Mirta Aguirre:

Creer lo que se piensa y sostener lo que se cree

Denia García Ronda • La Habana, Cuba

En más de una ocasión, Mirta Aguirre, de quien en este año 2012 se cumple su centenario, declaró que ella no era una escritora comunista, sino una comunista que escribía. Ello es válido en cuanto a lo que jerarquizaba en su pensamiento y acción, pero, en mi criterio, en su caso las dos versiones son una, si por comunista se entiende la fidelidad a los principios marxistas y una actuación vital coherente con ellos; no simplemente el hecho de militar en un partido con ese nombre. Hablaré, pues, desde su ensayismo literario para comentar algunos aspectos de su pensamiento socio-político.

Imagen: La Jiribilla

Mirta fue, sin lugar a dudas, no solo una excelente “escritora comunista o comunista escritora”, sino una de los mejores ensayistas cubanos, a partir de su capacidad de reflexión, de su extenso y profundo dominio de la literatura de habla hispana, y de poseer una prosa, estilísticamente reconocible, de muy altos valores.

Su ensayismo va —desde aquel temprano texto: “Palabras en Juan Cristóbal (1945)”—, recorriendo variados temas, autores y épocas. Indispensables para los estudiosos son, por ejemplo, El romanticismo de Rousseau a Víctor Hugo y Del encausto a la sangre: Sor Juana Inés de la Cruz, cualquiera de ellos a la altura de los mejores textos universales acerca de estos temas, aunque la crítica de los países centrales apenas los conozca. Otros muchos ensayos validan igualmente su excelencia dentro de la prosa reflexiva cubana, como Influencia de la mujer en Iberoamérica, los dedicados al neorrealismo italiano y al cine holliwoodense, a las ideas martianas y la educación infantil; y a la obra de Nicolás Guillén, cuya “Elegía a Jesús Menéndez” motivó en Mirta una exégesis todavía no superada por la crítica posterior, y de obligada referencia cuando se trata el poema guilleneano; a más de sus profundos análisis y valoraciones de la obra de Miguel de Cervantes, y los estudios, no suficientemente valorados en la actualidad, sobre el lenguaje poético. Por supuesto que, como dije antes, también dedicó talento y tiempo al ensayo y la crítica eminentemente político-ideológicos —no hay que olvidar su participación, con Isabel Monal en El leninismo en La Historia me absolveráy entró de lleno en las polémicas que se suscitaron en algún momento, sobre todo en la década de los 60.

Pero en todos ellos, literarios o políticos, la autora parte de un explícito análisis marxista, y de una convicción en cuanto a lo que expresa. Por algo dijo, en su texto “Silueta y huella de Romain Rolland”, de 1945, que había aprendido de él que “hay que creer lo que se piensa y sostener lo que se cree”. Y a esto Mirta fue fiel en su literatura, como lo fue en la vida. Puede haberse equivocado en alguna decisión o en algún criterio, como nos equivocamos todos, porque la capacidad de errar es uno de los componentes de la condición humana; pero de lo que no se le puede acusar es de traicionar su pensamiento, de actuar de manera oportunista o dogmática. Aun cuando, por disciplina partidista, tuvo que asumir públicamente la responsabilidad de una decisión a todas luces errónea —como, por ejemplo, la supresión de poemas de La zafra de Agustín Acosta en la antología Poesía social cubana— en privado se dolió por tener que aparecer como la autora de algo con lo que no estaba de acuerdo.

Ya desde sus juicios sobre el neorrealismo italiano, por ejemplo, está presente su defensa de la subjetividad en la obra de arte cuando criticaba la absolutización de la objetividad en la teoría neorrealista, que negaba lo innegable: el papel de la subjetividad en la creación. 

Porque el marxismo mirtiano era —como debe ser— dialéctico e inclusivo. No le huyó nunca a estudiar a personalidades católicas, y aun místicas, como Santa Teresa, San Juan de la Cruz o Sor Juana Inés; o analizar los aspectos religiosos de El Quijote, e incluso valorar la obra social de una mujer burguesa y católica como Marta Abreu. Sus análisis parten siempre de una concepción materialista de la historia, pero no desconoce ni censura la filiación religiosa o clasista de sus estudiados, siempre que su labor redunde en beneficio de la sociedad o de la cultura.

