Cuba de competencia:
Tres ficciones del patio al Festival

Frank Padrón • La Habana, Cuba

Tres de las cintas concursantes por nuestro país a la 34 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, son obras con indiscutibles valores, al margen de su acabado total. Analicemos:

Penumbras, el paso de un destacado realizador de teleplays a la pantalla grande, se basó en la pieza teatral Penumbras en el noveno cuarto, del dramaturgo Amado del Pino. Charlie Medina, quien cuenta con títulos notables y justamente reconocidos en el dramatizado televisual como Los heraldos negros o Pompas de jabón, ha logrado toda una recreación fílmica del referente escénico; aun cuando casi toda la acción transcurre, literalmente, entre cuatro paredes, el accionar de la cámara, la diversidad de planos y la dinámica narrativa responden plenamente al cine, pese a la división capitular que, dicho sea y no de paso, responde a la de un juego clásico de béisbol en nueve innings.

Imagen: La Jiribilla
Penumbras, de Charlie Medina

Mas, si este aserto pudiera considerarse simplemente morfológico, no menos sólido ha sido el traslado del mundo representado en la pieza de teatro: la marginalidad no vista “en blanco y negro” (pese a que la fotografía, acertadamente por su fuerza y precisión dramatúrgica, lo sea) sino como un macromundo en el que también habitan seres nobles y positivos, aun con un oscuro pasado sobre sus hombros, tal es el caso de Pepe, el protagonista.

Junto con el responsable del lugar, este hombre vive y trabaja en una posada hasta los días en que este tipo de establecimiento cierra definitivamente. Allí reciben a una gloria de la pelota en franco declive y a  su amante, quien lo comprende y estimula; entre ella y Pepe surge una cálida amistad. De fondo: la Serie Nacional de Béisbol a principios de los años 90.

De modo que esos temas (la solidaridad, el “pasado que no perdona”, la decadencia de quienes brillaron una vez, las relaciones eróticas, afectivas, humanas en general o el fanatismo deportivo del cubano y otras adicciones más peligrosas) se desarrollan notablemente en el relato, dentro de un abundante verbalismo que, lejos de afectar la comunicación, entabla un diálogo cómplice con el espectador, quien lo mismo (son)ríe que reflexiona, y hasta se conmueve alternadamente, como quiera que ambos registros pulsados se complementan muy bien.

El minimalismo de la producción que define la estética toda del filme, no impidió un cuidadoso trabajo en cada uno de los rubros que inciden positivamente en ese diálogo, y en el alcance general de la obra; ya hablábamos de la fotografía (Roberto Otero Martínez); pero habría que referirse también a la dirección de arte (Alain Ortiz), gracias a la cual los elementos escenográficos junto con el vestuario (Elio Vives) devienen verdaderos personajes y punto decisivo en la conseguida ambientación, así como a la precisa e inteligente edición (Pedro Suárez). La música (Juan A. Leyva/Magda R.Galván) sugiere y susurra, sin estorbar el desarrollo del relato.

Imagen: La Jiribilla

Qué decir de quienes asumen los roles, decisiva labor ante el peso que tienen dentro de la dramaturgia: Omar  Franco (también protagonizó esta pieza en teatro) borda ese hombre herido y humilde, loco por la pelota como buen cubano al fin, dicharachero y sensible; a pesar de sus muchos parlamentos, el también humorista se esmera en pausas y matices. Omar Alí se regodea en un sustancioso contrapunto, mientras el astro deportivo de Tomás Cao (Larga distancia, de Esteban Insausti) exhibe la concentración y ductilidad requerida. Ismercy Salomón, una actriz que ya admirábamos por su desempeño escénico en el grupo Teatro El Público,  enriquece su carácter y solidez histriónica con esta, su primera experiencia cinematográfica.

El guionista de Penumbras, Carlos D. Lechuga es,  a su vez, el director de otro de los títulos que concursó por Cuba en el Festival, también, como el anterior, en el acápite Óperas Primas: Melaza.

