Artes Plásticas

Flora Fong: “Pinto según las emociones”

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

Flora Fong es, en estos momentos, una de las artistas de la plástica cubana más consolidadas en el panorama contemporáneo insular y, también, con una presencia internacional muy destacada.

Su obra, por ejemplo, estuvo presente en el Dallas Art Fair, de Chicago; la Feria de Arte de Houston, Texas; Ciudades Creativas del Mundo, London Barbican Center, Londres; KIAF, Feria Internacional de Arte Iberoamericana en Seúl, Corea del Sur, y en distintos eventos en EE.UU.

Con esas novedades como pretexto, conversamos con Flora (nacida el 8 de noviembre de 1949, Camagüey) sobre diversos temas que tienen que ver con su proceso creativo, sus inquietudes artísticas, la familia y su rol como madre de dos hijos que han seguido sus pasos.

Imagen: La Jiribilla

“Desde preescolar estaba pintando y por mi pupitre pasaban los dibujos de los demás niños: es algo que nunca olvido. Cuando estaba en sexto grado, mi familia se percató de que tenía mucho interés; me llevaron a la Escuela de Artes Plásticas de Camagüey y recuerdo que matriculé en un curso de verano junto con un grupo de compañeras de la escuela. Todas abandonaron y me quedé sola.

“Al llegar a la Secundaria Básica, matriculé en un curso nocturno (en aquel momento teníamos doble sesión durante el día). Así estuve en la escuela de Camagüey durante cuatro cursos y, realmente, fue un sacrificio; pero para mí era la concreción de una pasión que quería expresar a través de los colores y del dibujo. Tuve profesores de excelencia y todos los días descubría algo nuevo. Empecé estudiando la estatuaria griega que era muy difícil, pero apasionante.

“Aprendí los procedimientos que se empleaban en la antigua academia y fui consolidando la metodología de la enseñanza de las artes plásticas; me acerqué a los principios de la escultura de la mano del profesor Francisco  Antigua, Pancho; no puedo dejar de mencionar a Juan Vázquez y a Raúl Santoserpa, que fueron mis maestros en el último año de la escuela”.

Imagen: La Jiribilla

¿Tenía alguna influencia familiar, alguien que la inspirara?

Mi padre, quien tenía grandes habilidades artesanales, confeccionaba para nosotros cometas o papalotes chinos que eran realmente muy hermosos y que implicaban una tremenda complejidad en su realización. Me acuerdo, por ejemplo, de los pájaros que se unían por una cuerda, pero eran independientes, incluso movían las alas y emitían sonidos gracias a un silbato que se hacía de bambú. También diseñaba dragones y otros tipos de cometas. Tal vez, por ahí venga una influencia.
De pequeña, además, observaba los cuadros que había en la sala, el comedor y la cocina de mi casa y trataba de imitarlos. Con papel y lápiz hacía muchas cosas de mi inspiración.

Pasado el tiempo, el tema de las cometas y los papalotes lo retomó con fuerza…

Sí, en La Habana. La Escuela Nacional de Arte (ENA) fue una revelación en el sentido creativo y, además, forma parte de la juventud que siempre es un recuerdo hermoso.

En la ENA el trabajo tenía un carácter organizado, sistemático, con disciplina y tesón; laborábamos hasta muy tarde, incluso en las madrugadas. Era un método fuerte, pero todos teníamos un interés inmenso. No cabe duda de que esa fue la época de oro de la ENA y la evoco como algo sorprendentemente bello y formador.

Imagen: La Jiribilla

Los de su generación (la llamada Generación de los 70) tuvieron el grandísimo privilegio de tener como profesores a grandes artistas.

Sí. Antonia Eiriz, Sandú Darié, Servando Cabrera, Félix Beltrán, Luis Martínez Pedro, Fernando Luis, quien falleció tempranamente, Maciques, Abela, Alpízar, Yánez y Fayad Jamís, a quien recuerdo con mucho cariño porque tenía una forma muy particular de impartir las clases. En la especialidad de grabado teníamos un profesor peruano, Espinosa Dueña, que nos enseñó la disciplina del taller y el trabajo en equipo.

