A propósito de hombres, culturas y religiones

Cuando en el cielo

Rafael de Águila • La Habana, Cuba

"Cuando en lo alto el cielo no había sido nombrado,
no había sido abajo con
un nombre llamada la tierra".
Enuma Elish.

 

La cita nos llega desde un poema. El Enuma Elish, uno de los primeros textos sagrados. El primero, quizá. Un poema que nos acerca a la creación del mundo, como más tarde lo hiciera el Génesis. Y  otros muchos. Se asegura fue escrito hace ya más de 3200 años por los antiguos babilonios. El poema narra la lucha entre el Orden y el Caos. Lucha que los babilonios (muy sabiamente) avizoraban eterna. El hombre la emprende contra el Caos mas no lo derrota. Nunca. El dios Marduk representa el Orden; Tiamat, el Caos. Enuma Elish, primeras palabras de ese poema, se traducen del acadio como “cuando en el cielo”. Y es que los hombres siempre han mirado con devoción al cielo. Una y otra vez han ubicado en el cielo la morada de sus divinidades. Y de sus esperanzas. A ellas, a las divinidades, a lo que desde las sacras alturas han dictado a los hombres, y a lo que hemos hecho los hombres con tales preceptos dirijamos nuestra mirada.

La palabra de los dioses: los textos sagrados

Los hombres, desde siempre, han sido elegidos amanuenses de Dios. De todos los Dioses. Ellos, impolutos y omniscientes, han dictado. Nosotros, reverentes y agradecidos, hemos hecho las copias. Todas sagradas. Todas mixturas de hombre y Dios. Todas idénticas en dignidad y elevadas a idénticas alturas. Ninguna superior a otra. Ninguna inferior. Joyas literarias, además. Excelsas. No podría ser de otra manera: de los Dioses es el verbo. Ahí están el ya citado Enuma elish; el Kitab al-mayitun o Libro de los Muertos de los antiguos egipcios; los cuatro Vedas; los Upanishads; los Eddas; los 18 Puranas; el Ramayana; el Majabarata; el Bhagavad Gita; La Santa Biblia; el Corán; el Tao Te King; el Sutta Adittapariyaya o Sermón del Fuego; el I Ching; el Zend Avesta; los Yoga Sutra; el Popol Vuh; el Tripitaka, reverenciado por los seguidores de Buddha; los tres libros sagrados hebreos: el Tanakh, el Talmud, la Torah; sin excluir la Cábala y el Zohar; los cinco libros sacros del Shinto Gobusho japonés; los cuatro libros de Confusio; el Vedanta Sutra; el Dhammapada. Muchos son los libros sagrados. Imposible recordarlos todos. Un Dios podría hacerlo. Este mortal, de imperfecta memoria, no. Todas son obras vastas en su sapiencia y sacras en su origen. Todas. Las acá nombradas y las sin propósito alguno relegadas. Todas a idéntica altura.  

Religion: el nacimiento de una palabra

En el principio fue el verbo, nos llega desde el último de los evangelios, el de Juan, en la Santa Biblia. Y es que a los inicios siempre ha estado el verbo. Cielo y verbo han sido siempre uno. Dios y verbo. La palabra. Vayamos pues sobre el origen de la palabra. Religión se asume desde el latín religare o relegere. Las acepciones, por supuesto, han sido muy debatidas por los entendidos. Se dice que inicialmente el término hacía alusión al temor ligado a la superstición. Con ese significado asoma desde textos de Cayo Julio Cesar y Tito Livio. Cicerón (otro romano) sostiene en De natura deorum lo siguiente: “Quienes se interesan en las cosas relacionadas con el culto, las retoman atentamente y las releen, son llamados religiosos”. Una segunda etimología, esta propuesta por Lucio Celio Lactancio (otro romano) nos lleva sobre el verbo latino religare, religar, obligados por un vínculo de piedad a Dios. Uno de los romanos la emprende desde la relectura; el otro desde la mixtura del hombre con la divinidad, el religati. El muy docto José Ortega y Gasset (español, por Dios, al fin tuvo algo que decir algún no romano) escribió: “Cuando el hombre cree en algo… se hace religioso de ello. Religioso no viene… de religare, de estar atado el hombre a Dios… religiosus quería decir… el que no se comporta a la ligera, sino cuidadosamente. Frente a relego está nec-lego; negligente. Religiosus se opone a negligente”. ¿Cuál resulta la verdadera acepción? Ah, los simples mortales nos encogemos de hombros. Poco podemos asegurar. Como sucede con otros muchos temas... solo Dios lo sabe.

