Esencial para el alma del país

Isabel Monal • La Habana, Cuba

Mirta fue la expresión misma del intelectual orgánico del que hablaba Gramsci. Su compromiso con las causas más justas guiaron su vida. Su quehacer intelectual resulta incomprensible fuera de ese marco.

La conocí al triunfo de la Revolución, en el año 1959, cuando se me encargaron sucesivamente diversas tareas y responsabilidades en el ámbito cultural. La comunicación fue fácil y nos llevamos bien desde el principio. Claro, mis ideas en aquel momento no eran todavía las de una marxista y, menos aún, de una comunista; pero escuchaba mis opiniones de manera natural sin pretender forzar ningún cambio. Fue el proceso revolucionario mismo el que nos hizo a todos avanzar y transformarnos. A finales del año 60 necesitábamos en el Teatro Nacional de Cuba (TNC) alguien para cubrir la dirección del Departamento de Artes Escénicas, y Carlos Franqui, con quien tenía entonces una buena relación, me sugirió a Mirta para el cargo. No hay nada extraño en este suceso si se tiene en cuenta que en aquellos meses Carlos junto con algunos compañeros del periódico estaban en conversaciones con el grupo de compañeros del PSP que atendían la esfera cultural; buscaban entendimientos y el trabajo unitario, pensando en lo mejor para la cultura del país y sus grandes cambios. Ya sabemos que perdimos a Carlos para la Revolución tiempo después; pero en aquel momento su consejo permitió que Mirta entrara a trabajar en el TNC. No es posible mencionar todo lo bueno que hizo allí. Solo recordaré que empezamos entonces las puestas de Brecht. Cuando vio la amplitud del trabajo que veníamos haciendo con los grupos de aficionados y los primerísimos instructores de arte (que precisamente habían nacido en el TNC) propuso el Primer Festival de Teatro Obrero Campesino, que finalmente se realizó en enero o febrero del 61 en el Teatro Payret.

Mirta fue la expresión misma del intelectual orgánico del que hablaba Gramsci. Su compromiso con las causas más justas guiaron su vida. Su quehacer intelectual resulta incomprensible fuera
de ese marco.
Años después volvimos a trabajar juntas en la antigua Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, bajo la égida de Vicentina Antuña, en un momento que hoy todos coinciden en considerar como una experiencia excepcional de nuestra cultura. Y Mirta fue, precisamente, una de las figuras de referencia de aquel claustro que ha quedado para la historia. Claro que su carácter no era fácil, y ello no era secreto para nadie y menos aún para sus alumnos; pero Mirta era una persona justa e íntegra, con un sentido muy humano. Y era obvio también que era muy estimada y respetada por sus alumnos; como le escuché decir a uno de ellos: era “una profesoraza”...

No puedo referirme a la obra literaria de Mirta porque no es un terreno en el que pueda moverme con comodidad, aunque aprecie como corresponde su “Canción antigua al Che Guevara” y sus versos íntimos o para niños. Diré solamente que su ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz es absolutamente excepcional. Con rigor e intensidad analítica y una prosa tersa y enérgica, Mirta nos entrega una Sor Juana única, escondida hasta entonces a las luces de tantos. Privilegió en su exploración a la Juana mujer que defiende nada menos que los derechos de su sexo al saber y la ciencia y se enfrenta a todos los demonios. Esa Juana que se hizo nuestra precursora en pleno siglo XVII novomundista. Con minucia y visión amplia se adentra Mirta en la variada y rica proyección de la monja, y también en las circunstancias, los matices. Todo un ejemplo de lo que puede hacer un marxismo culto y abierto.

Imagen: La Jiribilla

Para mí —y para los que la conocían bien— esto no es sorpresa. Fue ella, cuando comencé erróneamente mi acercamiento sistemático al marxismo con los manuales y con ello la consecuente repulsa, la que me indicó dejarlos de lado e ir directamente a los clásicos.

La obra de Mirta en la cultura nacional y en el proceso revolucionario es altamente valiosa, y la historia le rendirá justicia. No tengo la menor duda de ello. Y en este año de prestigiosos centenarios la balanza no debe inclinarse por ninguno de ellos, todos fueron y son esenciales para el alma misma del país.

 

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