La fundación de la Federación Estudiantil Universitaria y el Prometeo de la Colina

Rolando Rodríguez • La Habana, Cuba

El 30 de septiembre de 1921 ingresó en la Universidad de La Habana, un joven de la capital, Nicanor McPartland, de 18 años, que había egresado como bachiller en ciencias y letras, del Instituto de Segunda Enseñanza, de Pinar del Río. En su inscripción de nacimiento se decía era hijo natural de Cecilia McPartland, natural de Hamshire, Inglaterra, soltera, y el infante había nacido a las 10 de la mañana de 25 de marzo de 1903, en Obispo 67. Uno de los testigos del acta era el sastre de origen dominicano Nicanor Mella. Nicanor McPartland quedaba inscripto como aspirante a recibir los títulos de doctor en Derecho civil y en Filosofía y letras. Ese joven se conocería más como Julio Antonio Mella.1

En 1918, al estremecimiento producido en el mundo por la Gran Guerra se unió el ocasionado por la Revolución de Octubre en Rusia y a su influjo, más o menos directo, los estudiantes hicieron estallar en la tricentenaria universidad argentina de Córdoba un movimiento democratizador, que a pesar de que a veces tuvo contornos inciertos, llevó a delinear demandas que para la época sonaban a pura utopía: docencia libre, erradicación de la enseñanza verbalista, gratuidad de la enseñanza, sacar a la calle las expresiones culturales de la universidad, cogobierno de profesores y estudiantes y autonomía universitaria. En Cuba estos reclamos podían encontrar ambiente propicio en el ámbito de la enseñanza superior, ya que las inmoralidades en medio de las cuales vivía el país se habían trasplantado a la universidad, al extremo de que el rector Gabriel Casuso Roque para reelegirse había apelado a un pucherazo, con lo cual desbancó a Evelio Rodríguez Lendián, candidato de la simpatía de los estudiantes. Sin duda esta bribonada podía parangonarse con la de García Menocal en 1917. Además, aparte de profesores ineptos incrustados de por vida en los claustros, había otros que llegaban a la prevaricación y las actitudes corruptas mediante el lucro con los textos o la conversión de la cátedra en sinecura, mientras en el orden docente primaba un tipo de enseñanza apegada a la escolática, y esto sin subrayar el estado de abandono en que se encontraba el centro y los recursos escasos que le destinaba el gobierno. Para colmo, la juventud universitaria de aquellos tiempos, aparentemente entregada a la risa y el bullicio, lista para la broma y el jolgorio, y a la que se creía preocupada únicamente por los estudios y el deporte, era lacerada subrepticiamente por el ambiente de sumisión de un país semicolonial.

De las primeras repercusiones en Cuba de los hechos de Córdoba, fue la manifestación de estudiantes de abril de 1920, contra los cambios en los planes docentes. Por igual, el envío de un delegado universitario al congreso continental, en México, motivado por los sucesos de Córdoba.2

Lo que a esas alturas ya comenzaba a regarse por los claustros de la universidad y había colmado la ira de los estudiantes fue la noticia de que la adulonería había traspasado todos los niveles de cordura: el rector de la universidad de La Habana, Gabriel Casuso, había propuesto descocadamente, el 3 de marzo de 1921, al claustro de la facultad de Derecho concederle el título de doctor Honoris Causa en derecho al general Enoch H. Crowder, por los méritos prestados a la República. Si el claustro de la facultad lo autorizaba, pasaría la proyectada designación a aprobación del claustro general de la universidad.3 Al parecer, los estudiantes habían creído que se pretendía hacer al general rector Honoris causa y se sumaba a la propuesta otorgar igual mérito al general Leonard Wood.

Un discurso antiyanqui que, tiempo atrás, había pronunciado el general y profesor de medicina, doctor Eusebio Hernández, en Cienfuegos, no había sido tan casual, como pudiera parecer. En la universidad se movían fuerzas patrióticas. Los estudiantes y algunos profesores se sentían herederos de los mártires de 1871, y en 1895 muchos de ellos habían marchado a la manigua. Tal sentimiento, más la conmoción causada por la crisis económica comenzada en 1920, que hizo temblar por primera vez el modelo económico cubano, había creado la desconfianza del país en sus bondades y sacudió la conciencia nacional, ya zaherida por las sucesivas defraudaciones de los gobiernos de la época, la enmienda Platt y el vasallaje respecto a EE.UU., todo lo cual se puso de manifiesto, de golpe y en un solo acto, en una protesta ante el Aula Magna.

El 15 de noviembre los estudiantes de derecho de la Universidad de La Habana habían publicado un manifiesto para desaprobar que se intentara hacer a Crowder y a Leonard Wood, rectores Honoris Causa de aquella alta casa de estudios. Aquel día en El Heraldo los estudiantes de derecho publicaron el manifiesto contra tamaña barbaridad en que, entre otras cosas, decían: “Los estudiantes que suscriben  pertenecientes todos a la Escuela de Derecho, se han enterado por la prensa de esta capital del propósito insólito que alguien abriga de hacer Rector Honoris Causa de nuestra Universidad a Mr. E. H. Crowder, juntamente con Leonardo Wood (…). La Universidad no la compone el Claustro general únicamente. Sin estudiantes no habría Universidad, y por más que entre nosotros los estudiantes intervengan poco ni mucho en la elección del Rector, ni se nos consulte para nada, los estudiantes se han ganado, hemos obtenido enlazar nuestro nombre con nuestro país en apartadas y distintas épocas de la Historia, y muy especialmente con la sangre de ocho inocentes fusilados y el martirio de los supervivientes perseguidos por los luctuosos hechos del 71, en que se consideró rebeldes pero no esclavos a los estudiantes de la Universidad. Por eso fueron fusilados (…). Se acude a nuestra casa y se pretende algo de lo nuestro para coronar con nuestras flores, las mejores de Cuba, el sable de un interventor, ¿qué ha de hacer la juventud sino lo que hace en todas partes, y lo que en épocas pasadas hizo en la propia Cuba? Un honor como el que se pretende, implica mucho o nada. En la situación porque atraviesa el país, sin formol en las Salas de Anatomía y Disección, con nuestros edificios a medio hacer, la Biblioteca pobre y desvalida, los maestros públicos del interior entrampados y hambrientos, y los poderes del Estado, sin distinción alguna, vejados a cada paso, como en Santo Domingo y Haití, es una imprudencia que nos duele, que se acuerden del imperialismo yanqui de la postguerra, como una justificación de cuanto aquí se está haciendo para entregar la Patria al extranjero. Se ha publicado en un diario del Gobierno, en un periódico palaciego, que Mr. Crowder ha informado a su gobierno que los cubanos son incapaces de manejar el dinero de un empréstito SIN COGERLO. La noticia fue cablegrafiada a todas partes; el Ministro de Cuba en Washington, hijo del gran Carlos Manuel de Céspedes y él mismo veterano de la independencia, pidió a la Secretaría de Estado americana una aclaración de estos conceptos. Se prometió que Crowder rectificaría algunos conceptos un tanto exagerados, que se le atribuían. NO HA RECTIFICADO, y si rectificó, ¿DÓNDE SE HA PUBLIADO? Estará en su derecho no dando cuenta a nuestro pueblo del juicio que le merecen los cubanos, pero un sentimiento elemental de decoro nos hace recordar el incidente, ya que algunos lo han olvidado. Bien pueden excomulgarnos aquellos que no piensan y sienten en CUBANO. La fruta de la anexión, contra lo que algunos se figuran, es bien amarga. Cuba libre e independiente, NO ES UN JUGUETE destinado a caer precisamente de las manos de los estudiantes. Si quieren otros que se bese en Cuba la empuñadura de un sable, no empiecen por nosotros porque será tiempo perdido, y se dará lugar a que se “enteren” los que aún ignoran que Cuba no requiere en forma alguna una intervención (…). Nos estamos muriendo de curiosidad por saber qué objeto tiene y a qué causa obedece (…) ese homenaje a Wood después de tantos años de ausencia, junto con otro homenaje a Crowder, de quien oímos hablar todos los días. Pero las cosas cuando se hacen tienen su razón de ser, su significación. ¿Es acaso para honrar en el segundo su Ley Electoral? No queremos en las aulas de nuestra Universidad política de barrios, y mucho menos política anexionista. Acúdase en buena ahora a este centro, a requerir nuestros servicios entusiastas y fuertes para cualquier empresa fecunda que nos dignifique. Nunca estaremos remisos en el servicio a nuestra patria. Estudiantes cubanos, descendiente de los héroes del 71. ¡Viva Cuba libre e independiente!”4

