que me deben en el extranjero solo por ‘Contigo en la distancia’ cogería unos cuantos miles de ‘verdes’”. Yo, entonces, realmente, no creía que fuera tanto. También, en más de una oportunidad, debatí con él por la difusión musical en Cuba. Entonces, se quejaba de la “cantidad” de nueva trova y lo poco que se escuchaban otros géneros. En parte, razón tenía, pero como yo era fan de la nueva canción insistía en que era mejor reiterar a Silvio, Pablo, Vicente o Noel que trasmitir baladas melosas y banales —por supuesto, no es el caso en las canciones de César.

Difícilmente, él sacaba la guitarra de su estuche; pero una tarde, ante la insistencia de otro amigo y mía, comenzó a desgarrar canciones. Fue un ambiente mágico. Los habituales consumidores de Chácata dejaron sus conversaciones sobre pelota, la perestroika o lo mala que estaba la televisión.

Despacito y en silencio, las sillas se fueron girando hacia donde César cantaba. Yo estaba muy cerca de él y, para ser sincera, ese día lo descubrí en toda su magnitud, mucho más cuando en un susurro comenzó más que a cantar, a recitar: “No existe un momento del día/ en que pueda apartarme de ti”. Al finalizar la canción, un aplauso cerrado, totalmente espontáneo e inesperado, cerró aquel concierto con sabor a Chácata.

Pasaron algunos años y vi bajarse a César de un buen carro en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Lo saludé como siempre y crucé para la Asociación de cine. Comenté acerca del carro y Monchy Font habló de lo que había ganado el compositor solo por derecho de autor. Me quedé pasmada pero, momentos después, alguien me dijo que César había ido a la UNEAC a realizar una importante donación, dirigida a ayudar en los gastos del Sexto congreso de la organización de artistas. No pude evitar que mis ojos casi lagrimearan, y recordé en todos sus detalles aquel improvisado concierto cuando César andaba a pie La Habana entera y saboreaba un chácata con sus amigas y amigos.

Este hombre que había obtenido una buena cantidad de dinero, era el mismo inconforme con todo lo mal hecho, que improvisaba su discurso en la Unión de Periodistas de Cuba, en la UNEAC, o en el Palacio de las Convenciones, defendiendo siempre la música como un  patrimonio inmaterial de Cuba. Por eso, ahora que se nos ha hecho un feliz nonagenario, le digo: “іSalve César!, quienes seguimos tu camino te saludamos”.

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