El Céfiro, viento suave y apacible,
da nombre a una publicación

Cira Romero • La Habana, Cuba

Entonces, en 1866, cuando se fundó El Céfiro, Puerto Príncipe aún conservaba su nombre de fundación, y no Camagüey, como conocemos hoy a la ciudad de los tinajones. Su hija Gertrudis Gómez de Avellaneda la había abandonado en abril de 1836 para marchar a España y no volvería a ella sino muchos años después, en viaje privado, cuando ya era reconocida como una gran voz en la lírica, el teatro y la narrativa. Pero en Puerto Príncipe, ciudad de poetas —Guillén, Ballagas, Pichardo Moya, Severo Sarduy, Luis Suardíaz— hubo un movimiento literario que, en la segunda mitad de la década del 60 del siglo xix, estuvo liderado por dos voces femeninas: Sofía Estévez (1848-1901), poetisa hoy apenas conocida, incluida con unas décimas en el volumen Los poetas de la guerra (1893), prologado por José Martí, y Domitila García de Coronado (1847-1937). Ambas, junto con Enrique Pereyllade, su fundador, dirigieron, entre 1866 y 1868, El Céfiro, periódico literario y de periodicidad semanal. Subtitulado “Periódico literario, de modas, costumbres y semioficial de la Sociedad Popular de Puerto Príncipe dedicado a sus socios”, su editor fue J. Pereyllade y su redactora Sofía Estévez, pues Domitila tuvo que retirarse debido a su traslado a La Habana, donde desarrolló una intensa actividad cultural, entre las cuales se destaca haber preparado y editado el Álbum poético fotográfico de escritoras y poetisas cubanas (1868), que tuvo sucesivas ediciones.

De El Céfiro se conservan pocos números, pero de los revisados se puede constatar que publicaron artículos en prosa sobre temas de interés para la mujer, así como narraciones, firmados estos trabajos por Juana de P., Luisa Jiménez, Elvira, Rufina, La guayabera, La yumurina. En este periódico la Estévez publicó, en folletines, sus novelas “Alberto el trovador” y “Doce años después”, pero en los números vistos no figuran capítulos de ninguna de las dos.

En la introducción a su citado Álbum poético..., Domitila García de Coronado valoró esta publicación del siguiente modo:

Por su índole, por ser el primer periódico redactado por dos jóvenes que apenas traspasaban el umbral de la vida, con carácter representativo social, la empresa tuvo una acogida entusiasta en toda la Isla; pero a los dos años de esparcir El Céfiro su soplo dulce y perfumado... ¡el huracán de la guerra abatió sus alas!...

Las páginas revisadas dan testimonio de la vocación de sus directoras por dar a conocer textos de mujeres, pues encontramos un verdadero desfile de voces femeninas que se expresan lo mismo en prosa que en verso. Así, la matancera Catalina Rodríguez de Morales aporta a sus páginas ya maltrechas por el tiempo composiciones como “Delirio”, del que reproducimos este fragmento:

Si asoma entre el celaje la mañana

Y los fértiles campos engalana,

La hermosa luz del refulgente sol;

Y por el ancho espacio

Pintadas nubecillas van despacio

Ostentando gallardas su arrebol.

[...]

Todo lo admiro yo. Mas ¡ay! mi alma

En nada encuentra ni placer ni calma,

Y en todo languidez y confusión,

En todo desconsuelo.

Y le mata ¡ay Dios!, este punzante anhelo,

y este ardiente afanar del corazón.

La también camagüeyana Aurelia Castillo de González, de obra vasta, entregó a El Céfiro numerosas colaboraciones, entre las que se destacan algunas de las composiciones que integraron posteriormente su libro Trozos Guerreros y Apoteosis, no publicado hasta 1903. Por cierto que este libro contiene un poema titulado “En Palacio y en el Morro” que ha tenido muy poca divulgación y que bien pudiera emular temáticamente con el famoso poema de Bonifacio Byrne “Mi bandera”. Dice Aurelia:

Estaba el pueblo expectante.

— ¡Menos treinta!—... — ¡Veintidós!—...

— ¡Qué lentitud!—... —¡Menos dos!—...

— ¡Las doce! Llegó el instante!—

¡Qué majestuosa y gigante

cuando, al descender despacio,

abandonaba el espacio

la bandera americana!

¡Qué bella y qué soberana

en el Morro y en palacio!

 

Aprieta los corazones

un tormento de alegría.

¡Mueren siglos de agonía!

¡Hoy encarnan ilusiones!

Truenan fieros los cañones.

Anhelante hacia el mar corro,

y veo, cuando lo recorro,

que un ser de cien manos tira

de grueso cable y... delira...

¡La Bandera está en el Morro!

 

¡Ya no hay hombres ni mujeres!

sus lazos soltó el amor,

y se estrechan con ardor

y confundidos los seres.

No hay distintos pareceres.

El vítor llena el espacio.

Llora el ojo más reacio...

Paro, llegado un momento,

se suspende el sentimiento,

¡La Bandera está en Palacio!

 

Una página de historia

queda escrita en este instante.

Fue su buril el diamante

y la decoró la Gloria.

Dice el Pueblo: “en mi memoria

el pasado cierro y borro.

Al futuro ardiente corro

con alma altiva y entera,

¡que está mi santa Bandera

en Palacio y en el Morro!”

El Céfiro puede considerarse un periódico seguidor, hasta cierto punto, de las ideas de libertad para la mujer defendidas por Gertrudis Gómez de Avellaneda a través de su Álbum cubano de lo bueno y de lo bello (1860). Sus páginas dieron cabida, con preferencia, a las voces de las mujeres cubanas que aún con cierto temor, se asomaban a las páginas de las publicaciones periódicas.
 

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