Ya sabían los estudiantes que, para tomar el acuerdo de otorgamiento del lauro, se había citado el claustro docente para el día siguiente en el aula magna. A todas estas, varios profesores habían solicitado que la asamblea profesoral universitaria acordara otorgar también a Zayas el título de Rector Honoris Causa.5 El 16 de noviembre, bajo la presidencia del rector Gabriel Casuso, se reunió el claustro general de la universidad para tomar el lamentable acuerdo. Comenzó el debate y los doctores Ernesto Aragón y el muy reaccionario José Antolín del Cueto, profesor de derecho mercantil, un reputado abogado y viejo reaccionario, autonomista recalcitrante en los tiempos de España, manifestaron que pese a no haber reglas, esto no obstaba para que se otorgara tal honor al presidente. Parecía que los doctos profesores se habían tapado los oídos para no escuchar en las afueras del edificio la algarabía de los estudiantes que protestaban de aquel acto de abyecta adulonería. Fue tan extraordinaria la protesta, que el rector tuvo que suspender la sesión, pues la gritería hacía que nadie se entendiera. De esta forma se frustró el otorgamiento.6  De todas formas se acordó establecer un consejo de disciplina contra los firmantes del manifiesto contra el consentimiento del doctorado a Crowder. El juez instructor sería precisamente el weylerista José Antolín del Cueto. 

No le iba a ser fácil a Del Cueto juzgar a aquellos estudiantes. Se habían adherido al manifiesto de Derecho, los de Medicina. Por tanto resultaban ahora cientos los alumnos del plantel que lo firmaban, uno de ellos el jovencito Julio Antonio Mella. Entonces estos acordaron celebrar un gran mitin en el parque Maceo. Como Casuso había dimitido de su cargo de rector, se presentaron dos propuestas para la sustitución, la del propio José Antolín del Cueto y la de Carlos de la Torre. Por suerte para la universidad, el malacólogo fue el elegido por los 96 profesores de la alta casa de estudios.7 Políticamente no sería una gran cosa, pero al menos era aceptado por los estudiantes. El 8 de diciembre de 1921 tomó posesión del rectorado de la universidad Carlos de la Torre y Huerta. Sería un firme defensor de la autonomía universitaria.

Entretanto, se había producido la manifestación de los estudiantes, en el parque Maceo que pretendía ir a Palacio a protestar contra el otorgamiento de los lauros Honoris Causa a Crowder y Zayas. En el parque apareció la policía y los estudiantes se enfrentaron a ella. Mas la manifestación estaba autorizada legalmente. Los estudiantes les mostraron el permiso a los gendarmes. Estos, mediante un ardid, les arrebataron el permiso a los estudiantes. Cuando parecía que el enfrentamiento se volvería violento apareció un representante del presidente que pidió una comisión de estudiantes universitarios fuera a Palacio, donde sería recibida por el mandatario. En efecto, Zayas con el empleo de una de sus tretas pacificadoras, recibió de inmediato la comisión para escuchar sus quejas. Los estudiantes protestaron contra el intento de otorgar el doctorado Honoris Causa a Crowder y derivaron sus peticiones hacia la demanda de participar en las reuniones del claustro, para poder proponer las mejoras que estuviesen de acuerdo con sus necesidades. Zayas aceptó la petición con el reparo de que esa prerrogativa se limitara y regulara. Con tales requerimientos los universitarios habían empalmado la eventualidad del año anterior con la de ese día, y la demanda de entonces con la que ahora los había puesto en movimiento. Desde luego, para Crowder no habría doctorado. Bien se debe haber reído Zayas para sus adentros al comprometerlo. Se las cobraba al generalazo que tantos malos ratos le había hecho pasar. También se retiró la petición de hacer rector Honoris Causa a Zayas.

Pero también, por otras razones para la rebeldía, en aquellos momentos comenzaba a revolverse el ambiente universitario. Había llegado de la Argentina el profesor José Arce, rector de la Universidad de Buenos Aires y delegado de su país al Sexto Congreso de Medicina Latinoamericana a celebrarse en La Habana. La inauguración había sido el 19 de noviembre, en el convento de Santa Clara, y en esta había hablado Arce. 8

El 27 de noviembre, a petición de los estudiantes de la Universidad de La Habana, Arce habló en el acto conmemorativo y exculpó a España de lo sucedido durante la lucha independentista de Cuba.9 Aquel día se rememoraban los actos luctuosos por los acontecimientos de 1871 y el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina. Primero hubo un acto ante los restos del antiguo cementerio de Espada, luego, a las 5.30 de la tarde se desarrolló una jornada en el templete de La Punta. En nombre del presidente había izado la bandera cubana, el comandante mambí Bernabé Martínez. Hablaron varios personajes, entre ellos, el presidente de la Asociación de la Bandera y el de la Asociación de Maestros. En eso, del cementerio de Espada, llegaron el rector, el alcalde, los estudiantes de medicina, los de derecho, los de ciencias, los de cirugía dental y farmacia y colocaron flores en el templete. A los estudiantes los seguían los cadetes, los centros de enseñanza y los centros regionales. Entonces habló un estudiante de Medicina

