El Arca:

El gato de Lilo

Omar Valiño • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo

También desde la modalidad del teatro de sombras, se ha construido El gato de Lilo, con dirección de Liliana Pérez Recio. Este montaje ha sido la carta de presentación de El Arca como grupo y como nuevo sitio de la geografía teatral capitalina, inserto en el magnífico circuito cultural y recreativo salido de las manos de la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Más que una versión del tan clásico El gato con botas, de Charles Perrault, es una referencia, obviamente fundamental, que Maykel Rodríguez de la Cruz ha manejado como autor, entre otras, para proponernos El gato de Lilo.

Imagen: La Jiribilla

 

Una abuela (Miriam Sánchez), lee esa historia a su nieto, al tiempo que se refiere a su propia saga familiar con orígenes en Francia y asiento final en Holguín, como si los campos franceses del Marqués de Carabás y la campiña oriental cubana se superpusieran en un mismo destino. Suponemos que el niño la escucha y que se encuentra enfermo porque observamos su silueta acostada. Al principio nos confunde el extremo hieratismo de su figura, hasta nos hace sospechar que esté muerto. Pero no, descubrimos luego que Lilo (Mario D. Cárdenas), solo está recluido en un hospital y, en sus sueños, revive las aventuras de Juan, de la mano de El Gato con Botas.

El Gato y la Princesa encarnan desde la piel y la voz de la Niña de Ojos Verdes (Liliana Pérez Recio), quien también como paciente, ha coincidido con Lilo a unas camas de la suya. Las andanzas de Lilo y el Gato enfrentados al Ogro Malvado (Maykel Rodríguez de la Cruz), no son más que el idilio adolescente del protagonista y su compañera de habitación; quizá también reminiscencia de algún amor vivido en al pasado por la abuela o la repetición por ella de un “antídoto literario” que vio aplicar a una gitana en su niñez para salvar a su madre de un padecimiento. Historias paralelas que, como las rectas en el infinito, se cruzan entre realidad y ficción.

El espectáculo objetiva tal paralelismo en el tejido que resulta del trenzado de las historias y de la literal superposición de planos en la pantalla donde se desarrolla la acción. Destaca la concepción plástica diseñada y realizada por Maikel Rodríguez y Mario David Cárdenas; llamativas esas secuencias que alternan los episodios de El gato con botas y el hospital, colocando un plano encima del otro. Espléndida la música original concebida por Isamara Hernández Pino, valederas desde lo dramático y lo sonoro las canciones con letras del propio Rodríguez de la Cruz.

Imagen: La Jiribilla

 

Sumamente difícil para la animación de figuras, el teatro de sombras se percibe, sin embargo, por los receptores como algo sencillo. Compleja y ambiciosa en verdad para el inicio exploratorio de una técnica, El Gato de Lilo, dados sus propios desafíos, tiene mecanismos que aceitar, cambios que agilizar, ritmos que establecer, actuaciones que profundizar.

Al término de la puesta, Lilo se curará, seguramente gracias a la medicina, el cuidado de su abuela y su amorosa pasión juvenil, impulsado por el mismo afán con que El Arca ha comenzado a navegar. Si “la isla son los puertos”, como apostilló con razón Graziella Pogolotti, no hay mejor sitio para carenar que un viejo astillero. Allí, remedando un antiguo velero surto en la bahía, se ha levantado un lugar para crecer en el intercambio de información y, en definitiva, de culturas titiriteras. Allí se construye un Arca para, ante cualquier diluvio, salvar a los muñecos de esta isla.

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