La fille mal gardée en el pórtico del festival

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba
Fotos: Nancy Reyes

El 23 Festival Internacional de Ballet de La Habana fue inaugurado con una gala en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional, que incluía una obra más que bicentenaria. Se trata de La fille mal gardée  —es decir, “La hija mal guardada”—, comedia–ballet en dos actos y tres cuadros, que subió a escena por primera vez en la ciudad francesa de Burdeos, en 1789. El Ballet Nacional la ha mantenido en activo dentro de su repertorio desde 1952 y por sus elencos han pasado la mayor parte de las figuras notorias del ballet cubano, encabezadas por Alicia Alonso.

Imagen: La Jiribilla

En esta ocasión el rol protagónico de Lisette estuvo confiado a la primera bailarina Anette Delgado y el de Colin a Dani Hernández, mientras que el papel mímico de Mamá Simone estaba a cargo del experimentado maître Félix Rodríguez. Los intérpretes hicieron las delicias del público con su gracia natural, espíritu histriónico y respeto por los rasgos estilísticos de una obra que no envejece, gracias a la cuidadosa versión que hiciera Alicia Alonso de la original.

Lo singular de la pieza en el momento de su estreno era su ruptura con la solemnidad y el exotismo de los ballets de corte para entrar en un ámbito eminentemente burgués. Desechaba los argumentos históricos y mitológicos tradicionales y situaba en la escena tipos cómicos contemporáneos: la madre campesina que quiere casar por interés a su hija, el rico heredero tonto, las casamenteras. El propósito era hacer crítica de costumbres a partir de la danza y el humor, tal y como el libertino Caron de Beaumarchais había hecho en la comedia dramática con El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro. No eran extrañas estas intenciones si se tiene en cuenta que Francia estaba a punto de presenciar la toma de la Bastilla y con ella, el inicio visible de la Revolución que transformaría la faz del país y la del mundo.

El creador de la pieza, llamado Jean Bercher, utilizaba el seudónimo de Jean Dauverbal. Este había sido discípulo de Jules Noverre, un maestro y coreógrafo cuyas ideas renovadoras quedaron plasmadas en sus Cartas sobre la danza y los ballets. Allí exponía su intención de renovar los montajes, eliminar de ellos la pompa cortesana y adecuar los argumentos, los pasos y los gestos a la sencillez de la naturaleza. Soñaba con un espectáculo que no fuera esclavo de los caprichos de los divos y divas de la danza sino que aplicara a la escena el pensamiento racionalista del Enciclopedismo francés. Aunque Dauverbal, bailarín brillante en su juventud, había sido un fuerte opositor de Noverre, por celos profesionales, fue él, en su madurez, con La fille mal gardée, quien mejor tradujo los principios del maestro.

A pesar de muchos avatares, la obra estaba destinada a perdurar en el repertorio del ballet y convertirse en un clásico. La partitura que acompañaba al espectáculo en su estreno se extravió, pero en 1828 se realizó una nueva producción con música de un popular compositor francés, Louis Joseph Hérold, autor de varias óperas y operetas de moda en su tiempo, lo que no impidió que en 1864 se realizara otra sobre una partitura de Johann Wilhem Hertel. Desde entonces, las compañías han escogido una de estas dos versiones como fuente de inspiración para los montajes actuales, por ejemplo la puesta que el coreógrafo Frederic Ashton realizó para el Royal Ballet inglés en 1960 partía de la puesta con música de Hérold, aunque el compositor y director de orquesta John Lanchberry “redondeó” caprichosamente la partitura con pasajes de la ópera El elíxir de amor, de Donizetti.

Imagen: La Jiribilla

Mientras La fille caía un tanto en el olvido durante el auge del ballet romántico en Francia a mediados del siglo XIX, fue trasplantada a Rusia por el bailarín y maestro Marius Petipa, que conocía una versión gala a partir de la cual rehizo la obra para la escena de San Petersburgo, con música de Hertel e incorporándole elementos de la técnica de ballet de su tiempo, que estaban ausentes en el original del siglo XVIII, como la estructura del divertimento que ocupa casi todo el segundo cuadro y la utilización de la técnica de puntas en el dúo de Lisette y Colin, que tenía un carácter casi puramente mímico en el original. 