Por otra parte, en sus ensayos sobre la poesía, defendió siempre la fantasía y la imaginación, como partes inalienables de la condición humana. Conocedora de las teorías de Lucrecio, Juan Bautista Vico y otros pensadores renancentistas, se apoyó sobre todo en Marx, Engels y Lenin para oponerse a una crítica “marxista” limitadora de la subjetividad y los recursos expresivos de los escritores. En “En torno a la expresión poética” dice:

Lo poético, en su sentido más lato, es el reino de la fantasía. Y no hay que dejar perder la fantasía. “Sería estúpido negar el papel de la fantasía, incluso en la ciencia más estricta”, no vaciló en consignar Lenin en sus Cuadernos filosóficos. Por su parte, Marx y Engels le aplaudían a Carlyle, a quien en cambio le censuraban severamente otras cosas, el haber sabido tratar la lengua inglesa “como una materia enteramente en bruto que hay que volver a moldear”. Marx defendía en Proudhon, a la vez que lo vapuleaba por otras causas, “las paradojas ingeniosas” que le permitían “mistificar la razón burguesa vulgar” [...] Ambos, Marx y Engels admiraban mucho a Goethe, para quien la imaginación era algo así como “la antecámara de la razón”, y eran mitólogos apasionados [...] Son cosas que la crítica marxista le conviene no olvidar.

Estos aspectos me permiten abordar los textos de Mirta Aguirre que tratan sobre el llamado realismo socialista —quizá los más polémicos de todos los que escribió—, e intentar una interpretación de ellos, a la altura de los tiempos que vivimos, y teniendo en cuenta los que informaron sus criterios. Tan temprano como 1963, en su ensayo “Apuntes sobre la literatura y el arte”, Mirta toma posición acerca del realismo (sin otros apellidos), en el que negaba el criterio de que este consistía en la exacta reproducción de la realidad. Dice allí:

El realismo es producto de un reflejo consciente y reordenador, no de un reflejo mecánico y pasivo de la realidad objetiva. Aunque en el arte se revele en creaciones concretas, no puede lograrse sin el concurso del pensamiento abstracto [...] Ni la fantasía más audaz implica obligatoriamente la negación del realismo, ni el realismo se produce inevitablemente porque la creación artística muestre apariencias que puedan sernos familiares. La existencia o inexistencia del carácter realista de la obra de arte depende de que exprese o no un reflejo acertado del mundo real. 

Si bien su concepción de arte realista rechaza el “decorativismo, sensualismo e irracionalismo” —que, por cierto, también rechazaban los origenistas—, considera, e insiste en ello, que “debe concederse un ancho margen de movimiento a la fantasía creadora”.

Del mismo modo rechaza el dogmatismo, tanto en el arte como en la ciencia. “La verdad —dice— es multiforme y multiformes son los procedimientos que permiten encontrarla”, o buscarla, advierte, ya que la verdad absoluta nunca se tiene del todo. Por ello se pregunta: “¿por qué tender, en arte, a dar carácter de metafísicas verdades absolutas a ciertas técnicas, estilos, géneros o escuelas”?

Su concepción, por otra parte, es amplia, e incluso anterior a la Cuba de los 60, cuando explícita o implícitamente se está debatiendo sobre el realismo. Ya desde sus juicios sobre el neorrealismo italiano, por ejemplo, está presente su defensa de la subjetividad en la obra de arte cuando criticaba la absolutización de la objetividad en la teoría neorrealista, que negaba lo innegable: el papel de la subjetividad en la creación. 

Alguien con una concepción tan amplia y antidogmática del realismo, no podía contradecirse al abordar el llamado realismo socialista. No lo hizo, por supuesto. Incluso en su texto “Realismo y realismo socialista”, de 1976, y en su versión posterior “Realismo, realismo socialista y la posición cubana” retoma textualmente buena parte de aquel de 1963. ¿Qué incluye Mirta en su concepto para que ese realismo sea socialista? Según sus propias palabras, no hay recetas ni mandamientos para ello. No es una técnica, un estilo, un género ni una escuela. Ni tampoco debe ser una imposición política. Para ella, es un método de creación artística en el que más bien prima una determinada actitud del sujeto artístico ante la realidad y ante la literatura o el arte. Cito:

Lo cierto es que, como a Roma, a él puede llegarse por todos los caminos. Y si no por todos, por muy numerosos, con tal de que la obra creada posea determinadas características. Por donde sí no puede alcanzarse, como ya se ha dicho, es ateniéndose al superficial “principio de representación”, por la ausencia de fantasía y por la incapacidad para soñar, por la cobardía crítica y por el apoliticismo, entendido el término política en un sentido lato y no cerradamente partidista, aunque el partidismo pueda estar incluido y, en algunos casos, deba estarlo.

