El reflejo, revista  habanera
“con litografías”

Cira Romero • La Habana, Cuba

La Habana del año 1856 —más ampliamente los años que transcurren entre 1844, el del cuero, y 1868, cuando en octubre estalla la guerra— muestra un desarrollo bastante complejo por la disparidad de sus elementos integradores. Asumida consciente y decisivamente la nacionalidad cubana con un hondo sentido patriótico, lo nativo se abre paso dentro de un antiespañolismo que primero fue literario antes que político. Son años de reconocimiento y de autoafirmación de lo nacional en cada una de las manifestaciones culturales y fluyen como reflejo de los diversos conflictos epocales.

Un verdadero mosaico ideológico asoma en las publicaciones periódicas, unido a una calidad de impresión que hizo de estas el vehículo idóneo para dar fe de la labor cultural emprendida. Por su parte, las antologías poéticas contribuyen a subrayar el auge de este género, visible en textos como Cuba poética (1855), una de nuestras principales selecciones del xix, debida a José Fornaris y Joaquín Lorenzo Luaces; también América poética (1854-1856), publicada por Rafael María de Mendive y José de J. Quintiliano García, y el Álbum poético fotográfico de las escritoras cubanas (1868), a cargo de Domitila García de Coronado. Pero quizá la antología más sobresaliente de esos años, animada, además, por propósitos políticos, sea El laúd del desterrado (1852), editada por poetas cubanos que residían en Nueva York como emigrados y nacida gracias a la iniciativa de uno de ellos, Pedro Santacilia. Se publicó también lo que constituye, a juicio de Ambrosio Fornet, el “primer gran best seller nacional”, Cantos del siboney (1855), de Fornaris.

El surgimiento de El Reflejo (La Habana, 1856) se ve fortalecido, en el orden técnico, por el perfeccionamiento de los métodos y medios de impresión iniciados alrededor del año 1830 y ampliado a partir de la quinta década del siglo decimonónico. En los talleres se sustituyeron las antiguas prensas por las mecánicas y de vapor, lo cual redujo considerablemente el tiempo de proceso de producción y, por tanto, se abarató el proceso editorial de forma sustancial. La cantidad de periódicos que existían en La Habana arrojan cifras elocuentes: ocho en 1840 y 40 en 1857, en tanto que la cifra de libros publicados en ambos momentos arroja un aumento notable a partir de 1855, a pesar de la crisis económica. Lo cualitativo se vio además favorecido por la inclusión de litografías, grabados, figurines, partituras musicales y se difunde como novedad el caligrama, a partir de textos generalmente poéticos cuyas palabras están dispuestas de tal modo que representan los objetos que constituyen el tema del pasaje o del poema.

De todas estas novedades se apropia El Reflejo, “Publicación semanal de literatura, con litografías”, como se lee en la cubierta. Fueron su director y editor, respectivamente, Fernando Pié y Faura y M. de San Pedro del Álamo.  En el texto introductorio al primer número, aparecido a finales de agosto o comienzos de septiembre del citado año de 1856, se señala:

Ya dijimos en el prospecto de esta publicación —recordemos que existía una disposición del gobierno español de que cada publicación que salía a la luz debería estar precedida por una especie de anuncio que proclamara sus propósitos, además del correspondiente permiso oficial— los nombres de los conocidos escritores de quienes esperábamos esas útiles y bellas concepciones que, con muestras de honroso aprecio, acogen siempre los amantes del talento, en los diversos periódicos que se dignan proteger, y hoy podemos asegurar la cooperación que tanto anhelábamos, para el buen logro de nuestras ideas. El dulcísimo Mendive nos regalará sus blandos himnos; Vélez, el decano de los poetas de Cuba, nos cederá sus inspiradas odas y sus fáciles romances; Luaces, que con tanto ardor estudia a Anacreonte, nos escribe las ligeras estrofas que se consagran a Baco y al Amor.

Y continúa nombrando otros colaboradores: Felicia Auber de Noya, que firmaba sus folletines con solo su nombre de pila, Felipe Poey, Manuel Costales, Ramón Zambrana. También aparecen en sus páginas textos de Antonio Sellén, Rafael A. Toymil, Tristán de Jesús Medina y Felipe López de Briñas.

Al revisar las páginas de la revista se advierte la preferencia por la poesía —la convierte en casi una verdadera antología de lo publicado en ese año—, pero incluyeron cuentos, artículos morales, notas biográficas, apuntes sobre viajes y trabajos traducidos del inglés.