Imagen: La Jiribilla
Melaza, de Carlos D. Lechuga

Reconocido en una anterior edición del evento por su excelente corto Los bañistas, el joven cineasta focaliza en un imaginario pueblecito del interior, cuyo nombre da título al filme, a una pareja que tras el cierre del central azucarero local, trata de sobrevivir a toda costa, para lo cual él se inicia en un negocio prohibido y ella termina emprendiendo uno que, quizá, no lo es tanto, pero implica un sacrificio más personal.

Lechuga logra asentar una estética minimalista que consigue trasmitir al espectador el desgarramiento contextual y el que, insertos en él, experimentan los personajes; sin alharacas ni alardes, procede a veces mediante contrastes (una mal entendida propaganda oficial que pretende “inflar” hechos contra la realidad de la vida en el lugar) mientras los silencios y las insinuaciones tienen un peso dramático considerable.

La atmósfera opresiva del sitio —una pobreza que va más allá de lo material— y el esfuerzo de los personajes por mantener su enlace afectivo, a pesar de los pesares, llegan a un público participativo y cómplice; entre los elementos expresivos, destacaría toda la banda sonora, que ha captado y trasmite la peculiaridad del ambiente rural, sus ruidos y mutis, que solo rompe a veces una partitura tan sencilla como hermosa, sobre la base de  dos cuerdas: un instrumento típico en los campos cubanos (el laúd)  y la guitarra, a cargo de Jesús Cruz.

Imagen: La Jiribilla

También merecen relieve las actuaciones, con la sensual y precisa Yuliet Cruz, a quien su alternancia de medios (teatro y televisión) ha propiciado una escuela que ahora aplica afortunadamente a la pantalla grande; Armando Miguel Gómez logra un desempeño sobrio y en general, correcto.

Yuliet también aparece en otro de los filmes en competencia, esta vez en largos de ficción: Se vende, de Jorge Perugorría, quien ya codirigió Afinidades y el reciente docudrama Amor crónico , sobre la gira por todo el país de la cantante cubanoamericana Cucú Diamantes.

Como en ese filme, el actor también emite un homenaje al cine en general, y en particular, a quienes lo dirigieran en el título que lo lanzó a la fama, Fresa y chocolate: Titón y Tabío. No hacía falta la referencia directa que se aprecia en la marquesina  del cine Yara, cuando el público de aquí y de allá conocedor de los filmes del tándem descubre guiños a varios de ellos, como el mencionado, Guantanamera o ese clásico de Tomás Gutiérrez Alea llamado La muerte de un burócrata y sobre el cual, si acaso, se echa de menos el inolvidable chiste del custodio que, en pleno cementerio, ante un ruido, pregunta a toda voz: “і¿Quién vive?!”

Imagen: La Jiribilla
Se vende, de Jorge Perugorría

En la cuerda del humor negro, Perugorría, también autor del guion y actor protagónico, se enmarca en el llamado periodo especial que, a principios de los 90, situó a los cubanos en una situación de colapso económico que nos llevó a increíbles sacrificios y extremos. Aquí, una joven laboratorista, ayudada por un vendedor de libros y pintor “frustrado” se dedica a vender los huesos de familiares hace tiempo fallecidos, a quienes exhuman con la complicidad de los (des)enterradores.

Sin duda, cuenta con notables chistes y alusiones intertextuales esta comedia donde entre lo mejor se sitúa la presencia fantasmagórica de la madre (Mirtha Ibarra) y el padre (Mario Limonta) con sus peculiaridades ideológicas y cosmovisiones; otros gags se antojan un tanto forzados y poco felices. En términos generales, la obra se debilita un tanto hacia el final, pierde energía, como si Perugorría no supiera a derechas de qué modo poner el punto final.

De cualquier modo, sin tratarse de una obra de altos quilates ni mucho menos, se pasa bien con Se vende, que cuenta con una edición y ritmo ágiles así como notables desempeños, entre ellos, el protagónico de Daylenis Fuentes quien no desluce junto con muchos veteranos que aparecen en cortas intervenciones.

Penumbras, Melaza, Se vende… logros y falencias a un lado, demuestran buena salud en nuestro cine, y una más que digna representación de este —junto con otros títulos también de otros géneros que aún no hemos podido ver— en la nutrida y variopinta 34 edición del Festival.

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