El 4 de diciembre de 1922, el doctor Arce, habló de nuevo ante los alumnos universitarios, con motivo de haber sido investido como rector Honoris Causa de la Universidad de La Habana. Esta vez su disertación en el Aula Magna ante los alumnos, fue más beligerante porque trató de “La evolución de las universidades argentinas”, que versó sobre los acontecimientos de la Universidad de Córdoba y la reforma. Este discurso devino brasa en un ambiente ya caldeado por la prédica reformista de varios profesores de fuste, como el general Eusebio Hernández, Diego Tamayo, Alfredo Aguayo y José Varela y Zequeira, y, sobre todo, del brillante Evelio Rodríguez Lendián.10

La situación de la Universidad de La Habana no era muy diferente de la que había prohijado el movimiento de Córdoba, así que el 10 de diciembre los estudiantes lanzaron un manifiesto en el que anunciaron su intención de llevar a cabo la renovación universitaria y también crear, mediante la federación de las asociaciones de estudiantes de la colina de San Lázaro, un órgano que las unificara y en cuya organización ya venía trabajando una directiva provisional. Diez días después, el 20 de diciembre, se reunieron en el local de la Asociación de Estudiantes de Derecho, a las 4 de la tarde, los representantes de las dispersas asociaciones de estudiantes de la universidad y designaron formalmente el directorio unificador, con lo que surgió la Federación de Estudiantes Universitarios, de la que fueron designados, presidente —el cargo rotaría cada dos meses entre los presidentes de facultades—11 Felio Marinello, estudiante de ingeniería, quien ocuparía el cargo del 20 de diciembre al 20 de febrero de 1923, y el secretario general sería un joven en cuyos documentos universitarios aparecía como Nicanor MacPartland y era llamado corrientemente Julio Antonio Mella.12 Mella, un mocetón hijo natural del sastre dominicano, radicado en Cuba, que aparecía como testigo de su nacimiento, y la joven británica mencionada, era nieto del general de la independencia quisqueyana Ramón Matías Mella. El joven Mella, a los 17 años, había tratado infructuosamente de ingresar en la academia militar de San Jacinto, en México, pero no lo había logrado por no ser ciudadano mexicano. De esa forma, había matriculado Derecho y, a la vez, como otros muchos en la época, Filosofía y Letras. Había sido uno de los que había participado en la protesta del año anterior frente al Aula Magna y solidariamente había firmado el manifiesto anticrowder. Además, estaban allí los delegados, José A. Estévez, que tendría el segundo período en la presidencia, del 20 de febrero al 20 de abril; Ramón Calvo, quien ocuparía la presidencia del 20 de abril al 20 de junio; Bernabé García Madrigal, que ocuparía la presidencia del 20 de junio al 20 de agosto; Camilo Fidalgo, del 20 de agosto al 20 de octubre; todos de Derecho y Medicina. Además, Rafael Casado, sería vicesecretario; Félix Guardiola, tesorero; Pedro de Entenza, vicetesorero. Serían vocales Garmendía, Álvarez de la Campa, García López, Padilla, Sotolongo, Hernández, Palmieri, Suárez Murias, Tella, Amigó y Del Pino. Todos esos cargos cesarían el mismo día que el de secretario. Palmieri propuso se creara una comisión de prensa, que quedó integrada por Madrigal, Gándara y Varona. Mella propuso para celebrar la buena armonía entre todos, una comida en el restaurante El Nacional, el jueves a las 7 y media, para lo cual se establecía una cuota de 1 peso.  La sesión se suspendió a las 6 y 5 minutos.  El 22 de diciembre a las 3.30 se reunió de nuevo la FEU, en el local de la asociación de Letras y Ciencias. Entonces se acordó convocar una asamblea de estudiantes, para dar a conocer la constitución de la FEU y sus fines. Se designó una comisión de propaganda que organizara la asamblea. Se escucharon las razones de la renuncia de Suárez Murias a la comisión de propaganda y se aceptó. Se nombró en su lugar a Camilo Fidalgo. Se dio por terminada la sesión a las 5 de la tarde.13

También la historia de la FEU registraba otro suceso: el día en que los estudiantes se adueñaron del parque Maceo fue uno de los comisionados que se entrevistaron con Zayas. Mella había participado en la fundación de un grupo universitario Renovación, en el que maduraban las ideas radicales de transformación del centro14 e, igualmente, otras que partían de las enseñanzas del médico argentino positivista José Ingenieros, cuya obra había producido una conmoción en la juventud estudiantil e intelectual americana. Ingenieros, a pesar de inconsecuencias, prejuicios y limitaciones, había sentado cátedra de antropología moral con su obra El hombre mediocre, y a esto unía una preocupación por los procesos sociales de la humanidad, cuya huella había quedado expresada en una conferencia que pronunció en Buenos Aires, a teatro lleno, “Significación histórica del movimiento maximalista”, en defensa de la Revolución de Octubre en Rusia. Esa postura se plasmaría en su obra postrera Los tiempos nuevos. Para solidificar su ascendencia sobre los estudiantes, en 1922 dejó sentado de forma abierta su antimperialismo,15 cuando a veces con palabras de Martí y su dúplica en Enrique José Varona, condenó el intervencionismo, el anexionismo, las ocupaciones armadas y toda forma de servidumbre que EE.UU. le impusiera a las repúblicas americanas. Mas, a poco, a los jóvenes inquietos de Renovación no les bastó el Ingenieros antimperialista con sentido anticolonialista, y de su lectura pasaron a las obras de los anarquistas, las de Pedro Proudhon y las de Mijail Bakunin, aunque ya derivaban, y con ellos Mella, a las mucho menos conocidas de otro reformador social, Nicolás Lenine. La designación del estudiante hijo natural y mestizo para el cargo de secretario general de la Federación de Estudiantes Universitarios, evidenció desde el primer momento la voluntad de liderazgo que hacía sobresalir a Mella y ser distinguido por sus compañeros, porque no era frecuente que los veteranos confiaran su dirección a estudiantes de los primeros cursos. Lo que no sabían estos, posiblemente, era que en esos instantes aquel joven ya había tomado contacto por su cuenta con dirigentes obreros para ganar para el estudiantado las experiencias organizativas del movimiento proletario. Comenzaba a comprender en que consistía la lucha de clases. La FEU, el 30 de diciembre, en una declaración, planteó la demanda del establecimiento de la autonomía universitaria —sobre la cual se decía que ya Francisco Zayas, antiguo miembro de la junta central autonomista, hermano del presidente y secretario de Instrucción Pública, había redactado un proyecto de decreto—, y exigían se dotara a la universidad de recursos para poder terminar sus edificios, y la participación en el claustro universitario.

