Fito

Eduardo del Llano • La Habana, Cuba

Después de varios años de ausencia, Fito Páez ofreció un concierto al público cubano el pasado cinco de diciembre, en el teatro Karl Marx.

Conseguir entradas para esta clase de espectáculos es tan difícil como lo fue en mi infancia reservar turno por teléfono para comprar juguetes y que te tocara el primer día, o ahora conseguir cebolla cuando se pierde. Sin embargo, al final tienes la impresión de que todo el mundo resuelve, de que todo el que ves nervioso afuera, buscando una vía para entrar, acaba haciéndolo. Así, el teatro tenía la densidad de población de un bote del Titanic o el metro de Tokio en horas pico. El flaco salió y anunció que primero pasaría el documental de un reciente concierto en Buenos Aires por el  aniversario 20 del disco El amor después del amor, y después cantaría algo. Demasiado bueno para ser cierto, pensé, ahora hay que sonarse hora y media de catarsis ajena para luego escucharle un par de temas en vivo, y eso será todo; total, el cubano aguanta cualquier cosa.

Imagen: La Jiribilla

Por suerte me equivoqué, y conmigo el grueso de los concurrentes que, seguro, pensaron lo mismo. El documental estuvo bien, pero la actuación de Fito al piano después de la película fue, como diría Kelvis Ochoa, “lo más grande de la vida”. El argentino arrancó con 11 y 6, siguió con un medley de “Ámbar violeta” y “Giros”, y luego, bueno, se sucedieron entre otras “Senza una donna” (en sorpresivo dúo con Zucchero, que haría lo suyo en el ISA tres días más tarde); “El breve espacio en que no estás”, con Robertico Carcassés al piano; “Tira tu cable a tierra”, con Santiago Feliú; “Un vestido y un amor”; “Dar es dar”; “Al lado del camino”; un trozo de “Sueño con serpientes”, para terminar con una conmovedora versión a capella de “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. El público flotaba dos centímetros por encima de las sufridas butacas.

Estuve ahí durante el primer concierto habanero del rosarino, en la segunda mitad de los 80, y luego en otro recital en la Plaza de la Revolución. Antes, socios como Frank Delgado me habían pasado cosas de argentinos insignes, del calibre de Baglietto (a quien también tuve la suerte de ver en el Karl Marx) y el gran Charly, pero al descubrir a Fito lo seguí disco tras disco. Y no solo yo: se ganó a los cubanos, y hay numerosos indicios (canciones, amistades, visitas) de que La Habana, a su vez, se enlistó muy arriba entre sus amores.

Conservo una grabación pirata de un viejo concierto de Fito en el mismo recinto habanero en junio de 1993, y de otro posterior, solo a piano. Lo vi alguna vez en el Hotel Nacional durante el Festival de cine, cuando trajo sus películas. Lo envidié a muerte, como todo el mundo, por haber tenido a Cecilia. Fuera de Cuba me ocurrió a menudo que me encontraba invitado en casa de alguien y entonces un tipo cogía una guitarra y empezaba a cantar “Un vestido y un amor”, y todos los latinos le hacíamos un coro bastante prescindible. Ahora bien, si existiera un club de fans de Fito en La Habana, el presidente sería mi amigo el actor Carlos Gonzalvo.

El amor de Páez y La Habana, como queda dicho, viene de lejos. Y el reencuentro fue exactamente el de viejos amantes. La del cinco de diciembre fue una noche extraordinaria para nosotros, pero apostaría que también para él.

 

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