El cine y la violencia: Una relación peligrosa

Danae C. Diéguez • La Habana, Cuba

Existe un debate, aún no resuelto, que plantea que el cine promueve y genera la violencia en las sociedades; desde otra perspectiva, cierta idea preconiza que son los públicos quienes piden ver películas de acción, con mucha, mucha violencia. Ante estas dos vertientes existen reparos; pero lo que sí se constata continuamente, desde los estudios multidisciplinarios, es cómo el cine contribuye, no determina, a modelar imaginarios simbólicos. Si la representación de la violencia de género es un repetido visual naturalizado y descomprometido, los públicos la asimilan acríticamente; sobre todo, porque su naturalización ha sido el sello que caracteriza el ejercicio de la violencia simbólica y de otros tipos.

Quizá la violencia física sea la más cuestionada, apoyarla nos delata como seres humanos deleznables; pero la violencia simbólica —aquella que proviene de las estructuras de poder patriarcales y hegemónicas y que a la larga (y por qué no, a la corta, también) generan todo tipo de violencia, incluso la física que tanto pudiéramos detestar— continúa imperando en las representaciones cinematográficas sin aparecer su cuestionamiento. Por lo cual es una asignatura más que pendiente a la hora de releer el cine desde esta perspectiva.

Si el cine cubano, a pesar de su compromiso social, reproduce aún una mirada androcéntrica, estamos ante una cinematografía en la que pervive la representación de la violencia simbólica, orden que vendría a “justificar” la violencia por motivos de género. La mirada en el cine se traduce en cómo son representados los sujetos femeninos, ¿para hacer disfrutar a quiénes?: la mirada de la cámara-director/a, la mirada del actor a la actriz y la mirada de los espectadores/as que habitualmente “disfrutan” —precisamente por esa naturalización— con la representación de mujeres en roles y/o actitudes que reproducen un estatus simbólico machista y falocéntrico.

Al cine cubano lo distingue la diversidad de mujeres representadas en la gran pantalla. Sin duda, una de las grandes preocupaciones desde la fundación del ICAIC es hacer un cine comprometido con los procesos de cambios que se han sucedido en nuestro país a partir de la Revolución de 1959. Un cine que dialogue con esa epicidad desde propuestas críticas y que no ceda ante las calidades estéticas, porque “en tanto el cine es un arte”, es importante que la mirada a nuestra realidad sea validada por propuestas visuales con altos valores estéticos.

Dentro de los temas abordados ha estado la imagen de las mujeres en nuestro proyecto de  nación, representaciones asumidas desde diversas aristas, unas más tradicionales y otras cuestionadoras, pero mujeres que cuentan también los cambios sociales y las múltiples complejidades y contradicciones que ello acarrea. Así encontramos el tercer cuento de Lucía (1968), de Humberto Solás; pasando por De cierta manera (1974), de Sara Gómez y Hasta cierto punto  (1983), de Tomás Gutiérrez Alea (Titón) hasta la muy polémica en su momento Retrato de Teresa (1979), de Pastor Vega por mencionar algunas de las  películas emblemáticas que cuestionan abiertamente el machismo y, por supuesto, la violencia que genera esa ideología.

Imagen: La Jiribilla

Sin embargo, y a pesar de encontrarnos con estos temas, la mirada sistematiza la reproducción de un orden que es, al fin y al cabo, lo que genera relaciones de poder inequitativas traducidas en relaciones de género en las que el dominador habitualmente es el hombre y la subordinación queda a las mujeres. Quiere esto decir que no basta con denunciar el machismo y la violencia que de este se desprende, si desde la aparente inocencia de muchas imágenes se continúa articulando un discurso que potencia ese modo arbitrario de poder.

El cine no es solo el qué, es también el cómo; y el cine cubano ha apelado a una representación más acoplada a la imagen de realidad, casi como un reflejo, en el que el punto de vista que marca la diferencia con un cine que denuncia y un cine que apueste por una visualidad otra —desde la perspectiva de la representación de la violencia— apenas existe, pues estamos ante imágenes que, a pesar de  que en algunos casos se cuestionan el rol que “tradicionalmente” se les ha asignado a las mujeres, no identifican como causante de esas inequidades y ejercicios de violencia machista la perpetuación de estructuras sociales que reivindican al patriarcado. Nuestro cine es patriarcal, y ello implica que solo hayamos podido lograr un avance en algunos temas (que representamos); pero en ese afán de abordar la realidad como si fuera la realidad misma, nuestro cine se ha perdido la oportunidad de incidir en otras maneras de narrar que desde el qué y el cómo muestran una resistencia narrativa, cultural, a ese orden androcéntrico que revive, a veces sutilmente, la ideología machista.

Si hemos intentado descolonizar la mirada evitando la reproducción de paradigmas que mimetizan valores eurocéntricos y norteamericanos, en función de reivindicar una voz propia dentro del panorama cinematográfico, por qué no somos capaces de advertir que descolonizar la mirada involucra también a quienes hacen cine y a quienes consumen y disfrutan del cine, para que asuman una visión crítica capaz de reconocer que el séptimo arte  es, también, un correlato de inequidades de género que, al estar tan naturalizadas por ese aprendizaje cultural machista, legitiman en las imágenes un orden que justifica la violencia simbólica, esa que perpetúa y contribuye a otros tipos de violencia en que las mujeres, entre otros grupos discriminados, han llevado la peor parte.