En ese momento, en la ENA existía una interrelación muy grande entre las otras especialidades como la música, la danza y el teatro…

Como estábamos becados, a la hora del almuerzo y la comida nos uníamos y ese era el momento del encuentro. Los alumnos de ballet, de danza, de teatro formaban grupos y los de plástica se unían; esto ocurría, sobre todo, en la etapa de la escuela al campo. Los matutinos de la ENA eran espectaculares, algunos de ellos constituían verdaderas explosiones de creatividad.

Imagen: La Jiribilla

Cuando egresó de la ENA, en 1970, fue a impartir clases en la Academia de Artes San Alejandro, donde se mantuvo hasta 1989. ¡Diecinueve años como docente! ¿Qué la hizo permanecer durante tanto tiempo apegada a la pedagogía? ¿Qué le aportó?

Siempre me gustó la pedagogía e impartir clases de artes plásticas fue importantísimo para mí. Hubo varios programas de estudio que fueron cambiando y cada año teníamos que ir variando de acuerdo con la realidad, porque atravesamos varias etapas difíciles, con carencias materiales y eso nos obligaba a ser muy creativos con los programas de estudio.

Impartí clases a un mismo grupo durante dos años consecutivos —estoy hablando de la generación de los 80, entre los que estaban José Bedia, que no fue mi alumno propiamente, y también Ángel Ramírez, Ileana Mulet, María de los Ángeles, Luis Cabrera, Tomás Edson, Maité Díaz Peláez, por mencionar algunos — y la docencia fue una experiencia muy buena.

Estuve 19 años dando clases porque me gustaba. Al inicio, entre todos los alumnos que seleccionaron para hacer la práctica docente en la escuela quedé solo yo. Apenas comencé, asumí el tercer año de Pintura. Recuerdo que tuve alumnos que eran mayores que yo en edad. No olvido a uno —de apellido Serpa— que me miró y me dijo: “¿Y tú eres quien me va a dar clases a mí?”. Eso lo sentí como un reto, como un desafío y, de momento, me llené de coraje y le dije: “Sí, te voy a dar clases, vas a aprender y tendremos un curso muy interesante”. Y así fue.

Y para su obra, ¿fue útil esta experiencia, la retroalimentó?

Al interactuar con los alumnos, uno aprende. A mí me gustaba trabajar con la sicología de cada estudiante e indagar en sus intereses particulares, sobre todo, cuando alcanzaban el cuarto año y veías sus valores artísticos y los propósitos que tenían. En ese sentido, uno aprende muchísimo de los alumnos. La experiencia de la docencia es muy buena, pero llegó un momento en que tuve que hacer conciencia de que necesitaba más tiempo para mi obra. Por otro lado, dediqué también cinco importantes años a ayudar al Ejecutivo  Nacional de Artes Plásticas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ese trabajo fue totalmente voluntario y me robó tiempo.

Tiempo que se le restó a la creación.

Tiempo, incluso, que debía compartir con mis estudios de idioma chino en la escuela Abraham Lincoln. Estoy hablando de los años 1983-1984. En ese momento, tenía el marcado interés de incorporar esos elementos a mi pintura, y esa necesidad, requería el sacrificio de entender un poco el idioma y el por qué de la caligrafía.

Comencé a ir a las clases en la sesión nocturna. En ese periodo de mi vida tenía que dedicarles mucha atención a mis hijos y, la verdad, las labores de madre no tienen comparación.

Siempre digo que a la mujer  cubana hay que hacerle un monumento — ¡no, tres o cuatro!— por su alto grado de abnegación y porque con nosotras se ha podido contar en todos los momentos de la cotidianidad y de la vida de la nación. Hemos sido protagónicas y, muchas veces, no somos consideradas como debe de ser. La valoración hacia la mujer se ha quedado pequeña. Y, hoy por hoy, se hace evidente. Es triste, pero hay que reconocerlo.

Imagen: La Jiribilla

Como la mayoría de los artistas, Ud. ha transitado por varias etapas. En los inicios, el blanco le dio paso al color: adéntrenos en su obra.     

Tuve una época en la cual pinté mucho con empastes grandes de blanco, muy abiertos. Eso fue en los comienzos, cuando empecé a mirar el paisaje, el exterior. Pero, esa luz la veía a través del estudio del paisaje chino y me gustaba depurar entre aquellos brochazos gestuales y los grandes conceptos del espacio como tal. Fui enmarcando la obra en series.

