Jo Strømgren Kompani

La danza del fútbol

Abel Sánchez • La Habana, Cuba

Supongamos, por un momento, que estamos en un estadio de fútbol. Uno de verdad, de esos donde caben miles de personas, las luces hacen que parezca de día y todas las miradas se concentran en un solo punto: la pelota, con los 22 hombres que se dejan las piernas detrás de ella. Supongamos, además, que alguien, no importa quién, ejecuta una jugada brillante, una gambeta, una bicicleta, un movimiento de cintura que descoloca al defensa rival, en fin, una genialidad. Y que ese jugador, por un segundo, deja sin aliento a la multitud que luego estalla en una ovación unánime.

Imagen: La Jiribilla
 

Es innegable, más allá del esfuerzo físico, la violencia o la hinchada fundamentalista, el fútbol tiene mucho de arte, tiene, por llamarle de algún modo, su propia poética. Precisamente esa es la idea que nos proponen los noruegos de la Jo Strømgren Kompani con la obra que han traído al 23 Festival Internacional de Ballet de La Habana: A Dance Tribute to the Art of Football.

La mayor virtud de esta obra radica en su dualidad. Uno puede comparar casi todos los aspectos de la vida, como la política o la religión, con el fútbol.

Jo Strømgren, su director, es un artista peculiar. Nació en 1970 en la ciudad de Trondheim, donde se encuentra la catedral bajo cuyos cimientos descansan los restos del rey Olaf II, santo patrón de Noruega. Durante su infancia estuvo rodeado de naturaleza salvaje y cuentos de hadas. Además, la ocupación de sus padres le dio la posibilidad de vivir muchos años en varios países tropicales. Todo esto, evidentemente, marcó su multifacética carrera.

Cuando tuvo que decidir qué estudiar, se encontró frente a dos opciones: Ingeniería Química o Idioma Ruso. No obstante, como si ya estuviese escribiendo una de sus obras, dio un giro inesperado a los acontecimientos al presentarse a las pruebas de la Escuela Nacional de Ballet de Oslo y ser aceptado. Sin embargo, nunca llegaría a graduarse. Comenzó a bailar de manera independiente, para luego convertirse en coreógrafo, director teatral y dramaturgo.

A finales de los 90 fundó la compañía de teatro y danza que lleva su nombre. Los escasos integrantes ensayaban en su casa. Después, poco a poco, crecieron en miembros y experiencia, hasta llegar a ser el grupo danzario noruego más reconocido a nivel internacional. Justo en un país que nunca antes se había destacado dentro del mundo de la danza.

Este reconocimiento internacional tiene que ver, no solo con una inteligente estrategia de promoción, sino también con el hecho de que Jo Strømgren ha desarrollado un estilo y leguaje únicos en su repertorio de más de 20 obras. Se trata, sobre todo, de un lenguaje que no necesariamente requiere de palabras, sino que se apoya, más bien, en sonidos, gestualidad y expresiones, que puedan ser reconocidos universalmente sin que el espectador tenga que conocer determinado idioma.

Cada cultura tiene una manera particular de comunicarse, que va más allá de las palabras. De modo que, si la obra tiene lugar en Rusia o Francia, los actores emplean gestos y sonidos característicos de ese lugar, así, una persona que no domine el idioma, igualmente puede reconocerlo. Eso ha dotado a la compañía de una proyección universal única, pues ayuda a recrear situaciones, personajes y mensajes, sin necesidad de palabras concretas. El mensaje llega al espectador a través del trabajo físico de los actores.

Imagen: La Jiribilla

Otro elemento que también los distingue es el humor. Jo Strømgren es un especialista a la hora de jugar con múltiples lecturas, así como al mostrar la comicidad de situaciones dramáticas y viceversa. El público puede estar riendo y, de pronto, descubrir que aquello de lo que ríe en el fondo no es tan gracioso, sino más bien triste. De esta forma cada obra de la compañía explota los diferentes niveles de lectura.

