Felicitando a Mirta Yáñez

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Presentar a Mirta Yáñez puede parecer  tarea fácil, por lo conocida que es, pero es labor compleja, dada la versatilidad de su obra. Ignoro cómo prefiere ella ser reconocida: si como poeta, o como ensayista, como narradora en cualquiera de sus variantes, o como profesora y antologadora. Cada quien tendrá sus gustos particulares a la hora de elegir cuál de entre tantos, es el mejor desempeño de esta autora, que acompaña y alienta sobre todo a las mujeres escritoras. A ella y a Marilyn Bobes debemos, como he dicho en reiteradas ocasiones, el desyerbe del arduo camino que al cabo podemos transitar las narradoras actuales, sin grandes contratiempos. Mencionar los nombres de las múltiples antologías que Mirta ha realizado, con sus respectivas introducciones para Cuba y para varias editoriales extranjeras, sería ocupar un espacio excesivamente largo. Pero no es posible dejar de señalar, por su importancia y trascendencia, el trabajo suyo para la mítica antología Estatuas de sal, que ha merecido ya varias ediciones hasta el presente.  

Si me colocaran en la disyuntiva de seleccionar cuál de los géneros literarios es casi propiedad de Mirta Yáñez, diría que es el cuento. En este difícil arte de la escritura, ella despliega, a mi juicio, lo mejor de su pericia narrativa, entendiéndose como tal la conjugación entre la brevedad, el impacto de la anécdota y el uso adecuado del lenguaje. Baste decir que varias de sus narraciones (El búfalo ciego, El diablo son las cosas) se consideran clásicas dentro de la cuentística cubana. Desde que en el año 1976 viera la luz Todos los negros tomamos café, hasta su obra más reciente, Sangra por la herida, (a la cual dediqué una nota para Cubaliteraria en julio del año 2011) Mirta evidencia su gran capacidad fabuladora. Con un peculiar y auténtico sentido del humor, transita a través de su literatura por los conflictos humanos, universalizando lo que de local pueda existir en los ambientes genuinamente dibujados por su mano.

Mirta también es conocida como una mujer peleadora, irreverente; “conflictiva” se decía hace algunos años, y son famosas algunas de sus frases, que pasaron ipso facto al anecdotario del mundo literario del momento. No me atrevo a mencionarlas sin su consentimiento, pero son de tal agudeza, que seguramente la sobrevivirán a ella misma, y tal vez alguien intente apropiarse de la autoría de dichas expresiones orales.

Merecedora con justicia de cuatro Premios de la Crítica Literaria: El libro del romanticismo, ensayo; El diablo son las cosas y Falsos documentos; ambos libros de cuentos, y Sangra por la herida; novela,  impone un récord difícil no ya de superar sino incluso de igualar. Recientemente fue galardonada con el Premio de la Academia de la Lengua como reconocimiento al aporte a nuestro idioma que nos lega su novela Sangra por la herida.

Mucho se ha comentado acerca del sentido de humor de esta escritora, desplegado en la gran mayoría de sus textos. Ella misma, en ese libro inolvidable donde reunió varios de sus materiales ensayísticos, Del azafrán al lirio, sentenció lo que quizá ilustre con suficiente elocuencia rasgos de nuestra cultura: “a los cubanos de fuera y de dentro nos unen tres aristas del destino: la angustia por la identidad, la pesadumbre de la separación y la jocosidad a todo trance”.

Celebremos pues, la persistente enseñanza de esta autora cubanísima, las distinciones de las que ha sido acreedora, y el estímulo que para todos y todas representa su luminosa creación literaria.

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