Post verbum: más allá de la palabra

No solo los antiguos romanos disertaron sobre religión. También lo hicieron los griegos. Critias, por ejemplo, estaba convencido que la religión existía en función de obligar a cada uno en cuanto al respeto merecido por la sociedad. Las religiones antiguas, anteriores al surgimiento del Derecho, tenían un profundo sentido normativo. Moral. De ordenamiento social. A Platón, otro griego, se le condenó a la cicuta por, según nos llega desde Sócrates, desviar a la juventud de los Dioses. Lucrecio (alabado sea Dios, otro romano) sostiene que los hombres crearon a los dioses como explicación a los secretos no desvelados de la naturaleza. Erich Fromm, a veinte siglos de Roma, cree a la religión un “…sistema de pensamiento y acción compartido por un grupo”. El muy citado Émile Durkheim sostiene la no existencia de sociedad alguna sin muesca de religión, y define esta como “… sistema solidario de creencias y prácticas relativas a cosas sagradas”. Jonh Milton Yinger, sociólogo norteamericano, abjura de las definiciones al asegurar que “cualquier definición de religión es satisfactoria únicamente para su autor”. Otro sociólogo norteamericano, Gerhard Lensky, la presenta como “…sistema compartido de creencias y prácticas asociadas… en torno a… las fuerzas que configuran el destino humano”. Otro norteamericano (válganos Dios, detrás quedaron los romanos para que asomaran los gringos), el antropólogo Clifford Geertz, nos dice se trata de “...sistema de símbolos… que establece vigorosos, penetrantes y duraderos estados anímicos”, para más adelante aludir a “una aureola de efectividad tal que los estados anímicos y motivaciones parezcan de un realismo único”. El alemán Rudolf Otto, autor de obligada lectura si de religión se trata, visualiza en Lo santo (1917) tres elementos de la consciencia religiosa: temor ante lo ignorado, enigma sobrecogedor y secreto fascinante. Mircea Eliade, un rumano, propone el término hierofanía, sentimiento religioso que deriva de las dificultades que aquejan los sentidos y la razón humanas, eso cuando de aprehender la realidad se trata. El alemán Feuerbach, en una de sus obras más famosas, La esencia del cristianismo, está seguro de que religión puede tomarse como sinónimo de “alineación”. Bertrand Russell arguyó que el “miedo a lo desconocido” se levanta como génesis de toda religión. Bronislaw Malinowski, antropólogo polaco, alertó acerca de deslindar religión y magia. Para el hombre de las cavernas, según este polaco fallecido en Connecticut, la magia exhibía fin práctico, devenía medio para un fin, la religión, en cambio, carece de utilidad directa, no es medio, es fin en sí misma. Ello recuerda el postulado de Kant, aquel con relación al arte: “finalidad sin fin”. Sigmund Freud, el muy famoso padre del sicoanálisis, consideraba a los ritos y creencias religiosas proyecciones del inconsciente. Emanaciones de conflictos internos no resueltos. Conflictos… sexuales. El hombre que nos legara varios y muy famosos complejos creía a la religión surgida del sentimiento de culpa, culpa derivada de lo que llamaba “el asesinato del padre”. En el inconsciente, nos dice Freud, todos los hombres asesinamos a nuestro padre. (Vaya, por Dios, así de intrincado y tremebundo era este austriaco.) El alemán Federico Nietzsche, cuya obra ha resultado tristemente muy mal asumida, no dudó en extender a Dios certificado de defunción: “Dios ha muerto”, declaró (solemnemente). Según este filosofo-poeta, Dios, dada su evidente ausencia de nuestras vidas, ha fallecido. El hombre, incapaz de vivir sin deidades, las ha inventado nuevas: política, economía, ciencia, finanzas. He ahí a los nuevos dioses. Nada sacros, como se aprecia. Interesante la visión del sufrido autor de Así habló Zaratrusta, de haber resultado contemporáneo nuestro habría sumado a la ya citada trinidad al hoy muy adorado Dios Mall (de los Dioses, convengamos, el único superfluo). Don Miguel de Unamuno, clásico y siempre digno (puede que circundado de la hierofanía del rumano Eliade) levantó su voz para solicitar la inmediata resurrección de Dios. Así llegamos a Herr Karl Marx. No podía faltar este rotundo hebreo alemán. Si a Freud le angustiaba a raudales el sexo para este alemán melenudo la angustia llegaba en turbión desde las clases sociales. Puede sea suya la frase más citada acerca del tema religioso, aquella en la que llamó a la religión “opio del pueblo”. Para el muy famoso esposo de Jenny la religión surgía en las clases sociales inferiores como respuesta a la opresión ejercida por las clases dominantes. Max Weber, otro alemán, llegó a sostener que el capitalismo nace y se desarrolla en Europa desde las concepciones del puritanismo inglés. Tan interesante punto de vista merecería la atención de toda una monografía. Para este filósofo, nacido en la ciudad alemana de Erfurt, tener éxito en los negocios se erigía vehículo de salvación divina. Y así, ad infinitum. La lista de pensadores que han dicho lo suyo acerca de la religión es vasta. Tan vasta que solo Dios, omnisciente y todopoderoso como es, alcanzaría a recordarlos y citarlos todos.   

