A guitarra limpia en el Centro Pablo

La poesía por asalto

Celia Medina • La Habana, Cuba

Cae la noche y a contraluz, la yagruma del patio toma tintes nuevos, desconocidos: una luna baja, de invierno habanero, hace su magia en Muralla 63. Julia Zenko y Luis Gurevich toman la escena y aunque son poco conocidos en estas geografías, aunque casi nada se sabe de la labor como intérprete de Julia, aunque no se reconozcan en algunos de los temas de León Gieco las músicas y los arreglos de Gurevich, un concierto intimísimo, cercano, fue desarmando ausencias y desconocimientos para bordar alegrías, tristezas, esperanzas.

Imagen: La Jiribilla

¿Cómo se sabe lo que provoca la música en un público? Supongo que a ciencia cierta no hay evidencias irrebatibles. Sin embargo, los aplausos prolongados, las continuas peticiones, el diálogo diáfano con los espectadores, hablan de aceptación, de reencuentro, de sintonía, de mundos comunes construidos en la canción. Si nos vamos al escenario, no encontramos menos: contaba Bola de nieve una vez que, más que cantar, él le otorgaba a las piezas un sentido especial, una significación propia, utilizando la música para subrayar la interpretación... “yo soy la canción que canto”, subrayó.

Y sin ánimos de comparaciones estériles, el viernes 21 de diciembre Julia Zenko se apropió de temas antológicos del panorama musical del continente —“Fogata de amor”, de Víctor Heredia; “Gracias a la vida”, de Violeta Parra; “Barco quieto”, de María Elena Walsh; “Te recuerdo, Amanda”, de Víctor Jara; “Canto versos”, de Jorge Fandermole; “Cinco siglos igual”, de León Gieco, por mencionar algunos— para mostrar en cada verso, en cada inflexión de voz, en cada gesto, un trozo de humanidad compartida; para ser un poco en la noche habanera la poesía, las presencias que esconden las palabras.

Imagen: La Jiribilla

Pero si poesía y presencias arropan las palabras, la música, que es quizá la más misteriosa de las artes, no hace menos. Porque sin los arreglos de Gurevich para este concierto Verdad y con secuencia no estaríamos reconstruyendo las mismas memorias. Porque eso de “quiero emborrachar mi corazón…”, “qué nos sucede, vida, que últimamente…”, “afuera llora la ciudad tanta soledad…” o “dale alegría, alegría a mi corazón…” —líneas escogidas al azar entre tantas que hablaron de amores, melancolías, desarraigos, luchas… sentires que dibujan los difusos contornos de un continente, los desvelos de una generación, la forma de mirar el mundo de un grupo humano— quién sabe cómo hubiera llegado sin los cuidados arreglos, sin los acordes de un piano acompañante que sabía los pormenores de cada relato, que iba coloreando matices a cada historia.

Del tango al bolero, del bolero a la canción, de la canción al folclor argentino, con naturalidad, sin prisas, con pausas, con complicidad infinita e infinita generosidad, fueron pasando Julia y Luis, porque, según explicaron, ambos cultivan una gran variedad de géneros musicales, en lo que sería un “estilo ecléctico”, puntualizó la argentina, quien se nos presentó también como compositora con “Mal de luna”, tema que preparara con Gurevich para la producción discográfica Canciones junto con…

En las palabras introductorias a este concierto que es expresión de las relaciones estrechas que mantiene el Centro Pablo con el panorama cultural argentino —recordemos las cinco ediciones de la gira Nuestra voz para vos, por ejemplo— Víctor Casaus, director de la institución, conversó sobre la idea de transformar el mundo, de convertirlo en algo mejor a partir del compromiso con la belleza y con la justicia. Mucho se ha hablado sobre la posibilidad del arte de trastocar realidades. Y, como señalara el poeta y cineasta, Julia y Luis están aquí para celebrar las cosas hermosas, y esa postura de entrega, que se encargaron nuestros protagonistas de multiplicar en cada canción, en cada diálogo con el público, significó, quién lo duda, al menos para el pequeño universo reunido a la sombra de las yagrumas, transformación, cambio, revolución.

Así lo sentimos esa tarde-noche de diciembre en el patio del Centro Pablo los que recibimos los regalos musicales y poéticos traídos por estos grandes de la canción, junto con trovadoras y trovadores, diseñadores gráficos participantes en el concurso de carteles NO a la violencia contra la mujer y Juliana Marino, embajadora de la Argentina en nuestro país: “amiga y compañera”, como recordó Víctor en sus palabras iniciales.

Imagen: La Jiribilla

Y esta es la primera de muchas jornadas cubanas, porque los artistas tienen programado un amplísimo conjunto de acciones culturales que incluyen espacios habaneros como la Utopía, la peña de El Caimán Barbudo en la EGREM, el querido Jardín de la Gorda y diversas provincias del país. Queda entonces perseguir cada nueva aparición, a la espera de que en la voz de Julia Zenko, en la música de Gurevich, la poesía se manifieste y nos tome por asalto.

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