Literatura

Estrategias del absurdo:
cinco cuentos breves de Virgilio Piñera

Daniel Díaz Mantilla • La Habana, Cuba

Suelen los narradores extenderse, robarle páginas al silencio y alargar sus relatos con descripciones y pasajes que podrían suprimirse o condensarse en pocas líneas sin que la historia narrada perdiera su sentido y su fuerza. Es el placer de contar —se dice—, el deseo de captar y retener la atención del lector tanto como sea posible. Suelen los lectores rendirse a este juego de entregar su tiempo a lo largo de párrafos y más párrafos. Es entretenido —se dice—, leer es un placer.

Pocas veces, sin embargo, el autor reduce y sintetiza, puliendo su relato y desnudándolo de cuanto pudiera ser accesorio, innecesario, para dejar en el texto solo el brillo filoso de una idea, de un suceso. En tales casos, como una suerte de explosivo verbal, compacto y óptimo, el cuento estalla casi de golpe en la mente del lector, breve e intenso como un relámpago en la noche, dejándole dentro su metralla paradójica, su reto: el lector tendrá que releer, que repensar, que interpretar ese mensaje súbito. Es una estrategia radicalmente distinta a la de aquellos narradores locuaces, una estrategia cimentada en las antípodas de ese barroco nacional que ejercieron con oficio Alejo Carpentier y José Lezama Lima. Es la estrategia que sigue Virgilio Piñera en sus Cuentos fríos (1956), y que retoma en El que vino a salvarme (1970) y en Un fogonazo (1987). Son cuentos breves en su mayor parte, donde el curso inusual de la historia —absurda si se quiere, o mejor: perplejizante— y su final repentino, dejan ver ciertas zonas turbias del comportamiento humano. Hay en ellos siempre una crítica mordaz, amplificada por el uso de la ironía y la exageración.

Léase por ejemplo “El infierno” (p. 73)1, donde el autor comienza por exponer sucintamente las diversas ideas que el hombre se hace de ese lugar en su infancia, su adolescencia, su adultez y su vejez, para entonces describir el modo en que, tras la muerte y durante un largo milenio de tormentos, el dolor y el sufrimiento se le vuelven rutinarios. El final llega con una pregunta cuando, tras unas pocas líneas, ese hombre puede al fin abandonar el infierno y —para nuestra sorpresa— se niega: “¿quién renuncia a una querida costumbre?” Sin mucho esfuerzo comprendemos, en solo un párrafo, que ese inframundo de castigos post mortem se parece demasiado a la vida; sin esfuerzo vemos el papel que se le concede a la costumbre como adaptación al sufrimiento, como sumisión, e incluso como gozo de una condena que de otro modo —pensamos— quizá podría evitarse. ¿Cuánto de sabiduría hay en esa aceptación del dolor, cuánto de masoquismo; es nuestro mundo un infierno o, por el contrario, somos nosotros quienes nos aclimatamos a las circunstancias adversas y, sin intentar cambiarlas, las hacemos perdurar? Son preguntas complejas y cargadas de implicaciones, preguntas que nacen con naturalidad tras la lectura de ese breve cuento, escrito con una economía de recursos extrema y aparente simplicidad, como si fuese fácil.

Esa crítica de la costumbre aparece también en “Belisario” (pp. 274-6), donde un tigre de Bengala, graduado en la Universidad de La Habana y casado con la hija de un millonario, es durante toda su vida un paradigma de bondad y comportamiento cívico. Respetuoso de las normas, tierno, amistoso, sus actos nunca dejan ver la naturaleza salvaje y violenta propia de una fiera. En torno a él, como es de suponer, las personas recelan de su comportamiento refinado y temen que un día salga a la luz “el animal perverso que llevaba dentro”. Pero Belisario vive hasta su vejez y muere sin que esos temores se cumplan. Solo en su lecho de muerte, al recibir la extremaunción, lanza un temible rugido y fallece, sin tiempo ya para recobrar “su verdadera naturaleza”. Es significativa aquí la coincidencia de fiera y ciudadano: por una parte, contrasta el proceder intachable del animal con las maquinaciones de la gente en torno suyo para inducir a su esposa a contrariarlo y, de ese modo, provocar un comportamiento agresivo; por otra, sujeto a las normas y las buenas costumbres hasta el último día, el tigre se aparta de su condición natural. De nuevo aquí Virgilio Piñera nos coloca ante la pregunta por la función de las costumbres y las normas sociales, su utilidad, sus aspectos negativos.

