A propósito de una novela de Mylene Fernández Pintado

Desde mi esquina

Cira Romero • La Habana, Cuba

Termino de leer la novela La esquina del mundo (Ediciones Unión, 2011) de Mylene Fernández Pintado (1963), autora también de Anhedonia (1999); Otras plegarias atendidas (2003) —Premio Italo Calvino y de la Crítica—; Altre Preghiere esaudite (2004); Little Woman in blue jeans (2008); Infiel y otras historias (2009) y Vivir sin papeles (2010). En los últimos tiempos (2011 y lo corrido de 2012) han salido varias del mismo género. Algunas habrá, no lo dudo, de prosa más depurada, donde se explaye una imaginación más fecunda, ofrezca guiños inadvertidos por un lector incauto para que realicen una lectura que debe ser inteligente, pues son muchas las trampas tendidas, y si no, se quedarán “fuera de juego”, u otras habilidades narrativas que demuestren un dominio de las técnicas. Así podría hablar de un largo rosario de habilidades (asustan a veces) que pueden desplegarse. Pero de las que he leído, creo que casi todas, ninguna me ha parecido tan atrayente como esta por varias razones, entre las cuales una considero capital: apresar en apenas 140 páginas aspectos medulares de la Cuba de hoy desde el cerco interior de su protagonista, Marian, profesora de una cátedra de Lengua Española de nivel universitario, logrado desde una prosa que si no es acrisolada, es fértil, y con una imaginación igual (o parecida) a la de cualquier persona que no fuera escritor y se decidiera a hacerlo (quizá mal), pero —y he aquí donde se presenta la artista Mylene—  con una manera de decir lo que quiere expresar que resulta absolutamente convincente. Sin estridencias, sin artificios, sin alambicamientos, sin malabarismos, sin tour de force, con, a veces, cierto rozamiento con la llamada novela rosa, pero, claro, sin serlo,  llana y limpiamente leemos La esquina del mundo, una obra que me conquistó por su tersura, por su llaneza, sin historias innecesariamente alargadas. Aquí está lo justo, lo que había que decir, para enterarnos del ser de una protagonista que, ella sola, asume el reto de darle presión y fuerza a su obra.

Como se lee en la nota de contracubierta, La esquina del mundo es, sin más ni menos, una sencilla historia de amor entre esa profesora de más de 30 años, algo apocada y sin brillo, dueña de amores sin mayores consecuencias, y un joven mucho menor, que llega a su vida a través de un libro, su libro, que ella debe prologar. Marian y Daniel forman esa pareja. Unidos, servirán de trasfondo a no pocas condicionantes de nuestro diario vivir expresadas a través de situaciones diversas: la ambición y el buen vivir, presentes en Marcos, ex novio de Marian, con quien esta tiene irregulares encuentros; la presuntuosidad y el arribismo de la madre de este, dueña de un mundo que no le pertenecía y que pudo alcanzar, en su parte material, solo porque sus padres, criados de una casa rica vedada para ella, se quedaron resguardando el inmueble para cuando los dueños volvieran a Cuba. Vive ahora en esa casa, tuvo éxito, se casó con un hombre de posibilidades y solo habla de las grandes tiendas que ha conocido en Europa. Lorena, pintora, es la verdad, o, mejor, su verdad, enfrentada al modo en que su amiga Marian asume la vida. Adrián, el amigo de Daniel, homosexual, es el equilibrio. Pero, cuidado, ninguno de estos personajes es representativo o encarnan el bien o el mal a la medida de textos del realismo socialista. Mylene se ha zafado hábilmente del maniqueísmo y no nos ofrece ni heroínas ni villanos. Sus propias y directas evocaciones no se cortan o se trastruecan, ni se ofrecen en las conocidas “enciclopedias descriptivas”, mientras que el diálogo, nunca neutral, legitima el discurso. Evoca una relación erótica, a veces burlona, a veces ácida, a veces tierna,  desde el presente del personaje de Marian, que nos entrega, en su aparente frialdad y distanciamiento, un tejido de relaciones en los que no hay otros personajes sino el Yo enfático de lo aludido, de lo interpelado. Mundo el suyo donde solo tienen lugar incidentes pequeños, sin gratificaciones, un espacio como de niños en que todo está vivo, el ámbito de una casa (que no es casa de muñecas) con una habitante hecha a escala del mobiliario y radicalmente solitaria, una escalera que le permite la espera. Pero la frialdad de Marian encubre un creciente bullir de otro signo, que se destapa, sincera, casi ingenuamente, cuando conoce al joven Daniel, tironeado por sus deseos de escribir, de llegar a ser un buen escritor, posibilidad que pretende alcanzar solo si logra asentarse en el extranjero.

Pero la emigración, tema tan recurrente en la narrativa cubana, deseada y cumplida por Daniel, desechada por Marian, no se convierte tampoco en el tema central de la novela, que sí lo es del conflicto amoroso, aunque asumido por la autora no como asiento existencial ni reciclado para acercarse a una idea de la vida como vacío, sino como una especie de dicotomía que pudiera encarnarse en fórmula sencilla: pasión versus emigración, pero sin estridencias. Marian apuesta por su felicidad en un ejercicio donde la huida puede disfrazarse de búsqueda, donde las palabras que parecen más convincentes están agujereadas. Su búsqueda es quieta, como quieto es el desenlace. El libro se abre a la luz, casi al silencio de una espera amorosa de madurez y comprende cuál es la dirección a seguir, pues nada está aquí por ver, pero todo está aquí.

El discurso de Mylene corresponde a su propósito, construido desde una libertad absoluta, mientras los posibles sueños forjados quedan iluminados por una luz tenue y se escucha una voz débil, seductora y brillante, la de Marian, cuyo mar interior se comunica con el mar océano de la vida toda, donde puede ir a dar si no se aferra a un torso de tierra firme que puede—pudiera— ser su propia vida.

La esquina del mundo, en su aparente sencillez, muestra el músculo narrativo de Mylene Fernández Pintado, probado en otras anteriores, que, como en esta, se sumerge en el mundo de la mujer, pero ahora enfrentado consigo misma, a lo que se añaden sus ya acostumbradas dosis de ironía. Con esta nueva novela anuda una red para liberar el vuelo de la palabra en un gesto audaz que tiene el don de la ligereza.

 

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