La primera condición que demanda en su concepción del realismo socialista —“como  para cualquier otra tendencia, escuela o corriente artística o literaria”, aclara— es talento. Y confirma que este no puede ser sustituido por una orientación ideológica por muy buena que sea. Al mismo tiempo reconoce que bajo el nombre de realismo socialista se han refugiado obras estéticamente inaceptables, “al par —dice— que se condenaban al ostracismo, por entender que contradecían al realismo socialista, obras y autores magistrales”.

Quizá estaba siendo demasiado optimista en su apreciación de que esta situación era “agua pasada” en los países socialistas de Europa; pero no se equivocaba en creer que esa política cultural dañó sensiblemente al método y demonizó el nombre, independientemente de sus definiciones teóricas:

Esos lodos —dice Mirta— han dejado tales huellas sobre la fe de bautismo del realismo socialista, que a la simple mención de su nombre mucha gente —y no toda enemiga— se eriza de pies a cabeza. Tanto, que sería cosa de pensar qué es mejor: si obstinarse en el rescate y la reivindicación de aquel, o si abandonarlo para —sin renunciar a lo que no debe renunciarse— adoptar otro que no llevase consigo la evocación de errores hace rato superados.

Ella escogió la lucha por su reivindicación, aun con el propio nombre demonizado, por lo que sufrió no pocas críticas y negaciones, y todavía hoy hay quien la considera —algunos sin haber leído sus ensayos sobre el asunto— una de los que propugnaban el realismo socialista como política cultural de la Revolución. Sus varios trabajos sobre el tema desmienten este aserto. En sus textos sobre realismo y realismo socialista dice claramente:

¿Tiene que ser el realismo socialista el método forzosamente seguido para el encauzamiento de las creaciones artístico-literarias, por todos los países integrantes del sistema socialista mundial? En consecuencia, ¿todo país integrante del sistema socialista mundial tiene que condenar como inadecuada y peligrosa toda obra que en arte o en literatura no responda a los basamentos teóricos del real-socialismo? En lo personal, no nos parece que tenga que ser así [...] cada país constructor del socialismo tiene el derecho a seguir sus propias rutas: las que mejor respondan a la solución de sus problemas internos.

Y entre otras, esa ruta podría ser alguna lo bastante amplia para dar escalonada cabida en su seno tanto a los defensores y practicantes del realismo socialista [...] como a quienes rehúsen el uso del método, y a aquellos, probablemente abundantes, que aunque lo aplican de hecho con variable precisión, al teorizar rechazan su membrete y las presuntas estrechas cuadrículas que se le adjudican a veces.

Su posición, por tanto, no es absolutizar el método real-socialista como vía de expresión, sino que sea uno más, —aunque ella lo considera el mejor— de los caminos del arte y la literatura. ¿Pero qué concepto y cuáles características del realismo socialista defiende Mirta? Explícitamente rechaza, por esquemática, la definición tradicional de “representación verídica, históricamente concreta de la realidad en su desarrollo revolucionario”. Rechaza asimismo, ya lo hemos visto, el dogmatismo, el panfleto, el objetivismo a ultranza, la moraleja explícita. Y propone una serie de rasgos que se pueden resumir en la expresión de un sentido optimista en relación con el desarrollo social y humano, tanto en cuanto a la convicción de la perfectibilidad del hombre y de la sociedad como en cuanto a la capacidad humana —que debe ser estimulada por la obra artística— de transformarlos con su acción. Aunque no renuncia al tratamiento de los sentimientos individuales, la obra real-socialista es, o debe ser, colectivista, en el sentido de que su fin último sea de interés general. En tanto socialista, es anticapitalista y propone una sociedad y un ser humano superiores, aunque no perfectos; y la literatura y el arte deben reflejarlos en su complejidad y contradicciones. Así dice:

Las creaciones del realismo socialista no pueden menospreciar la lucha de contrarios que incesantemente tiene lugar dentro de cada ser, de cada hecho o de cada proceso. El contenido positivo, optimista si se quiere, que en definitiva deben poseer, ha de surgir, sin exclusión, de ese ineludible fondo contradictorio, a veces intenso, con un predominio o una perspectiva de predomino de los valores humanos y sociales más merecedores de aprecio, ganados en ruda contienda: nunca como una beata concepción de la virtud, al estilo de tantos melodramas decimonónicos [...] El héroe positivo del realismo socialista no puede semejarse a Superman, como tampoco puede parecerse a Francisco de Asís. Y cuando se parece, la obra es, sencillamente, mala; y no es real-socialista aunque se jure lo contrario. 