Juan Marinello escribiría una bella semblanza de Mella, repleta de admiración. De él diría: “Quien vio de cerca a Mella conoció a una de las personalidades más sugestivas y atrayentes que hayan alentado en nuestra tierra. La estampa física convenía a maravilla con su naturaleza y su misión. Muy alto, atlético, de cabeza hermosa, fuerte y erguida, de ademanes enérgicos y serenos a un tiempo, su presencia respondía en medida exacta a su tarea de comunicación inmediata y múltiple. Cubano hasta la médula —hijo afortunado de las dos sangres matrices que integran el pueblo de su Isla—, fue como Martí, un caso sorprendente de superación de lo nuestro. Meditador y audaz, sonriente y contenido, alegre y responsable, imaginativo y práctico, era muy difícil escapar a su ámbito. Conocerlo era creer en él. Unía la mente ancha y universal a la cercanía familiar y captadora. Hasta aquel peculiar ceceo; hasta aquel andar a grandes trancos, un poco desgonzado de la cintura abajo; hasta aquella postura ladeada, caída hacia la izquierda, que adoptaba en la tribuna, le completaban la personalidad atrayente”.16

El 1ro. de enero de 1923 El Mundo publicó unas declaraciones del presidente y el secretario de la Federación de Estudiantes, en que proclamaban que la Universidad tenía el derecho de regir sus destinos con amplia autonomía sin la intervención del gobierno, ya que el gobierno no había sabido hacer del alto centro, en muchos años, una entidad digna de la capacidad y fama de pueblo culto e intelectual que tenía Cuba. El gobierno debía pagar a la universidad el valor del antiguo local donde estaba localizada, y contribuir con esos fondos y otros, a la terminación de los edificios de la Universidad y facilitar los medios de enseñanza, para que el lamentable abandono en que se encontraba la universidad no fuese una vergüenza y un descrédito para la república. También señalaron que las asociaciones de estudiantes tenían el derecho de tomar parte activa en la administración de la Universidad, mediante su representación en el claustro para poder pedir el reconocimiento de todos los derechos estudiantiles y contribuir con sus energías al desenvolvimiento de la vida universitaria.17

Dos de los primeros conflictos que habían motivado a los estudiantes  a protestar se habían producido en la facultad de Medicina y Farmacia. En diciembre de aquel año se había producido un incidente que tendría gruesas repercusiones. Cuando ya se acercaban las pascuas de 1922, en la escuela de Medicina se produjo un suceso que prendería la chispa de la revolución universitaria. Los estudiantes del último año sostuvieron un altercado con el profesor Rafael Menocal al que tacharon de inmoral y, como consecuencia, el 15 de diciembre pidieron al consejo universitario la separación del profesor. El hecho tuvo eco inusitado en la prensa, siempre en busca de hechos sensacionalistas. El 2 de enero de 1923 la asociación de estudiantes de Medicina anunció que las clases no se reanudarían en aquel centro, mientras no se solucionara el caso del profesor Menocal. Esto colocaba a los estudiantes de quinto año en una situación crucial. De no ser separado el profesor, los de quinto curso no podrían graduarse ese año. El conflicto se complicó cuando los estudiantes no aceptaron como solución el traslado del profesor de la cátedra de clínica quirúrgica, de quinto año, a la de patología quirúrgica de cuarto año. Según se recordaba las cátedras eran señoríos, en los que la autoridad del titular era omnímoda. Él daba clases o no según le pareciera, no tenía horario, los alumnos debían esperar en los pasillos a que el profesor que ejercía como su ocupación principal su profesión y que mantenía la cátedra, porque esta le vestía bien y le permitía acrecentar la clientela y los honorarios, tuviese oportunidad o deseo de ir al aula; no solía pasar lista de asistencia; no mostraba interés de conocer a sus alumnos; en ocasión de los exámenes, para los cuales tampoco tenía hora, distribuía calificaciones luego de un breve examen oral o práctico del cual no quedaban huellas. En el caso de este profesor de clínica quirúrgica, había amenazado a los protestantes con las palabras siguientes: “Ustedes son hombres, hagan lo que les plazca: pero aténganse a los resultados”. Luego de conocerse la denuncia estudiantil, se había reunido el grueso del claustro de Medicina que acordó se juzgara por falta colectiva al alumnado de quinto año, lo que arrojaría con toda seguridad la pérdida del curso.18 El 8 de enero renunció Diego Tamayo, el decano de la escuela de Medicina, ya que habían convocado una reunión de profesores y no lo habían invitado.19 Según unos profesores la protesta estudiantil debía ser escuchada en lo que tuviese de justo, pero otros catedráticos reiteraron que la huelga era una falta colectiva y se debía formar consejo de disciplina a los alumnos.20 El directorio de la Federación de Estudiantes Universitarios planteó el 9 de enero ir a la huelga general; es decir todos los universitarios. El profesor Varela Zequeira declaró que los estudiantes no debían volver a clases si no era en una universidad nueva. La ya constituida Federación de Estudiantes solicitó, para celebrar una asamblea, se les otorgara el Aula magna, el 12 de enero. De forma inicial el claustro universitario aceptó; mas, al considerar que la huelga era una actitud rebelde retiró la autorización. Los estudiantes declararon: “Esta es la guerra. El claustro quiere guerra, pues guerra tendrá”. La prensa publicó que entonces seguramente celebrarían la asamblea al aire libre. Los alumnos de la Universidad eran unos 2 800. Se creía que se sumarían a la huelga los estudiantes de los institutos de segunda enseñanza. El rector De la Torre proclamó que confiaba en la sensatez de los estudiantes. El directorio de la Federación pidió a los simpatizantes de la actitud adoptada, llevaran un lazo azul pastel en la solapa. Se saludarían por el lazo de compañerismo, que sustituirían los lazos de amistad cuando no los hubiera.21

La prensa reiteró que el 12 de enero se efectuaría una asamblea de los estudiantes federados, para ratificar el acuerdo adoptado por el directorio de la Federación. Pero ya el 11 los estudiantes habían ido a la huelga y los comenzaban a respaldar los alumnos de secundaría. Hasta alumnos de escuelas privadas abandonaron las aulas. La Federación haría una declaración de principios que no encerraría la cuestión en los límites del incidente de Medicina, sino que levantaría el programa de reformas. La Federación pediría con ese fin la autonomía universitaria, más recursos para el centro con vistas a su auge y mantenimiento decoroso, mediante el pago de su viejo edificio y la participación de los estudiantes en el gobierno del plantel por medio de su representación en el claustro.       