Llegó la etapa de Los ciclones, serie que se ha quedado y que representa mucho en mi obra. En ella aparecen las palmas batidas por el viento que, aunque tienen que ver con el horizonte y nuestro campo, tienen en su origen un basamento a partir de la caligrafía china del bosque. Las palmas aciclonadas nacen del carácter de bosque. Esa estructura se fue moviendo paulatinamente y se volvió protagónica, sobre todo en los cuadros que hice sobre los ciclones. Obligatoriamente, aparecen los azules del mar. Luego, vino una serie que tiene que ver con el Caribe, con la luz y el mar de esa zona e incluyó cuadros muy explosivos en los que el color es fundamental. Pinto según las emociones y, de momento, siento la necesidad de poner el amarillo o el rojo y es algo que se va de mi control y que realizo con mucha pasión.  

Tengo entendido que las series son: Remolinos y ciclones, Caribe, Las Antillas y Bahía ¿Se puede afirmar que Ud. es una artista que se mueve a partir de las series?

No se trata de que mi obra se mueva por las series, sino por las temáticas. Es una manera de ponerle orden y disciplinarse con el trabajo. Hice una serie de girasoles, pero no por el mero capricho de representar esas flores sino porque percibí que en un girasol encontraba un puente entre el concepto matérico y el puramente occidental; también hallé en esta flor un acercamiento a conceptos orientales en los que estaba muy inmersa. El girasol me brinda esa dualidad: por eso abordo esa flor y no otra.

Se dice que entre 1985 y 1986 hay un giro conceptual dentro de su propuesta, ¿es así?

Dicen los críticos que en una primera etapa mi pintura tenía que ver con el realismo mágico. El cuadro que está en el Museo Nacional de Bellas Artes —el que se exhibe, porque hay otros más— titulado “La boda”, es una mirada al interior, al mundo del hogar y de la vida íntima de pareja, de familia. Esa primera etapa es así: como si abriera una ventana, me asomara y descubriera la luz, el color y otra manera de expresión.

La verdad es que varias circunstancias confluyeron —incluso coincidió con mi divorcio del pintor Nelson Domínguez, el padre de mis dos hijos—. Los problemas sentimentales inciden, uno no está exento porque nuestra vida como artista es tan común como la de cualquier otra persona; pero, de alguna manera, todos esos sentimientos se reflejan en la obra.

En ese momento sentí que todo cambió, incluso, mi pintura. Esto no lo digo mucho ¡y menos públicamente! porque entraña una confesión íntima: los artistas —ya sean pintores, músicos, escritores, etc.— somos seres humanos y todos los acontecimientos de la vida te influyen y te golpean. Por ejemplo, luego de la Tormenta del siglo, recuerdo que salí a caminar por Miramar y me impresionó tanto ver los desastres que casi inmediatamente hice un cuadro que titulé, justamente, “La tormenta del siglo”. La recurrencia de los ciclones me ha dado motivos para volver a abordar el tema y siempre de una manera diferente. El trabajo es lo que más me satisface.

Cuando Ud. habla de mirar hacia adentro y luego abrir ventanas, se refiere a la etapa en que nacieron obras como “Huele a café”, “La cafetera de jardín” y “Colada en el segundo piso”.

No, esas obras vinieron después. Cuando digo abrir ventanas me refiero a la obra de los años 1982- 1983 y hasta el 1986, más o menos. Pero, por ejemplo, en cuanto a las esculturas, voy a revelar que los bocetos estuvieron guardados desde la Primera Bienal de Artes Plásticas de La Habana, efectuada en 1984, en la que participé junto con dos especialistas chinos. Hicimos un taller en La Habana con la cometa china como punto de partida creativo y dejé atesorados los bocetos durante más de 20 años.

La idea de hacer esas esculturas fue aplazándose por la vorágine del propio trabajo que me inclinó hacia la vertiente de la pintura de una manera muy fuerte. Los años 90 fueron de consolidación de todo lo que me había propuesto con el estudio del idioma y de la caligrafía china para incorporarlo a la obra, y permanecí más de diez años intentando que ese propósito se convirtiera en realidad.