Para Mirta Aguirre, el realismo socialista debe, además, ser crítico no solo de la burguesía o de sus rezagos en una sociedad socialista; sino de los errores que se cometan en la propia sociedad socialista.

Son estos, no todos, pero sí los principales puntos de la teoría real-socialista de Mirta Aguirre. Aunque no renuncia al nombre y trata de reivindicarlo, en mi criterio lo que ella propone es más bien un realismo en el Socialismo, o un realismo de los socialistas, libre tanto de superficialidades e individualismos, como de dogmas y mecanicismos. Se puede no estar de acuerdo con algunos de sus postulados; se puede pensar —yo misma lo pienso— que los acontecimientos mundiales y nacionales desde los años 90 acá han puesto en solfa algunos de sus optimistas pronósticos y consideraciones; o que es demasiado reduccionista su opinión de que “en un país socialista, lo más natural es que la temática recoja lo relacionado con la épica erección del mundo nuevo y la contienda contra las supervivencias del pasado”, pero creo que no se le puede acusar de que sus concepciones hayan cobijado algunas de las malas obras que se realizaron en los 70.

Si, por ejemplo, revisamos la narrativa del periodo, vemos que en algunos cuentos o novelas que fueron considerados, por una parte de la crítica, como tributarias del realismo socialista, los personajes “positivos”, portadores de los nuevos valores, aparecen planos, uniformes, sin matices sicológicos, sin contradicciones, verdaderos supermanes y sanfranciscos. La tendencia de esas obras es explícita, los temas y asuntos son reiterativos, e incluso presentan problemas con el lenguaje: pobreza léxica, abuso de adjetivación, etc. Si comparamos esos resultados con la proposición mirtiana de realismo socialista, veremos que, salvo en algunos temas, apenas coinciden.

Paradójicamente, la tendencia conocida como “narrativa de la violencia”, que aborda la épica revolucionaria —uno de los temas que Mirta considera propios del realismo socialista— presenta la realidad en su complejidad y contradicciones, se aleja del panfleto y del dogmatismo, enfoca una problemática colectiva desde la subjetividad de sus personajes, y apuesta por la defensa de una sociedad socialista; elementos todos coincidentes con las concepciones de Mirta Aguirre y que, sin embargo, no hicieron que —salvo excepciones— las obras que los portaban fueran tildadas de real-socialistas; y que, por el contrario, se consideraran contrarias al proyecto revolucionario, durante el llamado quinquenio gris.

Con lo dicho hasta ahora no pretendo reivindicar el método. De hecho, considero que el método de creación artística debe ser —y de hecho es— propio de cada autor, e igualmente que la actitud revolucionaria se puede manifestar por cualquiera de los caminos que conducen a Roma. Lo que sí me gustaría, con estas breves palabras, es contribuir a que se comprendiera en su exacto sentido el pensamiento político-cultural de Mirta Aguirre —muchas veces tergiversado por un dogmatismo de nuevo signo—. Esto no quiere decir que no se debatan sus ideas; al contrario, eso indicaría que todavía están vivas; y aunque su afilada veta de polemista no pueda ya ponerse en práctica, lo que dejó escrito le serviría para defender sus posiciones estéticas y políticas. Lo que sí no debería pasar es adjudicarle opiniones, proyecciones o intenciones que no tuvo. Y mucho menos mantenerla en el olvido.

Igualmente, me gustaría motivar un debate —ahora que parece que se vuelven a poner de moda— sobre la tendencia —especialmente de la crítica, pero no solo— a polarizar figuras y obras y condenar al ostracismo estimativo y editorial a uno de los polos. Si algún defecto tiene el movimiento intelectual cubano —especialmente en la crítica— es la polarización en las estimativas de autores y obras. Fenómeno que, no por casualidad, se produce por periodos que, generalmente, —aunque no siempre— se relacionan con las tendencias de la política cultural.

Por mi parte, creo que la valoración y el estudio de la literatura y el pensamiento cubanos deben ser ampliamente inclusivos. No se trata de tirios y troyanos si hablamos de la interpretación y análisis del acervo cultural cubano. Se trata de los conformadores de una parte importantísima de ese acervo, estemos o no de acuerdo con todas sus ideas o su proyección ideológica. Empecemos por no negar la impronta de Mirta Aguirre en la cultura nacional.

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