Los mejores personajes femeninos del cine cubano han estado de la mano de Humberto Solás; pero desde el mediometraje Manuela (1966) hasta el cortometraje Adela (2005), este realizador interviene lo femenino y la representación de la violencia con respecto a ellas, como lectura de la nación cubana. Así que la mirada de Humberto habría que revisarla a partir de las metáforas de las mujeres-nación, sobre todo si leemos todo su cine como un corpus en el que el cuerpo femenino es intervenido por lo político. En De cierta manera1, Sara Gómez se cuestiona también el machismo como rezago de una sociedad —el antes—  y el absurdo de su perdurabilidad —el ahora—. Sin embargo, la muerte prematura de Sara nos ha impedido ver las posibles futuras miradas sobre el tema, de esta realizadora que quizá tuvo mayor conciencia de género y que en su documental Mi aporte (1972) denunció cómo la doble jornada laboral de las mujeres les impide su desarrollo desde la equidad y su contribución a la sociedad que se construye, de ahí su denuncia a cómo las estructuras que generan esa violencia simbólica son las causantes del machismo. Esa mirada mucho más indagadora se atisba ya en el documental mencionado y en su largometraje de ficción.

Retrato de Teresa y Hasta cierto punto, develan algunos de los rostros del machismo, cada una desde presupuestos diferentes, pero cuestionadores de esa ideología; sin embargo, a ambas películas se les puede objetar  la mirada desde donde lo abordan, pues el punto de vista es incapaz de interpelar, no ya a los aprendizajes culturales que generan el machismo y su violencia implícita, sino las verdaderas causas que estructuran ese orden jerárquico, de dominación arbitraria.

Imagen: La Jiribilla

El cine cubano no ha sistematizado el tema de la violencia contra las mujeres, quizá porque por mucho tiempo pensamos utópica y festinadamente, que era una realidad aislada, que nada tenía que ver con la construcción de nuestro socialismo. Las películas mencionadas abordan el asunto de forma transversal, pero no lo asumen como argumento central, como eje fundamental de sus historias. Sin mencionar otras tantas cintas en las que aun cuando aparecen situaciones en que se muestra la violencia, parecieran ser, más que todo, una escena que ilustra, sin pretender más nada, pues están ahí porque nuestro cine se obsesiona con la idea de ser “como la vida misma”.

Durante los últimos años, con la llegada del video y la tecnología digital, hemos encontrado propuestas —sobre todo fuera de la industria—, que abordan con más interés el tema. Lizette Vila y su documental La deseada justicia (2007) donde, por primera vez, el audiovisual cubano parece afrontar el hecho de que en Cuba existe violencia contra las mujeres. “Sin embargo, son las jóvenes realizadoras quienes han recurrido, desde múltiples puntos de vista, a la escritura en el texto fílmico de este tópico, invisible o diluido dentro de otras propuestas: desde el documental Mírame, mi amor, de Marilyn Solaya, el cortometraje de ficción El pez de la torre nada en el asfalto, de Adriana F. Castellanos, hasta el muy reciente documental El mundo de Raúl, de Jessica Rodríguez y Zoe Miranda, por mencionar solo tres ejemplos” 2, presentados todos en las Muestras de Cine Joven, que desde el año 2000 se realizan promovidas por el ICAIC. En algunas de estas propuestas, ya no solo a las  directoras parece interesarles el hecho de la violencia en sí misma y la denuncia que implica representarla, sino que en ellas la mirada inquisitiva implica ir más allá de la denuncia, pues no descartan que el ejercicio de la violencia contra las mujeres y la dominación masculina es una de las páginas visibles de la violencia simbólica

Uno de los aportes de la teoría fílmica feminista es el repaso holístico  hacia las desigualdades, y la mirada desde donde se sostienen esas representaciones en las imágenes. Desde esa plataforma analítica, las teóricas decidieron “hacer visible lo invisible”: mostrar los relatos de mujeres detrás de las cámaras, y sobre todo, develar el complejo andamiaje que posee el lenguaje cinematográfico para perpetuar modelos de feminidad que encorsetan y legitiman a las mujeres en roles tradicionales y ubicarlos como naturales; a ello  se suma el análisis tan necesario que hacen de la mirada cinematográfica, para concluir que el cine es un relato que, salvo dignas excepciones, se construye desde un posicionamiento androcéntrico.

Los modelos de feminidad que el cine inscribe trascienden la mera pantalla y ocupan la historia de nuestros cuerpos, entran en el orden de lo subjetivo y se adueñan de nuestra vida en todos los sentidos. El peligro radica en  cómo ese orden arbitrario se ha naturalizado y justificado, entre otras cosas porque el arte y el cine institucional, fundamentalmente, lo han recreado y estetizado.

Siempre emergen otros signos que desde los márgenes rompen con el canon y que muchas veces, por su condición de alteridad, apelan a un “peaje de invisibilidad” que implica la poca resonancia de sus propuestas. De todas formas, de lo que se trata es de pensarnos como mejores seres humanos en el contexto de nuestra nación  y ello involucra, inevitablemente, a la forma en que dialogamos con las inequidades de género y desde qué punto de vista asumimos sus (re)presentaciones en las imágenes.  Sin duda, un reto ético y estético.

Comentarios

Muy buen análisis de l situación de la mujer y el cine.Merece mayor divulgación.Lo haré circular en Buenos aires.Argentina

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