La Crónica

Esperando la 7

Amado del Pino • La Habana, Cuba

Primero: me alegra especialmente sumarme a los muchos que en Cuba y otras plazas del mundo celebran los 90 años de César Portillo de la Luz. Miles de hombres y mujeres de a pie levantarán su velita, o mejor, darán un aplauso breve y rítmico, como los que se regalan a los deportistas, para este hombre que ha puesto en notas musicales y palabras los sentimientos y las razones que nos han servido durante décadas para enamorar o para hacer más amable la melancolía.

Soy de la generación que iba al Sherezada —ese nigth club del Vedado, oscurito y propicio— donde podías abrazar a una muchacha que lo mismo se convertía, a la vuelta de los años, en tu mujer para toda o buena parte de la vida, que era olvidada al cabo de un par de semanas. Eran los últimos años de la década de los 70 y esos bares con música conservaban parte de su nombre en inglés (nigth club) y eran, efectivamente, algo para las noches. En el que nos ocupa —muy cerca de La Rampa, en los bajos del clásico edificio Focsa— se juntaban las voces de Portillo y la de otro bastión de nuestra canción sentimental: José Antonio Méndez.César siempre se ha sentido un cubano más, un hombre que  esperaba su guagua con la naturalidad de quien se sabe dueño sobre todo de su Obra, el cariño de su pueblo y de su guitarra.

Pocos años después, Portillo y su infaltable guitarra estarían en el Pico Blanco. Más aire, más en familia, pero de nuevo la fuerza de sus himnos amorosos, la canción nacida de sus manos y su imaginación sirviendo a los que tartamudean en la hora del descubrimiento o la confirmación del amor.

El gran compositor vivía entonces en El Cotorro. Para los que no son cubanos se trata de un pueblo con algo de barrio bastante alejado de la céntrica zona donde laboraba cada noche Portillo. El cambio de guagua —de la 10 a la 7— se producía en una parada cercana a Concha y Luyanó, a unos pasos de la célebre Virgen del Camino. Yo descendía de mi autobús y solo tenía que caminar un poco hasta mi cama de estudiante con vocación de bohemio. Y mientras llegaba la 7 de las dos o dos y media de la madrugada, conversé varias veces con el maestro.

La primera vez puede que haya disimulado que también seguía el recorrido o quien sabe si me sinceré y me propuse para llenar esos minutos de su espera. Portillo fue siempre un hombre muy serio. Sosteniendo sus cuerdas, sin sombra de alcohol, me comentaba sobre el tema ligero que cupiese en los minutos de la espera. Seguramente le conté que estudiaba Teatro, que quería ser dramaturgo. De lo que estoy seguro es que tenía desde entonces claro la importancia de aquel hombre sencillo, que esperaba su guagua, mientras los que le escucharon esa noche regresaban a casa con más ganas de vivir y soñar.

En los años posteriores me he encontrado bastante con César. Hombre cívico y apasionado de sus criterios, ha sido siempre una voz escuchada en las reuniones de intelectuales y gente de la Cultura. Estuvimos juntos como delegados en el Congreso de la Unión de Escritores y  Artistas de Cuba en que conocí a Tania. Ahí —pensándolo al cabo del tiempo— me hubiese venido bien que mi compañero fugaz en la parada de los 70, hubiese tomado la guitarra y levantado la voz para decir aquello de “No hay bella melodía/ en que no surjas tú...”.

César siempre se ha sentido un cubano más, un hombre que —antes de que llegaran con total justicia los derechos de autor que le proporcionan algunas comodidades— esperaba su guagua con la naturalidad de quien se sabe dueño sobre todo de su Obra, el cariño de su pueblo y de su guitarra.

Comentarios

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Me complace mucho que Amado esté de nuevo en La Jiribilla, felicidades.

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