Marte: el eterno retorno del dios bélico

Imposible que Dios alguno se regocije ante la imagen de hombres sufriendo o haciendo sufrir. Semejante cualidad de Dios queda descartada. No importa el nombre que se le atribuya, Dios, cualquiera que este sea, jamás enviaría a los hombres a la guerra. A matar. A dañar. No, eso queda excluido. Convengamos, sin embargo, que no son los Dioses los que han enviado (y envían) a los hombres a las guerras. Dios alguno ha llamado jamás a sus fieles a semejante desatino. No han sido Dioses los que han aniquilado y destrozado la vida de millones de seres. Convengamos que no lo han hecho jamás. Siempre lo han hecho (y lo hacen) otros hombres. Y tristemente seguirán siendo los hombres quienes hagan la guerra. Quienes aniquilen y destrocen la vida de millones. El mayor de los sinsentidos será que lo han hecho, lo hacen y seguramente lo continuarán haciendo en nombre de los Dioses. Si Dios es amor, cualesquiera sea su substancia y su halo, si religión es amor y paz, cualquiera sea su dogma, si bendiciones para el otro, no importa la identidad de ese otro, puede no exista absurdo de tan vasta iniquidad como el lanzar a unos sobre otros... “en nombre de Dios”. Matar a millones in nomine de algún precepto religioso. Asesinar tomando como mandato libros sagrados. En absurdos tales hemos reincidido (y reincidimos) los humanos. De entre todas las herejías y desvíos, no hay dudas, es esa la mayor. Nombremos algunos de esos desvíos y unas pocas de esas herejías. Un hecho de vasto impacto para la historiografía occidental emerge desde la llamada cristianización del Imperio Romano. (Pocos casos pueden citarse en los que el vencedor se rinda ante los Dioses del otrora vencido.) El abandono por Roma de los Dioses paganos para abrazar la fe cristiana. Abandono y conversión que, absurdo mediante, llegaron desde una batalla. ¿Asumir a Dios desde una... batalla? Cuesta creerlo pero… así ocurrió. Era el año 312, el 28 de octubre. Las huestes de Constantino se enfrentaron a las de Majencio. Ambos romanos. (Alabado sea el Señor, otra vez asoman los romanos). Constantino arropado por la cruz de Cristo. Majencio por los antiguos dioses paganos. No solo hablaron de religión los antiguos romanos. También se fueron a la guerra armados de esos credos. Esa fue la batalla del puente Milvio. Poco antes de la batalla, sin embargo, Constantino recibió un mensaje. Un mensaje divino: Hoc signum vinceras. (En realidad, según se cuenta, el mensaje fue recibido en caracteres griegos.) Ese fue el mensaje. La traducción: “con este signo vencerás”. Y el signo: la cruz cristiana. El romano grabó pues en los escudos la cruz y se fue a la guerra. Las causas del conflicto, las verdaderas, ni en un ápice relacionaban a Dios alguno. Eran, desde luego, políticas. Derivaban de la Tetrarquía, forma de gobierno en la que el poder era compartido por cuatro gobernantes. Dos de ellos habían renunciado. El dúo restante no deseaba compartir el poder. El verdadero Dios: la ambición, y la auténtica religión: el poder. Ni Cristo ni el Júpiter Capitolino de Tarquinio Prisco alentaron o movieron un solo dedo. Jesús de Nazareth, el hombre que llamara a sus congéneres a colocar la otra mejilla en virtud de recibir un segundo golpe, ha resultado en extremo incomprendido. En puridad muchos Dioses lo han sido. Incontables han sido los golpes, mas no en las mejillas. Los golpes han quebrado la vida a millones de seres. Para rescatar la tumba de un hombre que aborrecía toda violencia (y que en el momento postrero había llamado a Dios Padre a perdonar a sus supliciantes) se inventaron las Cruzadas. En 1074 el Papa Gregorio VII urgió a los milites Christi, soldados de Cristo, a marchar contra los devotos de Allah. Más tarde el Papa Urbano II hizo realidad el bélico empeño: el 27 de noviembre de 1095, en las postrimerías del Concilio de Clermont, sin el menor de los sonrojos, llamó a matar al grito de: Dieu lo volti, Dios lo quiere. Tras ese grito (infausto y en sí mismo herético) se mató indiscriminadamente y sin piedad por más de 200 años. Los fieles de Dios Padre y Jesús de Nazareth se lanzaron contra los fieles de Allah y su Profeta Mahoma. Desde lo alto ambos Dioses debieron tomarse de las manos: “¿pero qué hacen estas pobres criaturas?”. Las divinidades, huelga decirlo, ni alentaron ni movieron dedo alguno en favor de la catástrofe. Musulmanes, eslavos, judíos, lituanos, cristianos desviados de Roma, cátaros, griegos, rusos, mongoles, husitas, valdenses, reyes ingleses como Juan sin Tierra o prusianos como Federico II, ellos, y cuanto enemigo se agenció el Papado, sufrieron la inmisericorde saña. Todo en nombre de Dios. “Dios lo quiso”. Absurdo mayúsculo. Hasta el siglo XV algunas guerras recibieron la denominación de Cruzadas. Otras muchas campañas se han librado en nombre de Dioses. En el Islam se invoca la yijad. El término es también muy discutido, algunos sostienen se refiere a una batalla en el interior de nuestros corazones, otros están convencidos, se trata de sacar al exterior ciertos corazones. Los católicos crearon la Santa Inquisición. Cientos de miles de inocentes, tal vez millones, fueron supliciados en su nombre. Desde lo alto, los Dioses, no han sabido qué hacer con los hombres. ¿Cómo llenar los corazones, todos los corazones, de ventura y amor por su prójimo? ¿Qué hacer para que unos no destrocen el corazón a los otros? Hartos ustedes y yo de guerras sobre el mundo no nos extendamos más sobre ellas sobre el papel. Que los Dioses (y los hombres, especialmente nosotros, los hombres) hallemos sapiencia y entendimiento para desterrarlas definitivamente del planeta. Ahora sí, convengamos: Dios lo quiere.  