Muchos profesores reaccionarios se abroquelaron en sus feudos. Otros, progresistas, se reunieron para analizar la situación. Por primera vez se discutió la situación universitaria de forma amplia. Participaron el rector De la Torre, Rodríguez Lendián, Varela Zequeira y Aguayo y por los estudiantes Mella, que ya era la cabeza visible de la Federación.22

Por eso, mientras seguía crispándose la situación de la escuela de Medicina, ya que el caso del profesor no había hallado una solución, la FEU redactó un manifiesto23 en el cual daba a conocer de forma sistemática sus reivindicaciones del momento y que esencialmente puntualizaba las siguientes demandas:

1.‑ Una reforma radical de nuestra Universidad, de acuerdo con las normas que regulan estas instituciones en los principales países del mundo civilizado.

2.‑ La regulación efectiva de los ingresos de la Universidad que son muy exiguos en relación con las funciones que ella debe realizar, como centro de preparación intelectual y cívica.

3.‑ El establecimiento de un adecuado sistema administrativo.

4.‑ La personalidad jurídica de la Universidad y su autonomía en asuntos económicos y docentes.

5.‑ La reglamentación efectiva de las responsabilidades en que incurran los profesores que falten al deber sagrado, por su naturaleza, que les está encomendado por la nación.

6.‑ La resolución rápida y justa del incidente ocurrido en la escuela de Medicina.

7.‑ Y por último hacer constar que están dispuestos a actuar firme y prudentemente, y que como medio para obtener la solución de los actuales problemas y de los que en el futuro pudieran ocurrir, solicitan la consagración definitiva de nuestra representación ante el claustro y del principio de que la Universidad es el conjunto de profesores y alumnos.

Junto con estas reivindicaciones la FEU reiteró que la masa universitaria se reuniría el 12 de enero en asamblea general, en la que determinaría la línea ulterior a seguir. El 10 de enero el presidente Zayas se reunió con una comisión de estudiantes,24 entre los cuales estaba de nuevo Mella, para tratar con una combinación de actitudes graves, zalemas y promesas, de convencerlos de que abandonaran su decisión de retirarse de las aulas y llevar adelante la asamblea, que habían previsto celebrar en el Nuevo Frontón, dada la prohibición del claustro de la Universidad de que no se celebrara en el Aula Magna.25

El día 12, en las primeras horas de la tarde, aunque no en el Nuevo Frontón sino en el Aula Magna, se dio inicio a la asamblea. El cambio de localidades se había debido a una exigencia amistosa del rector Carlos de la Torre a los líderes estudiantiles, porque el rector con obvios propósitos de encarrilar los acontecimientos sin que se le fueran de la mano había dejado sin efecto la decisión del claustro de impedir se reunieran en al Aula Magna, con el argumento de que el recinto apropiado para que los estudiantes desarrollaran su reunión no podía ser otro que el de la Universidad. En la asamblea, además de los alumnos, con el lazo azul en lugar visible, como contraseña de su actitud reformista, participaron profesores y también personalidades ilustres invitadas por los estudiantes, la más prominente de las cuales era Enrique José Varona. Igualmente, acudió uno de los subsecretarios de Instrucción Pública, Antonio Iraizos, y, curiosamente, el jefe de la policía Plácido Hernández. Pero los presentes no solo serían estos; en el recinto ocuparon lugar dirigentes obreros convocados por Mella. Desde los inicios de la asamblea los profesores que intervinieron se mostraron radicalmente favorables a la reforma y felicitaron a los alumnos por su gesto que, según expresaron, revivía la esperanza de regenerar la Universidad. En particular, el doctor Eusebio Hernández habló de la necesidad de la reforma universitaria y citó como ejemplo de educación, el de la Rusia Soviética y se declaró bolchevique;26 y los estudiantes que tomaron la palabra revelaron que el meridiano de su actitud no radicaba en la solución del caso del profesor de Medicina, pues este solo había sido la chispa que había prendido su ánimo, sino en la transformación que debía operarse en el centro docente.

Respecto a la relación de Mella con Eusebio Hernández, Alfonso Bernal del Riesgo diría que “Mella tuvo y sostuvo amistosas relaciones con el profesorado, en especial con el general Eusebio Hernández, simpatizante de la revolución rusa”. El hijo del general, Eusebio Adolfo, afirmaría: “Mi padre y Mella fueron grandes amigos. Compartían sus sueños con gran entusiasmo. Mella era asiduo visitante en mi casa”. Eusebio Hernández y Gustavo Aldereguía parecen haber sido quienes se acercaron a Mella, para que los estudiantes invitaran al doctor José Arce para que pronunciara las palabras centrales de la conmemoración del 27 de noviembre.27

Mella, ya presidente de la FEU, intervino con su ceceo característico en la asamblea, y, luego de subrayar que había fariseos que después de pregonar la necesidad de la reforma universitaria nada habían hecho por ella y ahora la combatían, anunció crepitante, impetuoso, que pondría al descubierto las lacras de la Universidad. Con temor a que desgranara nombres y hechos y se abriera la confrontación que comenzaba a apuntar, el rector De la Torre, ducho en trajines parlamentarios, empleó su autoridad moral y su evidente ascendencia sobre los estudiantes para frenarlo con el argumento de que no podía estar presente de producirse ataques al claustro, porque él quería llevar adelante su misión con el apoyo de alumnos y profesores. Si bien, aseguró, él no coartaría a Mella en su libre exposición, se vería obligado a retirarse del lugar. Mella se percató instantáneamente de la situación difícil en que su denuncia quedaría ante una masa estudiantil que había sido estremecida con el recurso fácil de palabras emocionales, y no tuvo más remedio que bordear el escollo y asegurar al reanudar su intervención que a nadie ofendería allí con sus palabras. Esto le valió una ovación aprobatoria, y que pudiera rescatar la atención del auditorio, por lo que enseguida continuó con la argumentación de la necesidad de erradicar los males de la Universidad aunque sin señalar ya casos concretos. Finalmente, al pedir la "independencia universitaria", señaló que si esta no era concedida habría que conquistarla, y exhortó a sus compañeros a mantenerse en su actitud rebelde aunque se les amenazara con perder el curso y peligrasen sus vidas, pues solo si se purificaba la universidad podría salir de ella una juventud digna de gobernar la república y salvarla. Al concluir, fue largamente aclamado y aplaudido.