Llegó un momento en que todas las personas que veían mi obra, inmediatamente, la identificaban conmigo y en ese momento me sentía satisfecha porque me daba cuenta que había logrado un sello y que no había sido fácil —estamos hablando de una década—. Guardé esos bocetos con gran celo y en el año 2006, llegó el momento.

Comienzo a hacer las esculturas de gran formato en acero negro que luego se exhibieron en Bellas Artes; ¡el trabajo que pasé para lograr esas esculturas fue enorme!: fui a la fábrica Cubana de Acero, y traté de llevar a la tridimensión la caligrafía china y los caracteres cuadrados. Posteriormente, la Doctora Yolanda Wood hizo una magnífica crítica acerca de este trabajo.

Nunca olvidaré esa experiencia porque —entre el 2006 en que las hice hasta que se expusieron en el 2008— estuve dos años entre la parte de la maqueta y la realización. Por ejemplo, iba esa semana a la fábrica, trazaba todas las planchas con una especie de tiza y si coincidía con un viernes, y  por casualidad llovía, al llegar el lunes no quedaba nada porque el techo tenía agujeros grandes por los que entraba el agua. Nada perduraba y eso me ocurrió más de una vez, pero recomenzaba a trazarlo todo de nuevo.

Había una pieza que debía ser doblada con una máquina, ¡y qué trabajo costó doblar esa plancha para la escultura que titulé “Bosque tropical”! La pieza dio mucho trabajo, pero quedó preciosa. Las llevé al Consejo Asesor para el Desarrollo de la Escultura Monumentaria (CODEMA) y allí las terminé con esmalte sobre esos soportes. En el patio del Museo de Bellas Artes hay una titulada “Huele a café” y en el Museo Provincial de Camagüey quedó “La Pecera Tropical”.

En 1989 visitó China en un viaje de intercambio cultural. Ud. es hija de un chino con una cubana, ¿qué significó ese rencuentro con parte de sus raíces? 

Ese viaje fue impresionante, fui junto con la actriz Susana Pérez. El objetivo era abrir las relaciones culturales entre los dos países. Fue una visita muy emocionante. Al segundo día de estar allí comenté en el Círculo Artístico y Literario de China —que fue la institución que nos atendió— sobre lo bueno que sería encontrar a mis parientes. Ellos me dijeron que por qué no lo había dicho desde el primer día y yo respondí que, quizá, esa gestión durara un año o más.

Les mostré un carnet que era de mi papá en el que aparecía su nombre en chino y ese documento bastó para que ellos se remitieran a Cantón y a Tai Chang donde mi padre vivió toda su infancia. Ellos tienen un archivo que data de más de un siglo en el que aparecen los nombres de todos los chinos que vinieron a las Américas. Gracias a ese registro encontraron a la familia de mi papá.

A partir de ahí, todo el programa se supeditó al encuentro con los parientes. ¡Dieciocho parientes! —de ellos, cinco primos hermanos—. Fue muy emotivo. Ellos estaban dudosos de mí y yo de ellos, hasta que me mostraron un paquete de cartas que tenían la letra de mi papá, que reconocí de inmediato. Incluso, una foto de cuando yo era niña. No había duda.     

Y todos esos valores de la cultura china que tienen que ver con la perseverancia, la insistencia, la reverencia a los ancestros, ¿cuánto han pesado en su vida personal y en su vida como artista?

En mi vida como artista giré la cabeza del Occidente hacia el Oriente, y pensé que quién mejor que yo para profundizar en ese mundo asiático tan fascinante y en todo lo que tiene de aprendizaje para un artista plástico. Me di cuenta que tenía el deseo y el deber de hacerlo.

Di un cambio en los conceptos y en el trabajo que me estaba proponiendo, porque siempre he tenido muy claro que los artistas tenemos que estar al tanto de lo que acontece en el mundo contemporáneo de las artes; pero, al final, uno se tiene que quedar con uno mismo y sacar de adentro todo lo que tiene que decir y ver cómo lo va a expresar.