Homo sapiens: homo religiosus

Creer en lo sacro, no importa el espectro que adopte, parece ser algo innato a la naturaleza humana. No falta quien sostenga haber identificado algún gen que empuje a la divinidad. Cierto es que lo sagrado ha ocupado siempre un sitio privilegiado en la mente del hombre. No ha existido sociedad, sitio geográfico o momento histórico exento de religión. La arqueología sostiene ciertas evidencias de religiosidad en el Hombre de Neanderthal, hace ya más de 140 mil años. La historia de la religión puede, en consecuencia, sostenerse como historia del desarrollo humano. Los estudiosos sitúan las primeras manifestaciones de religiosidad en el paleolítico medio. Desde que el hombre alcanzó psiquis para soñar no dejó quietas las alas. La religiosidad (como el arte) ha devenido por siempre ventana a través de la cual volar. Soñar: vida eterna, solución a todos los males, bienaventuranzas, desentrañar lo desconocido, redimirse de pecados cometidos. Esos han sido los sueños. Los del pasado. Los del presente. Muy probablemente los del futuro. Precisamente llevado por esa universalidad de lo religioso Mircea Eliade lanzó desde su Tratado de historia de las religiones, la tesis del homo religiosus. Para Eliade lo religioso resulta manifestación de la unidad de la conciencia humana. El homo religiosus, en consecuencia, es aquel que, alas mediante, sueña lo sagrado. No importan los colores, las formas o las manifestaciones que lo sagrado adopte. Lo que ha trascendido (y trasciende) ha sido el sueño. Los sueños. Poco han importado los contornos: sin importar tiempos o espacios los contornos siempre han circundado mismas experiencias e idénticas obsesiones. Mismos sueños. Semejantes ventanas. Idénticos vuelos. Parecidas alas. En las cavernas el hombre explicó, desde lo sacro, cuanto no alcanzó a dilucidar desde la razón. Lógico que Grecia, Roma, la Edad Media, y los siglos posteriores resultaran (en las porciones a cada uno atribuibles) prolongaciones del humano y cavernario desconcierto. Mucho se ignoraba entonces. Vastos eran los terrenos en los que la razón no lograba abrirse paso. Hoy, en mitad de la sociedad postindustrial y postmoderna, cuando el Curiosity escudriña las rojas arenas de Marte, surcan los cielos engendros voladores sin piloto o la cibernética inunda la vida de artilugios de fantaciencia, lo sacro no solo se mantiene indemne: se agiganta. La religiosidad ha resistido los embates todos de la razón. Y ha crecido. Y es que el humano y cavernario desconcierto continúa entre nosotros. Si tomamos lo sacro (recordemos a los antiguos babilonios) como respuesta ante el caos alcanzaremos a desentrañar el acontecimiento. La respuesta al caos será directamente proporcional al auge de este. Si toda época anterior resultó (en las porciones a cada una atribuibles) caótica, este, nuestro tiempo, no lo es menos. Quien sabe si no lo sea más. Puede que al rumano Eliade le haya asistido la razón. Homo religiosus. El hombre es un ser que sueña. Y la religión (como el arte) es uno de los meollos del sueño. Uno muy poderoso, además. Ante el caos, como antídoto, se levanta el sueño. A ello se agrega que los humanos del siglo XXI, exactamente como un día el hombre de las cavernas, continuamos aplastados (en las porciones a nosotros hoy atribuibles) ante el dúo de lo desconocido y lo inexplicable. Muchas son las aristas que empujan a lo religioso. Multidisciplinarias, como gusta decirse ahora. Tomar solo una de ellas sería aceptar la escueta parte por el inmenso todo. A pesar del caudal de fantaciencia hecho hoy realidad la sociedad postindustrial y postmoderna no ha logrado mitigar el caos: la vida de cientos de millones de seres en el mundo continúa hoy siendo miserable, incierta, infeliz. Los humanos, por demás, no hemos dejado de anhelar vida eterna; solución a todos nuestros males; consecución de ese ente inasible e incorpóreo que intuimos bajo la denominación (imprecisa) de felicidad. Recordemos los sueños: Vida eterna. Solución a todos los males. Bienaventuranzas. Explicar lo desconocido. Redimirse de los pecados. Esos fueron los sueños. Tales continúan siendo hoy. De la mano de la explosión demográfica no han existido jamás sueños más soñados. Y a la grupa de la globalización estos, nuestros sueños de hoy, resultan los más compartidos e interconectados de la historia. Para soñar en grupo los humanos construyeron  iglesias. Iglesia, del latín ecclesia, asamblea. Si de todos es el sueño el planeta es nuestra iglesia. Soñamos en ecclesia. En asamblea. Mito y rito han sostenido siempre (y prosiguen sosteniendo hoy) al hombre. El hombre frente al caos. Marduk frente a Tiamat. ¿Una vida exenta de caos demandaría sacro sostén? ¿Un hombre feliz, exento de males, omnisapiente, no pecador y eterno necesitaría de Dios? Seguramente no. Mas ataviado de tales dotes dejaría de ser hombre. Tan excelentemente dotado cualquier hombre sería precisamente... Dios.

Los sequi o seguidores: las sectas

Los seguidores son reducidos. Eso si en número se les compara con aquellos que militan entre las llamadas religiones mundiales. Sectas han existido siempre. Algunas piadosas, otras... no tanto. En nuestro tiempo muchas se han hecho famosas desde sus muy originales credos o sus nada beatíficos fines. La antropología y la sociología definen secta como “grupo con afinidades comunes”, en este caso, afinidades religiosas. Algunos se cuidan de emplear esta palabra. Argumentan cierto carácter despectivo. Se opta entonces por llamarlas “movimientos religiosos”. En nuestros días son muy conocidos (a partir de la recurrente aparición en obras literarias devenidas best seller, o la no menor recurrencia desde el enorme engranaje mediático) los masones; los iluminati; el movimiento Rosacruz; el famoso Opus Dei; los Caballeros Templarios; el Priorato de Sión. No obviemos otras de no menor fama, allegada esta a partir de cierto halo..., digamos … tenebroso: la secta Moon, fundada en 1954 en Corea del Sur por Sun Myung Moon; la llamada Familia Manson, cuyos miembros cometieron en USA a finales de la década del 60 varios asesinatos; el Templo del Pueblo, que en noviembre de 1978, bajo la guía de su líder, James Warren Jones, catequizó para el suicidio a más de 900 seguidores en mitad de la selva suramericana; la Puerta del Cielo, otro culto decididamente suicida, esta vez responsable de la muerte de 39 adeptos en California, su líder, Marshall Applewhite, aceptó la castración ritual junto a otros siete miembros de la secta en 1997; la japonesa Aum Shinrikyo, buscadora de la Verdad Suprema, para buscarla no hallaron mejor opción que liberar gas sarín en la ciudad de Matsumoto, el gas provocó la muerte de ocho personas el 27 de junio de 1994. No se detuvo la búsqueda de la verdad y el 20 de marzo de 1995 liberaron dosis de gas sarín en cinco trenes del metro de Tokio, una docena fueron esta vez los fallecidos, más de mil los afectados; la Comunidad de Amigos, del californiano Robert Earl Burton; los Raelianos, extraño movimiento fundado en 1974 por el francés Claude Vorilhon, alias “Rael”, Vorilhon empujó a sus seguidores a creer que la vida en nuestro planeta era creación de criaturas extragalácticas, y que él, Vorilhon, recibía telegramas de tales criaturas; al día de hoy ese señor aseguraría recibir mail o lecciones extra galácticas desde Youtube; La Orden del Templo Solar, fundada por canadienses, esta vez en función de la búsqueda del Santo Grial, para hallar el muy famoso Grial sus acólitos no tuvieron mejor idea que asesinar a una joven pareja, padres de un bebé. Ello ocurrió en octubre de 1994, en Quebec. El bebé, de tres meses de nacido, fue empalado con una estaca de madera. José di Mambro, líder de estos modernos buscadores del Grial, sostuvo que en el interior del cuerpo del infante moraba el… Anticristo.

Mohandas y Agnes: grandes almas del siglo xx

El siglo XX, repleto de malvados de toda ralea, no dejó de prodigar sus santos. Hablemos de dos de ellos. Dos santos. Dos bodisattvas. El hindú Mohandas Kaaramchad Gandhi, quien recibiera de Rabindranat Tagore el titulo honorífico Mahatma, Gran Alma, y la macedonia, de origen albanés, Agnes Gonxha Bojaxhiu, conocida como Madre Teresa de Calcuta. El Mahatma, artífice de la independencia India, logró esa proeza sin disparar un solo tiro o derramar una gota de sangre. Lo hizo armado de la ahimsā o no violencia, según sus palabras la mayor fuerza a disposición de la humanidad: “...no ofender a otra persona, compadecerse del otro, incluso si se trata de un enemigo, abstinencia absoluta de causar cualquier dolor físico o emocional…, bien sea por pensamiento, palabra u obra”. A ello agregó la desobediencia civil o satyagraha, forma de resistencia pacífica. Luchó por abolir el injusto y segregacionista sistema de castas hindú, considerar iguales a sudras, parias y mlechas. Ante los conflictos que enfrenaron a hindúes y musulmanes llamó a la hermandad de todos: “Quiero que cada hombre se sacrifique por su familia, la familia por la aldea, la aldea por la nación y la nación por el mundo”. Si un hindú asesinaba a un musulmán el Mahatma le impelía a adoptar un niño musulmán; si el asesino era un musulmán debía adoptar un niño hindú. Lo santos no suelen ser comprendidos. Gandhi, como veinte siglos antes ocurriera a Jesús de Nazareth, fue asesinado. Apenas a los 18 años Agnes Gonxha Bojaxhiu decidió dedicar su vida a los de abajo. Deja de ser Agnes para adoptar el nombre de la Santa Patrona de los misioneros: Teresa. Con ese nombre supieron de ella por más de cuatro décadas cientos de miles de leprosos, mendigos, sufrientes, huérfanos, moribundos. Con ese nombre mitigó sus cuitas. Con ese nombre los amó y fue venerada. Con sus propias manos alivió pústulas y sanó heridas. En septiembre de 1946 recibió una orden, una orden de Dios: dedicar la vida a los necesitados. Con ese fin funda dos años después un pequeño asilo en Motijhil, Calcuta. Carece de fondos, le asisten unos pocos. En 1950 el Vaticano autorizó a Teresa a crear una nueva congregación, las Misioneras de la Caridad. Por ese entonces suman trece las misioneras. Trece. No más. Todas en Calcuta. En 1952 funda, en un abandonado templo hindú, Kalighat, La Casa del Corazón Puro, un hospicio para pobres y moribundos. El tiempo en un niño que juega a los dados, eso nos enseñó Azorin. De la mano del tiempo no dejaron de ser miles los seguidores e incontables los orfanatos, hospicios, hospitales y asilos que la macedonia Agnes fundara. Y cientos de miles los asistidos. Alrededor de todo el mundo. Pablo VI le regala una limusina y ella la subasta, el dinero lo empleará en fundar Ciudad de Paz, un hospicio para leprosos. Juan XXIII le confiere un premio y con ese capital funda ella Don de Paz, un centro de rehabilitación. La Fundación Joseph P. Kennedy Jr. le concede quince mil dólares y funda un centro médico. Antes ha organizado el Hogar del Niño del Inmaculado Corazón, refugio para infantes abandonados. “Lo que hacemos es una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”, esas fueron sus palabras. En el momento en que fallece, Agnes, nacida en la remota Macedonia, había logrado un vasto imperio: más de 600 misiones caritativas en más de 120 países. Un imperio de piedad. De amor. De desinteresado y devoto servicio a los más pobres. De los imperios el único necesario. El único no desechable. Dios lo había querido. Lo había ordenado. Y la orden había sido cumplida.