A lo largo de la asamblea las sucesivas diatribas de alumnos y profesores partidarios del cambio habían desnudado de su piel el conflicto universitario y pusieron de manifiesto muchos de los pecados encerrados en el recinto. Unos señalaron que se reflejaba en la universidad el estado de descomposición moral del país y otros reprobaron acremente que no hubiese en ella ni siquiera una cátedra de historia de Cuba, como hizo el profesor Rodríguez Lendián. En la conclusión, el rector aceptó la propuesta que Varona hizo cuando momentos antes intervino brevemente, de establecer una comisión mixta de profesores y estudiantes que le buscara una solución a los conflictos. De la Torre prometió lograr, además, que el claustro presentase la renuncia para facilitar la tarea de limpieza del centro. El país, gracias a la prensa, que miraba con simpatía la postura estudiantil y aprobó encomiásticamente las intervenciones de los líderes universitarios, en las que dijo habían primado la alteza de miras y la corrección, conoció favorablemente de los acontecimientos y creyó ver un reflejo en los hechos de la colina, no solo de sus problemas, sino también de sus posibles soluciones. En especial, los obreros encontraron aliento para su propia lucha "al igual que los estudiantes se han decidido a arreglar por sí mismos sus propios asuntos —dijo el Boletín del Torcedor, el 15 de enero de 1923—, así nosotros los obreros debemos compenetrarnos más y más con la vieja idea de que nuestra emancipación habrá de ser obra de nosotros mismos".28

Pero nada iba a marchar fácilmente. Los profesores enemigos del proceso renovador, que eran prácticamente la inmensa mayoría del claustro, comenzaron de inmediato a ejercer presión sobre las autoridades universitarias y el gobierno para que frustraran los propósitos de los estudiantes y profesores reformistas. Uno de sus objetivos era lograr una moción de censura para el rector. Otro, lograr que el consejo universitario —además del rector, los decanos de facultades y un representante por cada una de estas— rechazara la propuesta del rector en el Aula Magna, de que el claustro presentara la renuncia. Ante las amenazas que se cernían sobre el proceso los estudiantes decidieron defenderlo, y con ese fin emplearon lo que siempre iba a resultarles un arma eficaz en sus luchas: tomar el centro. El propio día de la toma, el 14 de enero, la FEU solicitó del gobierno la ratificación de la clausura de la universidad, la que ponía bajo protección de aquella entidad, y que emitiese  un voto de confianza sobre la gestión del rector De la Torre para que solucionara el conflicto y presidiera con ese propósito la comisión mixta de catedráticos y estudiantes sugerida por Varona.29 Zayas envió entonces un emisario a los dirigentes estudiantiles cuya misión era tantearlos hasta lograr un entendimiento con estos o una rendición. El enviado, entre otras cuestiones, evocó la posibilidad de desalojar por la fuerza la casa de estudios de San Lázaro, pero con el instinto de batalla bien afilado los ocupantes le dieron una respuesta contundente: antes de que los desalojaran la volarían.30

Los estudiantes, para confirmar su actitud, cuando el negociador se retiró cerraron la entrada de L y Jovellar con una enorme bandera cubana que hubiese obligado a quien quisiese ingresar en el recinto a atropellar el lábaro, y cometer por tanto un delito contra los símbolos patrios, registrado en el Código Penal.

El presidente, que quería rehuir la confrontación con los jóvenes, les dio al menos aparentemente la razón, pues luego de una sesión del consejo de secretarios en que se consideró el litigio del alto centro docente hizo que De la Torre dispusiese oficialmente por tres días prorrogables la clausura del plantel y se nombró una comisión que estudiase una solución del conflicto. Los estudiantes, con la perspectiva de que se solucionarían sus demandas, devolvieron el 17 de enero la universidad. De ahí en adelante, a pesar de la actitud renuente de los contrarreformistas, mal que bien el proceso comenzó a marchar en línea con las peticiones estudiantiles, y, entre otras medidas, se crearon los comités depuradores de profesores corruptos y el claustro acordó instruirle expediente al profesor de Medicina que había originado el conflicto.31 Por su parte, el consejo universitario aprobó echar a andar la comisión mixta de profesores y alumnos. Para apoyar sus demandas la FEU convocó a los estudiantes a una gran manifestación cuyos integrantes, tocados con la gorrilla azul que era su símbolo, marchó muy ordenadamente por el Malecón hasta Palacio, y una comisión de alumnos y profesores le entregó a Zayas, que los esperaba en compañía del consejo de secretarios, las bases de uno de los reclamos de la reforma: la autonomía. De la Torre añadió a estas peticiones otras de carácter económico, que planteaban la construcción de los nuevos edificios de las facultades y del stadium universitario, y la conversión del hospital Calixto García en dependencia del centro superior. Zayas, por su parte, alabó la conducta "noble y ecuánime" de los estudiantes.

De inmediato la comisión mixta, uno de cuyos integrantes era Julio Antonio Mella, comenzó a trabajar en la reforma de los estatutos universitarios, la que sería sometida al claustro. Los estudiantes finalizaron la huelga, luego de que la comisión aprobó el proyecto de creación de la asamblea universitaria, que estaría compuesta por alumnos, profesores y egresados, la que entre otras funciones tendría a su cargo designar el rector y reformar los estatutos y los planes de estudio. Esa aparente normalización de la situación pareció ser lo que esperaban los profesores enemigos del proceso para lanzar un nuevo desafío. El conflicto estalló en virtud del rechazo de la facultad de Derecho a cumplir una disposición rectoral de suspensión de empleo de uno de sus profesores, García Montes, quien había sido acusado de inmoral e iba a ser sometido a expediente, lo que fue seguido por un acuerdo de la FEU que orientaba a los estudiantes no asistir a su clase. El 1ro. de febrero hubo una asamblea estudiantil bastante agitada, porque se había detenido la depuración. Todavía el 5 de febrero se acordó la creación de la comisión mixta de profesores y estudiantes, con siete integrantes de cada parte. Por igual que una subcomisión de dos estudiantes y dos profesores se reunieran el 6 de febrero, para proponer las bases de la reforma de los estatutos universitarios. Estas serían sometidas al claustro para su aprobación. Ante la actitud del claustro de Derecho, De la Torre, débil de carácter y ablandado por el embate de sus opositores, perdida la autoridad moral por el desacato de aquella facultad, pidió de inmediato una licencia que más tarde convertiría en renuncia.32 Quien lo sustituyó reglamentariamente como rector interino por 45 días, fue José Antolín del Cueto y Pazos, paradójicamente, el decano que se había negado a cumplir la disposición de suspensión del profesor acusado. Cínicamente, Del Cueto se declaró partidario de las más amplias reformas y paladín de la autonomía,33 mientras adoptaba las primeras medidas para enfrentar la ola reformista. A pesar de todo la comisión mixta se reunió y pareció encontrar una solución armonizadora para el caso del profesor de derecho, consistente en darle una licencia de cuatro meses. Del Cueto trabajó rápidamente para paralizar la acción de los estudiantes. Con ese propósito, en medio del aplauso del Consejo, le puso traspiés a algunas reformas, y a otras sencillamente las engavetó en tanto dejaba de convocar a la comisión mixta. Cuando se produjeron nuevos conflictos en Medicina y en dos cursos de Derecho el consejo universitario suspendió las clases por 15 días. Un profesor de apellido Alacán acusó al Hermano Mayor de la fraternidad de los XXX Manicatos, Julio Antonio Mella, de ser el brazo ejecutor de los acuerdos del directorio de la FEU y planteó, incluso, que Mella no era alumno universitario y, sin embargo, era vicesecretario de la comisión atlética universitaria.34 Mella estaba en Miami con el team cubano de basquet, y le cursó instrucciones a Rigoberto Ramírez para que le respondiera a Alacán.35

A principios de marzo se presentó en clase un profesor de Medicina, de los acusados, Francisco Hernández, que era el hazmerreír de los estudiantes quienes lo apodaban Pancho Batea, el que al subir a la tarima para comenzar la clase tuvo la peregrina idea de repetir la frase de fray Luis de León, “Como decíamos ayer”. Cuando fue a continuar fue interrumpido por una andanada de tomatazos.36 Dos días después dos profesores de Derecho, igualmente de los acusados, desistieron de entrar en las aulas al ver en las puertas canastas de tomates. El claustro de Medicina siguió calentando el ambiente cuando aprobó hacer suya la posición del profesor Lavedán, que dictaminó que no había nada reprobable en el profesor García Hernández para suspenderlo. Del Cueto, para evitar la correspondiente contraofensiva estudiantil, de acuerdo con su anunciado criterio favorable a la clausura de la Universidad, suspendió las clases en Medicina y pidió a la secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes que ratificara la medida mediante un decreto. El claustro pensaba que aplastaría finalmente la insurgencia, pero la FEU reaccionó y el 11 de marzo le comunicó a Del Cueto el descontento por su actuación y le pidió su dimisión. Del Cueto, asustado realmente o de forma teatral, le solicitó al gobierno garantías para su vida y le pidió una entrevista a Zayas. En esta, el presidente, muy habilidosamente le hizo conocer que las garantías se las debía pedir al secretario de Gobernación y no a él. Del Cueto, al salir de la entrevista, convencido del respaldo del gobierno, declaró que no abandonaría el cargo y tomaría medidas radicales contra la actitud estudiantil. De inmediato, dictó un decreto en que suspendía las clases en todo el centro por tres días, y, también, se confesó partidario de clausurar por algún tiempo la Universidad.37

La FEU le salió al paso, y luego de manifestar asombro por su petición de garantías, planteó que la consideraba un insulto, pues sus integrantes no eran asesinos, y una vez que reseñó punto por punto todo lo que el rector había hecho para paralizar el movimiento reformista, lo caracterizó diciendo: "En su vida pública ha resuelto todos los problemas que han llegado a sus manos en desacuerdo con todo lo que signifique adelanto y progreso".38

La contestación estudiantil fue relampagueante: el 13 declararon el centro "Universidad Libre", y eligieron a Mella rector interino. Este anunció que, de inmediato, se reanudarían las clases. Los profesores auxiliares sustituirían a los profesores procesados, si no darían las clases alumnos aventajados.39 Zayas, que una vez más quería capear la tormenta, usó de sus proverbiales artes conciliatorias, y al día siguiente, mediante el decreto 348,40 aceptó gran parte de las reivindicaciones estudiantiles. Entre otras medidas, retomó la idea de la comisión mixta de profesores y alumnos y la oficializó. Solo así fue devuelta la Universidad.

En la cámara de representantes estaba presentado un proyecto de ley orgánica para la Universidad, de la cosecha de Fernando Ortiz, que ponía el gobierno del centro bajo una junta de representantes de los colegios profesionales y del gobierno. Ferrara, que se manifestaba partidario de la autonomía universitaria, lanzó una frase lacerante, que revelaba su condición de reaccionario encubierto: “Los institutos, ¡qué prodigioso vivero de cretinos y estúpidos!”. Los rotarios, que habían invitado a sus sesiones a los más notables pedagogos, para que expusieran sus criterios sobre la situación del país, hicieron hablar a Aguayo, quien acusó de incapacidad a la secretaría de Instrucción Pública, también expresó sus criterios Ramiro Guerra, quien dio cifras terribles: de 750 000 niños en edad escolar solo 184 000 asistían a clases. Mella declaró: “La revolución universitaria es la continuación del gran movimiento iniciado en Córdoba y que hoy viene por ley histórica a surtir sus efectos en esta república. Es la vida de las Universidades Latinoamericanas lo que en la vida de los pueblos fue la Gran Revolución. Es un movimiento de libertad y de progreso. Es una formidable revolución de ideas y métodos en la enseñanza y en la sociedad por eso tiene enemigos, son muchos, los de siempre, los que medran amparados en la en la inmoralidad actual, los reaccionarios por temperamento, los mediocres asustados; pero sin disputa la justicia es nuestra y por eso será también la victoria”.41

El presidente designó dos superintendentes de escuelas primarias para que examinara todos los particulares del conflicto universitario. Los comisionados se presentaron en la universidad y los estudiantes los recibieron alegremente, cogidos de las manos y cantando a coro rondas infantiles, para evidenciar que los estaban tratando como a párvulos. Del Cueto les entregó de inmediato el rectorado a los superintendentes. El 17 de marzo, a propuesta de la comisión mixta —de la que el profesor Enrique Hernández Cartaya, fue designado presidente y Mella secretario—, el gobierno dictó un nuevo decreto presidencial, el 352,42 por el que se aprobaba la creación de la asamblea universitaria, compuesta por profesores, estudiantes y graduados.43 También, fue reconocida la personalidad de la Federación de Estudiantes Universitarios. Ese día, por igual, la comisión mixta acordó constituirse en sesión permanente, reunirse con los decanos, solucionar el conflicto y reanudar las clases el 21.44 La renuncia de Del Cueto al decanato de Derecho —y como consecuencia, al cargo de rector interino—,45 la propuesta de reglamento para la asamblea universitaria y la preparación de los expedientes de separación de los profesores acusados de ineptos, corruptos o botelleros, parecieron decir que el triunfo de los reformistas había sido total, y que la contrarreforma no se atrevería a levantar más la cabeza. Pero lo que hizo esta fue agazaparse de nuevo y esperar su oportunidad. Al parecer el decreto que había creado la asamblea universitaria era insuficiente porque, el 16 de agosto, se dictaría el nuevo decreto número 1225, firmado por Zayas, por el cual se reestructuraba la asamblea universitaria.

En noviembre de 1922, junto con otros miembros del directorio de la FEU, Mella había fundado la revista Alma Mater de la que era formalmente administrador, aunque en realidad inspirador y articulista, pero pareció tropezar con el hecho de que el carácter de la publicación le imponía limitaciones a su pensamiento en torbellino. Así que al cabo, en octubre, comenzó a publicar la revista Juventud, en la que colaboraría Carlos Baliño. Por sus objetivos Juventud trascendía los derroteros de la universidad. En ella, Mella proclamó como consignas "Renovarse o morir", la lucha por la reforma universitaria y la defensa de la "clase estudiantil". Esta forma de referirse a los estudiantes demostraba que en el plano de la teoría social todavía no dominaba el marxismo. Pronto a la revista se sumó Leonardo Fernández Sánchez, presidente de la Asociación de Alumnos del Instituto de La Habana, que se convertiría en el más cercano colaborador de Mella.

En julio de 1923 pareció que de nuevo habría trastornos en la casa de estudios de San Lázaro. Se habían producido oposiciones a la cátedra de Literatura. Eran opositores Salvador Salazar, Eligio de la Puente y Max Henríquez Ureña. Triunfó el primero; mas, se desató una protesta entre la intelectualidad cubana y los estudiantes en que denunciaron le habían quitado el triunfo a Henríquez Ureña. El rector Adolfo Aragón dimitió. La Falange de Acción Cubana, que dirigían Rubén Martínez Villena y Juan Marinello apoyaron a los estudiantes. La Federación de Estudiantes Universitarios acordó rendir un homenaje a Henríquez Ureña, por el despojo de la cátedra con la “acusación”, de que era extranjero. La convocatoria estaba firmada por Julio Antonio Mella.46

La FEU, sin Mella, quien había renunciado al ser acusado de tomar decisiones inconsultas, duró solo hasta después del 20 de mayo de 1925, en que el sátrapa Gerardo Machado, la prohibió. La siguieron el Directorio Estudiantil Universitario contra la Prórroga de Poderes, de 1927 y el Directorio Estudiantil Universitario, de septiembre de 1930, contra Machado. Únicamente en enero de 1937 retomaría su lugar poco después de reabrirse la Universidad. Mella, su gran líder, había sido asesinado en México, el 10 de enero de 1929, por órdenes del monstruo de Manajanabo, Gerardo Machado. Por cierto, no es posible asegurar el lugar de nacimiento, pues si bien se dice que fue en Camajuaní y, él, un día afirmó que deseaba ser alcalde de su ciudad natal, Santa Clara, no parece que ninguno de estos dos lugares, sea el del nacimiento. Sin embargo, en Manajanabo, a 11 kilómetros de esta ciudad, se dice corrientemente que ese fue el lugar de nacimiento del personaje. En el libro parroquial, ubicado en la catedral de Santa Clara, tomo 39, folio 36, número 169, se anota que había sido bautizado, en la parroquial mayor de esa ciudad, el 29 de octubre de 1869, un niño de esa feligresía que llevó por nombres Gerardo Lorenzo, hijo de Don Gerardo Machado y Doña Lutgarda Morales, ambos naturales de Santa Clara, cuyos abuelos paternos fueron Don Rafael y doña Juana Castellón y maternos Don Manuel y Doña Teodora Yánez. Tuvo por padrinos a Don Manuel Morales y a Doña Caridad Morales y que nació el 28 de septiembre de 1869.

 

Notas:
1- Armando Rivero Verdecia: Honoris causa, 1926-1996, Editorial Félix Varela, La Habana, 1996,  pp. 41 a 46.
2- Ana Cairo: El Movimiento de Veteranos y Patriotas. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1976, p. 44.
3- Arnaldo Rivero Verdecia, ob. cit., p. 5.
4- Ibíd., pp.8 y 9.
5- Heraldo de Cuba, 5 de noviembre de 1921.
6- Arnaldo Rivero Verdecia, ob. cit., pp. 10 y 11. 
7- Heraldo de Cuba, 19 de noviembre de 1921.
8- Ibíd., 24 de noviembre de 1922.
9- Generalmente, se expone que Arce pronunció la conferencia que constituyó la chispa de la insurgencia estudiantil el 27 de noviembre de 1922. La prensa reseñó el evento de la investidura de Arce, como rector honoris causa, el 4 de diciembre e informó que, como clase magistral, trató de las transformaciones en las universidades argentinas. Sin embargo al tomar nota de sus palabras del 27 de noviembre no recogió que hubiese tratado el tema, sino que exculpó a España por el fusilamiento de los estudiantes de medicina y dijo que estaba conmovido por cómo los cubanos sabían honrar a sus mártires.
10- Raúl Roa: “La Revolución universitaria de 1923”, en Viento Sur. Editorial Selecta.  La Habana, 1953, p.413.
11- Acta no. 4 de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana.  Incluida en la obra de Ana Cairo, cit. pp. 195 a 198.
12- Nelio Contreras: Julio Antonio Mella, el joven precursor. Editora Política. La Habana, 1987, p. 48.
13- Ana Cairo: ob. cit., pp. 195 y ss.
14- Ana Cairo, ob. cit, p. 50.
15- Raúl Roa, “José Ingenieros”. En, Escaramuza en las vísperas y otros engendros, Universidad de Las Villa, Santa Clara, 1966, p. 233.
16- Citado por Enrique  de la Osa, en Los días y los años. Ediciones Unión, La Habana 1983, pp. 39 y ss.  
17- Olga Cabrera y Carmen Almodóvar: Las luchas estudiantiles universitarias; 1923-1934. Editorial de Ciencias Sociales, 1975, pp. 69 y 70.   
18- Fernando Portuondo: Estudios de Historia de Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, pp. 167 y 168. 
19- Ana Cairo, ob. cit., p. 277.
20- Heraldo de Cuba, 9 de enero de 1923
21- Ibíd. 
22- Fernando Portuondo, ob. cit., p. 169.
23- Heraldo de Cuba, 11 de enero de 1923.
24- Ibíd., 11 de enero de 1923.
25- Ibíd.
26- Eusebio Hernández: Ciencia y patria. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, p. 161.
27- Ibíd., pp. 50 y 51.
28- Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución Socialista de Cuba: Movimiento obrero cubano.  Documentos y artículos. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, t. I, p. 370.
29- Heraldo de Cuba, 15 de enero de 1923.
30- Roa, Raúl. “La Revolución universitaria de 1923”, en Viento Sur. Editorial Selecta, La Habana, 1955, p. 405.
31- Heraldo de Cuba, 23 de enero de 1923.
32- Ibíd., 21 de febrero de 1923.
33- Ibíd., 24 de febrero de 1923.
34- Ibíd., 22 de febrero de 1923 
35- Ibíd., 25 de febrero de 1923.
36- El Mundo, 2 de marzo de 1923.
37- Diana Abad. “La Lucha estudiantil por la reforma universitaria”. Revista Bohemia no. 18, de 21 de septiembre de 1973.
38- El Mundo, 13 de marzo de 1923. 
39- Fernando Portuondo, ob. cit., p. 172. 
40- Gaceta Oficial, de 16 de marzo de 1923.
41- Tomado de Fernando Portuondo, ob. cit. pp. 170 y 171.
42- Gaceta Oficial, de 19 de marzo de 1923. 
43- Fernando Portuondo, ob. cit., p. 172. 
44- El Mundo, 18 de marzo. 
45- La Discusión, 20 de marzo de 1923.
46- Heraldo de Cuba, 16 de julio de 1923.
 

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