Siempre con esa bandera he desarrollado las diferentes series y me he movido lo mismo en la pintura, que en la cerámica, el diseño, el dibujo o la escultura. Hablamos de la escultura de gran formato, pero a partir de 2006 también empecé a hacer los bronces. La verdad es que no sé de dónde saqué tanta fuerza para trabajar, porque las dos exposiciones las hice en una etapa muy creativa.

Tiene dos hijos —Li y Liang— y ya habló de la gran importancia que le concede a la familia y a la maternidad. Ambos son artistas de la plástica y llevan los apellidos Domínguez y Fong. La verdad, no es fácil para ellos porque la vara está muy alta.

Ellos lo admiten y reconocen que es muy difícil ser artistas teniendo la madre y el padre que tienen. No hay duda que Nelson ha hecho su obra artística con mucha fuerza y ahí esta. Y yo he hecho lo mismo. No se trata de una competencia porque, simplemente, ambos llevamos el arte muy metido adentro.

A ninguno de mis dos hijos les inculqué ni los induje a que fueran artistas de la plástica, pero parece que eso está en los genes y desde muy pequeñitos tenían inclinaciones. Recuerdo que Li, con apenas cinco años, agarró un dremel e hizo un jinete sobre madera y bien proporcionado muy interesante y, además, a mano alzada. Hoy Li es graduado de la Academia de Artes San Alejandro.

Por su parte, Liang, también de niña hacía sus cosas y, actualmente, es egresada del Instituto Superior de Arte. Ella tiene una gran creatividad, además posee una línea muy particular a su manera oriental, pero con una iconografía personalísima. Li —y eso no lo digo yo solamente— tiene mano de pintor, posee una gran imaginación. En ambos casos, el orgullo de madre está latente.

Tengo un nieto de tres años que es quien me tiene adolorido los brazos porque es muy inquieto. Voy a compartir una anécdota: las pegatinas que están en el refrigerador tienen un cuadro de Vincent Van Gogh  y, al lado, una reproducción de “La Mona Lisa”. Se las mostré y repetí Van Gogh y Mona Lisa y ahora si le preguntas: “¿dónde está Van Gogh?”, va directo a señalarlo. Si no llega a ser pintor, al menos se va a mover en el mundo  de la cultura y la creación. Y eso es muy importante.

Debe ser muy estimulante vivir en una familia en la que sus integrantes tienen que ver con el arte ¡Imagino las discusiones! 

Tenemos problemas con el espacio: aquí no cabemos porque, sobre todo a Li, le gusta pintar obras en grande y se inclina por la escultura. Cuando empieza un proyecto cualquier cosa que le venga bien, la utiliza: lo mismo un ventilador que un galón de pintura blanca que tenía otro destino, que una batidora… cualquier cosa en función de un proyecto. Hizo un “Duende del bosque” para un cumpleaños mío y, luego, ese duende fue protagonista de otro proyecto. Es decir, todos estamos siempre inmersos en el mundo de la creación y generando arte.

Y en este momento, ¿a qué se dedica Ud.?    

Al estudio y a la meditación. Estoy muy metida en el mundo del Feng Shui, que es la energía del viento y del agua. La tierra como tal, cambió desde el 2004 —del periodo 7 al 8— y ahí estaremos hasta el 2024. Las casas, para que tengan buena energía, deben estar convertidas al número 8; es complicado y fascinante y estoy estudiando, investigando e indagando muy intensamente en torno a estos asuntos.

Ese tema y las cosas que se pueden hacer por mejorar la vida, las casas y los seres que las habitan me fascina. Todas estas investigaciones son una motivación para potenciar la temática dentro de la naturaleza de la montaña como un elemento que posee tanto simbolismo. 

¿Está naciendo una nueva serie, La montaña?

Hace unos años hubo un atisbo de La montaña y de hecho, la abordé. Pero ahora quiero enfocarla de muchas maneras. En estos momentos, solo estoy estudiando y pensando, aunque hago algunos bocetos.

¿Puedo concluir que Ud. está en un instante de meditación para recomenzar una nueva obra?

Recomenzar una nueva obra no creo. Pero, sí estoy en una nueva etapa de mi vida diferente en todos los aspectos y, quizá, eso es lo que me fascina de esta nueva etapa por venir. Voy hacia adelante con mucho optimismo.

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato