Festival JoJazz 2012

Joaquín Betancourt:
Compartiendo los sueños de los muchachos

Mabel Machado • La Habana, Cuba

Los muchachos quieren ser jazzistas. Los conciertos están llenos de muchachos. A veces, parquean una guagua fuera del teatro y de ella desciende un enjambre de jovencitos, estudiantes de las escuelas de arte. El teatro se vuelve una extensión del aula donde aprenden a Caturla y a Vivaldi. En el teatro se escucha a Coltrane, a Gillespie, a Greshwing y a Aldo López-Gavilán. Cuando Aldito sale al escenario, o cuando lo hacen Yasek Manzano, Dayramir González, Harold López-Nussa, Ernesto Camilo Vega, los muchachos asienten con las cabezas, se alegran, marcan con los dedos sobre las rodillas el ritmo de los temas. El jazz es una fiesta, y los jóvenes músicos que ejecutan para ellos composiciones propias y de los clásicos, son los ídolos del momento. Yasek fue elogiado por el mismísimo Dizzy, Harold ganó en Montreaux, Dayramir es el invitado de Chucho Valdés en el Carnegie Hall, Ernesto toca todos los saxos. Cada uno tiene sus propios discos, producen los de otros, escriben su música y dirigen sus grupos. Como ellos hay muchos que apenas rebasan los 30 años y ya son joyas. Fueron descubiertos y bautizados como nuevas joyas de la música cubana desde hace una década y media, cuando arrancó por primera vez, y con unos pocos contendientes, el Festival de Jóvenes Jazzistas.

En su última edición, el JoJazz convocó a decenas de los muchachos admiradores y con carreras incipientes, que se prepararon durante meses para entrar en la puja por los premios de interpretación, composición y formato instrumental. Fueron largas horas de concurso; cada vez el jazz arrastra a más muchachos y el Festival les ofrece el reconocimiento y las oportunidades que no prometen por igual otros certámenes a edades tan tempranas. Esta vez acapararon los premios de la categoría de mayores, jóvenes de Camagüey y Holguín, rompiendo con el preconcepto de que los de la capital están siempre en ventaja, y hubo de incluirse un reconocimiento a una jazz band, formato que pugna por establecerse nuevamente en el panorama musical cubano. Desde la Orquesta de Música Moderna no existía en el país casi ningún referente a estas grandes agrupaciones de jazz. Sin embargo, desde hace cinco años, el maestro Joaquín Betancourt dirige a un grupo de jóvenes que se han convertido en una de las grandes atracciones de la escena jazzística. En el JoJazz 2012 la orquesta presentó el CD Sueños del pequeño Quin, junto con En la espera, otra producción de la disquera Colibrí, perteneciente a Michel Herrera, uno de los jóvenes premiados por el concurso. Joaquín toma ahora la palabra por Michel y por el resto de los músicos que forman parte de la banda; alrededor de él orbitan los chicos, a su escuela improvisada, el local de ensayos del teatro Avenida, quieren llegar casi todos.

¿Cómo nace la idea del disco y qué criterios intervinieron en la selección de los temas?

No nos imaginábamos que en tan poco tiempo una agrupación de este formato hiciera un disco. Todo surgió a raíz de una presentación que hicimos junto con la Orquesta Sinfónica Nacional en un Cubadisco dedicado a la rumba. Yo había escrito un tema como homenaje a Tata Güines y Angá y lo interpretamos esa noche con mucho éxito; lo mismo ocurrió con otro tema mío, “La rumba que mi abuelo no escuchó”, que había aparecido en la segunda versión del disco La rumba soy yo. La dirección de la disquera Colibrí enseguida se entusiasmó con el trabajo de la jazz band y empezamos a preparar el proyecto del disco.

En aquel momento, ninguno de los muchachos de la orquesta tenía experiencia de selección de temas o de grabación, así que me correspondió asumir toda la tarea. Fui aunando y montando piezas que pudieran llamar la atención hasta armar el repertorio. Finalmente, grabamos más temas de los que cabían en el disco, lo cual nos ayudó a escoger lo mejor entre lo que habíamos hecho.

“Sueños del pequeño Quin”, el tema que le da nombre al disco, no era el que se había pensado originalmente para que apareciera como la cara de esta producción. Mi propuesta era “Gente”, un tema que escribí con el interés especial de llamar a la reflexión a las personas sobre cómo somos, por qué nos movemos y cuál es la dinámica de la vida de hoy. La pieza llevaba un solista de rap para responder mejor a esta idea. Pero cuando pasamos la audición del proyecto grabado y masterizado, nos sugirieron que usáramos “Sueños…” para darle título al disco. Este tema fue escrito para la ocasión, y es más tierno y sencillo, porque está dedicado a mi nieto Joaquín, a pesar de que las personas que me conocen piensan que está inspirado en mi forma de ser, pues siempre estoy entretenido e imaginando.

Desde que se grabó, el disco fue como una explosión muy grande de satisfacciones múltiples. En primer lugar, porque hacía mucho tiempo que en Cuba un formato de jazz band no adquiría relieve dentro de la música, ni se había podido concretar ningún fonograma donde interviniera de manera protagónica una banda de este formato. En la edición del JoJazz que acaba de concluir fue premiada, sin embargo, una orquesta de este tipo, y otras más han proliferado por suerte en los últimos años en distintas regiones de país. Quiere decir que se va tomando consciencia de que este es un formato necesario para toda la música cubana y, a la vez, sirve de fuente de enseñanza para los músicos, porque allí aprenden a dominar distintos estilos de la música cubana e internacional.

¿La jazz band surgió como una reunión ocasional de músicos?

El origen fue ocasional, pero los resultados que hemos tenido han hecho que el Instituto Cubano de la Música decidiera ayudar a que se estableciera oficialmente la orquesta, facilitándole una sede para los ensayos, una empresa que la organice y espacios de presentación. Sobre todo en los dos últimos años, la actividad de la jazz band se ha ido multiplicando: hemos acompañado a otros músicos, hemos interpretado otros géneros además del jazz y, además, muchos de los instrumentistas que componen la orquesta también están siendo solicitados para colaborar con otros proyectos.

Con tantos proyectos en los que siempre está involucrado, ¿por qué se ha dedicado Ud. a la organización de una estructura tan compleja como la jazz band, que además está conformada por músicos muy jóvenes, muchos de ellos todavía estudiantes?

Me enamoró la idea. Los propios músicos me cautivaron. Realmente, como sabe la inmensa mayoría de las personas que me conocen, mi vida musical se ha centrado en la producción de discos y en algunas ocasiones, en la dirección de algún evento o proyecto en Cuba y el extranjero. Para mí es muy grato el hecho de trabajar con músicos jóvenes, pues es muy cómodo dirigirse a intérpretes que pertenecen a una generación alejada de los prejuicios. A veces trabajo con músicos excelentes, ya establecidos y con una enorme madurez, pero están bañados de esquemas que limitan mucho la libertad creativa. Los jóvenes, por suerte para la música cubana, están muy abiertos. Por otro lado, es muy importante para personas de mi generación y los que llevamos años en los escenarios, compartir con los nuevos talentos, pues se establece un intercambio de energías y de conocimientos muy útil. Uno aporta cierta experiencia, pero recoge la frescura que es muy necesaria para la vitalidad del artista. A veces, las personas creen que por tener experiencia y haberse consagrado ya lo ha logrado todo. Sin embargo, la carrera del artista termina cuando se acaba la vida, porque siempre se está soñando con nuevas ideas.

La posibilidad de llevar a cabo proyectos con jóvenes músicos me da una gran comodidad, además de que me gratifica, pues ellos reconocen que han aprendido mucho. Yo, a la vez, he recuperado una fuerza musical que ha sido como si me inyectara sangre nueva.

El día de la presentación del disco, Ud. decía que no ve los músicos de la orquesta como sus pupilos, sino como colegas, pues ellos han madurado mucho dentro de la orquesta. ¿Qué siente al ver el crecimiento personal y profesional de estos muchachos?

Estoy altamente satisfecho; no puedo expresar todos los sentimientos hermosos que esto me provoca. Percibo que además, sin pretenderlo, estoy aportando algo, aunque mínimo, a la cultura nacional, haciendo ver cómo todo éxito no se alcanza con la popularidad, sino que es importante también la perpetuidad de la obra que se hace. Estamos haciendo una obra perdurable, y las generaciones futuras la reconocerán. En el plano personal, esta experiencia con ellos ha sido como tener hijos, verlos crecer y hacer sus familias. Es una satisfacción como la que siente un padre o un abuelo con personas que ha visto crecer a su lado.

A estas alturas Ud. también puede valorar el camino que han ido tomando independientemente algunos de estos músicos, así como advertir algunos horizontes hacia los que se irán enrumbando sus carreras…

Me considero un ser humano muy abierto al mundo. Estoy completamente seguro de que todos los músicos no estarán todo el tiempo en la orquesta. Ahora mismo, varios de ellos tienen sus proyectos propios y seguirán generando muchos otros intereses desde el punto de vista musical y artístico. Esto no me preocupa, pues yo también tendré y defenderé nuevamente aspiraciones propias. Es decir, que hoy estoy con la jazz band, pero en el futuro tal vez tenga otra orquesta, más grande o más pequeña, de acuerdo con las circunstancias.

El placer que me produce trabajar con la orquesta no solo está dado por lo que está aportándoles a los músicos, sino porque ellos mismos reconocen que están aprendiendo. Yo me puedo sentir orgulloso en este aspecto, porque todos ellos, incluso algunos que no pertenecen a la jazz band, nos agradecen por haber contribuido a su formación.

Observando lo que está ocurriendo con los jóvenes en este momento, ¿se atrevería a pronosticar lo que sucederá con el jazz cubano en los próximos años?

Me satisface que hables del jazz cubano. Lo que están mostrando en el país estos jóvenes es, precisamente, una personalidad propia del género facturado en Cuba. Ya no puede hablarse de lo que aquí sucede como latin jazz u otras corrientes, sino de un jazz muy cubano. Quienes han estado presentes en el JoJazz han podido ver que, para satisfacción de la cultura nacional, se está dando un proceso de integración de los valores de la música nacional al jazz, para hacer un matrimonio interesante entre ellos. Este maridaje, por supuesto, ha existido siempre, aunque la gente se olvida de que nuestra música siempre ha tenido una complicidad muy grande con el jazz, desde los tiempos de Arsenio Rodríguez, Chapotín, la banda gigante de Beny Moré o el filin —este último expresión de la unión de la canción con el jazz del momento—. Ahora estamos entrando al mundo jazzístico con una identidad propia.

Además, otra contribución interesante de los jóvenes, y que tal vez se da de manera inconsciente, es lograr que el jazz no parezca un elemento raro de la música cubana, es decir, que cuando se le mencione a esta también se incluya al género de manera natural.

Tampoco podemos olvidar que buena parte de la música hecha en el país se ha nutrido de los jazzistas. Ahí están, por ejemplo, varios momentos que marcaron al movimiento de la Nueva Trova, a partir de la relación de los cantautores con músicos que venían de cultivar el jazz; o la historia de varias orquestas de música popular bailable, que se han nutrido de instrumentistas entrenados en el género.   

¿A qué le adjudica Ud. el resurgir que ha tenido el jazz a partir de los años 2000, después de que se produjera un impasse en el que muchos jazzistas emigraron o apostaron por otras vertientes de la música?

El mérito de toda esa explosión del jazz en estos tiempos corresponde a los músicos. Lo digo sin querer excluir a personas que siempre han tenido buenas intenciones y han apoyado la existencia de festivales y otros espacios para el género. Son los músicos quienes no se han rendido, algo que ha pasado también con la canción trovadoresca, que parecía haberse quedado inmóvil en algún momento. La responsabilidad es de quienes defienden la música, el buen arte y la gente del pueblo que se ha mantenido como fieles seguidores de los conciertos o las ediciones del JoJazz y el Jazz Plaza.

Además de persistentes, estos músicos han intentado colocarse dentro de una vanguardia creativa a la que le interesa experimentar con diferentes medios. En este caso, podríamos mencionar, por ejemplo, que conviven en la escena jazzística desde los tradicionales pianistas y trompetistas, hasta vibrafonistas.

Incluso hay treseros y laudistas interesados en el jazz. El caso del vibráfono no es nuevo, pero, por esas etapas que se rompen, por ese hilo conductor que se pierde, las nuevas generaciones no conocen a cabalidad la historia de la música cubana. Rember Egües era un vibrafonista tremendo, como lo fueron también Romeu, o Moralito. Que ahora haya muchachos que se atrevan nuevamente a ejecutar instrumentos como este, es algo que hay que celebrar.

Donde mejor se concreta esa necesidad de experimentación, es en las oportunidades que da el jazz de intercambiar con distintos músicos, de compartir espacios en formatos diversos y de mostrar solidaridad y empatía…

Cuando me hacías la pregunta de por qué había decidido dedicar la mayor parte de mi tiempo a los jóvenes, me faltó abordar este tema. El jazz, como la música de concierto, son dos estilos que no tienen fronteras generacionales; lo mismo encuentras a jóvenes tocando juntos que a un muchacho recién graduado con un instrumentista de larga experiencia. Lo que ocurre es que para nosotros lo importante es disfrutar a plenitud la música. Eso es más frecuente en estos géneros, pues en la música popular bailable hay otros esquemas y escala de valores; para este género es importante la imagen, y predominan entonces las figuras jóvenes como protagonistas de las orquestas. En el jazz y la música de concierto existe, por el contrario, una mayor libertad para confraternizar y de unirse sin fronteras generacionales. Esto, a su vez, es bueno para la cultura; la equivocación está en crear patrones y barreras. El bien de una nación se produce cuando confluye todo lo que puedan aportar las mujeres, los hombres, los ancianos y los niños juntos.

¿Qué valoración tiene Ud. de la convivencia del jazz con otras expresiones musicales a las que se les responsabiliza en la actualidad por participar de la contaminación del ambiente sonoro de la Isla?

Si bien en el jazz no existen fronteras de tipo generacional, sí es un género muy selectivo y sabe escoger lo mejor, lo que tiene un valor cultural, lo que tiene una relevancia artística. El jazz es muy abierto, y no puede apartarse del mundo entero, donde ya la música está en función de las uniones y las fusiones; pero esto ocurre cuando hay un sentido musical que vale la pena expresar. Aunque no nos dediquemos a analizar presupuestos estéticos y cuestiones de gusto, siempre habrá que resaltar que el jazz es un género selectivo por excelencia.

¿Ha detectado algún momento en que se haya empobrecido la creación jazzística en Cuba, en que se haya perdido el sentido de esa calidad y selectividad de la que nos habla?

No creo que eso haya pasado. Lo que ha sucedido es que hemos atravesado por momentos de mayor o menor divulgación de la producción musical de este tipo en el país. También, en otras ocasiones el grupo de exponentes del género ha sido muy reducido; pero siempre se ha hecho una música de alta calidad, que ha sido observada también con un rigor tremendo. Ahora estamos viviendo una de las etapas más felices para el jazz, gracias a la cantidad de personas interesadas en él y a la existencia de una mayor difusión de lo que están haciendo los músicos.

Las dificultades económicas que inciden sobre la vida cultural de la Isla han repercutido en la inserción de los jazzistas en el mercado internacional del disco. Sin embargo, una casa discográfica como Colibrí ha desarrollado una estrategia muy interesante para la divulgación de la obra de los jóvenes con su colección The Jazz Young Spirit. ¿Qué opina Ud. de cómo se ha manejado esta colección y de sus perspectivas?

Para el bien de toda la música nacional existe un sello como Colibrí, que bendice todo lo que se hace con calidad en este país y lo salva. No quiero que esta idea se interprete como un ataque a las otras disqueras; pero, sin duda, ellas están marcadas por un rigor que les impone la necesidad de hacerse rentables y que las obliga a hacer selecciones más o menos acertadas. Al no existir un sello que defendiera los valores de la música no comercial, se corría el riesgo de perder una parte importante de la cultura y la creatividad natural del cubano como un componente importante dentro de ella. Por suerte, surgió Colibrí, que además ha hecho un esfuerzo especial con el jazz, en estos “tiempos de cólera” por los que atraviesa la música en el mundo entero. La disquera ha salvado al jazz cubano, esa responsabilidad es de ellos. Al César lo que es del César.

Imagino lo difícil que debe haber sido para esa casa discográfica acometer un proyecto tan ambicioso como la grabación del disco de la jazz band

Sobre todo porque las condiciones económicas nos golpean mucho. El buen funcionamiento de la economía tiene un gran peso en el buen funcionamiento del resto de los elementos del engranaje social. Para poder hacer proyectos grandes como el del CD de la orquesta, tuvo que hacerse un esfuerzo económico muy grande, porque se trata de una mayor cantidad de músicos, más recursos a utilizar, más tiempo de grabación… Sin duda, este ha sido, como lo fue el disco de la Sinfónica Nacional, uno de los proyectos más complejos de la disquera.

Volviendo a la jazz band y a su proyección en la escena musical cubana, ¿cómo la sueña el Quin adulto y los otros instrumentistas?

Mi inspiración para hacer la jazz band fue el hito que representó para la música de nuestro país la Orquesta de Música Moderna. Yo era un adolescente cuando se dio el primer concierto de aquella agrupación en el teatro Amadeo Roldán, y lo recuerdo como si fuera el día de hoy. Aquella impresión que tuve fue apabullante. Pero también escuché otras orquestas, que aunque no se dedicaban al jazz sonaban muy bien, entre ellas, la Hermanos Avilés, la Riverside o la Hermanos Castro. También he admirado otras formaciones como las de Craig Miller, Duke Ellington, Quincy Jones, la Jazz Lincoln Center Orchestra y otras de universidades norteamericanas o europeas.

Este es un formato que yo amaba mucho, a pesar de que pudiera parecer extraño, pues me formé como violinista y mis estudios académicos no tuvieron nada que ver con aquello del viento metal y viento madera. Pero desde niño escuché a mi padre y mis tíos, que eran ejecutantes de instrumentos de metal, y esa sonoridad se quedó en mi cabeza como algo muy querido.

 

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