Despedida

Diana Fernández Fernández • La Habana, Cuba

Sentada a la mesa, contempla el café con crema servido frente a ella. No debes tomar leche, le dijo el médico. Pero tiene ganas. Los camareros le ofrecen café todo el tiempo. Viene el primero, lo ofrece y se va; luego el segundo lo ofrece y se va, cafetera en mano. En ese país todo el mundo le ofrece café, grandes tazas de café descafeinado y aguado. Extraña el café cubano aunque le da gastritis. ¿Otro poco de café, pregunta el camarero-poeta? (Hoy está de turno el camareropoeta). No, gracias, responde ella con una tímida sonrisa. No han subido los demás. Madrugó demasiado y le pesan la soledad y el frío en la terraza del restaurante.

Una mirada sobre el muro hacia la plaza vacía, le constata el final del viaje. Los finales siempre son tristes. Hace solo dos días sentía pertenecer allí, iba y venía con alegría de un lado a otro hablando con todos .Mañana estará en su casa, en su vida cotidiana. La mirada ahora se extiende hasta más allá de la plaza, de la catedral, del museo, alcanza la cordillera. Hoy el smog se ha disipado, hay viento y se perfilan claras las montañas. Toma la cámara de la mesa y saca algunas fotos a los lejanos cerros, luego a la catedral, a la plaza vacía ocupada solo por palomas y hippies.

El camarero-poeta intuye la soledad de la mujer y se acerca. Ya mañana se van, asevera-pregunta. Sí, responde ella. Hoy a mediodía viene el del pajarito, no te vayas sin verlo. Ese pajarito saca papelitos que dicen verdades. Asegura risueño el camarero-poeta ¿En tu tierra hay pajaritos saca-papeles? Ella no recuerda haber visto nunca a un animador con un pajarito saca-papeles que baila "La Bamba", se quita el sombrero, hace reverencias y saca papelitos con "tremendas verdades". No,no he visto y además no creo en eso, poeta, le responde. No te preocupes. Se toma otro sorbo de café claro con crema y respira profundo. Sin mirar al camarero-poeta, que continúa de pie, le pregunta si viajará alguna vez a Cuba. Pues sí que me gustaría, solo que no sabría cuándo. Lo más pronto me voy a EE.UU. a trabajar con mi hermano, así que no creo que vaya a Cuba por el momento. ¿Tus amigos duermen? No, en sus cuartos no están. ¿Hoy no fumas? No, responde ella. El camarero-poeta alza la mirada y desaparece en silencio llevándose el cenicero vacío: el jefe de salón se acerca.

¿Pero qué hace una mujer tan guapa y tan sola a estas horas tempranas? ¿Te acompaño un ratito? Todos la tutean en el hotel, se ha ganado el tuteo en tantos días y eso la hace sentir en familia. Por supuesto. ¿Pero qué te pasa? ¿Otro cafecito? No, gracias.Mire, para que no se me entristezca. Ella extiende la mano y toma el plato con dulces que le brinda el hombre. Gracias. Se sirve un dulce para no hacer el desaire.Tantos días y no conoce el nombre del capitán de salón. Le da vergüenza preguntarle a estas alturas. ¿Tan poquito come hoy? Ándele y aliméntese más. En tu país van a decir que aquí te matamos de hambre. Sonríe ante el uso indistinto del tuteo y el trato respetuoso. ¿A ver, tan mal la hemos tratado? Ella niega con la cabeza. Ya tiene ganas de estar en su casa, terminar de una vez. Todos se están despidiendo sin darse cuenta y a ella la matan las despedidas.

¿Quieres un cigarrillo? No, gracias. ¡Ah, claro, son suavecitos! ¡No sé cómo pueden ustedes fumar esos cigarrillos tan fuertes como los que me diste el otro día! El capitán le mira la mano extendida. ¿Me permites? Le toma la mano y ella se deja. Manos de escritora, dice. Ella retira la mano con delicadeza. El capitán no ha dejado de atenderla cada día con mil halagos: un botecito de Tabasco, una tabla de ajonjolí, unos dulces especiales. Los amigos le hacen bromas. Y ella ni sabe el nombre del capitán.

El hotel se está vaciando. Vuelven los manifestantes. Si nos agarra otro rato como el último, antes de venir ustedes, estamos quebrados, dice el capitán-atento-sin nombre, y echa una mirada recelosa a la plaza donde ondea la bandera.Vuelve la cabeza y se aparta con una casi imperceptible inclinación. Nos vemos, más luego, dice: llegan los amigos de la cubana. Él les da la bienvenida con frases cordiales y se marcha.

Los cinco bulliciosos arrastran las sillas de hierro sobre las baldosas de la terraza. Reanudan sus bromas a la mujer que desayuna solitaria, es su saludo. Se sientan. Estuvieron buscando cigarrillos fuertes sin resultado. Quieren regresar ya a su país. Les queda todavía un día muerto por delante. Alguien dice que está mal del estómago por el picante. Se sirven desayunos abundantes, se levantan, se sientan, comen, se vuelven a levantar y se vuelven a sentar a comer con apetito el próximo plato. Le responden al camarero-poeta que viene diez veces a ofrecer el café, que más tarde, más tarde, cuando terminen el desayuno. El camarero-poeta no entiende a los cubanos. La mujer ya no siente frío. Su cuerpo se ha calentado con la conversación y la alegría de los amigos. Este es el primer viaje al extranjero que he hecho en muchos años, dice de pronto. Sus amigos la miran y continúan comiendo. Ella levanta la mirada y sorprende al capitán manoteando a lo lejos. Una seña de que luego pase a su oficina y un pequeño envoltorio como explicación. La mujer sonríe y asiente varias veces con la cabeza.

¡Hoy las montañas se ven!, exclama con admiración uno de los amigos. Me tienes que pasar tus fotos por correo, porque seguro que sacaste fotos, es con ella que habla. Claro. Ella no ha desperdiciado ningún instante importante. Se remueve inquieta. Nos queda un día entero por delante, todavía, repite otro.

Cuando termina el desayuno los seis se quedan fumando, mirándose a través del humo, diciendo frases aburridas que intentan ser simpáticas. ¿Alguno de ustedes trajo preservativos? Se ríen sin muchas ganas. Hoy suena a broma, repetida, pero a broma. Cuando al segundo día de haber llegado alguien hizo la pregunta en el almuerzo, todos quedaron sin palabras. Ya ninguno está allí, espiritualmente no. En el salón se escucha la música de moda de una orquesta cubana. La mujer se estremece.Todos simulan no escuchar.

Hoy estás muy linda "güerita", le dice uno de los amigos remedando a los mexicanos. Ella ríe triste. No me jodan. Llama al camarero-poeta y le pide otro café con crema. El camareropoeta la mira asombrado y le sirve con prisas. Unas gotas manchan el mantel y ella hace una seña de que no tiene importancia. Bebe su café con crema entre cigarro y cigarro y sonríe a los demás.

 

Diana Fernández Fernández: (La Habana 1956) Traductora e intérprete de ruso y profesora de esa lengua. Ha publicado los libros de cuentos Todas las mujeres de Dios, Compañía urbana en la noche, y la antología de autores cubanos La isla novelada.

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