Carlos Varela

El cronista del asfalto

Frank Padrón • La Habana, Cuba

El legendario cantautor, ícono de los jóvenes cubanos, ofreció un concierto donde repasó sus 30 años de vida artística. A propósito de ese concierto, repaso un texto publicado en el libro inédito Ella y yo. Diccionario personal de la trova.
 

Se le ha comparado con un gnomo, con un duende, con un mago, y no falta quien lo asocie con el villano de los thrillers, a juzgar por su vestuario negro, sus botas y sus gafas de sol que usa hasta de noche.

Imagen: La Jiribilla

A mí me parece más bien un ángel, pero un ángel rebelde, a punto siempre de caer; mas de ese acto iconoclasta lo salva entonces la frase justa que lo reingresa al cielo o le abre paraísos inéditos.

Carlos Varela es un príncipe de la ciudad, el pequeño príncipe que ha radiografiado como nadie las pesadillas y los resplandores urbanos, los conflictos que se dan en una de las más singulares capitales del mundo, en meridianos históricamente concretos: La Habana, después de los 80, en que comenzaron a ser conocidas, y pronto muy populares, sus canciones.

Con esa voz pequeña pero bien encauzada, que cuando no puede llegar más lejos emplea oportunamente el falsete, Carlos ha estudiado de modo preciso y muy gráfico —he ahí uno de sus méritos— las colisiones generacionales en obras como “Guillermo Tell”, todo un mito, y “El día que lo dividieron todo”.

El tema de la familia, escindida por grietas propias o por las desgarraduras del exilio, se torna una constante en su obra, con renovada fuerza en los 90: “Foto de familia”, “Desde ningún lugar”, “Lucas y Lucía”, por ejemplo, lo cual no le impide insistir en su gran obsesión: las peculiaridades de su generación, a partir de ese clásico que emite sus ideas desde un emblemático sitio del Vedado, “Jalisco Park”.

Los sueños truncos, el amor que salva de cualquier desgracia (hasta cuando se perpetúa en “Grafittis de amor”)  las pequeñas cosas que escapan a pupilas no avisadas, la política “que no cabe en la azucarera” pero se respira en todo, puebla su excelente Como los peces y vuelve a un disco posterior, más íntimo, Nubes.

Carlos ha heredado de su maestro, Silvio Rodríguez, el aire filosófico que rodea todas sus canciones, aunque desde un lenguaje más directo, no ausente sin embargo del toque poético que las hace trascender, las diferencia del panfleto.

No hay, dentro de su promoción, otro cantautor con el poder de convocatoria de Carlos Varela, y uno siente que, inmersos en la soledad que propone el disco, o entre la multitud del concierto, junto a su pequeña silueta “en blanco y negro”, están presentes también Sindo y Matamoros, Bob Dylan y Charly García, Jackson Browne e Iván Lins, Bola de Nieve y Pablo, y tantos otros queridos fantasmas que gravitan sobre sus sentidos temas, que coreamos y aplaudimos entonces, como lo hicimos hace poco en un abarrotada Sala Covarrubias del Teatro Nacional, con la certeza de que nos representan y por lo tanto, nos pertenecen.

Imagen: La Jiribilla

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato