Aldo López-Gavilán

El hombre detrás de la música

Abel Sánchez • La Habana, Cuba

¿Dónde está mi gente de La Habana?”, pregunta Carlos Varela y la multitud responde en un solo e ininteligible alarido. Todos los ojos están fijos en él, esta es su noche, 30 años de canciones y conciertos desembocan aquí, en un Teatro Nacional que le queda pequeño. A un lado del escenario, parapetado tras el piano, le acompaña un hombre de ademanes parcos, casi tímidos. Parece uno de esos pianistas de salón que, desde su rincón, espían a ratos para comprobar si alguien los escucha. Pero este apenas se fija en el público. En cambio, mira a Carlos, a los músicos, a la Orquesta de Cámara de La Habana que toca tras ellos, a la partitura frente a él, vela por cada detalle, porque cada nota suene cuando debe.

Imagen: La Jiribilla

Se trata de Aldo López-Gavilán, y aunque el protagonista de esta noche, el showman indiscutible es Varela, fue él quien compuso los arreglos para el concierto. Fue él quien tomó esas canciones que hablan de la desilusión, el miedo, el amor, la separación, la rabia, y les incorporó una orquestación tan certera, que parece haber nacido junto con ellas.

Unos días atrás, durante el descanso entre las largas sesiones de ensayo en los estudios Abdala, Aldo, mucho más tranquilo y sonriente que ahora sobre el escenario, me contó cómo llegó a trabajar con Varela. Todo comenzó un año atrás cuando los dos ofrecieron juntos una gira de conciertos por países de Sudamérica. Allí surgió la idea de este concierto, donde él estaría a cargo de los arreglos y la dirección musical.

“Debo confesar —contaba— que es la primera vez que hago este trabajo para otra persona y al principio fue un poco difícil romper el hielo, precisamente porque no tenía claro qué línea seguir, si engrandecerlo o hacerlo más simple. Poco a poco me fui empapando mucho más de la música de Carlos, concentrándome en lo que sugerían sus canciones, y me di cuenta de que muchas no eran difíciles de orquestar, porque la misma canción me pedía lo que llevaba en la parte de las cuerdas.

“Nunca quise cargarlas demasiado, porque en estas canciones lo importante es la voz, la letra, la melodía. Si la orquesta se va musicalmente por encima, lo que intento hacer, que es apoyar el mensaje de la canción, pierde sentido. En algunos casos, no obstante, sí fue necesario componer una introducción orquestal un poco más compleja antes de entrar directamente en la versión original del tema. Algo así ocurrió con ‘Monedas al aire’, por ejemplo, esa fue una de las que más me inspiró y me permitió encontrar espacios para que la orquesta pudiese destacarse dentro del concierto. Por supuesto, siempre contando con la aprobación de Carlos, pues, a fin de cuentas, él es el creador de esas canciones”.

Imagen: La Jiribilla

Mientras ensayaban, Aldo hacía correcciones sobre la partitura. Comentaba los cambios con su esposa, Dayana García, al mando de la orquesta, y con Varela. Entre los tres discutían si modificar una nota aquí, agregar otra allá o alargar el tempo en tal parte. Así, en ese acople creativo, surgió la música que escuchamos esa noche.

“Carlos siempre está abierto a sugerencias —me comentaba Aldo—. Pero hay cosas con las que es muy quisquilloso porque siempre las ha hecho de una manera y no las va a cambiar nunca. De modo que cuando trabajas con él siempre hay una mezcla entre esos dos extremos, pero nos amoldamos muy bien. Yo siento mucho misticismo en la forma en que aborda las temáticas en sus textos. Además, es muy directo, sin rebuscamientos ni construcciones enrevesadas. Eso mismo intentamos hacer con la música: llegar a la profundidad a través de la sencillez”.

“Estoy totalmente identificado con lo que él dice en sus canciones —confesó poco después—, porque tienen que ver con mi generación”.

Y recordó cuando era niño y se sentaba a experimentar al piano, jugando a ser músico. En aquella época incluso se aventuraba a cantar un poco y muchas de las canciones que tarareaba, sentado en la banqueta con los pies colgando, eran de Carlos: “Algunas ya ni siquiera las canta, pero realmente me marcaron”.

Después vinieron los estudios, los conservatorios Manuel Saumell y Amadeo Roldán, la Academia de Música de Londres, los premios, sus cinco discos y una nominación al Grammy Latino. Hasta que la vida, que nunca deja de rodar con una mueca irónica en los labios, lo subió al escenario junto al ídolo de su infancia. Y, por si fuera poco, le dio la posibilidad de remodelar muchos de los temas que cantaba de niño.

“Hacer el arreglo de estas canciones para mí fue un gran placer y un gran honor. Aprendí muchísimo con este trabajo, porque me obligó a estudiar el género en que se mueve Carlos, así como las letras a las que yo, músico al fin, muchas veces no les prestaba demasiada atención. Por tanto, esta colaboración me ha hecho entrenarme, me ha dado experiencia musical y práctica”.

Esta noche se está grabando un DVD, Varela lo ha repetido insistentemente: todo lo que hagan, tanto ellos —los músicos— como nosotros —el público—, quedará registrado para siempre. Luego quién puede decir qué pasará, tal vez vuelvan a hacer una gira por Argentina, Chile y Uruguay, como aquella de hace un año, o ambos rumien un nuevo proyecto para trabajar juntos de nuevo. Ya se verá. En tanto, las canciones de Carlos suenan como nunca antes, como una ecléctica sinfonía de piano, violines, chelos, contrabajos, batería, guitarra eléctrica y voz ronca. Gracias, en gran parte, a ese hombre cabizbajo tras el piano.

Imagen: La Jiribilla

Comentarios

Un músico maravilloso. Su modo de interpretar es clásico y cubano, suelto y a la vez mesurado. Un artista que la cultura cubana debe tener en lo más alto.

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