Castillo de San Pedro de la Roca, el Morro santiaguero:

Entre viejas historias y nuevas contiendas

Josefina Ortega • La Habana, Cuba
Fotos: Jorge Sariol

A la entrada de la bahía santiaguera, en un enorme promontorio, pueden verse los muros de una vieja fortaleza que el mundo conoce como el Morro de Santiago y cuyo nombre oficial es Castillo de San Pedro de la Roca.

Imagen: La Jiribilla

Su construcción se inició en 1638 bajo la dirección del ingeniero militar italiano Juan Bautista Antonelli, durante el mando del gobernador de Santiago de Cuba don Pedro de la Roca y Borja, del cual viene su nombre.

A la construcción del castillo en tierras del oriente cubano se sumaron también otros ingenieros como Juan de Ciscara Ibáñez y Francisco Pérez.

Afirman los especialistas que el castillo de San Pedro de la Roca presenta dos códigos constructivos: medieval y renacentista.

Imagen: La Jiribilla

En coherencia con la topografía del terreno y aprovechando los diferentes niveles del risco donde se ubica, la vieja fortaleza posee seis plataformas conocidas como de la Santísima Trinidad, de Adentro, de Nápoles, del Aljibe, del Santísimo Sacramento y del Morrillo, además de una Plaza de Armas y la casamatas de comunicaciones.

En sus celdas, durante las guerras de independencia, guardaron prisión muchos patriotas cubanos, entre quienes se encuentran el Mayor General Bartolomé Masó, Flor Crombet y Pedro Agustín Pérez; el General de División José Lacret Morlot e intelectuales como don Emilio Bacardí Moreau e incluso el capitán del ejército español Federico Capdevila quien, valientemente, defendiera a los estudiantes de Medicina fusilados en La Habana.

Imagen: La Jiribilla

Dentro de sus muros varias mujeres patriotas también sufrieron presidio, entre ellas Dominga Moncada, Concepción Araujo Calderón e Inocencia Araujo Villasana.

El Morro santiaguero asistió como mudo espectador a una de las batallas navales más famosas del siglo XIX, si es que se le puede llamar batalla al “fusilamiento” en que se convirtió la orden real española de ordenar la salida en zafarrancho a una escuadra española, inferior en número y capacidad combativa. Aquel 3 julio de 1891, la vieja fortaleza asistió impávida al horror de ver masacrada la armada al mando del almirante Pascual Cervera por una escuadra norteamericana. Uno a uno, ante el Morro, sucumbieron los cruceros acorazados Infanta María Teresa, Cristóbal Colón, Almirante Oquendo, y Vizcaya, y los destructores Furor y Plutón.

Imagen: La Jiribilla

Algunos expertos creen hoy que, de haberse desmontado los cañones de las naves hispanas y haberlos emplazado en tierra —incluso en el Morro―, el desastre podía haberse evitado. Al menos no habría entrado nave enemiga alguna a la bahía, ni habrían muerto más de 300 marinos españoles.

Trescientos veinticuatro años después de haberse culminado las obras constructivas del Morro santiaguero, comenzaba (1962) su larga ―y aún no concluida―, restauración, entonces bajo la dirección del doctor Francisco Prat Puig; todo un esfuerzo encaminado a abrir sus puertas como museo el 23 de julio de 1978.

Pero, lamentablemente, su ubicación muy alejada de la ciudad, dificulta que el Morro hoy sea un lugar que reciba toda la visita que merece. Y acoger también visitantes nacionales es su mayor deseo, desde que, a propuesta de la Comisión Provincial de Monumentos de Santiago de Cuba, fuera declarado Monumento Nacional, el 25 de diciembre de 1979.

Por los valores históricos y constructivos de este complejo y las obras defensivas que le son asociadas, en diciembre de 1997, fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Cada mes, piezas de pintores santiagueros se exhiben allí bajo el auspicio de la Asociación Hermanos Saíz y con el nombre de Nuevo Puente, como espacio alternativo y para dar vida a la institución.1

De vez en vez, la vieja trova santiaguera o lo mejor del canto coral de la Ciudad Héroe resuenan entre los viejos muros, mientras los clicks de las cámaras de los turistas intercambian guiños con baluartes y reductos.

Imagen: La Jiribilla

Hoy, cada tarde, puntualmente a las seis, un grupo de jóvenes reclutas del ejército cubano, vestidos como guerreros mambises del siglo XIX, realizan una sencilla ceremonia de un disparo a salva ―al grito de ¡Viva Cuba Libre!―, con un cañón de la época, llamado Caudillo, y proceden a arriar la bandera nacional que durante el día tremola orgullosa desde los muros de la vieja fortaleza santiaguera.

 

Notas:
1. En la actualidad, 10 piezas se exhiben en la expo colectiva conmemorativa Coloso, en homenaje a los 15 años de la declaración del sitio como Patrimonio de la Humanidad. Algunos cuadros tienen como tema el huracán Sandy que impactó la ciudad y que la fortaleza resistiera sin mayores daños.

 

 

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