Fundamentalismos go home

El pasado 9 de octubre Malala Youafzai, una niña pakistaní, recibió un disparo en la cabeza. Aunque parezca inverosímil la persona que empuñó el arma lo hizo en nombre de Dios. Aunque no lo creamos el móvil fue la religión. Millones hemos leído el Corán. Es uno de los textos sagrados. Una obra extraordinaria. Eterna. “Alabado sea Allah, el compasivo, el misericordioso”…, eso nos dice el Sura 1, apenas en el primero de sus divinos folios. Por sitio alguno en sus muy venerables páginas se nos llama a disparar a la cabeza de una chica. Toda obra religiosa posee pasajes sujetos a interpretaciones. En no pocos pasajes expertos en el Islam, y hasta altos dignatarios de ese credo, no importa la corriente que veneren (chiítas, sunnitas, salafistas, wahabitas, alawitas) detentan ideas contrapuestas. Algo, sin embargo, no demanda interpretación alguna: religión es amor. Religión es respeto a la vida. Religión es no causar daño. Preceptos tales brillan al centro de cada una de las religiones humanas. De la subjetividad de los hombres ha dependido (y depende) el turbión que dañe ese brillo. De los humanos el amor o el odio. El respeto a la vida o su negación. Los malsanos fundamentalismos o el humano comedimiento. Fundamentalistas han existido siempre. En todos y cada uno de los credos. (Los religiosos y los no religiosos). En todos los sitios y todos los tiempos. No ha faltado época o lugar en que el hombre no haya ejercido el derecho a la interpretación. No ha faltado que a resultas de interpretaciones tales se haya privilegiado el odio y no el amor, la negación de la vida y no la vida, los fundamentalismos y no el humano comedimiento. Todo ello de la mano de la muy veleidosa y humana subjetividad. Y a lo alto los Dioses, tomados de las manos, preguntándose: ¿qué hacen estas pobres criaturas? Triste (y otra vez absurdo) que en el mundo de hoy los fundamentalismos, cualquiera que estos sean, asomen cada vez con mayor fuerza. Justo resultaría establecer las causas. Diseñar programas destinados a minimizarlas. Erradicarlas. Programas civiles, por Dios. Que nadie se nos aparezca con nuevas cruzadas, misiles crucero, drones o bombas inteligentes. Manera esa de disparar a la cabeza de millones de Malalas. Otro de los muy execrables fundamentalismos. Entronizando el choque de civilizaciones, como emana de las teorías de Samuel Huntington, se alejan la concordia y la armonía que deben acercarlas. De acuerdo con la tesis de Huntington civilizaciones distintas deben chocar. Las causas: estar conformadas por diferentes sistemas de valores. Pensamiento muy procaz ese. Excluye el respeto mutuo, premisa indispensable de la convivencia humana. El gran Benito Juárez bien lo dijo un día: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. La humana subjetividad de las interpretaciones no puede conducirnos una vez y otra a la violación de esos derechos. Los Dioses no lo quieren. Sicólogos, sociólogos, educadores, diplomáticos, gobernantes, periodistas, artistas, científicos, humanos todos, debemos contribuir a impedirlo. Respetar el credo que otro humano venere. Toda veneración humana, en su centro, brillante e irreductible, debe lucir el respeto por el otro. Los cientos de millones de seres que a tenor de credos humanos han padecido a lo largo de la historia, supliciantes o suplicados, lo demandan. Religuémonos con Dios. Con todos los Dioses. Religuémonos con los hombres. Con todos los hombres. Desde una cama del Queen Elizabeth Hospital Malala Youafzai, la muy digna chica paquistaní, tiene confianza en ello.  ¿Y Dios? Ah, sí, no hay dudas: Dios lo quiere.         