El ya nombrado “decano de los poetas cubanos” —había nacido en 1808—, Ramón Vélez Herrera, a juicio de Mendive “popular por su carácter, y más que esto, por la facilidad con que su pluma ha trazado en armoniosos versos la imagen de una hoja caída, el vuelo de un pájaro, el brillo de la estrella de Venus, la soledad de un valle”, dio a conocer en El Reflejo algunas de sus composiciones más conocidas y reproducidas, como “El guajiro poeta”, de la cual cito algunos fragmentos:

 

Una noche deliciosa

En el pueblo de Melena,

Al son del tiple y del güiro

Se juntaron las Sitieras.

La población celebraba

Al tierno amante de Elena

Que la palma arrebató

A López en la carrera.

Al deleite convidaba

Del aire la transparencia:

Copos de nieves fingían

Las nubecillas ligeras;

El céfiro susurrando

Jugaba en las arboledas,

Y las melodiosas auras

Alegraban las florestas.

                                               [...]

Por su parte, Joaquín Lorenzo Luaces, poeta considerado de excepción, sin imitadores, sin parentescos con otros poetas, consagrado a la estrofa clásica y el más destacado en este rumbo en aquellos años, pues pretendió “cubanizar” la anacreóntica, composición poética de carácter hedonístico, mostró en El Reflejo algunos de sus poemas más logrados, como “La caída de Missolonghi”, donde no se escapa al lector de su momento y tampoco al actual, la utilización de un escenario foráneo para burlar la censura política y alentar a la rebeldía contra España. Leamos:

................................................

   ¡Al arma todos! Al combate luego;

y que sepa Mahmud nuestro verdugo,

que el griego sable, quebrantando el yugo

el yagatán del bárbaro melló.

¡Al arma, al arma, desnudad el hierro!

¡Quebrantad las cabezas agarenas!

¡Rompedles en las frentes las cadenas,

y que expiren de rabia y de baldón!

   ¡Venganza, griegos; Missolonghi en ruinas

bajo el alfanje de Ibrahin cayó!

¡Halle siempre el muslim, cual en sus muros,

al griego muerto, pero esclavo no!

Como se sabe, Luaces estuvo muy cercano a los círculos independentistas y en su obra se mantuvo fiel a su oposición al gobierno español, que expresó con mayor elocuencia en sus versos de corte siboneyista, así como al reflejar sus ideas en composiciones dedicadas a Lincoln, Juárez y la lucha de los griegos y los polacos.

En una nota fechada en el número de El Reflejo correspondiente al 26 de octubre de 1856 se lee:

Convencidos con el Sr. editor o único dueño de este periódico, del cual nos encomendó la dirección y redacción solamente, por cuatro entregas, cuyo número se completa en la presente, y las que continuará dando a luz más adelante por hallarse en la actualidad entendiendo en asuntos de importancia que reclamen su presencia en diversos puntos retirados de esta ciudad, causa por la que nos abstuvimos hasta ahora de consagrar nuestras tareas a otra publicación de nuestra exclusiva propiedad y de la misma especie titulada El Mensagero [sic], esperamos que los Sres. suscriptores de El Reflejo admitan la anterior, que sin demora recibirán y donde se insertarán los filosóficos y aún no concluidos artículos [del] Sr. Pbro. D. Rafael A. Toymil, las comenzadas Críticas literarias y la novela (el final) que lleva por nombre Tragedia indiana.

A pesar de lo expresado, apareció una quinta entrega de El Reflejo, en tanto que El Mensagero [sic], subtitulado “Periódico semanal de amena literatura”, dirigido por Pié y Faura, ofreció su primer y, quizá único número, el 2 de noviembre de 1856. Su director apuntaba en un artículo inicial:

El Mensagero [sic], cada vez que se coloque en vuestras manos, os mostrará en sus páginas las sabias lecciones del sacerdote, los himnos del poeta, los principios correctivos del moralista, las curiosas observaciones del naturalista, las opiniones ilustradas del crítico, los variados artículos del literato, por último, y aún tal vez los humildes pensamientos del aplicado joven que oye obediente los consejos de la experiencia y de la instrucción. ¿Qué más os podemos brindar? ¿Queréis ciencias? — ¿Queréis arte?— Las tendréis sin duda.

En ese único número, que cuenta con poemas, crítica literaria y un artículo sobre moral, los trabajos aparecen firmados con seudónimos: El Triste, Malarrabia y Octavio.

El Reflejo no es una de las publicaciones culturales más importantes de nuestro siglo xix, aunque ha sido poco estudiada. Como se señaló antes, sus páginas pueden funcionar como una verdadera muestra antológica de lo mejor de la poesía cubana de la segunda mitad de la década del 50. Volver a ellas significa repasar momentos cumbre del quehacer de un grupo de intelectuales que, en su mayoría, se identificaban con la libertad de Cuba.

 

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