El autor apela al absurdo para arrojar luz sobre circunstancias nada raras. Ese es el caso también de “Tadeo” (pp. 298-302), donde el personaje protagónico, que acaba de cumplir 65 años y que durante toda su vida se comportó de modo intachable, empieza a sentir la irresistible necesidad de que otras personas lo carguen. Comprende las duras consecuencias que la satisfacción de esa necesidad va a acarrearle, pero decide afrontarlas. Así, visto como un loco o un perverso por la mayoría de la gente, Tadeo pierde su familia, su hogar, sus amigos, y vive como un indigente sin renunciar, confiando en que “tal vez, ya que predicaba con el ejemplo, los seres humanos podrían darse a la hermosa tarea de cargarse los unos a los otros”. Es, otra vez, la crítica de las costumbres: el enfrentamiento entre la prudencia que exigen las normas de conducta y la necesidad de afecto, entre la entrega sin límites y el recato.

El absurdo es uno de los recursos habituales de Piñera. Iconoclasta, experto en ironías e insolencias, el absurdo le sirve no solo para cuestionar las normas al uso, sino para construir inquietantes homenajes. Homenajes, digo y desconfío de mis palabras: ¿es posible algo así en un espíritu negador como Virgilio Piñera? No nos engañemos. En cierto sentido, “Tadeo” es también un homenaje a la perseverancia trágica, al sacrificio en pos de algo que es casi una quimera. Otro sacrificio absurdo, otro propósito imposible de lograr vemos en el cuento “La montaña” (p. 155), donde el personaje narrador se entrega a la descabellada tarea de devorar una cumbre de mil metros. Confía en que podrá lograrlo, poco a poco la ve perder redondez y altura, y aunque sabe que nadie querrá admitir que ha sido él quien se comió la montaña, insiste día a día. No importa si lo logra, si fracasa o se gana el escarnio de sus congéneres. En la etapa final de su vida, Virgilio Piñera conoció el escarnio y el silenciamiento, pero siguió escribiendo, asido a una esperanza que sin duda muchos creyeron absurda, convencido —como nos cuenta Antón Arrufat” “de que la marginación que sufría tendría fin”2. Siempre fue un marginal y un ciudadano incómodo en el ambiente literario. Estas circunstancias lo acercan, de alguna manera, a los protagonistas de “Tadeo” y “La montaña”.

“La muerte de las aves” (p. 257), uno de sus últimos cuentos y también uno de los más perturbadores, parte de un hecho inexplicable: la repentina muerte de todas las aves. Es un hecho, el narrador muestra y evalúa cada una de las posibles explicaciones que se le ha dado a esa muerte, pero ninguna resulta muy creíble. Tampoco es creíble que las aves hayan muerto en masa, simultáneamente. Sin embargo, es un hecho y estamos forzados a admitirlo. De pronto, en un crepitar de llamas, las aves levantan el vuelo. Si no hubo explicación para su muerte, sí la hay para su resurrección: la ficción del escritor —dice Piñera— les ha devuelto a la vida y “solo con la muerte de la literatura volverían a caer abatidas en tierra”. No es desatinado, pienso, ver aquí un homenaje a la literatura, al escritor que transforma con sus ficciones una realidad terrible, reescribiendo los hechos, transformándolos para dar sentido y belleza a un mundo que, de otro modo, sería árido, inhabitable. En este relato, Virgilio Piñera lleva a cabo una inversión radical: la muerte de las aves no es lo absurdo, es real aquí, tangible; lo absurdo, lo aparentemente imposible, es su restitución a la vida, una suerte de milagro que solo el escritor puede realizar, solo el arte.

El tono irreverente y desacralizador que domina gran parte de su obra literaria, la ironía y la mordacidad que lo caracterizan, puede hacernos pensar que nada sagrado o digno de respeto hubo para él. Pero su propia existencia y algunas de sus páginas confirman lo contrario. La entrega a un propósito que a todas luces parece irrealizable, pero que ennoblece al ser humano, fue su compromiso. Con ese afán afiló sus armas —su lenguaje— y desafió las más arduas circunstancias.

 

1- Todas las citas han sido tomadas de Virgilio Piñera: Cuentos completos, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011.
2- Antón Arrufat: “Un poco de Piñera”, Op, cit., p. 13.

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