Mikkel Are Olsenlund, uno de sus bailarines, intenta explicar este estilo de trabajo: “Es difícil encontrar una palabra que defina lo que hacemos, pero diría que la clave está en ver al mismo tiempo la comicidad y el dramatismo que tiene cada situación. Por otra parte, no hacemos las obras pensando en crear un impacto en las grandes audiencias, sino que intentamos acercarnos individualmente a cada persona. Si queremos ser auténticos en nuestra interpretación, debemos concentrarnos en la interpretación en sí y no en hacer algo espectacular, pues, si lo que hacemos es bueno, de cualquier manera va a impactar al público. A veces actuamos frente a diez personas y otras con un auditorio de 1 500. Valoramos las dos situaciones en igual medida, porque ambas nos permiten retroalimentarnos con nuevas experiencias”.

Mikkel empezó a bailar relativamente tarde, a los 17. Ya actuaba desde que tenía seis años, pero un día la actuación acabó por aburrirle. Eso, hasta que vio A Dance Tribute to the Art of Football, fue ahí cuando comenzó a bailar. Estudió danza durante cinco años y bailó en diferentes compañías, hasta que obtuvo una plaza en la Jo Strømgren Kompani. Este era el trabajo que realmente quería, pues le permitió combinar ambas manifestaciones: actuación y danza.

Ahora es parte del elenco de A Dance Tribute to the Art of Football, una pieza que, desde su estreno en 1997, no ha dejado de evolucionar. La primera puesta duró en cartelera cerca de tres años, con pequeños cambios sobre la marcha. Jo Strømgren la dejó descansar durante una década y después volvió a retomarla. En esa ocasión eliminó fragmentos que habían perdido vigencia y agregó otros. Además,  incluyó una muchacha al repertorio original de cuatro hombres, lo cual aportó una nueva dimensión a la obra.

“Algunos coreógrafos son muy estrictos con sus creaciones y suelen mostrarse reacios al cambio —asegura Mikkel—, pero ese no es el caso de Jo. Como siempre trabaja en varios proyectos a la vez, nos entrega la obra a los bailarines y nosotros tenemos cierta libertad para controlar lo que hacemos e introducir pequeñas modificaciones. Por tanto, el performance es un work in progress, en evolución constante.

“La mayor virtud de esta obra radica en su dualidad. Uno puede comparar casi todos los aspectos de la vida, como la política o la religión, con el fútbol. Hay familias que incluso llegan a pelearse porque sus miembros apoyan a equipos diferentes. Esa es su parte más negativa, su brutalidad, el hecho de que familias, regiones o países, puedan llegar a dividirse por algo como un juego de fútbol. Pero, al mismo tiempo, hay belleza en él, porque un partido también es capaz de unir a miles de personas.

“La pieza propone una imagen del mundo a través del fútbol. Podríamos analizar sus significados más profundos durante horas, pero no nos gusta hacer eso, simplemente la ejecutamos y que cada cual haga su propia lectura. Por ejemplo, si alguien estuvo involucrado en una pelea recientemente, verá eso reflejado en el show. Por otra parte, si no es fanático del fútbol pensarás que es un juego tonto y se reirá en la parte en que nos burlamos de él. En cambio, si es un gran seguidor de este deporte, podrás admirar su belleza. Eso es lo que amo de esta obra, que es abierta, nosotros la ejecutamos y la audiencia pone el resto”.

Para Mikkel, el fútbol y la danza tienen muchos más elementos en común de los que usualmente solemos ver. Una buena jugada, un disparo a puerta, pueden equipararse a la interpretación de un bailarín, a la precisión con que usa su cuerpo. Si uno asiste a un partido de fútbol y lo observa como si fuese una representación danzaria, descubrirá que, en esencia, son casi lo mismo: un espectáculo. Ya sea sobre las tablas o en el césped, siempre salen a relucir las pasiones, el dolor y los conflictos que han marcado la condición humana.

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