Religare: ligarse en vínculo de piedad

No tomo partido por acepción alguna. Ahí están la propuesta ciceroniana y la de su compatriota Lactancio, romanos ambos. Aludo al religare convencido que ese ha sido, es, será, y muy especialmente, deberá siempre ser, el núcleo duro de todo credo: vínculo de piedad con Dios. Cualquiera sea el Dios. Piedad. Vínculo que al ser con Dios lo es con cada humano. Todos los humanos. Dios, cualquiera sea el nombre que adopte, no tiene, no puede tener ni excluidos ni exclusiones. Piedad que es paz. Piedad que es amor. Piedad que es mutua compresión. Mutuo respeto. Tuve, hace algunos años, la oportunidad de convivir con budistas y musulmanes en la muy lejana Malasia. Muy a gusto conviví entre mis hermanos musulmanes y budistas. Reverencié a Mahoma en una bella mezquita musulmana; emocionado encendí inciensos ante una imagen de Buddha; admirado visité una muy colorida pagoda hindú. A los pies de las Petronas Tower quiso el destino me hallara ante un monje Shaolin. Ahí estaba, como surgido de un filme, las típicas vestiduras, el cráneo rapado, el calzado rustico. No lo dudé, fui a su encuentro, las manos unidas y frente a él la reverencia, también el saludo ritual: namaste. Unió sus manos el monje y se inclinó ante mi: namasté, me corrigió. Después hablamos, muy afablemente. Todos los seres, no importa el Dios que adoremos o el texto sagrado que recitemos somos hermanos. Todos religados en piedad con Dios. Con todos los Dioses. Los Dioses todos están religados. Religados en piedad con cada uno de los seres del planeta. Y los seres, todos los seres, en esa piedad religados. Todos hermanos. Dios lo quiere. Esa es la visión del devoto que ha escrito estas letras. Un devoto que respeta a los Dioses todos sin afiliarse a Dios alguno. Que reverencia toda religión sin militar en ninguna. Que admira todos los textos sagrados sin privilegiar alguno. Los Dioses, todos, están religados. Religuémonos nosotros, los humanos. Todos los humanos. En piedad, concordia y amor. Recordemos el Enuma elish de los antiguos babilonios: todos contra el caos. Repitamos con Agnes: “El mar sería menos sin esa gota”. Dios lo quiere. Hora es ya de decirlo: en aquel inolvidable mes malayo el autor de estas letras era... el único ateo.            

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