Fue esta versión la que danzaron algunas estrellas rusas como Tamara Karsavina y Anna Pavlova, quienes conservaron en su repertorio el célebre pas de deux, aunque la obra no se ponía con demasiada frecuencia en las primeras décadas del siglo XX.

En EE.UU. se estrenó en 1938 un montaje de la obra, en versión del bailarín y coreógrafo ruso Mikhail Mordkin para su compañía, de la que formaba parte el joven intérprete cubano Fernando Alonso. En 1940 la maestra rusa Bronislava Nijinska fue invitada a realizar algunas puestas en el American Ballet Theatre de Nueva York, entre ellas, el de La  fille que sería encabezado por una estrella norteamericana: Lucía Chase, quien había formado parte anteriormente del Mordkin Ballet. Como puede apreciarse, ambos montajes, con mínimas diferencias entre sí, derivaban de la versión rusa de Petipa, sobre la partitura de Hertel.

Alicia Alonso, quien ha confesado varias veces la atracción que el rol de Lisette ejercía sobre ella, pudo encarnarlo en el American Ballet Theatre en 1950, fecha un tanto tardía si se tiene en cuenta que ya había debutado exitosamente en Giselle y en otros roles estelares: El jardín de las lilas, El espectro de la rosa, Romeo y Julieta, Tema y variaciones, pero es muy probable que la Chase considerara como propia la obra, por haberse realizado para ella el primer montaje y no deseara competir con una rival tan poderosa.

Lo singular de la pieza en el momento de su estreno era su ruptura con la solemnidad y el exotismo de los ballets de corte para entrar en un ámbito eminentemente burgués. Desechaba los argumentos históricos y mitológicos tradicionales y situaba en la escena tipos cómicos contemporáneos...

Este ballet había sido estrenado en Cuba el 14 de febrero de 1816, por la compañía de baile de Joaquín González, que probablemente conservaba una coreografía muy cercana a la original y tenía como intérpretes a Luisa Ayra en el rol central femenino y, a otra mujer, Manuela García Gamborino, en el papel de Colin, lo que no era demasiado extraño en la época, cuando se producía una decadencia de la danza masculina por el dominio absoluto de la mujer en la escena, hasta el punto en que se llegó a abusar del recurso de travestir mujeres para desempeñarse como partenaires de la figura principal. Aunque el montaje fue recogido por la prensa habanera, no dejó particulares huellas en nuestra historia de la danza.

El 18 de marzo de 1952 el Ballet Alicia Alonso presentó en el Teatro Blanquita —hoy Karl Marx— un montaje integral de la obra, en versión de la propia Alicia, con escenografía de Luis Márquez y vestuario de Ernestina del Hoyo. Esta puesta cubana de La fille es la base de la que poseen hoy en su repertorio, con algunas diferencias, el Ballet Nacional de Cuba y el Ballet de Camagüey, pero además ha sido montada por Alicia o algún maestro de la Isla en escenarios de Pekín, Ciudad México, Praga y hasta en la Ópera de Plovdiv, en Bulgaria.

La obra fue muy bien acogida en Cuba desde su estreno, a ella se refiere José Lezama Lima, cuando nos dice en Fiesta de Alicia Alonso, con su infatigable imaginación: “Si ella baila una obra del siglo XVIII nos está resolviendo vitrales de Amelia Peláez.”

En el rol central de Lisette han tenido actuaciones memorables la propia Alicia Alonso, Mirta Pla, Aurora Bosch, Loipa Araújo y Aida Villoch, entre otras figuras, así como en el rol mímico de Mamá Simone, realizado por un bailarín en travesti se recuerdan especialmente las actuaciones de José Parés, Alberto Méndez, Adolfo Roval y José Antonio Chávez.

Imagen: La Jiribilla

Aunque varias compañías en el mundo, incluido el Ballet Nacional de Cuba, han realizado versiones o reconstrucciones de obras más antiguas, este ballet sigue resultando el más añejo de los espectáculos que conserva grandes zonas intocadas del original. Pero a esto habría que añadir que, mientras otros títulos caen en el olvido, por ser apenas curiosidades museables, con sus más de dos siglos de existencia La fille mal gardée conserva intactos su gracia, su humor y su fácil comunicación con el público actual, que dan cuenta de una vital juventud.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato