Artes Escénicas

Fernando Hechavarría:
“Soy un animal de teatro”

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

Fernando Hechevarría —graduado en 1976 de la Escuela Nacional de Arte y quien es hoy uno de los actores más carismáticos y también más queridos por el público cubano—, en paralelo a su desempeño actoral asume con devota pasión (y casi sacerdocio) su labor como profesor del Instituto Superior de Arte.

Su paso por el teatro es sumamente relevante y lo ha llevado a encarnar personajes protagónicos en obras como Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, Fedra, La gaviota del autor, El Rey Lear, Escuadra hacia la muerte, El público, Morir de noche, Calle Cuba 80 bajo la lluvia, Molinos de viento, Los novios, La emboscada y, en estos momentos, realiza una exitosa temporada asumiendo el rol de Calígua, puesta que forma parte del repertorio de Teatro El Público desde 1996.

Con este artista que ha incursionado con éxito en largometrajes como Camino al edén (Daniel Díaz Torres), Ciudad en rojo (Rebeca Chávez), Trocadero 162, bajos (Tomás Piard), Y, sin embargo... (Rudy Mora), La piscina, (Carlos M. Quintela), Pon tu pensamiento en mí y Amor Vertical (ambas dirigidas por Arturo Sotto), entre otros, conversamos, sobre varios temas; el primero relacionado con la labor del maestro.

Imagen: La Jiribilla
Pon tu pensamiento en mi

 

“La pedagogía tiene dos caras: una es el tributo a personas que para mí son iconos de la Academia —no quiero mencionar nombres para que no se me quede nadie fuera—y que se enlaza con la segunda Academia, la de la vida: y esa es permanente. A esos que me formaron les debo todo lo que he aprendido en esta profesión.

“Por otra parte, comprendí que ejerciendo la pedagogía, haciéndola todos los días, es una manera de crecer. El ser profesor te obliga a estar constantemente renovándote, cuestionándote mecanismos, criterios, situaciones que van cambiando si no esencialmente —aunque en algunos casos sí—, por lo menos en perspectivas, en maneras de mirarse, en enfoques. El hecho de enfrentarse a jóvenes, a adolescentes, a personas con una mirada otra, y con diversas poéticas, te obliga a una preparación permanente. El ser maestro no te permite el lujo de anquilosarte o dormirte”.

Desde su experiencia como docente, ¿cuál considera que deba ser la característica que no puede faltarle a un maestro? 

La ética. Indiscutiblemente hay que tener un talento extraordinario para ejercer la pedagogía e insisto en el talento, por elemental que parezca el comentario, porque he comprobado en los últimos años que es un requisito indispensable, que algunos pretenden ignorar. El problema radica en que las academias no pueden ser el lugar donde se refugien los mediocres. Todo lo contrario: tiene que ser el sitio al que concurran los talentosos, los creadores paradigmáticos para esos estudiantes.

Lo difícil de eso es que no todos los paradigmáticos tienen condiciones para la pedagogía y, entonces, el círculo se cierra: deben ser personas en activo, muy talentosas, con un historial, con una obra hecha que, además, tengan condiciones para ejercer la pedagogía. Y uno de los requisitos imprescindibles y que encabeza ese listado —que es bastante largo— es, insisto, la ética.

Se afirma que existe una escuela cubana de ballet, ¿hay una escuela cubana de enseñanza del teatro?

No lo creo y que me perdonen los que piensan otra cosa. Nosotros hemos transitado por caminos muy tortuosos en la pedagogía teatral. Todo tiene un porqué y este no es el momento ni el lugar para analizarlo, pero ha conllevado a que en un determinado momento hayamos estado en hitos muy fructíferos y después por determinadas razones ha ido al piso; los planes se han destruido o desarticulado y se ha experimentado, desde mi perspectiva, de manera desafortunada. No estoy en contra de la experimentación, lo que sucede es que la experimentación tiene una manera de hacerse, un lugar, un momento que solo es fructífero sobre la base de un dominio sólido de los rudimentos elementales de la actuación, de la voz, de los resortes sico-físicos; a partir de ese estatus, garantizamos con la experimentación el crecimiento del estudiante.

A nadie se le ocurre experimentar en química si no conoces lo elemental. Jerzy Grotowski, Eugenio Barba, Peter Brook, en fin, todos los grandes experimentadores, que además reconocen que lo que hacen tiene un profundo sentido de laboratorio, lo hicieron con actores  sólidos, que les permitían —a partir de una gran solvencia— empezar a buscar nuevos caminos. Luego, naturalmente aglutinan y forman jóvenes creadores dentro de sus poéticas, pero sin ignorar en esa formación el enorme caudal de recursos básicos que les permitió llegar a esos resultados renovadores, revitalizados, mirados a través de prismas diferentes; estamos de acuerdo, pero su presencia en el proceso formativo es indiscutible.

Reitero, la experimentación tiene que hacerse luego de poseer una base muy sólida y es la Academia la que propicia esa base. Por ejemplo, no se puede trabajar la voz si Ud. no sabe orgánica y clínicamente cómo funciona ese mecanismo fonatorio. Con voces pequeñas se pueden lograr excelentes resultados  y existen grandes voces desperdiciadas porque, sencillamente, no conocen lo que tienen ni el uso que pueden y deben darle.

Por lo tanto, es importantísimo conocer primero la base: no se puede descomponer la figura humana si Ud. no sabe componerla a la perfección —al menos eso me enseñaron cuando empecé a estudiar artes plásticas—. Con el paso del tiempo y la práctica me he dado cuenta que no existe otra manera de hacerlo: hay que comenzar por el abc y a partir de ahí edificar cosas mayores.

Imagen: La Jiribilla
Cuando el agua regrese a la tierra

 

En Cuba tenemos la Escuela Nacional de Arte (ENA) y el Instituto Superior de Arte (ISA), es decir, dos niveles de enseñanza para las artes dramáticas, ¿hasta qué punto estas academias han contribuido a formar actores y actrices de valía? 

Debo empezar por una aclaración para responderte esa pregunta: la Academia no es el único camino, la única vía para llegar a la creación artística. Hay ejemplos de extraordinarios creadores empíricos. Pero, ¿qué valor indiscutible tiene la Academia?: que permite, con un buen docente al frente, que el estudiante transite de manera coherente —en tiempo récord, dosificando armoniosamente los conocimientos y sin grandes tropiezos—  el proceso de aprendizaje y acceda, responsablemente, al mundo profesional con los saberes imprescindibles para lograr mediante la praxis, esa segunda escuela, la maduración profesional.  

Lo que a un autodidacta le puede costar 15 o 20 años aprender sobre la escena, a lo mejor en cinco años de academia, con mucho interés,  un buen maestro y el adecuado plan de estudio —y aquí se comienza a abrir el diapasón de requisitos de una buena academia—, se puede lograr. Eso es lo importante.

De las aulas cubanas han salido figuras extraordinarias como Isabel Santos, Beatriz Valdés, Luis Alberto García y muchísimos otros; pero también de la calle, de la praxis, han emergido, por ejemplo, la actriz Verónica Lynn o el actor Reynaldo Miravalles que son, sin duda alguna, maestros del arte dramático, formados fuera de las escuelas ortodoxas. Habría que hacer un estudio de cuán valioso eran los mecanismos utilizados por ellos para llegar a esos niveles de maestría. No obstante, es significativo el hecho que luego de lograda la excelencia, Verónica —para placer de muchas generaciones— ejerza la pedagogía en nuestras academias media y superior. Es una balanza que tiene un raro equilibrio. Indiscutiblemente, la formación profesional que da la Academia facilita el proceso, de eso no tengo dudas.

Ud. exhibe una larga y exitosa carrera: comenzó a hacer cine en 1973 con Manuel Octavio Gómez en la película La tierra y el cielo y hasta hoy no ha parado de trabajar para el séptimo arte y, también, su incursión en la televisión ha sido reiterada, ¿por qué continúa aferrado al teatro que es tan desgastante y, a veces, mal remunerado? 

Soy un hombre de los siglos XX y XXI y no niego el desarrollo y sé que para nosotros y con nosotros están hechos los medios; le tomo el gusto a los medios, sé la importancia que tienen, pero por otra parte soy un animal de teatro. Me formaron docentes extraordinarios que me enseñaron a amar el teatro de una manera visceral y he comprendido —en la academia por una parte y en la vida lo corroboré después— que lo que exige la praxis teatral no lo exige ningún otro medio. El teatro te obliga a crecer, a disparar y desarrollar tus propios resortes expresivos al máximo, a romper barreras   —incluso las propias— y eso no tiene precio. Además, el contacto con el público es único y extraordinario.

A cargo de Teatro El Público, se exhibe por estos días en La Habana la pieza teatral Calígula. ¿Qué ha significado para su carrera profesional?

Calígula es un reto y un regalo, ¡uno de los tantos obsequios que ese íntimo e insustituible amigo Carlos Díaz me ha hecho! Calígula es un privilegio para cualquier actor y en lo personal tuve esa suerte que en el año 1996-1997, Carlos confió en mí para darme el  personaje.

Imagen: La Jiribilla

Además, como esa puesta se ha convertido en un clásico de Teatro El Público es una responsabilidad tremenda llevar sobre tus hombros el peso de lo que es un icono de la compañía. El hecho de hacer Calígula, además de las connotaciones históricas, sociológicas, éticas, culturales que puede tener, desde el punto de vista profesional te permite quemar esos demonios que uno tiene, para bien y para el disfrute del prójimo, pero al mismo tiempo te obliga en cada puesta a crecer como persona, a cuestionarte cosas. Calígula es un regalo que eternamente voy a agradecer a Carlos Díaz.

Calígula, texto del novelista, ensayista y dramaturgo francés Albert Camus, fue escrito en 1957. De entonces a hoy ha pasado más de medio siglo. ¿Hasta qué punto la tesis de la obra en torno al poder y la corrupción está vigente?

La grandeza de esa pieza radica en su polisemia, en la cantidad de lecturas, de significados que tiene según el momento histórico que se viva. Para mí, Calígula se escribió hoy por la mañana y cada cual desde su perspectiva, desde su problemática, desde su realidad le da una valoración diferente. Pero no se puede negar que es un texto que se aviene perfectamente a la situación mundial —incluida la nacional— que estamos viviendo y hay que aplaudir su presencia en la dramaturgia teatral universal.

Imagen: La Jiribilla

¿Planes?

Acabo de concluir una película dirigida por Rudy Mora, con quien es siempre un placer trabajar, y en breve comienzo el rodaje de otro largometraje dirigido por Fernando Timossi, un guion digno de tener en cuenta —espero seamos capaces de hacerle honor y llevarlo a vías de hecho como merece porque me ilusiona mucho—. Continúo con Teatro El Público y Calígula durante diciembre y en el 2013 participaré en dos series para la televisión, además de mi labor docente, que pienso mantener.           

Comentarios

Este actor es un SOL,en la pantalla grande,pequeña,en las tablas,es maravilloso Felicidades

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato